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domingo, 26 de octubre de 2025

Carpín Dorado y el adiós que ahoga| Por: Ernesto Facho R.

 

(…) la historia nos muestra la fragilidad del amor en sus dos formas: al centro del escenario, Carolina y Sofía se despiden como dos objetos que, al separarse, se llevan una parte del otro consigo. Y, por supuesto, el pez, una metáfora del peligro de muerte, ya que las condiciones para que sobreviva resultan complicadas, igual que en el amor.

Carolina y Sofía, protagonistas de la obra Carpín Dorado

El pez de papel aguardaba inmóvil dentro de la pecera. Abrieron las puertas del local y la gente avanzó con prisa para conseguir los mejores asientos. Frente a nosotros, la escenografía lucía sencilla, pero elegante y llamativa. Este viernes 25 de octubre, Cisne Alternativo, bajo la dirección de Roy Marcelo, presentó en Chiclayo la obra Carpín Dorado, escrita por el dramaturgo peruano Diego La Hoz.

Una constelación de papelitos multicolores, adheridos por todo el escenario, sorprendió a quienes no conocíamos la obra.

Apareció el director. Contó los motivos de su incursión en el teatro, su historia durante la pandemia, la formación del grupo, las experiencias compartidas, y el origen del nombre Cisne Alternativo.

El público seguía atento al escenario, esperando la aparición de las dos jóvenes protagonistas de esta historia llena de intimismo, drama y poesía.

Acto seguido, presenciamos un performance de danza contemporánea. La joven bailarina tenía carácter. Surgió entre las columnas del público, que aplaudió su breve participación. La espera por el número principal se alargó unos minutos más, pues se improvisó una entrevista a la estudiante de Arte de la Universidad Nacional Pedro Ruiz Gallo.

Un juego de luces errático —y hasta cierto punto cómico— nos separaba del inicio de la obra. Ya no existía casi nada entre los espectadores y las actrices, entre nosotros y la historia.

Por fin, igual que una sombra o un sueño, dos siluetas donde predominaba el color naranja formaron un semicírculo con su marcha y se encontraron frente a nosotros. El preludio de la obra era una dramática coreografía donde las protagonistas hacían el amago de los besos y las caricias, de las discusiones y el adiós.

La historia arrancó con un silencio incómodo entre las jovencitas. Una maleta de color rosado era testigo de sus discusiones sobre la necesidad de escapar del país, sobre la muerte y sobre el amor que contiene y cuida, que arde y se aferra.

Las voces lograron, con creces, transmitir los sentimientos de ambas, y la acústica permitió entender cada palabra con claridad. La tensión alcanzaba su clímax cuando un grito —como un navajazo— desgarraba el silencio y nos devolvía a la cólera y la impotencia de Carolina, interpretada magistralmente por Leydi Quijano.

Flyer promocional de la obra

Por su parte, Sofía, encarnada por Sulibeth Jiménez (miro el flyer una y otra vez para no confundirme con las letras de su nombre), nos transmitió algo que, desde mi ignorancia de las técnicas histriónicas, podría llamar una doble capa de actuación. Jiménez debía fingir dos veces: primero, ser Sofía; y segundo, ser una Sofía que aparenta frialdad, pero deja entrever, por rendijas casi invisibles, un mar de melancolía por haber tomado esa decisión que, en el fondo, la estaba —prematuramente— matando en vida.

El texto también tenía ciertas vetas que aludían a las luchas del colectivo del abecedario, cuestiones a las que una de las protagonistas llama derechos. Pero no se profundiza en ello. El fondo de todo esto son esas dos muertes a las que se enfrentan las mujeres: una espiritual con la despedida, y una física, la cual es el destino próximo de Sofía y el principal motivo por el que se aleja.

Hubiera disfrutado la obra plenamente si encontraba un mejor lugar para observarla. Los asientos estaban dispuestos uno detrás de otro, pero pienso que, de haberse conseguido un local con graderías, la experiencia habría sido más completa y el público habría percibido los gestos y desplazamientos con mayor claridad. Lamentablemente, desde mi segunda fila, un hombre con peinado afro —que duplicaba el tamaño de su cabeza— me robó, en varias ocasiones, hasta el treinta por ciento del campo visual, lo cual me hizo vivir otro drama desde mi lugar.

También la historia nos muestra la fragilidad del amor en sus dos formas: al centro del escenario, Carolina y Sofía se despiden como dos objetos que, al separarse, se llevan una parte del otro consigo. Y, por supuesto, el pez, una metáfora del peligro de muerte, ya que las condiciones para que sobreviva resultan complicadas, igual que en el amor: puede vivir casi diez años, pero la temperatura del agua debe variar entre 14 y 22 grados.

Flyer promocional de la obra

Pero… ¿acaso todo esto no es también una metáfora de la fragilidad del arte?

El teatro de Chiclayo es como un menudo  Carpín Dorado: sobrevive en aguas adversas y agresivas, en condiciones difíciles que amenazan su permanencia.

