sábado, 20 de diciembre de 2025

El Maravilloso Teatro USAT y el Mago de Oz | Por: Ernesto Facho Rojas

 

El tercer momento fue una escena donde la sombra se volvió coprotagonista. Dorothy, con su vestido azul, yace dormida sobre el escenario, con la cabeza apoyada delicadamente en el suelo, apenas tocada por una tenue luz azul. La música hace lo suyo y los corazones se sobrecogen. Parece muerta. Su figura permanece tendida unos segundos hasta que aparece el tío Henry, luchando por despertarla.


Totó y Dorothy escuchando la historia del Hombre de Hojalata

EN CHICLAYO ESTÁ SUCEDIENDO ALGO verdaderamente importante.

En una ciudad conocida por su espíritu fenicio —donde abundan los eventos nocturnos, corre el alcohol y proliferan los conciertos de cumbia por doquier— comienza a abrirse paso una forma de hacer teatro que no solo nos enorgullece, sino que nos eleva. Me refiero a la poderosa propuesta de la Universidad Santo Toribio de Mogrovejo, que solo este año se ha dado el lujo de presentar dos obras exitosas e imponentes.

Se trata de los musicales Romeo y Julieta y El Maravilloso Mago de Oz, ambos dirigidos por el inspirado Carlos Mendoza Canto. Aunque la mayoría de vecinos desconozca que en la llamada Ciudad de la Amistad el teatro sí se cultiva, existen algunas funciones disponibles. Sin embargo, siendo objetivos, la propuesta de la USAT marca un punto y aparte en términos de producción frente a lo que ofrecen otros colectivos, y además lo hace de manera gratuita.

En esta oportunidad nos ocuparemos de su más reciente proeza: El musical de El maravilloso Mago de Oz, presentado el 19 de diciembre en el Teatro Moliné. La cita fue a las siete y media de la noche.

Detrás del telón, el movimiento apresurado de algunos zapatos delataba los últimos preparativos: todo estaba quedando listo para el espectáculo.

La función está a punto de empezar. El público espera ansioso. 

La oscuridad envolvió el recinto y se escuchó el grito de guerra ceremonial que antecede a toda puesta en escena, evocando aquellos tiempos en que el olor de las heces de los caballos, concentrado en las calles, anunciaba que habría público y que la velada no sería en vano.

El espíritu de los asistentes se colmó de formas, músicas y colores. Ya estábamos en Kansas, observando cómo la casa de una niña se elevaba por los aires, impulsada por remolinos de viento. Era Dorothy (Leydi Quijano Mejía), en carne y hueso, acompañada de los curiosos Munchkins. Desde nuestros asientos nos preguntábamos si se trataba de una caracterización excepcionalmente fiel o si alguna magia había traído al escenario al personaje mismo del libro, con trenzas y canasta incluidas.

También resultó sorprendente ver desfilar a las Brujas del Norte (Angheles Medina Navarro) y del Sur (Amanda Burgos Gonzáles), al León Cobarde (Juan de Dios Ibáñez), El Espantapájaros (José Ordóñez Terrones) y al Hombre de Hojalata (Christian Burga Rafael). Y, entre todos ellos, apareció una figura de presencia contundente: una mujer de frondosa y elocuente cabellera verde. La Bruja Malvada del Oeste (Rita O´Dell) reclamó por momentos la historia como si fuera suya, imponiéndose como una villana capaz de capturar la atención del público con solo pisar el escenario.

¡Impecables vestuarios y maquillaje! No éramos simples espectadores, sino cómplices de Dorothy y de las brujas. Todos, estremeciéndonos, sentíamos las palpitaciones de la historia y rozábamos, en más de una ocasión, los límites de Ciudad Esmeralda.

La música encajó sin dificultad, no solo como acompañamiento de las escenas, sino como motor narrativo que agilizó historias secundarias, en especial las del Espantapájaros y el Hombre de Hojalata. Hubiera sido fascinante ver la lucha del Espantapájaros contra los cuervos o del Hombre de Hojalata contra los lobos; sin embargo, resulta comprensible que dichas escenas no se hayan montado. La adaptación mantiene así intacta su idoneidad.

Fue también muy acertado el recurso de los Munchkins —vestidos con colores primarios— como narradores que resumían y explicaban pasajes clave. Gracias a ello, trascendieron el mero rol humorístico o decorativo y adquirieron verdadero peso dramático.

La obra tuvo numerosos momentos memorables, pero me gustaría destacar tres.

Totó y Dorothy conversan con los curiosos y coloridos Munchkins

El primero fue la algarabía del célebre “Ding dong, la bruja murió”. Ver bailar a Dorothy —ágil, musical y entusiasta— nos hizo sentir el privilegio de tener frente a nosotros a la misma Judy Garland. O mejor aún: sin necesidad de resucitar cadáveres, presenciamos a una actriz digna de tomar la posta como canal del espíritu de la Dorothy original.

El segundo momento destacable fue cualquiera de los monólogos de la Bruja Malvada del Oeste. Acorde con los tiempos actuales, los villanos buscan una estética que permita identificarnos con ellos. Así, esta bruja ya no llevaba el rostro verde, sino la cabellera; pero la oscuridad de su corazón se reflejaba en la mirada y en la convicción con que la actriz ejecutaba cada movimiento, cargado de fiereza y dramatismo. En especial, resultó memorable la escena en que sus súbditos la veneran formando un círculo a su alrededor, mientras ella los desprecia y clava los ojos en el público.

La imponente Bruja Malvada del Oeste en una de sus participaciones 

Pero los contrastes también tienen su belleza.

El tercer momento fue una escena donde la sombra se volvió coprotagonista. Dorothy, con su vestido azul, yace dormida sobre el escenario, con la cabeza apoyada delicadamente en el suelo, apenas tocada por una tenue luz azul. La música hace lo suyo y los corazones se sobrecogen. Parece muerta. Su figura permanece tendida unos segundos hasta que aparece el tío Henry, luchando por despertarla.

