Mostrando entradas con la etiqueta Música. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Música. Mostrar todas las entradas

martes, 17 de mayo de 2022

LÍBIDO, UN TORBELLINO DE ROCK EN MONSEFÚ

 Por: Ernesto Facho Rojas


 Tengo sed.

Te necesito para beber tu sangre

y convertirme en parte de ti.

Y ser algo o parte al menos,

porque no soy nada.

No soy nada escribiendo lo vivido.

Sed, Libido

Una selfie con el legendario vocalista de Libido: Salim Vera


Yasanny me había propuesto ir a ver a Libido con unos amigos del colegio CIMA. Acepté de inmediato. Aunque sé que es una de las mejores bandas nacionales, asistí sin esperar mucho. Pensé que podría oírlos a varios metros de distancia, relegado a las últimas filas desde donde a veces se escucha solo un hilo de voz junto al sordo rebote de la música. Sin embargo, este último domingo 15 de mayo me llevé una muy grata sorpresa.

Después de almorzar en casa de mi novia, abordamos un taxi junto a dos profesores más. Juguetón, el maestro Alain Ñiquen comunicaba por teléfono que habían cancelado el evento, pues el concierto no contaba con los permisos. Mi espíritu rockero, adormecido por la ventisca helada de esa noche, había exhalado un suspiro de alivio. De todos modos, fuimos hasta Villa Romero´s en Monsefú y allí esperamos a quienes iban a alcanzarnos las entradas.  

Como teloneros, encontramos a la banda Cix Pack. Ellos interpretaron algunos temas de los ochenta, alternando con temas en inglés; la gente estaba adormecida. Parecía que el geniecillo del rock estaba ausente, ahorrando energías para coincidir con la siguiente banda, la más esperada de la noche: Libido.

Cuando Cix Pack se cansó de despedirse con más temas noventeros, se hizo una pausa. El letargo se acentuó aun más y las personas seguimos el rastro de la humeante carne que salía de las estufas al aire libre. Aunque los anticuchos no eran para mí, me procuré una deliciosa porción de papitas y yucas con ají. De pronto, la temperatura empezó a acomodarse, algo estaba encendiéndose en silencio, mientras el susurro de las personas tejía una especie de manto azul bajo la noche, mientras llegaban más personas y el auditorio parecía que iba a llenarse.

No sucedió. En la parte de atrás, había una piscina; cerca de la piscina, la puerta trasera. A mi izquierda, vestido de traje oscuro y con unas zapatillas blancas, apareció Salim Omar Vera Villar, alguien a quien había visto —por primera vez— gracias a la magia de un pequeño televisor de perilla. Sí, allí estaba el famoso vocalista de Libido. Caminaba ligeramente apresurado y nos daba la espalda, mientras avanzaba hacia los baños.

La imagen que tenía de Salim era equivocada. Los medios de los noventa le habían construido una fama de pedante. Por ello, me acerqué tentando el territorio, mirando con desconfianza a los gorilas que hacían las veces de seguridad con sus chalecos anaranjados, signo inequívoco de su vasallaje. Sin embargo, al llegar a él casi con el consentimiento tácito de sus ciclópeos guardianes, le pedí una foto y, con un gesto muy amable y complaciente, me dijo: «Ya, bacán».

Volvimos emocionados al grupo de los docentes. «Ya justificaste tu entrada» le habían comentado a Yasanny y sí, ya estaban justificados el frío, la espera, el cansancio, incluso la pesadez del día siguiente en la jornada de las clases matutinas. Allí estaba Libido, con Salim de perfil, subiendo al escenario por la delgada escalinata.

Y se hizo el rock en Monsefú, aproximadamente a las diez de la noche.

La diferencia con la banda anterior tenía las dimensiones de un abismo. Cuando lo vi hacer rugir al público de alegría, estremecerlo, sacudirlo con sus temas clásicos, entendí lo que significaba llenar un escenario. Libido no solo es una banda de rock, sino que su vocalista es un performer estupendo que, a diferencia de los teloneros, casi no se detenía a hablar para tomar aire entre canción y canción. Era una máquina de rockear, de expulsar música, de convertir el aire de sus pulmones en armas que alimentaban la nostalgia de los noventa, allí donde casi ya no quedaba ni el recuerdo del frío que nos había castigado minutos antes. ¡Salve, Libido!

