sábado, 6 de junio de 2026

Roberto Sánchez será el próximo presidente del Perú | Por: Ernesto Facho

COMER EL RECALENTADO de Navidad, pedir la "yapa" al casero, guardar condimentos en los envases de helado y ver perder a Keiko las elecciones son costumbres muy arraigadas en nuestro país.

​Ya no me emociona argumentar por qué no se debe votar por ella; estoy convencido de que Keiko Fujimori no nació para ocupar el sillón presidencial. Este domingo sucederá lo mismo.

​Y recordaré al Coyote intentando mil y una veces atrapar al Correcaminos; al gracioso Equipo Rocket volando por los aires y dejando una estela en el cielo mientras proclama que ha sido vencido otra vez; o a Plankton tratando de conseguir, en vano, la fórmula secreta de la Cangreburger. Keiko, en cuanto a sus tentativas por la banda presidencial, es otra de esas caricaturas.

​La diferencia es que ella es la heredera de una dinastía que saqueó al país, manipuló los medios, abusó del tráfico de influencias y cobró la vida de miles de personas que no olvidan.

Y esto no es una cuestión de odio; es un asunto de justicia, de memoria y de dignidad. Sí, es totalmente válido tener dignidad.

Además, ella misma también se ha encargado de hacerle daño al país con una bancada que ha promovido leyes procrimen, ha manipulado el Poder Judicial y ha movido presidentes que fueron incómodos para el fujimorismo. 

​No creo que el número de personas que piensan que la hija de Alberto Fujimori representa la estabilidad supere a quienes van a votar por Juntos por el Perú (JP). Creo que son más quienes saben que el próximo presidente, de alguna manera, será otro rehén del Congreso; alguien que no podrá atentar contra los intereses de las grandes empresas ni contra el libre mercado, y que tampoco nos volverá Venezuela. Ya hay un ejemplo con Castillo, y a Micky Torres solo le faltaron unas diapositivas para explicarlo.

​Roberto Sánchez será el próximo presidente del Perú. ¿Por cuánto tiempo? Hasta que, caprichosamente, sea expectorado por la oposición.

​Pero si Keiko gana el domingo... si gana... si después de las elecciones vienen por aquí y me escriben «te equivocaste», pienso que ahí iniciaría la verdadera inestabilidad. Ya veo a las multitudes marchando en contra de la señora K, derramando su sangre, bloqueando carreteras y vandalizando las calles; todo ello en medio de un reino cuya soberana los mirará de reojo, impasible y soberbia, sin el mínimo estremecimiento. 

Hace mucho que la conciencia de Keiko se cansó de tocar su puerta. Siendo así, el pueblo tampoco será escuchado.

​Pero insisto: no creo que Dios, este domingo, permita que el Perú quede bajo el pleno control de la mente criminal de Keiko Fujimori. 

Unas elecciones sin la derrota de Fuerza Popular me parecen tan inverosímiles como una Semana Santa sin "Ben Hur" o una Navidad sin "Mi pobre angelito". 



sábado, 20 de diciembre de 2025

El Maravilloso Teatro USAT y el Mago de Oz | Por: Ernesto Facho Rojas

 

El tercer momento fue una escena donde la sombra se volvió coprotagonista. Dorothy, con su vestido azul, yace dormida sobre el escenario, con la cabeza apoyada delicadamente en el suelo, apenas tocada por una tenue luz azul. La música hace lo suyo y los corazones se sobrecogen. Parece muerta. Su figura permanece tendida unos segundos hasta que aparece el tío Henry, luchando por despertarla.


Totó y Dorothy escuchando la historia del Hombre de Hojalata

EN CHICLAYO ESTÁ SUCEDIENDO ALGO verdaderamente importante.

En una ciudad conocida por su espíritu fenicio —donde abundan los eventos nocturnos, corre el alcohol y proliferan los conciertos de cumbia por doquier— comienza a abrirse paso una forma de hacer teatro que no solo nos enorgullece, sino que nos eleva. Me refiero a la poderosa propuesta de la Universidad Santo Toribio de Mogrovejo, que solo este año se ha dado el lujo de presentar dos obras exitosas e imponentes.

Se trata de los musicales Romeo y Julieta y El Maravilloso Mago de Oz, ambos dirigidos por el inspirado Carlos Mendoza Canto. Aunque la mayoría de vecinos desconozca que en la llamada Ciudad de la Amistad el teatro sí se cultiva, existen algunas funciones disponibles. Sin embargo, siendo objetivos, la propuesta de la USAT marca un punto y aparte en términos de producción frente a lo que ofrecen otros colectivos, y además lo hace de manera gratuita.

En esta oportunidad nos ocuparemos de su más reciente proeza: El musical de El maravilloso Mago de Oz, presentado el 19 de diciembre en el Teatro Moliné. La cita fue a las siete y media de la noche.

Detrás del telón, el movimiento apresurado de algunos zapatos delataba los últimos preparativos: todo estaba quedando listo para el espectáculo.

La función está a punto de empezar. El público espera ansioso. 

La oscuridad envolvió el recinto y se escuchó el grito de guerra ceremonial que antecede a toda puesta en escena, evocando aquellos tiempos en que el olor de las heces de los caballos, concentrado en las calles, anunciaba que habría público y que la velada no sería en vano.