En medio del color, la música y la alegría, irrumpe entonces la sombra del desconsuelo: abrir los ojos a una realidad donde el Espantapájaros, el León Cobarde y el Hombre de Hojalata no son más que ecos, espectros de un sueño. Pero llega la luz del amor y el escenario vuelve a iluminarse.

Y sí, tal como se anunciaba en redes, la puesta en escena de El maravilloso Mago de Oz fue una fiesta. La obra termina y los actores corren a formar una sola fila para recibir los emotivos y merecidos aplausos de un público que ya les pertenece. Los ovacionamos como los dedos de un solo puño, alimentados por la sangre de un mismo corazón. Todo ello llena mi espíritu de esperanza.

¿En qué ocuparía el resto de Chiclayo esas horas, entregado a asuntos menos nobles que presenciar una obra donde el amor late en carne viva? ¿Algún día tendrán el valor de acercarse al Teatro Moliné para elevar sus estándares éticos y estéticos? ¿Tomará la Universidad Nacional Pedro Ruiz Gallo, alguna vez, el ejemplo de la USAT, sin pretextos económicos, para ayudar a darle más luz a esta ciudad tan golpeada?

Estemos atentos a los proyectos artísticos de esta universidad. Sigamos a Carlos Mendoza Canto en redes sociales. Curémonos con teatro, música y poesía. Quien suscribe está convencido de que un público que visita repetidas veces lugares como Ciudad Esmeralda regresa alguna vez más noble, con más sesos y más corazón; no para exhibirlos como adornos, sino para forjarlos como una espada capaz de vencer a todas las brujas que sea necesario enfrentar.

¡Larga vida al Teatro de la USAT!

¡Larga vida al arte!

 

 

 

 

Chiclayo, 20 de diciembre de 2025

3:54 p.m.

 

 

domingo, 26 de octubre de 2025

Carpín Dorado y el adiós que ahoga| Por: Ernesto Facho R.

 

(…) la historia nos muestra la fragilidad del amor en sus dos formas: al centro del escenario, Carolina y Sofía se despiden como dos objetos que, al separarse, se llevan una parte del otro consigo. Y, por supuesto, el pez, una metáfora del peligro de muerte, ya que las condiciones para que sobreviva resultan complicadas, igual que en el amor.

Carolina y Sofía, protagonistas de la obra Carpín Dorado

El pez de papel aguardaba inmóvil dentro de la pecera. Abrieron las puertas del local y la gente avanzó con prisa para conseguir los mejores asientos. Frente a nosotros, la escenografía lucía sencilla, pero elegante y llamativa. Este viernes 25 de octubre, Cisne Alternativo, bajo la dirección de Roy Marcelo, presentó en Chiclayo la obra Carpín Dorado, escrita por el dramaturgo peruano Diego La Hoz.

Una constelación de papelitos multicolores, adheridos por todo el escenario, sorprendió a quienes no conocíamos la obra.

Apareció el director. Contó los motivos de su incursión en el teatro, su historia durante la pandemia, la formación del grupo, las experiencias compartidas, y el origen del nombre Cisne Alternativo.

El público seguía atento al escenario, esperando la aparición de las dos jóvenes protagonistas de esta historia llena de intimismo, drama y poesía.

Acto seguido, presenciamos un performance de danza contemporánea. La joven bailarina tenía carácter. Surgió entre las columnas del público, que aplaudió su breve participación. La espera por el número principal se alargó unos minutos más, pues se improvisó una entrevista a la estudiante de Arte de la Universidad Nacional Pedro Ruiz Gallo.

Un juego de luces errático —y hasta cierto punto cómico— nos separaba del inicio de la obra. Ya no existía casi nada entre los espectadores y las actrices, entre nosotros y la historia.

Por fin, igual que una sombra o un sueño, dos siluetas donde predominaba el color naranja formaron un semicírculo con su marcha y se encontraron frente a nosotros. El preludio de la obra era una dramática coreografía donde las protagonistas hacían el amago de los besos y las caricias, de las discusiones y el adiós.

La historia arrancó con un silencio incómodo entre las jovencitas. Una maleta de color rosado era testigo de sus discusiones sobre la necesidad de escapar del país, sobre la muerte y sobre el amor que contiene y cuida, que arde y se aferra.

Las voces lograron, con creces, transmitir los sentimientos de ambas, y la acústica permitió entender cada palabra con claridad. La tensión alcanzaba su clímax cuando un grito —como un navajazo— desgarraba el silencio y nos devolvía a la cólera y la impotencia de Carolina, interpretada magistralmente por Leydi Quijano.

Flyer promocional de la obra

Por su parte, Sofía, encarnada por Sulibeth Jiménez (miro el flyer una y otra vez para no confundirme con las letras de su nombre), nos transmitió algo que, desde mi ignorancia de las técnicas histriónicas, podría llamar una doble capa de actuación. Jiménez debía fingir dos veces: primero, ser Sofía; y segundo, ser una Sofía que aparenta frialdad, pero deja entrever, por rendijas casi invisibles, un mar de melancolía por haber tomado esa decisión que, en el fondo, la estaba —prematuramente— matando en vida.

El texto también tenía ciertas vetas que aludían a las luchas del colectivo del abecedario, cuestiones a las que una de las protagonistas llama derechos. Pero no se profundiza en ello. El fondo de todo esto son esas dos muertes a las que se enfrentan las mujeres: una espiritual con la despedida, y una física, la cual es el destino próximo de Sofía y el principal motivo por el que se aleja.

Hubiera disfrutado la obra plenamente si encontraba un mejor lugar para observarla. Los asientos estaban dispuestos uno detrás de otro, pero pienso que, de haberse conseguido un local con graderías, la experiencia habría sido más completa y el público habría percibido los gestos y desplazamientos con mayor claridad. Lamentablemente, desde mi segunda fila, un hombre con peinado afro —que duplicaba el tamaño de su cabeza— me robó, en varias ocasiones, hasta el treinta por ciento del campo visual, lo cual me hizo vivir otro drama desde mi lugar.