En las palabras de Roy Marcelo comprendí que su tarea es una lucha a contracorriente, nacida en medio de la adversidad de un virus que paralizó al mundo. De allí emergió Cisne Alternativo, cuyo canto he tenido el privilegio de escuchar este viernes 25 de octubre.

Que este cisne crezca, se fortalezca y continúe volando, para que en el futuro nos revele escenarios aún más ambiciosos, donde el arte vuelva a ser ese milagro que nos devuelva emociones arrebatadoras y profundas.

La obra cierra con una postal desgarradora. Leydi, aún en la piel de Carolina, se abraza a sí misma, como intentando contener el dolor de sus heridas, tratando de no desmoronarse. Camina de izquierda a derecha con la mirada perdida, extraviada en el laberinto reciente de su memoria, poblado de fantasmas grises que tiemblan.

Las luces van perdiendo fuerza: se apagan con lentitud, igual que su espíritu.

De fondo, una melodía nos eriza la piel: es Only Love Can Hurt Like This.

 

Chiclayo, 26 de octubre de 2025

domingo, 28 de enero de 2024

CRÓNICA| Zumba y poesía | Por: Ernesto Facho


«Dejo mi heterosexualidad en la puerta» susurré. Ingresamos. Alrededor de veinte personas, en su mayoría mujeres, practicaban ejercicios de estiramiento, mientras la profesora manipulaba el parlante que traía la magia hacia esa habitación iluminada al estilo disco (...) El ambiente se había transformado, cubierto por una aureola de alegría, bienestar y euforia.

CUANDO SENTÍ EL PESO de la barra sobre mi cuello, descendí con mucho cuidado flexionando las rodillas. En ese instante, percibí que un hombre corrió hacia mí y puso su mano sobre mi cintura: «Espera, espera. ¡Se van a salir los discos!» me dijo. No entendí lo que me estaba diciendo y le pregunté: «¿Por qué me tocas?» Cuando intenté voltear el rostro, me explicó que la barra necesitaba los seguros. De lo contrario, los discos se iban a salir y no podría hacer las sentadillas. No le vi el rostro, porque estaba de espaldas, pero esa tarde, posiblemente, ese muchacho me salvó de un accidente.

No pisaba un gimnasio desde el 2016. Cuando iba, había un punto de inflexión en el que me detenía y pensaba con seriedad: «¿Qué hago aquí, moviendo los brazos, haciendo estas sentadillas, levantando estos fierros, cuando en mi casa me esperan los clásicos y los pendientes de la escritura?» Y al terminar, cuando me cambiaba en el baño, cuando a la carrera cruzaba Luis Gonzáles y abandonaba ese colegio donde los niños eran adiestrados para hacer publicidad y ganar medallas en competencias deportivas, reparaba en que no llegaría ni siquiera a acariciar el lomo de mis ejemplares de Víctor Hugo y James Joyce. Por el contrario, contra mi voluntad, escucharía con atención el susurro de un hada que me transportaría, con sus mágicos polvos invisibles, a la región transparente del sueño.

Después de la ducha, cada fibra de mi cuerpo conspiraba contra mí. Por ello, custodiando mi tiempo y mis energías como si fueran mi más preciado tesoro, decidí renunciar a ese mundillo de hombres con espaldas cuadradas y mujeres con pantalonetas ceñidas hasta el infinito.

Pero hace poco he vuelto. Ustedes tal vez pensarán que quiero darles a entender que, con mucho sacrificio, he logrado cruzar el umbral hacia un estilo de vida deportivo y saludable. Lo cierto es que no sé cuánto me dure la emoción.

Ya saben: los músculos, después de un tiempo sin ejercicio, pierden vigor; en cambio, la tinta de mi prosa no se borra. He allí la diferencia.

Yasanny me había dicho que se matriculó en un gimnasio de Luis Gonzales y Pedro Ruiz. «Es uno nuevo y hay ofertas». Por mi parte, seguía con mi rutina de escritura, empezando siempre por avanzar la lectura de los clásicos y luego los manuscritos.

Hasta que en una ocasión me propuso acompañarla.

Pasar tiempo junto a ella y participar en una actividad saludable, era exactamente como matar dos pájaros de un tiro. No podía negarme.

Desempolvé la faja, busqué unas zapatillas; en el camino, trataba de recordar los pesos y, por fin, llegamos. Se abrieron las puertas del ascensor y aquel cubículo nos puso frente a un ambiente de muros amarillos y otra vez las mallas y los hombres (algunos) robustos en busca de más volumen. El primer día hicimos piernas. Acostumbrado a mi forma de trabajar antigua, me pareció más práctico no utilizar la máquina Smith para hacerlas. Por el contrario, me fui al otro extremo y avancé en pie, solo con el peso de la barra y los discos. Allí sucedió el incidente que narré al principio.

No recordaba que el dolor de los días posteriores al entrenamiento fuera casi imperceptible.