El espíritu de los asistentes se colmó de formas, músicas y colores. Ya estábamos en Kansas, observando cómo la casa de una niña se elevaba por los aires, impulsada por remolinos de viento. Era Dorothy (Leydi Quijano Mejía), en carne y hueso, acompañada de los curiosos Munchkins. Desde nuestros asientos nos preguntábamos si se trataba de una caracterización excepcionalmente fiel o si alguna magia había traído al escenario al personaje mismo del libro, con trenzas y canasta incluidas.

También resultó sorprendente ver desfilar a las Brujas del Norte (Angheles Medina Navarro) y del Sur (Amanda Burgos Gonzáles), al León Cobarde (Juan de Dios Ibáñez), El Espantapájaros (José Ordóñez Terrones) y al Hombre de Hojalata (Christian Burga Rafael). Y, entre todos ellos, apareció una figura de presencia contundente: una mujer de frondosa y elocuente cabellera verde. La Bruja Malvada del Oeste (Rita O´Dell) reclamó por momentos la historia como si fuera suya, imponiéndose como una villana capaz de capturar la atención del público con solo pisar el escenario.

¡Impecables vestuarios y maquillaje! No éramos simples espectadores, sino cómplices de Dorothy y de las brujas. Todos, estremeciéndonos, sentíamos las palpitaciones de la historia y rozábamos, en más de una ocasión, los límites de Ciudad Esmeralda.

La música encajó sin dificultad, no solo como acompañamiento de las escenas, sino como motor narrativo que agilizó historias secundarias, en especial las del Espantapájaros y el Hombre de Hojalata. Hubiera sido fascinante ver la lucha del Espantapájaros contra los cuervos o del Hombre de Hojalata contra los lobos; sin embargo, resulta comprensible que dichas escenas no se hayan montado. La adaptación mantiene así intacta su idoneidad.

Fue también muy acertado el recurso de los Munchkins —vestidos con colores primarios— como narradores que resumían y explicaban pasajes clave. Gracias a ello, trascendieron el mero rol humorístico o decorativo y adquirieron verdadero peso dramático.

La obra tuvo numerosos momentos memorables, pero me gustaría destacar tres.

Totó y Dorothy conversan con los curiosos y coloridos Munchkins

El primero fue la algarabía del célebre “Ding dong, la bruja murió”. Ver bailar a Dorothy —ágil, musical y entusiasta— nos hizo sentir el privilegio de tener frente a nosotros a la misma Judy Garland. O mejor aún: sin necesidad de resucitar cadáveres, presenciamos a una actriz digna de tomar la posta como canal del espíritu de la Dorothy original.

El segundo momento destacable fue cualquiera de los monólogos de la Bruja Malvada del Oeste. Acorde con los tiempos actuales, los villanos buscan una estética que permita identificarnos con ellos. Así, esta bruja ya no llevaba el rostro verde, sino la cabellera; pero la oscuridad de su corazón se reflejaba en la mirada y en la convicción con que la actriz ejecutaba cada movimiento, cargado de fiereza y dramatismo. En especial, resultó memorable la escena en que sus súbditos la veneran formando un círculo a su alrededor, mientras ella los desprecia y clava los ojos en el público.

La imponente Bruja Malvada del Oeste en una de sus participaciones 

Pero los contrastes también tienen su belleza.

El tercer momento fue una escena donde la sombra se volvió coprotagonista. Dorothy, con su vestido azul, yace dormida sobre el escenario, con la cabeza apoyada delicadamente en el suelo, apenas tocada por una tenue luz azul. La música hace lo suyo y los corazones se sobrecogen. Parece muerta. Su figura permanece tendida unos segundos hasta que aparece el tío Henry, luchando por despertarla.

En medio del color, la música y la alegría, irrumpe entonces la sombra del desconsuelo: abrir los ojos a una realidad donde el Espantapájaros, el León Cobarde y el Hombre de Hojalata no son más que ecos, espectros de un sueño. Pero llega la luz del amor y el escenario vuelve a iluminarse.

Y sí, tal como se anunciaba en redes, la puesta en escena de El maravilloso Mago de Oz fue una fiesta. La obra termina y los actores corren a formar una sola fila para recibir los emotivos y merecidos aplausos de un público que ya les pertenece. Los ovacionamos como los dedos de un solo puño, alimentados por la sangre de un mismo corazón. Todo ello llena mi espíritu de esperanza.

¿En qué ocuparía el resto de Chiclayo esas horas, entregado a asuntos menos nobles que presenciar una obra donde el amor late en carne viva? ¿Algún día tendrán el valor de acercarse al Teatro Moliné para elevar sus estándares éticos y estéticos? ¿Tomará la Universidad Nacional Pedro Ruiz Gallo, alguna vez, el ejemplo de la USAT, sin pretextos económicos, para ayudar a darle más luz a esta ciudad tan golpeada?

Estemos atentos a los proyectos artísticos de esta universidad. Sigamos a Carlos Mendoza Canto en redes sociales. Curémonos con teatro, música y poesía. Quien suscribe está convencido de que un público que visita repetidas veces lugares como Ciudad Esmeralda regresa alguna vez más noble, con más sesos y más corazón; no para exhibirlos como adornos, sino para forjarlos como una espada capaz de vencer a todas las brujas que sea necesario enfrentar.