También la historia nos muestra la fragilidad del amor en sus dos formas: al centro del escenario, Carolina y Sofía se despiden como dos objetos que, al separarse, se llevan una parte del otro consigo. Y, por supuesto, el pez, una metáfora del peligro de muerte, ya que las condiciones para que sobreviva resultan complicadas, igual que en el amor: puede vivir casi diez años, pero la temperatura del agua debe variar entre 14 y 22 grados.

Flyer promocional de la obra

Pero… ¿acaso todo esto no es también una metáfora de la fragilidad del arte?

El teatro de Chiclayo es como un menudo  Carpín Dorado: sobrevive en aguas adversas y agresivas, en condiciones difíciles que amenazan su permanencia.

En las palabras de Roy Marcelo comprendí que su tarea es una lucha a contracorriente, nacida en medio de la adversidad de un virus que paralizó al mundo. De allí emergió Cisne Alternativo, cuyo canto he tenido el privilegio de escuchar este viernes 25 de octubre.

Que este cisne crezca, se fortalezca y continúe volando, para que en el futuro nos revele escenarios aún más ambiciosos, donde el arte vuelva a ser ese milagro que nos devuelva emociones arrebatadoras y profundas.

La obra cierra con una postal desgarradora. Leydi, aún en la piel de Carolina, se abraza a sí misma, como intentando contener el dolor de sus heridas, tratando de no desmoronarse. Camina de izquierda a derecha con la mirada perdida, extraviada en el laberinto reciente de su memoria, poblado de fantasmas grises que tiemblan.

Las luces van perdiendo fuerza: se apagan con lentitud, igual que su espíritu.

De fondo, una melodía nos eriza la piel: es Only Love Can Hurt Like This.

 

Chiclayo, 26 de octubre de 2025

sábado, 11 de octubre de 2025

El Teatro USAT revive a Shakespeare en su vigésimo séptimo aniversario| Por: Ernesto Facho Rojas

 

Desde las butacas escuchamos las melodías. En la fiesta de los Capuleto, jóvenes enmascarados danzaban con gracia; las mujeres, de hombros desnudos y faldas largas, se acoplaban a ellos, sostenidas por firmes manos en la cintura. Mientras tanto, los dos amantes se trenzaban en caricias y palabras dulces: aquellos versos de oro escritos por el Cisne de Avon. Solo que esta vez, en pleno 2025, aquí en Chiclayo.

Julieta, en el balcón, interpretada por Leydi Quijano Mejía

En el 2016 tuve la oportunidad de ver La casa de Bernarda Alba, de Federico García Lorca, bajo la dirección de Carlos Mendoza Canto. Fue una de las primeras veces que presencié un teatro de ese nivel en Chiclayo. Nueve años después, tras asistir a algunas puestas en escena, me he dado cuenta de que no volví a ver un espectáculo de semejante calidad en la Ciudad de la Amistad.

Hace poco, en redes, encontré un flyer que mencionaba el nombre del mismo director y, sin dudarlo, ajusté mi agenda para asistir a la obra que se presentaría el 10 de octubre: Romeo y Julieta.

Llegué un poco después de las siete de la noche y encontré el lugar semilleno. Eso me dio satisfacción, pues gran parte del éxito de estos proyectos radica en la respuesta del público. Sin embargo, también fue algo incómodo ver a ciertas señoronas que guardaban una fila completa de asientos vacíos para ellas solas. Aun así, pude asegurarme un asiento en una muy digna tercera fila.

El telón de sombra se abrió y aparecieron los primeros actores. Noté la calidad de los vestuarios y los guiones bien aprendidos. La escenografía consistía en una estructura que, en el segundo piso, reproducía el clásico balcón desde donde Julieta, más adelante, pronunciaría su monólogo lunar. En el programa se mencionaba que se trataba de un musical, y pensé que las melodías podrían restarle cierta dosis shakesperiana a la representación. Sin embargo, no fue así: más bien se acoplaron con naturalidad, aportando vida, ritmo y nuevos colores.

Fiesta de los Capuleto

Los personajes parecían salidos de una realidad que no pertenecía a este Chiclayo bombardeado, lleno de baches y desesperanza. Todos nos vimos dentro de una burbuja perfecta donde reinaban trajes renacentistas, siluetas delicadas, corsés ajustados y hombres y mujeres bellos que se desplazaban de un lado a otro, con oscuros movimientos que parecían olas reventando sobre la costa de la realidad. Con los Montesco de azul y los Capuleto de rojo, me pregunté: «¿Dónde estará Julieta?»

Entonces apareció. Una doncella de cabellera blonda y ondulada emergió en escena. La luz azul cayó sobre su rostro mientras sus delicados pies la conducían, paso a paso, hacia el balcón que era su trono. El corsé ajustado llevaba en el centro una rosa de un rojo intenso; las mangas, amplias y caídas; la falda, voluminosa, digna de una princesa de los bocetos de Walt Disney. Era, sin duda, la protagonista.

Por su parte, Romeo (Harold Tapia Rodríguez) apareció inseguro, indeciso, aún enredado en el corazón de Rosalina. Pero al mirar a Julieta (Leydi Quijano Mejía), resplandeció. Su voz, aunque jovial y espontánea, supo proyectarse con claridad, lo cual resultó oportuno para seguir el hilo de la historia.

Fray Lorenzo conversa con Romeo y Julieta, antes de casarlos en secreto

Desde las butacas escuchamos las melodías. En la fiesta de los Capuleto, jóvenes enmascarados danzaban con gracia, con las espadas y dagas ceñidas al cinto; las mujeres, de hombros desnudos y faldas largas y elegantes, se acoplaban a ellos, sostenidas por firmes manos en la cintura. Mientras tanto, los dos amantes se trenzaban en caricias y palabras dulces: aquellos versos de oro escritos por el Cisne de Avon. Solo que esta vez, en pleno 2025, aquí en Chiclayo. Y todo, por la gracia del vigésimo séptimo aniversario de la USAT.