En el Villa Romero's, Libido, una banda que derrotó en los MTV Latinos a grupos como Los prisioneros, Javiera y los imposibles y La Ley

Luego escuchamos al vocalista decir frases como: «El reggaetón no es música», «Mi sueño es cantar con Bad Bunny», «Quiero que Bud Bunny me enseñe a cantar» y, la más triste de todas: «A veces la vida es injusta». Ciertamente, Libido es una banda que sigue vigente, pero ha perdido mucha presencia en los medios. De las tocadas frente a veinticinco mil personas y los conciertos en EEUU y sus giras por Chile, Argentina, Colombia y Venezuela, ¿queda algo? Fue un honor tenerlo más de una vez a unos centímetros, confundido entre el público, dejando la estela invisible de aquel suave perfume que llevaba en sus manos sin tatuajes, cantándole de cerca a alguna que otra fan, pero… ¿qué tanto perjudicaron a Libido los otros géneros vigentes? Pareciera que mucho, pues la ironía de Salim para con la música urbana seguía llegándonos con la venenosa brisa del resentimiento.

Al final, después de haber saltado del escenario más de una vez, después de haberse lanzado al piso y de haber dejado toda su energía en ese momento que nos quedará grabado por mucho, mucho tiempo, lo vimos despedirse. A la distancia, el caballero, el adalid de los noventa, ese mismo que derrotó en los MTV Latinos a grupos como Javiera y los imposibles, La Ley y Los prisioneros al llevarse con su banda el premio a Mejor artista suroeste, se alejó del escenario. Como una sombra, lo cubrieron otros rostros a los que él se volvió y en los que lo vi cobijarse por momentos. Era, tal vez, el último consuelo de ese gran artista que hizo detonar su música frente a unos fans que no dejaban de aplaudirlo ni de posar junto a él.

La señora del quiosco, apurada, cerró su puesto y corrió en dirección a Salim; ella también consiguió una foto con él. En ese instante, nos retiramos del lugar. Habíamos vivido una noche memorable.

Y entonces pensé que sería una buena idea escribir una crónica sobre aquella explosión de rock que tuvo lugar en Monsefú, aquel domingo en que nos vimos arrastrados por ese torbellino llamado Libido. 




Chiclayo, 17 de mayo de 2022

domingo, 9 de agosto de 2020

Blanca Varela o la reina de los valses negros


Por: Ernesto Facho Rojas

…buscábamos la salida no hacia afuera, sino hacia adentro

De: Prólogo a Canto Villano

Octavio Paz

 

Aún recuerdo con nitidez aquella noche del 12 de marzo de 2009, cuando Rosa María Palacios anunciaba en su programa que Blanca Varela había fallecido. En esa ocasión leyó los versos de Currículum Vitae y esa poderosa esencia, ese sonido no era ni bello ni musical, como pensaba en ese entonces que debían ser los mejores poemas.

Pronto me puse a investigar sobre ella y descubrí el cosmos estremecedor de una pluma que ciertamente no era amiga de lo sonoro, pero sí de una pasión inagotable por expresar lo doloroso del ser humano. Y, si bien es cierto, hay algunos poemas donde deja entrever el aspecto de la corporeidad femenina, la maternidad, los mejores poemas me han parecido aquellos en donde la poeta no se hunde en el innecesario y absurdo egoísmo del género pues, en vez de aislarse y proclamar a viva voz «Mírame que soy mujer y escribo poesía», la contundencia de su arte ha ido incluso más allá de cualquier identificación con su sexo. Es decir, Blanca Varela escribía sencillamente con una voz oscura y doliente, con ese puñado de raíces que ascienden entre sus páginas y no se detienen a mirarse en los espejos frívolos.

En sus biografías cuentan que estudió en San Marcos; era una estudiante regular y tuvo la suerte de conocer a Sebastián Salazar Bondy, quien le había recomendado que leyera a César Moro y a Martín Adán. Ella misma dijo que las lecturas de esos dos poetas le abrieron los ojos. Más tarde conocería a José María Arguedas y tendría una participación activa en las reuniones literarias de aquel entonces, en los años cincuenta.