Tal vez se trate de la máquina de masajes. ¿Será cierto que tiene unos efectos relajantes sobre los músculos? De todas formas, lo que hace que esta experiencia sea especial, respecto a las demás oportunidades que he tenido de ejercitarme, es el baile.


Me refiero a las clases de Zumba que con tanta ilusión Yasanny me había descrito. Respecto a esa nueva aventura para mí, me sentía algo cohibido. «Está oscuro y todos bailan y parece una discoteca» me dijo ella, pero ni con esas características estaba contento con la idea.

«Dejo mi heterosexualidad en la puerta» susurré. Ingresamos. Alrededor de veinte personas, en su mayoría mujeres, practicaban ejercicios de estiramiento, mientras la profesora manipulaba el parlante que traía la magia hacia esa habitación iluminada al estilo disco. La música, como una espada, cortó el silencio adornado de susurros y risas a media voz. El aire se contagió de una alegría inexplicablemente primaveral, juvenil y llena de vigor. El ambiente se había transformado, cubierto por una aureola de alegría, bienestar y euforia.

Los pasos me salieron torpes. Por momentos, sin talento alguno, lograba intuir el próximo paso de la maestra, ya que los movimientos eran estratégicamente predecibles. Hubo un instante en el que pensé «¡Qué mal lo debo estar haciendo!», hasta que, al dar un giro, me encontré con la mirada de un hombre calvo que no entendía nada.

Mover los brazos y las piernas, empinarme al ritmo de esas melodías, tratar de calcar los movimientos de la instructora me pareció, en ese instante en el que casi no podíamos vernos los rostros, un pequeño y atractivo desafío. Mientras lo cumplía, me imaginé a Edgar Allan Poe, preocupado por su físico también. Dicen que era capaz de nadar diez kilómetros por el río James. Pensé en Lord Byron, en quien se inspiró el primero para atreverse a convertirse en un esbelto pez; en Hemingway, quien practicaba el boxeo y se mostraba rudo, muy rudo, incluso en su resistencia con el alcohol. En alguna ocasión, también, visité un gimnasio de boxeo, pero por un breve tiempo. Sin embargo, esa tarde estaba allí, a merced de la música, escuchando la voz marcial de las mujeres, quienes correspondían con un grito a la orden del salto.


Percibí un bienestar superior al agotamiento físico. En conclusión, había valido la pena.

Como si hubieran sido desenchufados de sus roles artísticos e infantiles, todos volvieron a sus formas originales de adultos. Se agachaban para recoger sus tomatodos, las toallas; se despedían; cerraban con cuidado la puerta; algunos tenían energías para seguir en la lucha afuera, en medio de las máquinas. En tanto, mi espíritu procesaba que había encontrado, además de mis otras tareas sedentarias, una actividad atractiva que me proporcionaba ingentes cantidades de dopamina y adrenalina.

En las ocasiones posteriores encontré, además del señor calvo, a otros muchachos tan varoniles como los héroes de Marvel, contorneándose al estilo del Zumba.

Hacer máquinas está bien, pero, sin lugar a dudas, la diversión y la emoción no están allí, sino en el salón de al fondo, donde se practica esa danza.  

¿Qué hubiera sucedido si aquel joven no corría, como una flecha, hacia mí para evitar que los discos abandonen su sitio? Nunca lo sabré. Pero sí me queda la certeza de que tendré mucho más cuidado no solo con los seguros obligatorios en las barras, sino también con los pesos y los ejercicios que no debo tomar a la ligera.

Pero, dentro de todas esas precauciones, pienso que me he liberado de una idea errada. Allí, en el Zumba, los hombres también somos felices. Quitarse un poco de estrés, perder algunos kilos con el baile, por el momento, me ha parecido un pasatiempo que me gustaría conservar, por lo menos, hasta que vuelva el necesario yugo de los horarios, los exámenes y las clases.



Chiclayo, 28 de enero de 2024

 

jueves, 29 de diciembre de 2022

RESEÑA| "Lado B de las sombras": ¿La oscuridad es una mujer ausente? | Por: Ernesto Facho

 El título del libro, “Lado B de las sombras”, alude a ese reverso de la realidad que Octavio Paz decía que es en el que andan navegando los poetas. La Literatura, al igual que el arte en general, siempre trata de explorar más allá, de ir hacia adentro, o a esa otra orilla de la reflexión que no alcanza el vulgo, ya que anda secuestrado por el agresivo ataque audiovisual (la luz) al que estamos expuestos.

El poeta Juan José Soto, dando lectura a los versos de "Lado B de las sombras"

  Una noche, César Boyd me dijo que debía conocer a un poeta con «muy buenos contactos». 

Por esos años, recuerdo que la mayoría del Grupo Literario Signos andaba inmerso en el descubrimiento de Roberto Bolaño. Hablábamos mucho de él y de la idea romántica de relanzar el grupo, tratando más o menos de plasmar nuestra doctrina literaria e ir evangelizando un puñado de ideas que no llegaron a cuajarse como las bases del grupo. 