Aunque la obra fue pareja en cuanto al nivel histriónico y musical, debo destacar un par de escenas que justifican las casi tres horas de encierro en el teatro.
La primera es la pelea final entre el conde Paris y Romeo: el cruce de espadas, el diálogo encendido, la coreografía, esa columna de humo que le daba una atmósfera de misterio entre las sombras y luces del escenario, mientras Julieta, con la mano caída hacia un costado y el pecho detenido, aguardaba en el frío féretro.

Pero sin duda, la flor más cuidada de esta tragedia —el sueño shakesperiano hecho carne y hueso— fue la escena del balcón. La habilidad de Romeo para trepar por el conducto paralelo a las escaleras, su voz fuerte y clara, la espontaneidad de sus palabras incluso al pronunciar los solemnes versos de Shakespeare. Y Julieta, con su vestido rosa y la flor carmesí en el pecho, sonriendo enamorada, besando a su hombre e insertando pequeños saltos de emoción, terminaron por cerrar el tierno boceto de una Julieta que calzó como anillo al dedo en esta obra que Chiclayo aplaudió de pie.

Cabe resaltar también el papel de los criados, quienes aportaron la cuota de humor necesaria. Fueron ellos quienes primero conectaron con el público, que, a veces, entendió mal algunos pasajes trágicos y siguió celebrando por inercia. Por ejemplo, cuando Julieta abre los ojos y encuentra muerto a Romeo, reclama que él no le ha dejado veneno para ella, y el público ríe, porque no ha leído la historia. Ese era, sin embargo, uno de los momentos más tristes.

Otro episodio digno de mención fue el del suicidio de Romeo, quien —esta vez sí por error del actor— acomodó con mucho celo su capa antes de caer desmayado. Cuando el público debía lamentar la muerte del idealista protagonista, estalló en risas (yo también).

Aprovechando los «momentos cómicos», no puedo dejar de mencionar otro incidente que arrancó carcajadas en un momento donde debió reinar la tristeza. Julieta había bebido la pócima que Fray Lorenzo (José Ordóñez Terrones) le entregó para dormir 72 horas. Sin embargo, debido al juego de luces que oficiaba de telón, quien manejaba la iluminación, por error, la mostró viva, corriendo escaleras abajo. Al verla, el público repitió entre risas: «¡Ya se levantó la muerta!».

Salvando esos pequeños tropiezos, aprovecho para reconocer el esfuerzo y profesionalismo de Carlos Mendoza, un hombre de teatro con más de treinta años de experiencia, quien dirigió este sueño con los ojos abiertos: ver a Julieta y a Romeo en carne viva, dándose un tímido beso mientras el público aplaudía; defendiendo su amor, enfrentando a sus familias, bajando a la carrera —en las sombras— para ganarle al único villano de la noche: el hombre que manejaba las luces.


El público aplaude de pie a los actores

Felicitaciones a los jóvenes talentos del Teatro USAT. Ojalá haya más Shakespeare y Lorca en estos escenarios. Sabemos que los ecos de aquellos espíritus sabrán alimentar con sus reflexiones a los ciudadanos de esta tierra, víctimas de sus autoridades, que a menudo transitan por los pasajes menos poéticos en su día a día: saltando desagües y baches, sorteando ambulantes y enfrentados a los  delincuentes.

Si Chiclayo es tierra de nadie, estimado Carlos Mendoza, hágala suya… y que la Ciudad de la Amistad se convierta, por fin, en Tierra del Teatro.

Flyer del evento por el vigésimo séptimo aniversario de la USAT


 

 

Chiclayo, 11 de octubre de 2025


jueves, 12 de septiembre de 2024

No puedo celebrar la muerte de Alberto Fujimori - Por: Ernesto Facho R.


CELEBRAR LA MUERTE de Alberto Fujimori me parece miserable.

Fujimori ha sido un personaje con muchos matices, ya que tuvo grandes aciertos en su gobierno, como lograr la estabilidad económica del país, realizar importantes obras de infraestructura, acudir a los lugares más recónditos del Perú, por donde nunca había pasado un gobernante. También es cierto (y aquí viene la parte oscura y truculenta) que fue responsable de la matanza de Barrios Altos y La Cantuta, de los grupos paramilitares asesinos, de las esterilizaciones forzadas, de un tráfico de influencias y manipulación de medios de comunicación que llegó a niveles cinematográficos, con tramas dignas de cualquier historia hollywoodense. 

Sin embargo, creo que uno no puede envilecerse en redes, celebrando la muerte de nadie. ¿Cuánta distancia existe entre un asesino y alguien que celebra la muerte de otra persona? ¿Acaso los asesinos primero no imaginaron esa muerte, se alegraron ante esa visión y luego ejecutaron sus sombríos planes?

    

Esa perspectiva materialista, ajena a cualquier noción del mundo espiritual, donde bien sabemos que existen leyes universales que se encargan de hacernos pagar todas nuestras culpas, me parece de lo más vulgar. Obviamente Fujimori no va a descansar en paz y con eso, sus enemigos, ya pueden darse por servidos.

En este momento histórico, a mí me parece que quedan el aire flotando unas preguntas.

¿Algunos reaccionarán y notarán que, como dijo Hildebrant, Keiko era solo una máscara, un apelativo de Alberto Fujimori? 

¿La gente seguirá apoyando a la hija del séptimo exgobernante más corrupto de mundo sabiendo que la fuente de las ideas, su padre, yace bajo tierra?

¿Qué tanto afectará la desaparición del patriarca al clan más corrupto de la historia del Perú?

No puedo celebrar la muerte de otro ser humano. Eso, repito, me parece ruin.

Pero tengo derecho, como peruano, a seguir soñando con ver morir al fujimorismo.