También se nos ha narrado que ya cuando tuvo 23 años, con gran determinación y valentía, abandonó su barrio de Santa Beatriz para marcharse a Francia pues, al igual que Vallejo, quería cumplir el sueño europeo. La artista partió con su esposo, el pintor Fernando de Szyszlo.

Allá pudieron trabar amistad con escritores universales como el cronopio mayor Julio Cortázar, André Bretón, César Moro, Simone de Beauvoir y, principalmente, con Octavio Paz, quien se convirtió, hasta la muerte del Nobel mexicano, en uno de los más fieles amigos de Blanca, pues él la motivó a publicar su primer libro Ese puerto existe, en honor a Puerto Supe.

Está mi infancia en esta costa,

bajo el cielo tan alto,

cielo como ninguno, cielo, sombra veloz,

nubes de espanto, oscuro torbellino de alas,

azules casas en el horizonte.

Junto a la gran morada sin ventanas,

junto a las vacas ciegas,

junto al turbio licor y al pájaro carnívoro.

¡Oh, mar de todos los días,

mar montaña,

boca lluviosa de la costa fría!

Estas experiencias hicieron que Blanca Varela y su poesía pasaran por una transformación relacionada con, principalmente, dos poderosas influencias: El Movimiento Surrealista de aquellos círculos franceses, el cual era como una fuerza ineludible en aquellos tiempos. Ellos creían mucho en la casualidad y amaban el jazz, pues en la improvisación había mucho de lo que se elige al azar y, a la vez, por una fuerza superior que trascendía a la razón y la superaba. 

Sin embargo, por el otro lado está la influencia de sus lecturas Existencialistas, con las cuales Varela, poeta que no se inclina sobre el pedestal de un solo autor, recoge esas dos corrientes y las incorpora en sus versos, en su poesía que iba abandonando las antiguas formas de su pluma y se iba llenando de una reflexión sobre sí misma, la cual dio frutos muy originales a su escritura.

Estos cambios que refiero se pueden evidenciar en su poemario Luz de día:

Cruza la araña

de sueño a sueño,

invisible puente

del día a la rama.

Torpeza de la mosca,

cristal sin alma.

El abejorro bebe,

la flor sangra.

El jardín es la muerte

tras la ventana.

Sin embargo, sabemos ya que esa especie de destrucción interna, un desorden de los sentidos a causa de un terremoto interno es lo que mueve al artista a crear, y no precisamente estar cómodo, con el corazón en calma y en armonía con el cosmos. Y como si la misma Poesía le hubiera exigido un poco más de ese néctar negro que, tal vez, llevan las poetisas en los senos, como si acaso celosa de permanecer oculta en algún lugar de su creadora, la artista, Blanca Varela sufrió el golpe más fuerte de toda su vida: el 29 de febrero de 1996 muere en un accidente aéreo Lorenzo, el hijo de la Blanca.

Su arte se vuelve para alimentarse de las flores negras, las cuales se yerguen en medio del dolor, del fuego azul de las heridas. La poeta tiene su primer ataque de trombosis y empieza a apagarse. Aquí es inevitable hacer el vínculo con la argentina Pizarnik y, de ello, podemos llegar tal vez al corolario de que este arte de las palabras carga su combustible en las estancias del duelo y las sombras. Y mientras más se descompone o se pudre una poeta, con más vigor renacerá su poesía, como si fuera un monstruo que absorbe la vitalidad de los artistas.

Así llega su poemario  Como Dios en medio de la nada y El falso teclado. De este último libro he rescatado esta joya para ustedes: 

El falso teclado

toca toca

todavía tus dedos se mueven bien

el dedo de la nieve y el de la miel

hacen lo suyo

nada suena mejor que el silencio

nuestro desvelo es nuestro bosque

aguza el oído como una hoz

a trillar lo invisible se ha dicho

para eso estamos

para morir

sobre la mesa silenciosa

que suena

Respecto a la desgracia de la artista, Fernando de Szyszlo dijo: «La muerte de nuestro hijo Lorenzo para Blanca fue terrible, fue una doble bendición […] porque le impulsó a hacer su mejor poesía, y sin embargo la mató al mismo tiempo. Ella sobrevivió penosamente la muerte de Lorenzo.»