«Ven para que lo conozcas. El pata es de Lima, de Barranco» me dijo el autor de “La misa del yo insaciable”. Y llegamos a un local en Santa Victoria.  

Así conocí a Juan José Soto Bacigalupo, un 3 de agosto de 2011. 

Con su ayuda, pude participar en los eventos literarios más importantes a los que he asistido, después de la Feria Internacional del Libro en el 2019. Siempre confió en mí, no solo como poeta, sino también como articulista. Y, lógicamente, escuché muchas veces sus versos. 

Hace poco, Gianfranco Mejía visitó el colegio donde trabajo. Una señorita de atención al cliente lo atendió y le recibió el libro que su autor me estaba compartiendo, después de que yo aceptara comentarlo hoy, sábado 17 de diciembre. Y yo no sabía que era una bomba. Explico por qué. 

La poesía de Jota, así como lo llamamos sus amigos, ha sufrido una evolución —para mí— inesperada en esta última entrega. Son versos de una calidad que nunca escuché en recital anterior y que no pueden ser alcanzados por las líneas que leí en “Airado Verbo”. 

A mi parecer, “Lado B de las sombras” es el inesperado renacer de un poeta, un cambio de piel, el crecimiento en la videncia que él mismo proclama y con la cual puede navegar a través de las sombras. 

Dicho esto, debo agregar que la lectura de este libro ha sido como ingresar en un nuevo laberinto, pisar tierras ignotas, penetrar en una dimensión desconocida del autor, a la cual tal vez ha podido llegar a través de meditación que le ha procurado la soledad y el confinamiento. 

Paso a explicar. El libro es un poemario que aborda los siguientes temas: 


En la mesa de honor, de izquierda a derecha, Ernesto Facho, Juan José Soto y Jorge Fernández Espino


  1. La búsqueda de lo trascendental: 

El título del libro, “Lado B de las sombras”, alude a ese reverso de la realidad que Octavio Paz decía que es en el que andan navegando los poetas. La Literatura, al igual que el arte en general, siempre trata de explorar más allá, de ir hacia adentro, o a esa otra orilla de la reflexión que no alcanza el vulgo, ya que anda secuestrado por el agresivo ataque audiovisual (la luz) al que estamos expuestos. 

Entonces, si me alejo de la luz, llego a las sombras. Pero este libro no trata solo de las sombras, sino del otro lado de las sombras. Es decir, de una exploración mucho más profunda todavía. 

Y para explorar tinieblas adentro, se necesita de la videncia que Rimbaud decía que había que procurarse como poeta, como robador de fuego. 

Lo dicho anteriormente se evidencia en los siguientes fragmentos: 

Coloco el ojo izquierdo en la cerradura

Giro

Y vuelan despavoridas las sombras

También cuando dice: 

Me alejo de la cercanía del hombre

De su repleto vacío

De su absurda existencia fosforescente

Que atrae exaltados ejércitos de moscas. 

En ambas estrofas, notamos cómo el ojo vidente del poeta, el que ve más allá del ojo humano, puede ver en las sombras lo que los hombres de pobre «existencia fosforescente» no pueden ver. Esto también nos remite al ideal platónico, ya que el poeta, en este caso, estaría enfocado en el mundo de las ideas y no en nuestra realidad vista a la luz del día. 

  1. El misterio de la sombra 

Encuentro una suerte de intertextualidad con La Divina Comedia en el poemario. El yo poético es un moderno Dante que desciende por los círculos de los infiernos. El autor anota: «Hay traslúcidos infiernos/ En los espejos de papel de los orates».  O más bien, un Dante surrealista, ya que en el poemario abundan las descripciones de los abismos y las monstruosas visiones de los bajos. Estas mismas sombras, son las que lo han ayudado a ver más allá del espanto y la soledad y lo han hecho más fuerte, igual que con todos nosotros cuando pasamos por momentos difíciles. 

Teniendo en cuenta lo anterior, me parece oportuno citar las siguientes descripciones: 

Una horda dura, gris 

De hombres piraña

Me levanta en peso

Hurga uno a uno los bolsillos

Me arranca la ropa

Me calatea

Me sacude

Vuelve a sacudirme furiosamente

Asimismo, las visiones de hombres despedazados son muchas veces referencias del yo poético. Se hace alusión, en las horribles visiones del artista, a los desmembramientos propios y de terceros. El yo poético sufre por estar atado a la cotidianidad de las sombras y de sentirse, muchas veces hecho pedazos por el día que lo aplasta. Pero, si buscamos entre los versos de este libro, ¿podremos encontrar la razón de este sufrimiento? ¿Si existen las sombras, también existe la luz en este título? La respuesta es «sí». 

Entonces, ¿dónde está la luz? 

  1. La oscura soledad poética

Hubiera sido absurdo pensar que no hubiera matices en este libro. El nombre no sugiere que todo sea oscuridad, tinieblas, noche. De hecho, no hay ningún poema a la luz; sin embargo, se hace referencia a ella. Repito: a ella. 