Chiclayo, setiembre 12 de 2024



viernes, 30 de agosto de 2024

“EL TARTUFO” DE LA ALIANZA FRANCESA ME HIZO REÍR A CARCAJADAS


Por: Ernesto Facho Rojas*

  

De allí, de entre esas voces, escuchamos el timbre agudo de María Grazia Gamarra (la criada Dorina), enfundada en unos pantalones marrones y con una evidente giba artificial. Ese contraste sonoro ha sido, de alguna forma, una de las principales columnas de esta historia, algo que no pude percibir al leer la comedia. La otrora protagonista de la serie “Al fondo hay sitio” le hizo honor al apodo que se pone en las redes sociales, ya que nos sacó varias sonrisas.

 

Cartel promocional de “El Tartufo” de Moliere, bajo la dirección de Jean Pierre Gamarra. 

Antes ya había sentido la plenitud del goce estético al ver “Otelo” de Shakespeare, bajo la dirección de Jean Pierre Gamarra. Y me pareció una puesta en escena sublime, como si me mostraran los personajes temblando desde las mismas páginas de un Shakespeare que toca el cielo con la punta de los dedos, en plena lucha con el ángel.

 De pronto, en mayo, se anunció “El Tartufo”, también del mismo director y repitiendo a figuras como María Grazia Gamarra, Alonso Cano y Fernando Luque. Con aquel precedente, me dije: «No me la puedo perder».

A continuación, dejaré registro de algunas impresiones que tuve al experimentar una vez más el milagro histriónico de aquellos talentosos actores, quienes le dieron vida a uno de los embusteros más grandes de la literatura universal.

La obra empezaba a las ocho de la noche y la cita era en la Alianza Francesa de Miraflores, el 1 de agosto. Después de dar un largo paseo por el malecón de Miraflores, apreciando la apasionada figura de los amantes en El Parque del Amor, luego de recorrer el Parque Chino y procurarnos, junto con Yasanny sus padres, un delicioso almuerzo en uno de los elegantes restaurantes de Larcomar, acudimos al teatro. Había afuera una larga fila esperando por esa criatura fabricada por Moliere.

Portada de la obra “El Tartufo”, una comedia en cinco actos escrita en versos alejandrinos por Molière y estrenada en París el 5 de febrero de 1669. 

Al ingresar, de golpe, nos topamos con la atmósfera, entre hierática y pintoresca, de los personajes que rezaban el rosario. Parecía que habíamos llegado a presenciar un ritual cristiano, el cual se prolongó por unos minutos, con gran efusividad. Luego entendí que aquella escena, la cual no pertenece al guion original, era una especie de introducción, mientras el público se ubicaba en sus butacas respectivas.

Desde el doble privilegio que representa la primera fila, pude respirar a Moliere. Allí estaba una vez más Fernando Luque (Tartufo), poseído por otro espíritu, completamente distinto al Yago que aprecié en el “Otelo”. Se mostraba al lado izquierdo del escenario, subido en un banco antiguo, mientras debajo los personajes atacaban y defendían, con igual pasión, las acciones del protagonista.

Detrás de él había una cruz de hierro. La música de los diálogos empezó a llenar el ambiente de forma natural. De allí, de entre esas voces, escuchamos el timbre agudo de María Grazia Gamarra (la criada Dorina), enfundada en unos pantalones marrones y con una evidente giba artificial. Ese contraste sonoro ha sido, de alguna forma, una de las principales columnas de esta historia, algo que no pude percibir al leer la comedia. La otrora protagonista de la serie “Al fondo hay sitio” le hizo honor al apodo que se pone en las redes sociales, ya que nos sacó varias sonrisas, —incluso algunas estridentes carcajadas— con sus oportunas intervenciones.

Si bien es cierto cada actor estuvo a la altura de las circunstancias, mostrándose cómico y caricaturesco para los propósitos de la historia, también me gustaría mencionar esa importante fuerza histriónica que le aportó Alonso Cano al ponerse en los zapatos de Orgón. Con su inquieto peluquín dorado con forma de hongo, a manera de una aureola que reflejaba la inocencia de quien se dejan engañar, iba corriendo de un lado a otro. También se dejaba poseer por el Espíritu Santo, se desmayaba, hacía las veces de abogado y, en uno de los momentos cúspide de la obra, nos sorprendió atravesando el escenario como un felino al ejecutar con pulcritud un difícil volantín de ninja.

El triunfo de aquella inesperada pirueta dejó boquiabierto al público que lo aplaudió, mientras él seguía escondiéndose torpemente del Tartufo.

Jean Pierre Gamarra, director peruano de gran trayectoria, quien no solo ha dirigido clásicos como “El Tartufo”, sino que también fue el encargado de “La vida es sueño”, “Otelo” y “El misántropo”, entre otras obras. 

Una escena que comentamos mucho con mis suegros y Yasanny, mientras abandonábamos el recinto y buscábamos la forma de tomarnos algunas fotos o grabar videos, fue la de Alejandro Tagle (Damis, hijo de Orgón).  Por un instante, el joven se ubicó en medio del escenario y cogió una especie de cordones invisibles de donde tenía amarrados nuestros corazones. Él prometía desenmascarar al impostor con las siguientes palabras, mientras los ojos de la Alianza Francesa lo seguían con asombro: «Vos tenéis vuestras razones para obrar así y yo tengo las mías para proceder de otro modo. Querer encubrir a este hombre es locura».

Tuve el atrevimiento de escribirles a Éxodo Teatro, los encargados de hacer nacer a los clásicos del teatro universal y hacerlos respirar el aire tenso y gris de Lima. Mi objetivo era conversar con Fernando Luque, actor que esta vez nos volvía a sorprender con su magia para transformarse como lo hace el agua, tomando la forma de los personajes que lo contienen. Me dijeron que le iban a pasar la voz, que llegaba tarde y se iba temprano, que dictaba clases. No tenía muchas esperanzas de concretar el encuentro. (Les escribí mientras me preguntaba dónde estaba el león blanco y por qué, allí en el Parque de las Leyendas, yacía tan sola la leona sin el macho). Y sí llegué a comunicarme con él, pero nuestros horarios no pudieron coincidir.

Gracias de todas formas, Fernando.

¿Se imaginan si en vez de una crónica hubiera subido una entrevista y unas fotos con Fernando? Hubiera sido un muy grato recuerdo.

