Desde las butacas escuchamos las melodías. En la fiesta de los Capuleto, jóvenes enmascarados danzaban con gracia; las mujeres, de hombros desnudos y faldas largas, se acoplaban a ellos, sostenidas por firmes manos en la cintura. Mientras tanto, los dos amantes se trenzaban en caricias y palabras dulces: aquellos versos de oro escritos por el Cisne de Avon. Solo que esta vez, en pleno 2025, aquí en Chiclayo.
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| Julieta, en el balcón, interpretada por Leydi Quijano Mejía |
En
el 2016 tuve la oportunidad de ver La
casa de Bernarda Alba, de Federico García Lorca, bajo la dirección de
Carlos Mendoza Canto. Fue una de las primeras veces que presencié un teatro de
ese nivel en Chiclayo. Nueve años después, tras asistir a algunas puestas en
escena, me he dado cuenta de que no volví a ver un espectáculo de semejante
calidad en la Ciudad de la Amistad.
Hace poco, en redes, encontré un flyer que mencionaba
el nombre del mismo director y, sin dudarlo, ajusté mi agenda para asistir a la
obra que se presentaría el 10 de octubre: Romeo y Julieta.
Llegué un poco después de las siete de la noche y
encontré el lugar semilleno. Eso me dio satisfacción, pues gran parte del éxito
de estos proyectos radica en la respuesta del público. Sin embargo, también fue
algo incómodo ver a ciertas señoronas que guardaban una fila completa de
asientos vacíos para ellas solas. Aun así, pude asegurarme un asiento en una
muy digna tercera fila.
El telón de sombra se abrió y aparecieron los primeros
actores. Noté la calidad de los vestuarios y los guiones bien aprendidos. La
escenografía consistía en una estructura que, en el segundo piso, reproducía el
clásico balcón desde donde Julieta, más adelante, pronunciaría su monólogo
lunar. En el programa se mencionaba que se trataba de un musical, y pensé que
las melodías podrían restarle cierta dosis shakesperiana a la representación.
Sin embargo, no fue así: más bien se acoplaron con naturalidad, aportando vida,
ritmo y nuevos colores.
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| Fiesta de los Capuleto |
Los personajes parecían salidos de una realidad que no
pertenecía a este Chiclayo bombardeado, lleno de baches y desesperanza. Todos
nos vimos dentro de una burbuja perfecta donde reinaban trajes renacentistas,
siluetas delicadas, corsés ajustados y hombres y mujeres bellos que se
desplazaban de un lado a otro, con oscuros movimientos que parecían olas
reventando sobre la costa de la realidad. Con los Montesco de azul y los
Capuleto de rojo, me pregunté: «¿Dónde estará Julieta?»
Entonces apareció. Una doncella de cabellera blonda y
ondulada emergió en escena. La luz azul cayó sobre su rostro mientras sus
delicados pies la conducían, paso a paso, hacia el balcón que era su trono. El
corsé ajustado llevaba en el centro una rosa de un rojo intenso; las mangas,
amplias y caídas; la falda, voluminosa, digna de una princesa de los bocetos de
Walt Disney. Era, sin duda, la protagonista.
Por su parte, Romeo (Harold Tapia Rodríguez) apareció
inseguro, indeciso, aún enredado en el corazón de Rosalina. Pero al mirar a
Julieta (Leydi Quijano Mejía), resplandeció. Su voz, aunque jovial y espontánea, supo proyectarse con
claridad, lo cual resultó oportuno para seguir el hilo de la historia.
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| Fray Lorenzo conversa con Romeo y Julieta, antes de casarlos en secreto |
Desde las butacas escuchamos las melodías. En la
fiesta de los Capuleto, jóvenes enmascarados danzaban con gracia, con las
espadas y dagas ceñidas al cinto; las mujeres, de hombros desnudos y faldas
largas y elegantes, se acoplaban a ellos, sostenidas por firmes manos en la
cintura. Mientras tanto, los dos amantes se trenzaban en caricias y palabras
dulces: aquellos versos de oro escritos por el Cisne de Avon. Solo que esta
vez, en pleno 2025, aquí en Chiclayo. Y todo, por la gracia del vigésimo
séptimo aniversario de la USAT.