Y es que la luz, en “Lado B de las sombras”, es algo que existe en tiempo pretérito, en el ayer. La luz es un recuerdo. 

A continuación, exploraremos los rincones de nostalgia de este libro, donde se alude a ese personaje incidental, en términos narrativos, que aparece por momentos en los espacios oscuros de este lóbrego templo. 

Por ejemplo, cuando el autor dice: 

Son tus nalgas

Enredando mis labios

Hondos ojos

Por los que miro el amanecer. 


La musa, al ausentarse, produce el desasosiego, el tedio, las sombras. 

Es decir, la corporeidad de la musa, el erotismo, su piel, es lo que ayudaba al poeta a salir de las tinieblas. Aquí podemos mencionar a la mujer solar. Incluso más adelante menciona al «desquiciado tren» como metáfora de lo pasajero en la existencia del ser humano. Leamos también la siguiente estrofa: 

Canciones resuenan

Sobre las ramas de los árboles

Ante el oscuro ritual del adiós. 

El adiós, necesariamente, tiene que ser un evento que oscurece, ya que la hembra solar se esfuma, se aleja, se ausenta. Las canciones son los poemas que aterrizan en uno de los dos tipos de oscuridades.  

Existen dos tipos de dicotomías: LUZ/ SOMBRA:

Primero: La luz artificial del mundo vulgar, de la luz fosforescente, frente a la oscuridad donde la videncia del poeta muestra la verdadera trascendencia. Es decir, encontramos a los seres comunes y corrientes presos en los asuntos materiales que pueden ser observados solo a la luz del día, haciendo vidas cotidianas, mientras el poeta, con su videncia, ve más allá.

Segundo: La luz de la mujer frente a la oscuridad del tedio que ofrece la soledad. 

Y si hay un poema donde descansa esta última luz femenina, tendremos que ir por el poema XII, el cual es un artefacto poético muy especial dentro de estas páginas, ya que casi todo está manchado de infierno, cadáveres, monstruos y mutilaciones. El poema duodécimo es, en referencia una vez más a la Divina Comedia, el Paraíso de Dante ya que, al igual que en la obra del vate italiano, este simboliza a la luz y, también, todo termina siendo un sueño. Dichos versos son los que le dan cierto equilibrio a este libro, el espacio por donde se filtra la vida nutrida de nostalgia pura. 

Tropiezas con la luz matinal

Te levantas

Rozas el canto de las sombras. 

Y cierra diciendo: 

Cruento despertar 

Que nos entrega mañanas 

Sin el menor rastro de luz.

Aquí la mujer se ha ido y, con ella, la luz. No queda de ella el menor rastro. El poeta se sumerge en las tinieblas y las explora desde el barranco de su soledad. 

Sin duda alguna, esta noche Juan José nos trae una propuesta que no puede faltar en la biblioteca de ningún lector. Ha pasado mucho tiempo desde nuestro primer encuentro, once años ya, y esperamos que, en lo sucesivo, el poeta nos siga trayendo más sorpresas, dejando atrás los despojos de los anteriores rostros, buscando nuevas identidades en ese océano de sombras del que se ha convertido en un buzo experto. 

¿Acaso allá en las sombras aguardan muchas más palabras para su canto?

¡Felicidades por el nuevo título! 


La presentación de "Lado B de las sombras", en el marco del Ciclón de Poesía, fue un evento que tuvo gran concurrencia. 




Sábado 17 de diciembre de 2022


lunes, 14 de septiembre de 2020

Cien años de Benedetti, un autor sin tregua para el amor

 

Por: Ernesto Facho Rojas

 

La caricia es un lenguaje

si tus caricias me hablan

no quisiera que se callen

Mario Benedetti

 

Estatua de Mario Benedetti en Plaza de toros

Hace cien años nació el uruguayo más ilustre de todos los tiempos. Su lenguaje sencillo, —pero incendiado por una dulce llama de ternura que seducía a la gente, al pueblo, al hombre de a pie— sigue brillando hasta nuestros días. Notamos cómo sus palabras, como si fueran monedas siempre vigentes y en curso, aparecen en las redes sociales. Pienso que no hay cibernauta que no se haya topado con alguna línea de Benedetti, ya sea en Facebook o Instagram.

Mario Orlando Hardy Hamlet Brenno Benedetti Farrugia, nombre completo de nuestro autor, fue un escritor prolífico, pues publicó más de ochenta libros con traducciones en diferentes lenguas, entre las cuales no solo contamos obras poéticas, sino también novelas y obras de teatro. En un inicio leía poemas de Baldomero Fernández Moreno en la Plaza San Martín, y así poco a poco fue naciéndole la idea de escribir versos. Y llegó tan lejos, que en este momento me siento frente a una computadora para rememorar mis pocas lecturas sobre la conmovedora pluma de este vate pues, a pesar de que destacó en varios géneros, siempre se consideró un poeta.