Dejando a un lado mi ambición y abrazando los momentos de la puesta en escena, recordando, por ejemplo, la pintoresca tensión erótica donde pude apreciar algunas lágrimas reales puestas como un par de perlas en el rostro de Elmira (Amaranta Kun, ¡qué gracia y qué pasión para interpretar!) dados los privilegios de la primera fila, me ha parecido un espectáculo digno del primer mundo. Aquel ha sido, una vez más —de la mano de Éxodo y Jean Pierre Gamarra y de sus actores—, otro evento que guardaremos muchos, muchos de los asistentes, como una joya que llevaremos en nuestros corazones.

Sabemos bien que la hipocresía es inmortal. Entonces, por los siglos de los siglos, que sigan reviviendo en los teatros el espíritu y el genio de Moliere.

¡Amén!

Imagen del elenco de “El Tartufo”. Fuente: Lima en escena. 


Lima, sábado 3 de agosto de 2024

5: 16 a.m.

 

*Docente, escritor y booktuber

domingo, 28 de enero de 2024

CRÓNICA| Zumba y poesía | Por: Ernesto Facho


«Dejo mi heterosexualidad en la puerta» susurré. Ingresamos. Alrededor de veinte personas, en su mayoría mujeres, practicaban ejercicios de estiramiento, mientras la profesora manipulaba el parlante que traía la magia hacia esa habitación iluminada al estilo disco (...) El ambiente se había transformado, cubierto por una aureola de alegría, bienestar y euforia.

CUANDO SENTÍ EL PESO de la barra sobre mi cuello, descendí con mucho cuidado flexionando las rodillas. En ese instante, percibí que un hombre corrió hacia mí y puso su mano sobre mi cintura: «Espera, espera. ¡Se van a salir los discos!» me dijo. No entendí lo que me estaba diciendo y le pregunté: «¿Por qué me tocas?» Cuando intenté voltear el rostro, me explicó que la barra necesitaba los seguros. De lo contrario, los discos se iban a salir y no podría hacer las sentadillas. No le vi el rostro, porque estaba de espaldas, pero esa tarde, posiblemente, ese muchacho me salvó de un accidente.

No pisaba un gimnasio desde el 2016. Cuando iba, había un punto de inflexión en el que me detenía y pensaba con seriedad: «¿Qué hago aquí, moviendo los brazos, haciendo estas sentadillas, levantando estos fierros, cuando en mi casa me esperan los clásicos y los pendientes de la escritura?» Y al terminar, cuando me cambiaba en el baño, cuando a la carrera cruzaba Luis Gonzáles y abandonaba ese colegio donde los niños eran adiestrados para hacer publicidad y ganar medallas en competencias deportivas, reparaba en que no llegaría ni siquiera a acariciar el lomo de mis ejemplares de Víctor Hugo y James Joyce. Por el contrario, contra mi voluntad, escucharía con atención el susurro de un hada que me transportaría, con sus mágicos polvos invisibles, a la región transparente del sueño.

Después de la ducha, cada fibra de mi cuerpo conspiraba contra mí. Por ello, custodiando mi tiempo y mis energías como si fueran mi más preciado tesoro, decidí renunciar a ese mundillo de hombres con espaldas cuadradas y mujeres con pantalonetas ceñidas hasta el infinito.

Pero hace poco he vuelto. Ustedes tal vez pensarán que quiero darles a entender que, con mucho sacrificio, he logrado cruzar el umbral hacia un estilo de vida deportivo y saludable. Lo cierto es que no sé cuánto me dure la emoción.

Ya saben: los músculos, después de un tiempo sin ejercicio, pierden vigor; en cambio, la tinta de mi prosa no se borra. He allí la diferencia.

Yasanny me había dicho que se matriculó en un gimnasio de Luis Gonzales y Pedro Ruiz. «Es uno nuevo y hay ofertas». Por mi parte, seguía con mi rutina de escritura, empezando siempre por avanzar la lectura de los clásicos y luego los manuscritos.

Hasta que en una ocasión me propuso acompañarla.

Pasar tiempo junto a ella y participar en una actividad saludable, era exactamente como matar dos pájaros de un tiro. No podía negarme.

Desempolvé la faja, busqué unas zapatillas; en el camino, trataba de recordar los pesos y, por fin, llegamos. Se abrieron las puertas del ascensor y aquel cubículo nos puso frente a un ambiente de muros amarillos y otra vez las mallas y los hombres (algunos) robustos en busca de más volumen. El primer día hicimos piernas. Acostumbrado a mi forma de trabajar antigua, me pareció más práctico no utilizar la máquina Smith para hacerlas. Por el contrario, me fui al otro extremo y avancé en pie, solo con el peso de la barra y los discos. Allí sucedió el incidente que narré al principio.

No recordaba que el dolor de los días posteriores al entrenamiento fuera casi imperceptible.

Tal vez se trate de la máquina de masajes. ¿Será cierto que tiene unos efectos relajantes sobre los músculos? De todas formas, lo que hace que esta experiencia sea especial, respecto a las demás oportunidades que he tenido de ejercitarme, es el baile.


Me refiero a las clases de Zumba que con tanta ilusión Yasanny me había descrito. Respecto a esa nueva aventura para mí, me sentía algo cohibido. «Está oscuro y todos bailan y parece una discoteca» me dijo ella, pero ni con esas características estaba contento con la idea.

«Dejo mi heterosexualidad en la puerta» susurré. Ingresamos. Alrededor de veinte personas, en su mayoría mujeres, practicaban ejercicios de estiramiento, mientras la profesora manipulaba el parlante que traía la magia hacia esa habitación iluminada al estilo disco. La música, como una espada, cortó el silencio adornado de susurros y risas a media voz. El aire se contagió de una alegría inexplicablemente primaveral, juvenil y llena de vigor. El ambiente se había transformado, cubierto por una aureola de alegría, bienestar y euforia.