Una poesía como de la de Blanca Varela, necesariamente, es producto no solo de la desolación de aquel personaje, sino también de una rutina de estudio, una lecturas eruditas y un ejercicio (material) de la escritura que no se restringe a contar versos uno por uno, no.

Su temperamento poético y su genio rarísimo no hubieran podido limitarse a ello jamás. Y es que la autora de Concierto animal también fue una entusiasta escritora de artículos donde hacía crítica de cine y comentaba libros para revistas como El Dominical de La Prensa, las revistas Las Moradas y Amaru, esta última de Emilio Adolfo Westphalen, otro gran poeta surrealista del cual tuvo una importante influencia.

Hoy, 10 de agosto, hubiera cumplido 94 años. Pero la muerte nos la arrebató y ya no ha vuelto a resonar, entre ninguna mujer que respire este aire pandémico de Perú, otra voz así de dolorosa, así de oscura y estremecedora.

Cuánta falta hace —aunque sea— la mitad, la cuarta, la octava parte de una poeta como Varela.


Lunes 10 de agosto de 2020

1: 25 a.m.

 

 

 

lunes, 15 de junio de 2020

«Días sin ti» es el mejor poema de Elvira Sastre

Reseña de la novela «Días sin ti»


Por: Ernesto Facho Rojas

«Quien no sabe de amor vive entre fieras»

Lope de Vega

Elvira Sastre Sanz, autora de Cuarenta y tres maneras de soltarse el pelo (2013), Baluarte (2014), Ya nadie baila (2015), La soledad de un cuerpo acostumbrado a la herida (2016)

«Madrid me mata»,
dice Elvira. Y cuando ella escribe la palabra «España» en su columna de El País, es inevitable —dada mi formación académica—, imaginarme a Lope, Quevedo, Góngora… ¡Cervantes!, aquellos titanes de las letras del viejo continente en cuyo recuerdo descansa una parte de mí. Pienso, también, en el asunto de la popularidad y ese sentimiento casi religioso que significaba escribir versos. Era, pues, un género que se había consolidado como el más genuino y difícil, no porque existía una rima o esa camisa de fuerza del soneto, sino que la poesía tenía un sitial que, en la actualidad, ha desaparecido para muchos de los mismos bardos.  
No es ningún secreto que la narrativa está en boga. Sin embargo, doña Elvira parece enviada en una nave espacial para rescatar este género, el cual ya estaba quedándose tan oxidado como la armadura de Don Quijote, allá los siglos pasados.

Elvira Sastre, posando con la portada de Días sin ti (Premio Biblioteca Breve Seix Barral 2019)

Elvira Sastre Sanz, nacida un 17 de junio de 1992, hace exactamente 28 años, autora de Cuarenta y tres maneras de soltarse el pelo (2013), Baluarte (2014), Ya nadie baila (2015), La soledad de un cuerpo acostumbrado a la herida (2016), entre otros títulos es, en definitiva, una antena que logra conectar con el sentir del pueblo. Este, a través de sus redes, le lanza hurras mientras comparte apasionadamente fragmentos de sus libros. Por ello, podemos decir que Elvira es una poeta superstar, porque ella puede sentir el latido de sus lectores y escribir lo que ellos hubieran querido llorar. Esta misma conexión se da con la novela.

«También tenemos que saber asumir el dolor como algo propio y no darle el nombre de otra persona, a pesar de que hay sido causado por ella y no elegido por nosotros. Esa es la única manera de comprenderlo y poder sobrellevarlo sin que afecte a las decisiones futuras.»

En su salto de los versos a la prosa, la autora de Baluarte, consciente de lo práctico que es un internauta en las redes sociales, supo conservar un ingrediente poderoso, irresistible, mágico, seductor, infalible, atrapante, flamígero —y también preciso, como un balazo en la cabeza—: ¡las frases!
Cuando una persona coge un teléfono celular, no tiene tiempo para leer textos largos. Por ello, el medio más eficaz para que un libro se venda es, primero, vender sus frases. Así, la novela de Elvira está llena de sentencias, pero sus sentencias, al igual que su poesía, han sido esculpidas fonema por fonema hasta alcanzar la perfección de una joya que brilla en un muro de Facebook.
Sea como fuere, la literatura de la señorita Sastre va más allá de un truco, pues ella es una escritora con un talento genuino.