Su narrativa también gozó de aquella sencillez que lo llevó a conectar con la gente. Tiene, entre otros títulos, dos novelas que han captado mi atención:

Gracias por el fuego (1965)

Esta es la historia de Ramón Buñido, quien reflexiona acerca de su vida. La obra empieza con una reunión de uruguayos. Ellos conversan sobre lo decepcionados que se sienten de su país, introduciendo un matiz político que me hizo perder interés en la historia central. Uno de los personajes les comunica que todo Uruguay se ha inundado y cada uno empieza a rectificarse y manifiestan, quitándose las caretas, el cariño que sentían por su nación.

La trama continúa con los recuerdos de Ramón, quien se va a desilusionar de su padre Edmundo (contempla una violación por parte de Edmundo hacia su madre) y se entra de una amante del padre. Contiene varios pasajes poéticos. Sin embargo, nuevamente hace un paralelo entre Edmundo en quien el autor sugiere se ha personificado a la élite poderosa de Uruguay. El mismo Benedetti, en algunos documentales, cuenta que sus personajes a pesar de su exilio, siguen transcurriendo y respirando en Uruguay, ya que su país debía estar presente siempre en su literatura.

 

Sobre eso no hay duda: es sincero con ella. Porque le cuenta cosas feas, cosas sucias, cosas terribles. Como si supiera que el amor de ella es capaz de aceptar ese lado negro de su ser, esa zona del diablo que nunca muestra a nadie totalmente.

 


La tregua (1960)

Esta es la historia Martín Santomé: “Sólo me faltan seis meses y veintiocho días para estar en condiciones de jubilarme”. Su vida transcurre en medio de una rutina gris a la que casi se ha acostumbrado. Él comparte este estilo de vida con sus tres hijos, quienes también tienen sus propios conflictos y crisis. Es una trama que, por momentos, me resultó algo repetitiva, ya que la historia lleva la forma de un diario y en un diario perfectamente sucede aquello. Casi es un calco de la vida y la vida es así. Es necesario contar que Santomé es viudo “la muerte de Isabel es algo fuerte”. Sin embargo, tiene una segunda oportunidad, pues vuelve a experimentar un amor renovado con una mujer casi 25 años menor que él: Laura Avellaneda.

A favor de la técnica del diario utilizada en La tregua, diremos que el texto se convierte en un relato confesional, algo que agrada sobremanera al lector que no necesita arquitecturas complejas del lenguaje ni tramas enrevesadas, pletóricas de un conocimiento técnico de narrador. En sus páginas notamos el susurro acalorado de la pasión dicho en primera persona, el mismo que por momentos también nos vuelve cómplices de esta historia con final lacrimoso.

Asimismo, la versión cinematográfica de este libro fue la primera película de ese país en ser nominada a un Premio Oscar.

 

Lunes 3 de febrero

Ella me daba la mano y no hacía falta más. Me alcanzaba para sentir que era bien acogido. Más que besarla, más que acostarnos juntos, más que ninguna otra cosa, ella me daba la mano y eso era amor.

 

El amor, las mujeres y la vida (1995)

En la contraportada, dice: “Este poemario reúne los mejores versos de amor de Mario Benedetti”, ya que este asunto es como la columna vertebral no solo del libro, sino también es la temática en la que nuestro autor se sumerge hasta salpicarnos de esa ternura y ese fuego sencillo que nos toca el pecho. Aquí, al igual que los personajes de sus libros, encontramos a un hombre que ha recorrido la vida con pasos firmes, impresionado siempre por ese misterio infinito que es la mujer. A veces, ella se presenta como un ser lejano, inalcanzable, etéreo. Es allí cuando Mario Benedetti teje sus versos que van llegando impregnados con un inconfundible aroma a melancolía, esa sustancia de la que también está hecho ese amor de los que no se encuentran ni se miran ni se tocan.

Entre las composiciones más populares del libro encontramos Táctica y estrategia, Corazón coraza, Te quiero, No te salves, Hagamos un trato, Pies hermosos, entre otros.

Si bien es cierto, la belleza que muestra el autor de Pedro y el capitán parece sencilla, la concepción de un poema con esa transparencia y música que ostentaba el uruguayo es muy difícil de lograr para un hacedor de versos. Es decir, para cualquier poeta es más fácil coleccionar palabras raras, alinearlas sobre su escritorio y hacerlas desfilar con un distinto orden sobre el papel. Esto, gracias a que la idea misma del poema tiene la suficiente fuerza o poesía como para decirse sin necesidad de oropeles barrocos.

En Madrid le han hecho un homenaje esta mañana misma Joaquín Sabina, Benjamín Prado y Elvira Sastre. Ellos han participado en un recital donde han leído las letras del maestro, frente a un público que los ha escuchado enamorado —como siempre— de aquel poeta nacido exactamente hace cien años.