Los pasos me salieron torpes. Por momentos, sin talento alguno, lograba intuir el próximo paso de la maestra, ya que los movimientos eran estratégicamente predecibles. Hubo un instante en el que pensé «¡Qué mal lo debo estar haciendo!», hasta que, al dar un giro, me encontré con la mirada de un hombre calvo que no entendía nada.

Mover los brazos y las piernas, empinarme al ritmo de esas melodías, tratar de calcar los movimientos de la instructora me pareció, en ese instante en el que casi no podíamos vernos los rostros, un pequeño y atractivo desafío. Mientras lo cumplía, me imaginé a Edgar Allan Poe, preocupado por su físico también. Dicen que era capaz de nadar diez kilómetros por el río James. Pensé en Lord Byron, en quien se inspiró el primero para atreverse a convertirse en un esbelto pez; en Hemingway, quien practicaba el boxeo y se mostraba rudo, muy rudo, incluso en su resistencia con el alcohol. En alguna ocasión, también, visité un gimnasio de boxeo, pero por un breve tiempo. Sin embargo, esa tarde estaba allí, a merced de la música, escuchando la voz marcial de las mujeres, quienes correspondían con un grito a la orden del salto.


Percibí un bienestar superior al agotamiento físico. En conclusión, había valido la pena.

Como si hubieran sido desenchufados de sus roles artísticos e infantiles, todos volvieron a sus formas originales de adultos. Se agachaban para recoger sus tomatodos, las toallas; se despedían; cerraban con cuidado la puerta; algunos tenían energías para seguir en la lucha afuera, en medio de las máquinas. En tanto, mi espíritu procesaba que había encontrado, además de mis otras tareas sedentarias, una actividad atractiva que me proporcionaba ingentes cantidades de dopamina y adrenalina.

En las ocasiones posteriores encontré, además del señor calvo, a otros muchachos tan varoniles como los héroes de Marvel, contorneándose al estilo del Zumba.

Hacer máquinas está bien, pero, sin lugar a dudas, la diversión y la emoción no están allí, sino en el salón de al fondo, donde se practica esa danza.  

¿Qué hubiera sucedido si aquel joven no corría, como una flecha, hacia mí para evitar que los discos abandonen su sitio? Nunca lo sabré. Pero sí me queda la certeza de que tendré mucho más cuidado no solo con los seguros obligatorios en las barras, sino también con los pesos y los ejercicios que no debo tomar a la ligera.

Pero, dentro de todas esas precauciones, pienso que me he liberado de una idea errada. Allí, en el Zumba, los hombres también somos felices. Quitarse un poco de estrés, perder algunos kilos con el baile, por el momento, me ha parecido un pasatiempo que me gustaría conservar, por lo menos, hasta que vuelva el necesario yugo de los horarios, los exámenes y las clases.



Chiclayo, 28 de enero de 2024

 

miércoles, 1 de noviembre de 2023

He visto a Shakespeare vivo en Lima |Por: Ernesto Facho R.


 De un momento a otro, vimos a Desdémona en la piel de María Grazia Gamarra. Había saltado como un cisne hasta aparecer cruzando el escenario. Su cabellera de oro hacía juego, en la penumbra, con el resplandor de los antiguos palcos. Como dijo Yasanny: «Se veía muchísimo más joven en persona, una muñequita». De pronto, apareció el valiente Otelo, (el muy talentoso André Silva) con el uniforme militar.

 

André Silva y Maria Grazia Gamarra, protagonistas de la obra "Otelo"


¡Cuánta alegría sentí! Ya habíamos llegado al hermoso teatro.

La emanación de esa purísima luz dorada caía sobre la vereda sucia del Jirón Ica. Y a mí me parecía que aquella línea de oro separaba la realidad de la ficción, la vida real de la literatura, el cielo del purgatorio. Unos minutos antes, yendo a cenar, ya habíamos visto cómo se filtraba, a través de sus estructuras, aquel fulgor que llamaba sobremanera mi atención, con sus elegantes alfombras rojas dentro.

¡Cuánta alegría sentí! Aquella dimensión paralela llamada Teatro Municipal de Lima, inaugurado en 1915, lugar histórico donde alguna vez habían ingresado personajes como José Santos Chocano y María Félix, nos esperaba con el mármol bruñido de sus dos escaleras, las cuales conducían, con gracia, hacia los balcones y la sala principal. Allí pudimos apreciar los estéticos palcos con molduras bañadas en pan de oro y, en el escenario, yacía un gigantesco cañón suspendido, el cual formaba parte de la puesta en escena de aquella obra que me ha dejado marcado y que me ha costado tanto esfuerzo alcanzar a ver: “Otelo” de William Shakespeare, dirigida por Jean Pierre Gamarra.

En aquel espacio cóncavo, a escasos metros del tenebroso escenario, pudimos notar la alegría serena de la gente. Los limeños habían llegado con sacos y gabardinas, con abrigos elegantes, silenciosos y respetuosos en todo momento con el espectáculo que íbamos a presenciar.

De pronto, las luces disminuyeron notablemente su fulgor. Una voz dio las indicaciones previas para disfrutar de la función y se hizo el silencio.

De un momento a otro, vimos a Desdémona en la piel de María Grazia Gamarra. Había saltado como un cisne hasta aparecer cruzando el escenario. Su cabellera de oro hacía juego, en la penumbra, con el resplandor de los antiguos palcos. Como dijo Yasanny: «Se veía muchísimo más joven en persona, una muñequita». De pronto, apareció el valiente Otelo, (el muy talentoso André Silva) con el uniforme militar. Ambos iniciaron una especie de danza contemporánea, mientras —detrás—, como naciendo de entre las misteriosas sombras, a manera de lentos espectros silenciosos, surgían los demás personajes, quienes se ubicaron en lugares específicos con cierta simetría y se quedaron como estatuas.

Fernando Luque, a mi parecer, fue la figura más resaltante en el elenco. 

De aquellas figuras, solo una de ellas cobró vida: el traidor Yago.