¡Larga vida al Teatro de la USAT!

¡Larga vida al arte!

 

 

 

 

Chiclayo, 20 de diciembre de 2025

3:54 p.m.

 

 

domingo, 26 de octubre de 2025

Carpín Dorado y el adiós que ahoga| Por: Ernesto Facho R.

 

(…) la historia nos muestra la fragilidad del amor en sus dos formas: al centro del escenario, Carolina y Sofía se despiden como dos objetos que, al separarse, se llevan una parte del otro consigo. Y, por supuesto, el pez, una metáfora del peligro de muerte, ya que las condiciones para que sobreviva resultan complicadas, igual que en el amor.

Carolina y Sofía, protagonistas de la obra Carpín Dorado

El pez de papel aguardaba inmóvil dentro de la pecera. Abrieron las puertas del local y la gente avanzó con prisa para conseguir los mejores asientos. Frente a nosotros, la escenografía lucía sencilla, pero elegante y llamativa. Este viernes 25 de octubre, Cisne Alternativo, bajo la dirección de Roy Marcelo, presentó en Chiclayo la obra Carpín Dorado, escrita por el dramaturgo peruano Diego La Hoz.

Una constelación de papelitos multicolores, adheridos por todo el escenario, sorprendió a quienes no conocíamos la obra.

Apareció el director. Contó los motivos de su incursión en el teatro, su historia durante la pandemia, la formación del grupo, las experiencias compartidas, y el origen del nombre Cisne Alternativo.

El público seguía atento al escenario, esperando la aparición de las dos jóvenes protagonistas de esta historia llena de intimismo, drama y poesía.

Acto seguido, presenciamos un performance de danza contemporánea. La joven bailarina tenía carácter. Surgió entre las columnas del público, que aplaudió su breve participación. La espera por el número principal se alargó unos minutos más, pues se improvisó una entrevista a la estudiante de Arte de la Universidad Nacional Pedro Ruiz Gallo.

Un juego de luces errático —y hasta cierto punto cómico— nos separaba del inicio de la obra. Ya no existía casi nada entre los espectadores y las actrices, entre nosotros y la historia.

Por fin, igual que una sombra o un sueño, dos siluetas donde predominaba el color naranja formaron un semicírculo con su marcha y se encontraron frente a nosotros. El preludio de la obra era una dramática coreografía donde las protagonistas hacían el amago de los besos y las caricias, de las discusiones y el adiós.

La historia arrancó con un silencio incómodo entre las jovencitas. Una maleta de color rosado era testigo de sus discusiones sobre la necesidad de escapar del país, sobre la muerte y sobre el amor que contiene y cuida, que arde y se aferra.

Las voces lograron, con creces, transmitir los sentimientos de ambas, y la acústica permitió entender cada palabra con claridad. La tensión alcanzaba su clímax cuando un grito —como un navajazo— desgarraba el silencio y nos devolvía a la cólera y la impotencia de Carolina, interpretada magistralmente por Leydi Quijano.

Flyer promocional de la obra

Por su parte, Sofía, encarnada por Sulibeth Jiménez (miro el flyer una y otra vez para no confundirme con las letras de su nombre), nos transmitió algo que, desde mi ignorancia de las técnicas histriónicas, podría llamar una doble capa de actuación. Jiménez debía fingir dos veces: primero, ser Sofía; y segundo, ser una Sofía que aparenta frialdad, pero deja entrever, por rendijas casi invisibles, un mar de melancolía por haber tomado esa decisión que, en el fondo, la estaba —prematuramente— matando en vida.

El texto también tenía ciertas vetas que aludían a las luchas del colectivo del abecedario, cuestiones a las que una de las protagonistas llama derechos. Pero no se profundiza en ello. El fondo de todo esto son esas dos muertes a las que se enfrentan las mujeres: una espiritual con la despedida, y una física, la cual es el destino próximo de Sofía y el principal motivo por el que se aleja.

Hubiera disfrutado la obra plenamente si encontraba un mejor lugar para observarla. Los asientos estaban dispuestos uno detrás de otro, pero pienso que, de haberse conseguido un local con graderías, la experiencia habría sido más completa y el público habría percibido los gestos y desplazamientos con mayor claridad. Lamentablemente, desde mi segunda fila, un hombre con peinado afro —que duplicaba el tamaño de su cabeza— me robó, en varias ocasiones, hasta el treinta por ciento del campo visual, lo cual me hizo vivir otro drama desde mi lugar.

También la historia nos muestra la fragilidad del amor en sus dos formas: al centro del escenario, Carolina y Sofía se despiden como dos objetos que, al separarse, se llevan una parte del otro consigo. Y, por supuesto, el pez, una metáfora del peligro de muerte, ya que las condiciones para que sobreviva resultan complicadas, igual que en el amor: puede vivir casi diez años, pero la temperatura del agua debe variar entre 14 y 22 grados.

Flyer promocional de la obra

Pero… ¿acaso todo esto no es también una metáfora de la fragilidad del arte?

El teatro de Chiclayo es como un menudo  Carpín Dorado: sobrevive en aguas adversas y agresivas, en condiciones difíciles que amenazan su permanencia.