Aunque la obra fue pareja en cuanto al nivel
histriónico y musical, debo destacar un par de escenas que justifican las casi
tres horas de encierro en el teatro.
La primera es la pelea final entre el conde Paris y Romeo: el cruce de espadas,
el diálogo encendido, la coreografía, esa columna de humo que le daba una
atmósfera de misterio entre las sombras y luces del escenario, mientras
Julieta, con la mano caída hacia un costado y el pecho detenido, aguardaba en
el frío féretro.
Pero sin duda, la flor más cuidada de esta tragedia
—el sueño shakesperiano hecho carne y hueso— fue la escena del balcón. La habilidad de
Romeo para trepar por el conducto paralelo a las escaleras, su voz fuerte y
clara, la espontaneidad de sus palabras incluso al pronunciar los solemnes
versos de Shakespeare. Y Julieta, con su vestido rosa y la flor carmesí en el
pecho, sonriendo enamorada, besando a su hombre e insertando pequeños saltos de
emoción, terminaron por cerrar el tierno boceto de una Julieta que calzó como
anillo al dedo en esta obra que Chiclayo aplaudió de pie.
Cabe resaltar también el papel de los criados, quienes
aportaron la cuota de humor necesaria. Fueron ellos quienes primero conectaron
con el público, que, a veces, entendió mal algunos pasajes trágicos y siguió
celebrando por inercia. Por ejemplo, cuando Julieta abre los ojos y encuentra
muerto a Romeo, reclama que él no le ha dejado veneno para ella, y el público
ríe, porque no ha leído la historia. Ese era, sin embargo, uno de los momentos
más tristes.
Otro episodio digno de mención fue el del suicidio de
Romeo, quien —esta vez sí por error del actor— acomodó con mucho celo su capa
antes de caer desmayado. Cuando el público debía lamentar la muerte del
idealista protagonista, estalló en risas (yo también).
Aprovechando los «momentos cómicos», no puedo dejar de
mencionar otro incidente que arrancó carcajadas en un momento donde debió
reinar la tristeza. Julieta había bebido la pócima que Fray Lorenzo (José Ordóñez Terrones) le entregó
para dormir 72 horas. Sin embargo, debido al juego de luces que oficiaba de
telón, quien manejaba la iluminación, por error, la mostró viva, corriendo
escaleras abajo. Al verla, el público repitió entre risas: «¡Ya se levantó la
muerta!».
Salvando esos pequeños tropiezos, aprovecho para reconocer el esfuerzo y profesionalismo de Carlos Mendoza, un hombre de teatro con más de treinta años de experiencia, quien dirigió este sueño con los ojos abiertos: ver a Julieta y a Romeo en carne viva, dándose un tímido beso mientras el público aplaudía; defendiendo su amor, enfrentando a sus familias, bajando a la carrera —en las sombras— para ganarle al único villano de la noche: el hombre que manejaba las luces.
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| El público aplaude de pie a los actores |
Felicitaciones a los jóvenes talentos del Teatro USAT. Ojalá haya más Shakespeare y Lorca en estos escenarios. Sabemos que los ecos de aquellos espíritus sabrán alimentar con sus reflexiones a los ciudadanos de esta tierra, víctimas de sus autoridades, que a menudo transitan por los pasajes menos poéticos en su día a día: saltando desagües y baches, sorteando ambulantes y enfrentados a los delincuentes.
Si Chiclayo es tierra de nadie, estimado Carlos
Mendoza, hágala suya… y que la Ciudad de la Amistad se convierta, por fin, en Tierra
del Teatro.
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| Flyer del evento por el vigésimo séptimo aniversario de la USAT |
Chiclayo, 11 de octubre
de 2025
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