La autora de Baluarte ha sido convocada para participar en el ciclo de Poesía en tu sofá, una propuesta donde varios artistas se suman para leer poemas en cuarentena.
¿Acaso esta no es una reseña sobre un libro de narrativa? ¡Sí y no! Formalmente podemos decir que se trata de la novela Días sin ti (Premio Biblioteca Breve Seix Barral 2019); que, a través de una suerte de vasos comunicantes, nos narra una historia doble, trenzada: los romances de Dora y Gabriel (abuela y nieto, respectivamente); que el tiempo narrativo oscila entre la época de la República y el actual; sin embargo, estamos ante un texto anfibio, el cual no corre la suerte de un monstruo que sufre su forma entre humano y bestia, sino que, más bien, me exige escribir aquí la palabra ángel, cuyo género —curiosamente— no está definido.
Después de estas reflexiones, diremos que leer Días sin ti es disfrutar de la prosa poética de Elvira. En un principio, me pareció que los diálogos eran un tanto afectados, pero lo que debemos entender es que la historia viene de la pluma de una poeta. Por otro lado, la trama tiene bases históricas. Elvira cuenta en las últimas páginas del libro que se ha documentado muy bien y ha recibido asistencia. Esto, finalmente, me ha hecho entender que dicha información ha sido como las rocas, el peso que se le ha puesto al libro para que no flotara con el lirismo de la joven española.
Asimismo, resalto las metáforas que usa, la hermosa circularidad que le da al relato, el cual —primero— nos sobresalta con la tragedia de las primeras páginas, pero luego nos reconforta, nos calma, nos retribuye habernos llevado por las tinieblas, los laberintos y las oscuridades de sus personajes.
Además de ese contexto histórico filtrado con cuidado, el libro tiene una propuesta clara, una posición sobre el amor. Sastre escribe sobre el dolor y, aunque —tratando de mantenerse al margen— se esconda detrás del torso masculino de Gael, o entre las arrugas de la ternísima Dora, es imposible que alguien nos haga sentir ese minúsculo temblor del alma sin haberlo sentido primero. Con esto quiero decir lo siguiente:
¡Gael y Dora son las máscaras de Elvira!

A sus 28 años, Elvira ya goza de la popularidad y el cariño de miles de seguidores, quienes aplauden la lectura de sus versos en las redes sociales.

Uno es el escultor, el perfeccionista, el artista que tiene una excesiva preocupación por la forma, igual que su creadora con las frases que escribe; la otra, Dora, es también la joven poeta, pues representa a la mujer que, a mi parecer, conoció los dos lados del amor, en los cuales se hace hincapié a lo largo de los capítulos.
Perdóname, Elvira, si he dado en la cabeza del clavo. Y si no es así, también perdona mi osadía.
De todas formas, estos dos rostros de Elvira han encajado a la perfección en su novela y han alcanzado el éxito en ventas. ¿Podrá la artista, buscando en lo más profundo de su pecho, llenar más libros de frases y reflexiones? Esperemos que sí.
En tanto, solo nos queda contemplar cómo la autora, mientras contempla Madrid y se estremece, nos sigue haciendo llegar su canto desde Europa, esa música que se va filtrando por las redes y que, sin lugar a dudas, nos va seguir contando historias.

De todas formas, estos dos rostros de Elvira han encajado a la perfección en su novela y han alcanzado el éxito en ventas.