Este personaje, encarnado con inteligencia y carisma por Fernando Luque, empezó su atrapante monólogo, desplazándose a lo largo del escenario, mientras se refería a los personajes mudos y quietos que tenía a su disposición.

Ese toque juguetón que le dio Luque a Yago fue, en gran manera, el atractivo mayor de aquella presentación. Mientras se desarrollaba la historia del honorable y respetado moro que trataba de abrir el paso para su matrimonio con Desdémona, aquella seriedad, aquel aliento poético contrastaba con las veces en que el villano tenía divertidos parlamentos. Aquí aparecía burlándose de todos, los metía en su telaraña, desarrollaba ideas perversas casi frente a ellos, los embaucaba y, como si se tratara casi del director de la obra, encausaba el rumbo de la trama con sus diversas y oscuras triquiñuelas.

¿Pero acaso no se trataba de una icónica tragedia, la de los celos? Correcto. Sin embargo, me parece que su director, Jean Pierre Gamarra, ha sabido encaminar la obra de tal suerte que, manteniendo cada línea del texto original, y también gracias a la experiencia de su elenco, ha dejado no solo que Shakespeare se haga entender, sino que se pueda disfrutar, a pesar de los largos monólogos llenos de prosa poética. Esto, además, me ha parecido una de las más grandes fortalezas de esta puesta en escena: haber logrado hacer digerible un texto clásico con discursos llenos de metáforas y demás recursos estilísticos.

“Otelo” duró tres horas. Pero yo hubiera querido que dure cuatro. Nunca antes ninguna ficción había logrado mantenerme tan a la expectativa y disfrutando del goce estético de una producción, como lo sentí este último fin de semana, en la víspera del cierre de temporada.

Jean Pierre Gamarra (director de "Otelo") y Maria Grazia Gamarra (Desdémona). Sí, son hermanos. 

La puesta en escena fue magistral, poética, dinámica y entretenida. Parecía un lienzo donde se había puesto cuidado en cada detalle de la pintura. Y es que no solo brillaron aquellos tres personajes mencionados líneas arriba, sino todos. Otro personaje que me agradó mucho fue Brabancio (Alonso Cano) no solo por el vigor y el dramatismo de su interpretación, sino también por la caracterización. Me encantó verlo aparecer con los cabellos largos y cargando su ropa. También me gustó mucho la valentía de Emilia (Andrea Alvarado), personaje que, más tarde, se sobrepone contra la maldad de su marido para enfrentarlo y, por fin, encontrar la muerte a manos de él.

A estas alturas, ustedes pensarán que toda esa energía potente y otra vez poética ha sido transmitida al público gracias a la fidelidad de los micrófonos. Los personajes hablaban fuerte y entonados, como si estuvieran declamando un poema, articulando a la perfección y sin errar en ninguna palabra. Sin embargo, la acústica de este, uno de los mejores teatros de Sudamérica, hizo posible que pudiéramos escuchar las voces limpias y sonoras sin el uso de ningún artefacto de por medio.

Respecto a la música, se ha sabido introducir el rock de dos piezas de Los prisioneros. Ya en la publicidad se anunciaban los videos en Instagram con el tema de fondo: “Estrechez de corazón”. Y aquella canción fue reservada para el momento del clímax de la obra. Me refiero a la escena en que Otelo hace arder su corazón, como si fuera un carbón, en las llamas del odio y los celos. La música empezó a sonar y Otelo perseguía a Desdémona. Sin embargo, cuando pensé que ese sería el acabose de la obra, el pico más alto de esta pieza de arte, sentí como mi cuerpo se estremeció con tres acciones paralelas: Yago asesinaba a Rodrigo que había atacado a Miguel Casio, Otelo destruía su espíritu mientras preparaba el vil asesinato. Y en medio de ambas acciones, como un cordero que intuye su terrible sino, Desdémona entonaba —a capela— una hermosa y muy sentida canción de adiós.

Después de escuchar al público cubrir con aplausos a los actores, después salir y andar unos metros al hotel por el Jirón Ica, he salido esperanzado del teatro. Una luz de oro, muy parecida al resplandor del Municipal, se anuncia en una época extraña donde el arte, fatídicamente, se confunde con el entretenimiento o el ridículo.

El elenco de "Otelo" de Shakespeare, dirigido por Jean Pierre Gamarra

Ojalá todas las personas que amo y estimo, alguna vez, tuvieran la oportunidad que presenciar lo que yo vi allí. En definitiva, no solo la genial pluma de Shakespeare, sino también la dirección, producción y el talento de su elenco, estoy seguro, harían despertar a esta generación que se impresiona con músicas patéticamente eróticas y tanto contenido idiota en las redes.

Sé que Éxodo Teatro (en coproducción con la Municipalidad Metropolitana de Lima)  también ha estrenado “La vida es sueño” y “El avaro”. También sé que, para el 2024, ya están gestando la puesta en escena de “Hamlet”, otra obra de Shakespeare. Por mi parte, de concretarse aquel proyecto, haré todo lo posible por asistir a una de esas funciones. Por el momento, solo queda continuar leyendo a los clásicos, difundirlos en las escuelas, seguir formando personas ilustradas, con pensamiento crítico.

Así, algún día, tal vez ellos puedan experimentar lo que se siente encontrar a Shakespeare vivo, desde una butaca, mientras afuera sigue su curso otra especie de tragedia, una donde el mundo avanza de espaldas al arte, sumido en la miseria de la rutina, los horarios y los demás compromisos autómatas de la vida adulta.

Todo valió la pena: el viaje de catorce horas, la espera (compramos entradas en agosto), el cansancio, la prisa de una ciudad cuyo tiempo va tan rápido que nos pisa los talones, dormir en los incómodos sillones del bus, volver al trabajo con sueño…

La recompensa de la experiencia me haría repetir el plato una y otra vez.

¡Cuánta alegría sentí! Por fin pudimos ver “Otelo” en el teatro.  

Interior del Teatro Municipal de Lima, fundado en 1915. 


 

 

 

 

Chiclayo, 1 de noviembre de 2023