Asimismo, se ha editado un libro titulado Cien veces Benedetti, donde aparecen fotos del autor y cartas suyas y de otros colegas suyos como el peruano Mario Vargas Llosa y el inmortal Julio Cortázar. Aquí un fragmento de una carta a Benedetti del autor de Rayuela:

Benedetti, yo no entiendo cómo ha hecho usted para meterse tan a fondo en el libro y decir de él un montón de cosas que yo no conseguiría jamás articular coherentemente. (No es falsa modestia; supongo simplemente que si fuera capaz de entender del todo el libro, no habría conseguido escribirlo; la parte del balbuceo, de la imposibilidad de objetivar las corrientes profundas, se convierte en la obra, pero jamás puede situarse en el plano de la explicación de la obra). Pero esa frase entre paréntesis lo alcanza también a usted, porque sólo desde adentro se podía ver con tanta claridad el móvil de Rayuela, y en usted el poeta y el crítico son uno solo frente a la obra que primero padecen y después elucidan.

Fraternalmente, por su parte, en alguna ocasión Mario Vargas Llosa le escribió:

Estoy contento de haberte conocido, de que seamos amigos, de haber leído tus libros. Anoche terminé los cuentos, que me gustaron tanto como tus poemas y tu ensayo. Pero lo que más me entusiasma es tu novela: la leí de un tirón, en una noche. Es un magnífico libro, hombre, muy pocos en América Latina manejan una lengua tan exacta, rica e inteligente. Es una novela honesta y auténtica, en la que nada está de más y que va contra la corriente, porque a los subdesarrollados nos gusta contar historias tremendas, excepcionales, y eludimos lo rutinario y lo banal que, sin embargo, ocupan sectores más anchos de realidad.



Como se trataba de un autor que escribía prosa y verso, en su libro La tregua Benedetti incluye un poema que me ha parecido muy sentido y trágico. Alguna de sus frases ya la había visto por allí, en algún lugar de las redes sociales, que es donde pareciera que sigue vivo Mario, como si en realidad Dios, o alguno de nuestros dioses, en realidad fuera una mujer que ha decidido que el poeta no muera nunca, a razón de haber quedado cautivada con su poesía. Me refiero a Última noción de Laura, un texto desgarrador y que cito a continuación, esperando que estas líneas sirvan para redescubrir a este autor, de quien curiosamente se dice que se ha encontrado una nueva novela inédita e incompleta.

A continuación, los versos:

Usted martín santomé no sabe

cómo querría tener yo ahora

todo el tiempo del mundo para quererlo

pero no voy a convocarlo junto a mí

ya que aún en el caso de que no estuviera

todavía muriéndome

entonces moriría

sólo de aproximarme a su tristeza.

 

usted martín santomé no sabe

cuánto he luchado por seguir viviendo

cómo he querido vivir para vivirlo

porque me estoy muriendo santomé

 

usted claro no sabe

ya que nunca lo he dicho

ni siquiera

en esas noches en que usted me descubre

con sus manos incrédulas y libres

usted no sabe cómo yo valoro

su sencillo coraje de quererme (…)

 



 

 

 

Lunes 14 de septiembre de 2020

3:10 p.m.

domingo, 9 de agosto de 2020

Blanca Varela o la reina de los valses negros


Por: Ernesto Facho Rojas

…buscábamos la salida no hacia afuera, sino hacia adentro

De: Prólogo a Canto Villano

Octavio Paz

 

Aún recuerdo con nitidez aquella noche del 12 de marzo de 2009, cuando Rosa María Palacios anunciaba en su programa que Blanca Varela había fallecido. En esa ocasión leyó los versos de Currículum Vitae y esa poderosa esencia, ese sonido no era ni bello ni musical, como pensaba en ese entonces que debían ser los mejores poemas.

Pronto me puse a investigar sobre ella y descubrí el cosmos estremecedor de una pluma que ciertamente no era amiga de lo sonoro, pero sí de una pasión inagotable por expresar lo doloroso del ser humano. Y, si bien es cierto, hay algunos poemas donde deja entrever el aspecto de la corporeidad femenina, la maternidad, los mejores poemas me han parecido aquellos en donde la poeta no se hunde en el innecesario y absurdo egoísmo del género pues, en vez de aislarse y proclamar a viva voz «Mírame que soy mujer y escribo poesía», la contundencia de su arte ha ido incluso más allá de cualquier identificación con su sexo. Es decir, Blanca Varela escribía sencillamente con una voz oscura y doliente, con ese puñado de raíces que ascienden entre sus páginas y no se detienen a mirarse en los espejos frívolos.

En sus biografías cuentan que estudió en San Marcos; era una estudiante regular y tuvo la suerte de conocer a Sebastián Salazar Bondy, quien le había recomendado que leyera a César Moro y a Martín Adán. Ella misma dijo que las lecturas de esos dos poetas le abrieron los ojos. Más tarde conocería a José María Arguedas y tendría una participación activa en las reuniones literarias de aquel entonces, en los años cincuenta.

También se nos ha narrado que ya cuando tuvo 23 años, con gran determinación y valentía, abandonó su barrio de Santa Beatriz para marcharse a Francia pues, al igual que Vallejo, quería cumplir el sueño europeo. La artista partió con su esposo, el pintor Fernando de Szyszlo.