En las palabras de Roy Marcelo comprendí que su tarea es una lucha a contracorriente, nacida en medio de la adversidad de un virus que paralizó al mundo. De allí emergió Cisne Alternativo, cuyo canto he tenido el privilegio de escuchar este viernes 25 de octubre.

Que este cisne crezca, se fortalezca y continúe volando, para que en el futuro nos revele escenarios aún más ambiciosos, donde el arte vuelva a ser ese milagro que nos devuelva emociones arrebatadoras y profundas.

La obra cierra con una postal desgarradora. Leydi, aún en la piel de Carolina, se abraza a sí misma, como intentando contener el dolor de sus heridas, tratando de no desmoronarse. Camina de izquierda a derecha con la mirada perdida, extraviada en el laberinto reciente de su memoria, poblado de fantasmas grises que tiemblan.

Las luces van perdiendo fuerza: se apagan con lentitud, igual que su espíritu.

De fondo, una melodía nos eriza la piel: es Only Love Can Hurt Like This.

 

Chiclayo, 26 de octubre de 2025

sábado, 11 de octubre de 2025

El Teatro USAT revive a Shakespeare en su vigésimo séptimo aniversario| Por: Ernesto Facho Rojas

 

Desde las butacas escuchamos las melodías. En la fiesta de los Capuleto, jóvenes enmascarados danzaban con gracia; las mujeres, de hombros desnudos y faldas largas, se acoplaban a ellos, sostenidas por firmes manos en la cintura. Mientras tanto, los dos amantes se trenzaban en caricias y palabras dulces: aquellos versos de oro escritos por el Cisne de Avon. Solo que esta vez, en pleno 2025, aquí en Chiclayo.

Julieta, en el balcón, interpretada por Leydi Quijano Mejía

En el 2016 tuve la oportunidad de ver La casa de Bernarda Alba, de Federico García Lorca, bajo la dirección de Carlos Mendoza Canto. Fue una de las primeras veces que presencié un teatro de ese nivel en Chiclayo. Nueve años después, tras asistir a algunas puestas en escena, me he dado cuenta de que no volví a ver un espectáculo de semejante calidad en la Ciudad de la Amistad.

Hace poco, en redes, encontré un flyer que mencionaba el nombre del mismo director y, sin dudarlo, ajusté mi agenda para asistir a la obra que se presentaría el 10 de octubre: Romeo y Julieta.

Llegué un poco después de las siete de la noche y encontré el lugar semilleno. Eso me dio satisfacción, pues gran parte del éxito de estos proyectos radica en la respuesta del público. Sin embargo, también fue algo incómodo ver a ciertas señoronas que guardaban una fila completa de asientos vacíos para ellas solas. Aun así, pude asegurarme un asiento en una muy digna tercera fila.

El telón de sombra se abrió y aparecieron los primeros actores. Noté la calidad de los vestuarios y los guiones bien aprendidos. La escenografía consistía en una estructura que, en el segundo piso, reproducía el clásico balcón desde donde Julieta, más adelante, pronunciaría su monólogo lunar. En el programa se mencionaba que se trataba de un musical, y pensé que las melodías podrían restarle cierta dosis shakesperiana a la representación. Sin embargo, no fue así: más bien se acoplaron con naturalidad, aportando vida, ritmo y nuevos colores.

Fiesta de los Capuleto

Los personajes parecían salidos de una realidad que no pertenecía a este Chiclayo bombardeado, lleno de baches y desesperanza. Todos nos vimos dentro de una burbuja perfecta donde reinaban trajes renacentistas, siluetas delicadas, corsés ajustados y hombres y mujeres bellos que se desplazaban de un lado a otro, con oscuros movimientos que parecían olas reventando sobre la costa de la realidad. Con los Montesco de azul y los Capuleto de rojo, me pregunté: «¿Dónde estará Julieta?»

Entonces apareció. Una doncella de cabellera blonda y ondulada emergió en escena. La luz azul cayó sobre su rostro mientras sus delicados pies la conducían, paso a paso, hacia el balcón que era su trono. El corsé ajustado llevaba en el centro una rosa de un rojo intenso; las mangas, amplias y caídas; la falda, voluminosa, digna de una princesa de los bocetos de Walt Disney. Era, sin duda, la protagonista.

Por su parte, Romeo (Harold Tapia Rodríguez) apareció inseguro, indeciso, aún enredado en el corazón de Rosalina. Pero al mirar a Julieta (Leydi Quijano Mejía), resplandeció. Su voz, aunque jovial y espontánea, supo proyectarse con claridad, lo cual resultó oportuno para seguir el hilo de la historia.

Fray Lorenzo conversa con Romeo y Julieta, antes de casarlos en secreto

Desde las butacas escuchamos las melodías. En la fiesta de los Capuleto, jóvenes enmascarados danzaban con gracia, con las espadas y dagas ceñidas al cinto; las mujeres, de hombros desnudos y faldas largas y elegantes, se acoplaban a ellos, sostenidas por firmes manos en la cintura. Mientras tanto, los dos amantes se trenzaban en caricias y palabras dulces: aquellos versos de oro escritos por el Cisne de Avon. Solo que esta vez, en pleno 2025, aquí en Chiclayo. Y todo, por la gracia del vigésimo séptimo aniversario de la USAT.