Miércoles 17 de junio de 2020

jueves, 6 de febrero de 2020

La música erótica de Rubén Darío



Por: Ernesto Facho Rojas



Octavio Paz dijo: «Cuando la ola del romanticismo se retira, el paisaje es desolador: la literatura española oscila entre la oratoria y la charla, la Academia y el café.» Aquel movimiento ya estaba completamente explotado por autores como Zorrilla, Espronceda, Bécquer y otros tantos. Todos ellos españoles. Recordemos que las tendencias literarias empezaban en Europa (el Romanticismo no fue la excepción). Sin embargo, aunque esta afirmación no es del todo rotunda, hubo un movimiento iniciado por autores del nuevo continente, el cual llegó a tener una resonancia sin antecedentes. Hago la salvedad porque el movimiento Modernista se alimentó de las letras francesas. Se le acusaba al padre de esta escuela de un «galicismo mental» pero también se le aplaudió revivir formas clásicas extintas hasta ese entonces y hacer triunfar ritmos europeos en nuestra lengua hispana. Estamos refiriéndonos pues a la figura principal de este grupo, cuyos primeros ecos tienen asilo en Latinoamérica: Rubén Darío, bautizado como Félix Rubén García Sarmiento. Él había adoptado dicho seudónimo pues tuvo un abuelo llamado Darío con el que se identificaba a toda la familia. Por eso ellos eran «los Darío». Y Rubén también lo fue: Rubén Darío.
Pero… ¿qué es el Modernismo? Si Rubén pudiera abandonar la tumba y presentarse ante nosotros, diría lo mismo que él afirmó en vida: «El Modernismo no es otra cosa que el verso y la prosa castellanos pasados por el fino tamiz del buen verso y de la buena prosa franceses.» Así pues, esta escuela literaria consiste en un refinamiento narcisista y aristocrático del verso; tuvo profunda renovación estética del lenguaje donde encontramos los temas de la nostalgia, la tristeza, el exotismo, esa evasión del mundo material, el cosmopolitismo y sobre todo mucho erotismo. Esto último, tratado con un «anhelo de trascendencia en el éxtasis».



Y fue tan poderoso el aleteo del cisne en la Tierra que tuvo representantes en diversos países. Ellos defendían sus valores de rebeldía y culto a la belleza, a pesar de que los antiguos poetas rechazan toda actitud contra las formas convencionales de rimar. Tenemos a los poetas Ángel Estrada y Leopoldo Lugones (Argentina), José Martí (Cuba), Manuel Gutiérrez Nájera (México), Clemente Palma –prosa- y José Santos Chocano (Perú), Enrique Gómez Carrillo (Guatemala), Pedro Prado (Chile), José Asunción Silva (Colombia), así como Arturo Borja (Ecuador) y Manuel Díaz Rodríguez (Venezuela). Todos ellos al tanto de las nuevas publicaciones de Rubén, quien fue considerado como «El domador de Ritmos», «El indio divino» por su impronta en la poesía con experimentos de acentos y voces europeas con gran éxito para el pueblo. Rubén mismo decía que la forma es lo que toca a las masas. Y él lo logró. Y no sólo a las masas, sino también a los grandes doctores del verso español, quienes ocupaban el lugar de maestros y dictaban las nuevas tendencias en cuanto al arte y la literatura en particular.
Muy pocos hasta ese entonces se habían atrevido a mostrar la sensualidad y la sexualidad como él en su literatura. La sociedad era muy conservadora y hablar de esos temas era muy vergonzoso para personas refinadas. Darío, sin dejar la pulcritud en el decir, lanzó su verso como un meteoro lleno de honestidad y música. Habló de Leda y el cisne; de los Centauros que se llevaban a las mujeres de Diana, la cazadora, quienes eran «propicias al culto fálico»; de la «plural historia» de su corazón, pues en su obra no se reconoció a un único amor. Incluso, deja el tono estrictamente romántico: Deja de ver a la musa inspiradora y reclama a la hembra que hay que penetrar. Asimismo, dadas las condiciones de una sociedad donde es necesario trabajar para progresar, él decide la contemplación y el ocio. En conclusión, podemos decir que Rubén Darío no sólo desechó los conceptos de la poesía española, sino que también trasgredió la moral del siglo diecinueve en cuanto a literatura y le dio más valor a la poesía como producto espiritual, antes que a cualquier fin utilitario.
Este gran movimiento se fue alimentando en el interior de su creador a través de  voces como las de Zorrilla, Campoamor, Núñez de Arce, Ventura de la Vega. Más adelante el «poeta niño» tendría como ejemplo a Víctor Hugo, y a los parnasianos Théophile Gautier, Catulle Mendès,  José María de Heredia y sobre todo a Paul Verlaine. De ellos obtuvo la música y ese refinamiento estético, el matiz francés junto al galicismo mental del que se le acusaba. Su vocabulario era uno de los más ricos puesto que no descuidaba los campos semánticos. Se esmeraba en utilizar palabras que toquen al lector con un ritmo inesperado, llenándolo de colores insólitos mediante su repertorio. Darío destacó por el uso de términos como: «jazmines», «nelumbos», «dalias», «crisantemos», «lotos», «magnolias», «ágata», «rubí», «topacio», «esmeralda», «diamante», «gema», «seda», «porcelana», «mármol», «armiño», «alabastro», todas ellas palabras seleccionadas con un especial cuidado y dejándolo libre del «pensar bajo» que criticaba. Así llegaron a nutrirse de una frescura jovial las letras de América Latina y nadie pensaba en torcerle el cuello al cisne, como propuso luego Enrique Gonzáles Martínez.