Allá pudieron trabar amistad con escritores universales como el cronopio mayor Julio Cortázar, André Bretón, César Moro, Simone de Beauvoir y, principalmente, con Octavio Paz, quien se convirtió, hasta la muerte del Nobel mexicano, en uno de los más fieles amigos de Blanca, pues él la motivó a publicar su primer libro Ese puerto existe, en honor a Puerto Supe.

Está mi infancia en esta costa,

bajo el cielo tan alto,

cielo como ninguno, cielo, sombra veloz,

nubes de espanto, oscuro torbellino de alas,

azules casas en el horizonte.

Junto a la gran morada sin ventanas,

junto a las vacas ciegas,

junto al turbio licor y al pájaro carnívoro.

¡Oh, mar de todos los días,

mar montaña,

boca lluviosa de la costa fría!

Estas experiencias hicieron que Blanca Varela y su poesía pasaran por una transformación relacionada con, principalmente, dos poderosas influencias: El Movimiento Surrealista de aquellos círculos franceses, el cual era como una fuerza ineludible en aquellos tiempos. Ellos creían mucho en la casualidad y amaban el jazz, pues en la improvisación había mucho de lo que se elige al azar y, a la vez, por una fuerza superior que trascendía a la razón y la superaba. 

Sin embargo, por el otro lado está la influencia de sus lecturas Existencialistas, con las cuales Varela, poeta que no se inclina sobre el pedestal de un solo autor, recoge esas dos corrientes y las incorpora en sus versos, en su poesía que iba abandonando las antiguas formas de su pluma y se iba llenando de una reflexión sobre sí misma, la cual dio frutos muy originales a su escritura.

Estos cambios que refiero se pueden evidenciar en su poemario Luz de día:

Cruza la araña

de sueño a sueño,

invisible puente

del día a la rama.

Torpeza de la mosca,

cristal sin alma.

El abejorro bebe,

la flor sangra.

El jardín es la muerte

tras la ventana.

Sin embargo, sabemos ya que esa especie de destrucción interna, un desorden de los sentidos a causa de un terremoto interno es lo que mueve al artista a crear, y no precisamente estar cómodo, con el corazón en calma y en armonía con el cosmos. Y como si la misma Poesía le hubiera exigido un poco más de ese néctar negro que, tal vez, llevan las poetisas en los senos, como si acaso celosa de permanecer oculta en algún lugar de su creadora, la artista, Blanca Varela sufrió el golpe más fuerte de toda su vida: el 29 de febrero de 1996 muere en un accidente aéreo Lorenzo, el hijo de la Blanca.

Su arte se vuelve para alimentarse de las flores negras, las cuales se yerguen en medio del dolor, del fuego azul de las heridas. La poeta tiene su primer ataque de trombosis y empieza a apagarse. Aquí es inevitable hacer el vínculo con la argentina Pizarnik y, de ello, podemos llegar tal vez al corolario de que este arte de las palabras carga su combustible en las estancias del duelo y las sombras. Y mientras más se descompone o se pudre una poeta, con más vigor renacerá su poesía, como si fuera un monstruo que absorbe la vitalidad de los artistas.

Así llega su poemario  Como Dios en medio de la nada y El falso teclado. De este último libro he rescatado esta joya para ustedes: 

El falso teclado

toca toca

todavía tus dedos se mueven bien

el dedo de la nieve y el de la miel

hacen lo suyo

nada suena mejor que el silencio

nuestro desvelo es nuestro bosque

aguza el oído como una hoz

a trillar lo invisible se ha dicho

para eso estamos

para morir

sobre la mesa silenciosa

que suena

Respecto a la desgracia de la artista, Fernando de Szyszlo dijo: «La muerte de nuestro hijo Lorenzo para Blanca fue terrible, fue una doble bendición […] porque le impulsó a hacer su mejor poesía, y sin embargo la mató al mismo tiempo. Ella sobrevivió penosamente la muerte de Lorenzo.»

Una poesía como de la de Blanca Varela, necesariamente, es producto no solo de la desolación de aquel personaje, sino también de una rutina de estudio, una lecturas eruditas y un ejercicio (material) de la escritura que no se restringe a contar versos uno por uno, no.

Su temperamento poético y su genio rarísimo no hubieran podido limitarse a ello jamás. Y es que la autora de Concierto animal también fue una entusiasta escritora de artículos donde hacía crítica de cine y comentaba libros para revistas como El Dominical de La Prensa, las revistas Las Moradas y Amaru, esta última de Emilio Adolfo Westphalen, otro gran poeta surrealista del cual tuvo una importante influencia.

Hoy, 10 de agosto, hubiera cumplido 94 años. Pero la muerte nos la arrebató y ya no ha vuelto a resonar, entre ninguna mujer que respire este aire pandémico de Perú, otra voz así de dolorosa, así de oscura y estremecedora.

Cuánta falta hace —aunque sea— la mitad, la cuarta, la octava parte de una poeta como Varela.


Lunes 10 de agosto de 2020

1: 25 a.m.