Aunque la obra fue pareja en cuanto al nivel histriónico y musical, debo destacar un par de escenas que justifican las casi tres horas de encierro en el teatro.
La primera es la pelea final entre el conde Paris y Romeo: el cruce de espadas, el diálogo encendido, la coreografía, esa columna de humo que le daba una atmósfera de misterio entre las sombras y luces del escenario, mientras Julieta, con la mano caída hacia un costado y el pecho detenido, aguardaba en el frío féretro.

Pero sin duda, la flor más cuidada de esta tragedia —el sueño shakesperiano hecho carne y hueso— fue la escena del balcón. La habilidad de Romeo para trepar por el conducto paralelo a las escaleras, su voz fuerte y clara, la espontaneidad de sus palabras incluso al pronunciar los solemnes versos de Shakespeare. Y Julieta, con su vestido rosa y la flor carmesí en el pecho, sonriendo enamorada, besando a su hombre e insertando pequeños saltos de emoción, terminaron por cerrar el tierno boceto de una Julieta que calzó como anillo al dedo en esta obra que Chiclayo aplaudió de pie.

Cabe resaltar también el papel de los criados, quienes aportaron la cuota de humor necesaria. Fueron ellos quienes primero conectaron con el público, que, a veces, entendió mal algunos pasajes trágicos y siguió celebrando por inercia. Por ejemplo, cuando Julieta abre los ojos y encuentra muerto a Romeo, reclama que él no le ha dejado veneno para ella, y el público ríe, porque no ha leído la historia. Ese era, sin embargo, uno de los momentos más tristes.

Otro episodio digno de mención fue el del suicidio de Romeo, quien —esta vez sí por error del actor— acomodó con mucho celo su capa antes de caer desmayado. Cuando el público debía lamentar la muerte del idealista protagonista, estalló en risas (yo también).

Aprovechando los «momentos cómicos», no puedo dejar de mencionar otro incidente que arrancó carcajadas en un momento donde debió reinar la tristeza. Julieta había bebido la pócima que Fray Lorenzo (José Ordóñez Terrones) le entregó para dormir 72 horas. Sin embargo, debido al juego de luces que oficiaba de telón, quien manejaba la iluminación, por error, la mostró viva, corriendo escaleras abajo. Al verla, el público repitió entre risas: «¡Ya se levantó la muerta!».

Salvando esos pequeños tropiezos, aprovecho para reconocer el esfuerzo y profesionalismo de Carlos Mendoza, un hombre de teatro con más de treinta años de experiencia, quien dirigió este sueño con los ojos abiertos: ver a Julieta y a Romeo en carne viva, dándose un tímido beso mientras el público aplaudía; defendiendo su amor, enfrentando a sus familias, bajando a la carrera —en las sombras— para ganarle al único villano de la noche: el hombre que manejaba las luces.


El público aplaude de pie a los actores

Felicitaciones a los jóvenes talentos del Teatro USAT. Ojalá haya más Shakespeare y Lorca en estos escenarios. Sabemos que los ecos de aquellos espíritus sabrán alimentar con sus reflexiones a los ciudadanos de esta tierra, víctimas de sus autoridades, que a menudo transitan por los pasajes menos poéticos en su día a día: saltando desagües y baches, sorteando ambulantes y enfrentados a los  delincuentes.

Si Chiclayo es tierra de nadie, estimado Carlos Mendoza, hágala suya… y que la Ciudad de la Amistad se convierta, por fin, en Tierra del Teatro.

Flyer del evento por el vigésimo séptimo aniversario de la USAT


 

 

Chiclayo, 11 de octubre de 2025


jueves, 12 de septiembre de 2024

No puedo celebrar la muerte de Alberto Fujimori - Por: Ernesto Facho R.


CELEBRAR LA MUERTE de Alberto Fujimori me parece miserable.

Fujimori ha sido un personaje con muchos matices, ya que tuvo grandes aciertos en su gobierno, como lograr la estabilidad económica del país, realizar importantes obras de infraestructura, acudir a los lugares más recónditos del Perú, por donde nunca había pasado un gobernante. También es cierto (y aquí viene la parte oscura y truculenta) que fue responsable de la matanza de Barrios Altos y La Cantuta, de los grupos paramilitares asesinos, de las esterilizaciones forzadas, de un tráfico de influencias y manipulación de medios de comunicación que llegó a niveles cinematográficos, con tramas dignas de cualquier historia hollywoodense. 

Sin embargo, creo que uno no puede envilecerse en redes, celebrando la muerte de nadie. ¿Cuánta distancia existe entre un asesino y alguien que celebra la muerte de otra persona? ¿Acaso los asesinos primero no imaginaron esa muerte, se alegraron ante esa visión y luego ejecutaron sus sombríos planes?

    

Esa perspectiva materialista, ajena a cualquier noción del mundo espiritual, donde bien sabemos que existen leyes universales que se encargan de hacernos pagar todas nuestras culpas, me parece de lo más vulgar. Obviamente Fujimori no va a descansar en paz y con eso, sus enemigos, ya pueden darse por servidos.

En este momento histórico, a mí me parece que quedan el aire flotando unas preguntas.