Se suele mencionar al libro «Azul» como el inicio del Modernismo, aunque donde podemos leer a esta tendencia estética de ritmos y seres mitológicos es en «Prosas profanas». Allí Darío empleó versos eneasílabos (9 sílabas métricas), el dodecasílabo (12 sílabas métricas), y el famoso alejandrino de catorce sílabas, al cual le dio un trato especial. Este consistía en el manejo de las cesuras o las pausas. Lo más usual era introducir una pausa al terminar una idea, o por lo menos una frase. Él quiso colocar estratégica y caprichosamente  esa cesura entre un artículo y un sustantivo, entre un sustantivo y un adjetivo o en medio de una palabra.
Como una muestra de esa música tan mencionada en este artículo, cito, para deleite de los lectores un fragmento de un poema del libro «Prosas profanas». Usted podrá encontrar el texto completo con el nombre de “Marcha Triunfal”. Ahora, muy querido y apreciado lector, lo reto a ponerse de pie, tomar aire, mucho aire (sin levantar los hombros como hacen los cantantes) y leer las siguientes líneas evitando la melodía. Es decir, tratando de ser monótonos en los acentos.

Obviamente aquello resulta imposible. Todos terminan cantando cuando leen versos modernistas. Empecemos:

¡Ya viene el cortejo!
¡Ya viene el cortejo! Ya se oyen los claros clarines.
La espada se anuncia con vivo reflejo;
ya viene, oro y hierro, el cortejo de los paladines.
Ya pasa debajo los arcos ornados de blancas
Minervas y Martes,
los arcos triunfales en donde las Famas erigen sus
largas trompetas,
la gloria solemne de los estandartes
llevados por las manos robustas de heroicos atletas (...

O el muy musical «Sonatina», donde se manifiesta al ideal romántico afrancesado en ambientes reales:




¡Ay! La pobre princesa de la boca de rosa
quiere ser golondrina, quiere ser mariposa,
tener alas ligeras, bajo el cielo volar,
ir al sol por la escala luminosa de un rayo,
saludar a los lirios con los versos de mayo,
o perderse en el viento sobre el trueno mar.

El Modernismo no solo vive en los antiguos salones de Versalles, en la fuente de Diana o en los cuernos de Pan, símbolos de la poesía de Rubén. El líder de este movimiento decía que la poesía está en las cosas viejas. Y eso me hizo pensar que la novedad la estaba sofocando. Que ya no había música ni ideales. Porque a eso nos arrastra la sociedad actual y sus horarios complejos. La verdadera poesía pues, se salva y permanece en el corazón de todos los seres humanos que sobreviven con un ideal o un sueño de libertad y amor universal. En el que divaga ebrio de locura (y no de alcohol) en sus alegres ficciones y toma aire de las mismas para volver y combatir este mundo lleno de sueños muertos, de números y asesinos. Así pues, estas lecturas nos liberan por un instante de todas esas calamidades. Por eso existe la Poesía.
Y cada quien tendrá sus propias razones para buscarla y encontrarse.




