sábado, 11 de octubre de 2025

El Teatro USAT revive a Shakespeare en su vigésimo séptimo aniversario| Por: Ernesto Facho Rojas

 

Desde las butacas escuchamos las melodías. En la fiesta de los Capuleto, jóvenes enmascarados danzaban con gracia; las mujeres, de hombros desnudos y faldas largas, se acoplaban a ellos, sostenidas por firmes manos en la cintura. Mientras tanto, los dos amantes se trenzaban en caricias y palabras dulces: aquellos versos de oro escritos por el Cisne de Avon. Solo que esta vez, en pleno 2025, aquí en Chiclayo.

Julieta, en el balcón, interpretada por Leydi Quijano Mejía

En el 2016 tuve la oportunidad de ver La casa de Bernarda Alba, de Federico García Lorca, bajo la dirección de Carlos Mendoza Canto. Fue una de las primeras veces que presencié un teatro de ese nivel en Chiclayo. Nueve años después, tras asistir a algunas puestas en escena, me he dado cuenta de que no volví a ver un espectáculo de semejante calidad en la Ciudad de la Amistad.

Hace poco, en redes, encontré un flyer que mencionaba el nombre del mismo director y, sin dudarlo, ajusté mi agenda para asistir a la obra que se presentaría el 10 de octubre: Romeo y Julieta.

Llegué un poco después de las siete de la noche y encontré el lugar semilleno. Eso me dio satisfacción, pues gran parte del éxito de estos proyectos radica en la respuesta del público. Sin embargo, también fue algo incómodo ver a ciertas señoronas que guardaban una fila completa de asientos vacíos para ellas solas. Aun así, pude asegurarme un asiento en una muy digna tercera fila.

El telón de sombra se abrió y aparecieron los primeros actores. Noté la calidad de los vestuarios y los guiones bien aprendidos. La escenografía consistía en una estructura que, en el segundo piso, reproducía el clásico balcón desde donde Julieta, más adelante, pronunciaría su monólogo lunar. En el programa se mencionaba que se trataba de un musical, y pensé que las melodías podrían restarle cierta dosis shakesperiana a la representación. Sin embargo, no fue así: más bien se acoplaron con naturalidad, aportando vida, ritmo y nuevos colores.

Fiesta de los Capuleto

Los personajes parecían salidos de una realidad que no pertenecía a este Chiclayo bombardeado, lleno de baches y desesperanza. Todos nos vimos dentro de una burbuja perfecta donde reinaban trajes renacentistas, siluetas delicadas, corsés ajustados y hombres y mujeres bellos que se desplazaban de un lado a otro, con oscuros movimientos que parecían olas reventando sobre la costa de la realidad. Con los Montesco de azul y los Capuleto de rojo, me pregunté: «¿Dónde estará Julieta?»

Entonces apareció. Una doncella de cabellera blonda y ondulada emergió en escena. La luz azul cayó sobre su rostro mientras sus delicados pies la conducían, paso a paso, hacia el balcón que era su trono. El corsé ajustado llevaba en el centro una rosa de un rojo intenso; las mangas, amplias y caídas; la falda, voluminosa, digna de una princesa de los bocetos de Walt Disney. Era, sin duda, la protagonista.

Por su parte, Romeo (Harold Tapia Rodríguez) apareció inseguro, indeciso, aún enredado en el corazón de Rosalina. Pero al mirar a Julieta (Leydi Quijano Mejía), resplandeció. Su voz, aunque jovial y espontánea, supo proyectarse con claridad, lo cual resultó oportuno para seguir el hilo de la historia.

Fray Lorenzo conversa con Romeo y Julieta, antes de casarlos en secreto

Desde las butacas escuchamos las melodías. En la fiesta de los Capuleto, jóvenes enmascarados danzaban con gracia, con las espadas y dagas ceñidas al cinto; las mujeres, de hombros desnudos y faldas largas y elegantes, se acoplaban a ellos, sostenidas por firmes manos en la cintura. Mientras tanto, los dos amantes se trenzaban en caricias y palabras dulces: aquellos versos de oro escritos por el Cisne de Avon. Solo que esta vez, en pleno 2025, aquí en Chiclayo. Y todo, por la gracia del vigésimo séptimo aniversario de la USAT.