¿Algunos reaccionarán y notarán que, como dijo Hildebrant, Keiko era solo una máscara, un apelativo de Alberto Fujimori? 

¿La gente seguirá apoyando a la hija del séptimo exgobernante más corrupto de mundo sabiendo que la fuente de las ideas, su padre, yace bajo tierra?

¿Qué tanto afectará la desaparición del patriarca al clan más corrupto de la historia del Perú?

No puedo celebrar la muerte de otro ser humano. Eso, repito, me parece ruin.

Pero tengo derecho, como peruano, a seguir soñando con ver morir al fujimorismo.



Chiclayo, setiembre 12 de 2024



viernes, 30 de agosto de 2024

“EL TARTUFO” DE LA ALIANZA FRANCESA ME HIZO REÍR A CARCAJADAS


Por: Ernesto Facho Rojas*

  

De allí, de entre esas voces, escuchamos el timbre agudo de María Grazia Gamarra (la criada Dorina), enfundada en unos pantalones marrones y con una evidente giba artificial. Ese contraste sonoro ha sido, de alguna forma, una de las principales columnas de esta historia, algo que no pude percibir al leer la comedia. La otrora protagonista de la serie “Al fondo hay sitio” le hizo honor al apodo que se pone en las redes sociales, ya que nos sacó varias sonrisas.

 

Cartel promocional de “El Tartufo” de Moliere, bajo la dirección de Jean Pierre Gamarra. 

Antes ya había sentido la plenitud del goce estético al ver “Otelo” de Shakespeare, bajo la dirección de Jean Pierre Gamarra. Y me pareció una puesta en escena sublime, como si me mostraran los personajes temblando desde las mismas páginas de un Shakespeare que toca el cielo con la punta de los dedos, en plena lucha con el ángel.

 De pronto, en mayo, se anunció “El Tartufo”, también del mismo director y repitiendo a figuras como María Grazia Gamarra, Alonso Cano y Fernando Luque. Con aquel precedente, me dije: «No me la puedo perder».

A continuación, dejaré registro de algunas impresiones que tuve al experimentar una vez más el milagro histriónico de aquellos talentosos actores, quienes le dieron vida a uno de los embusteros más grandes de la literatura universal.

La obra empezaba a las ocho de la noche y la cita era en la Alianza Francesa de Miraflores, el 1 de agosto. Después de dar un largo paseo por el malecón de Miraflores, apreciando la apasionada figura de los amantes en El Parque del Amor, luego de recorrer el Parque Chino y procurarnos, junto con Yasanny sus padres, un delicioso almuerzo en uno de los elegantes restaurantes de Larcomar, acudimos al teatro. Había afuera una larga fila esperando por esa criatura fabricada por Moliere.

Portada de la obra “El Tartufo”, una comedia en cinco actos escrita en versos alejandrinos por Molière y estrenada en París el 5 de febrero de 1669. 

Al ingresar, de golpe, nos topamos con la atmósfera, entre hierática y pintoresca, de los personajes que rezaban el rosario. Parecía que habíamos llegado a presenciar un ritual cristiano, el cual se prolongó por unos minutos, con gran efusividad. Luego entendí que aquella escena, la cual no pertenece al guion original, era una especie de introducción, mientras el público se ubicaba en sus butacas respectivas.

Desde el doble privilegio que representa la primera fila, pude respirar a Moliere. Allí estaba una vez más Fernando Luque (Tartufo), poseído por otro espíritu, completamente distinto al Yago que aprecié en el “Otelo”. Se mostraba al lado izquierdo del escenario, subido en un banco antiguo, mientras debajo los personajes atacaban y defendían, con igual pasión, las acciones del protagonista.

Detrás de él había una cruz de hierro. La música de los diálogos empezó a llenar el ambiente de forma natural. De allí, de entre esas voces, escuchamos el timbre agudo de María Grazia Gamarra (la criada Dorina), enfundada en unos pantalones marrones y con una evidente giba artificial. Ese contraste sonoro ha sido, de alguna forma, una de las principales columnas de esta historia, algo que no pude percibir al leer la comedia. La otrora protagonista de la serie “Al fondo hay sitio” le hizo honor al apodo que se pone en las redes sociales, ya que nos sacó varias sonrisas, —incluso algunas estridentes carcajadas— con sus oportunas intervenciones.

Si bien es cierto cada actor estuvo a la altura de las circunstancias, mostrándose cómico y caricaturesco para los propósitos de la historia, también me gustaría mencionar esa importante fuerza histriónica que le aportó Alonso Cano al ponerse en los zapatos de Orgón. Con su inquieto peluquín dorado con forma de hongo, a manera de una aureola que reflejaba la inocencia de quien se dejan engañar, iba corriendo de un lado a otro. También se dejaba poseer por el Espíritu Santo, se desmayaba, hacía las veces de abogado y, en uno de los momentos cúspide de la obra, nos sorprendió atravesando el escenario como un felino al ejecutar con pulcritud un difícil volantín de ninja.

El triunfo de aquella inesperada pirueta dejó boquiabierto al público que lo aplaudió, mientras él seguía escondiéndose torpemente del Tartufo.