Facho Rojas, Ernesto (8 de marzo de 2015). La música erótica de Rubén Darío. Suplemento Dominical- La Industria, pp.10-11



viernes, 13 de septiembre de 2019

¡Adiós, Camilo Superestar! - La Industria (13/09/2019)


Por: Ernesto Facho Rojas*


La muerte de Camilo Sesto, este 8 de setiembre, despierta en muchos de sus seguidores, una especie de soledad que se abre paso entre un montón de ruido que cubre a la ciudad. No es esta, precisamente, la época de un resurgimiento musical, de verdaderas melodías que envuelven el corazón y lo abandonan en un jardín lleno de bellísimas flores grises. Esta es la época de la bulla. Y podría decirse que Camilo Blanes, fue como un cisne cuyo canto supervivió ante las poderosas tenazas no solo del tiempo, sino del automatismo de la industria musical. Y este representa un verdadero triunfo.

Pero Camilo, con ese perfil de Cristo que lo caracterizaba, sabrá resucitar a este valle donde nos deja solo en cuerpo, porque su espectro alado seguirá bogando en este remanso donde acompañado de ángeles febriles de luz y poesía, tratará de recordarnos esa promesa a la que estamos condenados los soñadores: la belleza.
Éxitos como: «Vivir así es morir de amor», «El amor de mi vida»,  «Algo de mí», «¿Quieres ser mi amante?» o «Perdóname» se han constituido en verdaderos himnos, los cuales seguirán su rumbo como si fueran antorchas de un combustible inacabable. Esto, a razón de que Camilo Sesto no solo fue un hombre perfeccionista con la melodía o el ritmo, sino que puso el corazón también en sus letras; es decir: fue un poeta.
Este ingrediente, justamente, es el que termina colándose por los poros del alma y se asienta en la conciencia. Las figuras literarias que utilizaba, el conocimiento de la retórica, las imágenes limpias, todo ello sumado a la sencillez y la sensibilidad de sus letras eran, a mi parecer, uno de los pilares de su genio, aunque indudablemente su gracia y elegancia lo distinguía de entre los demás caballeros que se asomaban, en los setenta y los ochenta, a encantar los oídos de toda América Latina y el mundo.
En «Si me dejas ahora», apelando a un recurso de animismo muy acostumbrado en nuestro cantautor alicantino recientemente desaparecido, dice:

Si me dejas ahora
mi espíritu se irá tras de ti,
cabalgará día y noche
sintiéndose soñador y Quijote.
Porque ataste mi piel a tu piel
y tu boca a mi boca,
clavaste tu mente a la mía
como una espada en la roca.
Pero Camilo no solo fue músico, sino que fue un canal a través del cual se manifestó la pintura y el teatro.
Y aquí no puedo dejar de mencionar la excelente labor que cumplió en 1975, cuando hizo el papel de Jesús en la ópera rock «Jesucristo Superstar», cuya versión en español él mismo había financiado. Su interpretación es verdaderamente envolvente y reveladora, pues la letra del tema Getsemaní no solo tiene una intensidad que penetra en cada verso de la composición, sino que también se manifiesta en los matices de la voz del artista, quien lleva a un extremo el concepto de dramas musicales. En la canción aludida líneas arriba, además, podemos apreciar cómo nos da una muestra de ese fatalismo existencialista que debió haber experimentado Jesús de Nazaret hace dos mil años:



Dime por qué quieres que me claven en su cruz,
muéstrame el motivo, dame un poco de tu luz,
di que no es inútil tu deseo y moriré,
me enseñaste el cómo, el cuándo, pero no el porqué.

Por ello y por otras razones que no caben en el papel, podemos decir que Camilo Sesto ha sido, indudablemente, otro Cristo, pero con una misión de redención artística. Él apareció como un cometa y fue una explosión sin precedentes en los años en que subió a los escenarios y encendió los corazones y el alma de un público que difícilmente lo borrará de allí.
¿Cuánto tiempo, entonces, tendrá que pasar para que, en la voz de otro muchacho alto y espigado,  escuchemos ese fuego y esa delicadeza digna de un ángel desterrado?
Hasta entonces, solo nos queda atesorar el rastro de la inspiración de Camilo Sesto, el verdadero ángel de la balada en español.
¡Que en paz descanse y Dios lo bendiga!




*Docente y escritor.