Aunque la obra fue pareja en cuanto al nivel histriónico y musical, debo destacar un par de escenas que justifican las casi tres horas de encierro en el teatro.
La primera es la pelea final entre el conde Paris y Romeo: el cruce de espadas, el diálogo encendido, la coreografía, esa columna de humo que le daba una atmósfera de misterio entre las sombras y luces del escenario, mientras Julieta, con la mano caída hacia un costado y el pecho detenido, aguardaba en el frío féretro.

Pero sin duda, la flor más cuidada de esta tragedia —el sueño shakesperiano hecho carne y hueso— fue la escena del balcón. La habilidad de Romeo para trepar por el conducto paralelo a las escaleras, su voz fuerte y clara, la espontaneidad de sus palabras incluso al pronunciar los solemnes versos de Shakespeare. Y Julieta, con su vestido rosa y la flor carmesí en el pecho, sonriendo enamorada, besando a su hombre e insertando pequeños saltos de emoción, terminaron por cerrar el tierno boceto de una Julieta que calzó como anillo al dedo en esta obra que Chiclayo aplaudió de pie.

Cabe resaltar también el papel de los criados, quienes aportaron la cuota de humor necesaria. Fueron ellos quienes primero conectaron con el público, que, a veces, entendió mal algunos pasajes trágicos y siguió celebrando por inercia. Por ejemplo, cuando Julieta abre los ojos y encuentra muerto a Romeo, reclama que él no le ha dejado veneno para ella, y el público ríe, porque no ha leído la historia. Ese era, sin embargo, uno de los momentos más tristes.

Otro episodio digno de mención fue el del suicidio de Romeo, quien —esta vez sí por error del actor— acomodó con mucho celo su capa antes de caer desmayado. Cuando el público debía lamentar la muerte del idealista protagonista, estalló en risas (yo también).

Aprovechando los «momentos cómicos», no puedo dejar de mencionar otro incidente que arrancó carcajadas en un momento donde debió reinar la tristeza. Julieta había bebido la pócima que Fray Lorenzo (José Ordóñez Terrones) le entregó para dormir 72 horas. Sin embargo, debido al juego de luces que oficiaba de telón, quien manejaba la iluminación, por error, la mostró viva, corriendo escaleras abajo. Al verla, el público repitió entre risas: «¡Ya se levantó la muerta!».

Salvando esos pequeños tropiezos, aprovecho para reconocer el esfuerzo y profesionalismo de Carlos Mendoza, un hombre de teatro con más de treinta años de experiencia, quien dirigió este sueño con los ojos abiertos: ver a Julieta y a Romeo en carne viva, dándose un tímido beso mientras el público aplaudía; defendiendo su amor, enfrentando a sus familias, bajando a la carrera —en las sombras— para ganarle al único villano de la noche: el hombre que manejaba las luces.


El público aplaude de pie a los actores

Felicitaciones a los jóvenes talentos del Teatro USAT. Ojalá haya más Shakespeare y Lorca en estos escenarios. Sabemos que los ecos de aquellos espíritus sabrán alimentar con sus reflexiones a los ciudadanos de esta tierra, víctimas de sus autoridades, que a menudo transitan por los pasajes menos poéticos en su día a día: saltando desagües y baches, sorteando ambulantes y enfrentados a los  delincuentes.

Si Chiclayo es tierra de nadie, estimado Carlos Mendoza, hágala suya… y que la Ciudad de la Amistad se convierta, por fin, en Tierra del Teatro.

Flyer del evento por el vigésimo séptimo aniversario de la USAT


 

 

Chiclayo, 11 de octubre de 2025


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