Jean Pierre Gamarra, director peruano de gran trayectoria, quien no solo ha dirigido clásicos como “El Tartufo”, sino que también fue el encargado de “La vida es sueño”, “Otelo” y “El misántropo”, entre otras obras. 

Una escena que comentamos mucho con mis suegros y Yasanny, mientras abandonábamos el recinto y buscábamos la forma de tomarnos algunas fotos o grabar videos, fue la de Alejandro Tagle (Damis, hijo de Orgón).  Por un instante, el joven se ubicó en medio del escenario y cogió una especie de cordones invisibles de donde tenía amarrados nuestros corazones. Él prometía desenmascarar al impostor con las siguientes palabras, mientras los ojos de la Alianza Francesa lo seguían con asombro: «Vos tenéis vuestras razones para obrar así y yo tengo las mías para proceder de otro modo. Querer encubrir a este hombre es locura».

Tuve el atrevimiento de escribirles a Éxodo Teatro, los encargados de hacer nacer a los clásicos del teatro universal y hacerlos respirar el aire tenso y gris de Lima. Mi objetivo era conversar con Fernando Luque, actor que esta vez nos volvía a sorprender con su magia para transformarse como lo hace el agua, tomando la forma de los personajes que lo contienen. Me dijeron que le iban a pasar la voz, que llegaba tarde y se iba temprano, que dictaba clases. No tenía muchas esperanzas de concretar el encuentro. (Les escribí mientras me preguntaba dónde estaba el león blanco y por qué, allí en el Parque de las Leyendas, yacía tan sola la leona sin el macho). Y sí llegué a comunicarme con él, pero nuestros horarios no pudieron coincidir.

Gracias de todas formas, Fernando.

¿Se imaginan si en vez de una crónica hubiera subido una entrevista y unas fotos con Fernando? Hubiera sido un muy grato recuerdo.

Dejando a un lado mi ambición y abrazando los momentos de la puesta en escena, recordando, por ejemplo, la pintoresca tensión erótica donde pude apreciar algunas lágrimas reales puestas como un par de perlas en el rostro de Elmira (Amaranta Kun, ¡qué gracia y qué pasión para interpretar!) dados los privilegios de la primera fila, me ha parecido un espectáculo digno del primer mundo. Aquel ha sido, una vez más —de la mano de Éxodo y Jean Pierre Gamarra y de sus actores—, otro evento que guardaremos muchos, muchos de los asistentes, como una joya que llevaremos en nuestros corazones.

Sabemos bien que la hipocresía es inmortal. Entonces, por los siglos de los siglos, que sigan reviviendo en los teatros el espíritu y el genio de Moliere.

¡Amén!

Imagen del elenco de “El Tartufo”. Fuente: Lima en escena. 


Lima, sábado 3 de agosto de 2024

5: 16 a.m.

 

*Docente, escritor y booktuber

domingo, 28 de enero de 2024

CRÓNICA| Zumba y poesía | Por: Ernesto Facho


«Dejo mi heterosexualidad en la puerta» susurré. Ingresamos. Alrededor de veinte personas, en su mayoría mujeres, practicaban ejercicios de estiramiento, mientras la profesora manipulaba el parlante que traía la magia hacia esa habitación iluminada al estilo disco (...) El ambiente se había transformado, cubierto por una aureola de alegría, bienestar y euforia.

CUANDO SENTÍ EL PESO de la barra sobre mi cuello, descendí con mucho cuidado flexionando las rodillas. En ese instante, percibí que un hombre corrió hacia mí y puso su mano sobre mi cintura: «Espera, espera. ¡Se van a salir los discos!» me dijo. No entendí lo que me estaba diciendo y le pregunté: «¿Por qué me tocas?» Cuando intenté voltear el rostro, me explicó que la barra necesitaba los seguros. De lo contrario, los discos se iban a salir y no podría hacer las sentadillas. No le vi el rostro, porque estaba de espaldas, pero esa tarde, posiblemente, ese muchacho me salvó de un accidente.

No pisaba un gimnasio desde el 2016. Cuando iba, había un punto de inflexión en el que me detenía y pensaba con seriedad: «¿Qué hago aquí, moviendo los brazos, haciendo estas sentadillas, levantando estos fierros, cuando en mi casa me esperan los clásicos y los pendientes de la escritura?» Y al terminar, cuando me cambiaba en el baño, cuando a la carrera cruzaba Luis Gonzáles y abandonaba ese colegio donde los niños eran adiestrados para hacer publicidad y ganar medallas en competencias deportivas, reparaba en que no llegaría ni siquiera a acariciar el lomo de mis ejemplares de Víctor Hugo y James Joyce. Por el contrario, contra mi voluntad, escucharía con atención el susurro de un hada que me transportaría, con sus mágicos polvos invisibles, a la región transparente del sueño.

Después de la ducha, cada fibra de mi cuerpo conspiraba contra mí. Por ello, custodiando mi tiempo y mis energías como si fueran mi más preciado tesoro, decidí renunciar a ese mundillo de hombres con espaldas cuadradas y mujeres con pantalonetas ceñidas hasta el infinito.

Pero hace poco he vuelto. Ustedes tal vez pensarán que quiero darles a entender que, con mucho sacrificio, he logrado cruzar el umbral hacia un estilo de vida deportivo y saludable. Lo cierto es que no sé cuánto me dure la emoción.

Ya saben: los músculos, después de un tiempo sin ejercicio, pierden vigor; en cambio, la tinta de mi prosa no se borra. He allí la diferencia.

Yasanny me había dicho que se matriculó en un gimnasio de Luis Gonzales y Pedro Ruiz. «Es uno nuevo y hay ofertas». Por mi parte, seguía con mi rutina de escritura, empezando siempre por avanzar la lectura de los clásicos y luego los manuscritos.

Hasta que en una ocasión me propuso acompañarla.

Pasar tiempo junto a ella y participar en una actividad saludable, era exactamente como matar dos pájaros de un tiro. No podía negarme.

Desempolvé la faja, busqué unas zapatillas; en el camino, trataba de recordar los pesos y, por fin, llegamos. Se abrieron las puertas del ascensor y aquel cubículo nos puso frente a un ambiente de muros amarillos y otra vez las mallas y los hombres (algunos) robustos en busca de más volumen. El primer día hicimos piernas. Acostumbrado a mi forma de trabajar antigua, me pareció más práctico no utilizar la máquina Smith para hacerlas. Por el contrario, me fui al otro extremo y avancé en pie, solo con el peso de la barra y los discos. Allí sucedió el incidente que narré al principio.

No recordaba que el dolor de los días posteriores al entrenamiento fuera casi imperceptible.

Tal vez se trate de la máquina de masajes. ¿Será cierto que tiene unos efectos relajantes sobre los músculos? De todas formas, lo que hace que esta experiencia sea especial, respecto a las demás oportunidades que he tenido de ejercitarme, es el baile.


Me refiero a las clases de Zumba que con tanta ilusión Yasanny me había descrito. Respecto a esa nueva aventura para mí, me sentía algo cohibido. «Está oscuro y todos bailan y parece una discoteca» me dijo ella, pero ni con esas características estaba contento con la idea.

«Dejo mi heterosexualidad en la puerta» susurré. Ingresamos. Alrededor de veinte personas, en su mayoría mujeres, practicaban ejercicios de estiramiento, mientras la profesora manipulaba el parlante que traía la magia hacia esa habitación iluminada al estilo disco. La música, como una espada, cortó el silencio adornado de susurros y risas a media voz. El aire se contagió de una alegría inexplicablemente primaveral, juvenil y llena de vigor. El ambiente se había transformado, cubierto por una aureola de alegría, bienestar y euforia.

Los pasos me salieron torpes. Por momentos, sin talento alguno, lograba intuir el próximo paso de la maestra, ya que los movimientos eran estratégicamente predecibles. Hubo un instante en el que pensé «¡Qué mal lo debo estar haciendo!», hasta que, al dar un giro, me encontré con la mirada de un hombre calvo que no entendía nada.

Mover los brazos y las piernas, empinarme al ritmo de esas melodías, tratar de calcar los movimientos de la instructora me pareció, en ese instante en el que casi no podíamos vernos los rostros, un pequeño y atractivo desafío. Mientras lo cumplía, me imaginé a Edgar Allan Poe, preocupado por su físico también. Dicen que era capaz de nadar diez kilómetros por el río James. Pensé en Lord Byron, en quien se inspiró el primero para atreverse a convertirse en un esbelto pez; en Hemingway, quien practicaba el boxeo y se mostraba rudo, muy rudo, incluso en su resistencia con el alcohol. En alguna ocasión, también, visité un gimnasio de boxeo, pero por un breve tiempo. Sin embargo, esa tarde estaba allí, a merced de la música, escuchando la voz marcial de las mujeres, quienes correspondían con un grito a la orden del salto.


Percibí un bienestar superior al agotamiento físico. En conclusión, había valido la pena.

Como si hubieran sido desenchufados de sus roles artísticos e infantiles, todos volvieron a sus formas originales de adultos. Se agachaban para recoger sus tomatodos, las toallas; se despedían; cerraban con cuidado la puerta; algunos tenían energías para seguir en la lucha afuera, en medio de las máquinas. En tanto, mi espíritu procesaba que había encontrado, además de mis otras tareas sedentarias, una actividad atractiva que me proporcionaba ingentes cantidades de dopamina y adrenalina.

En las ocasiones posteriores encontré, además del señor calvo, a otros muchachos tan varoniles como los héroes de Marvel, contorneándose al estilo del Zumba.

Hacer máquinas está bien, pero, sin lugar a dudas, la diversión y la emoción no están allí, sino en el salón de al fondo, donde se practica esa danza.  

¿Qué hubiera sucedido si aquel joven no corría, como una flecha, hacia mí para evitar que los discos abandonen su sitio? Nunca lo sabré. Pero sí me queda la certeza de que tendré mucho más cuidado no solo con los seguros obligatorios en las barras, sino también con los pesos y los ejercicios que no debo tomar a la ligera.

Pero, dentro de todas esas precauciones, pienso que me he liberado de una idea errada. Allí, en el Zumba, los hombres también somos felices. Quitarse un poco de estrés, perder algunos kilos con el baile, por el momento, me ha parecido un pasatiempo que me gustaría conservar, por lo menos, hasta que vuelva el necesario yugo de los horarios, los exámenes y las clases.



Chiclayo, 28 de enero de 2024