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martes, 4 de julio de 2023

LOS AUTÉNTICOS DECADENTES EN UNA CIUDAD AUTÉNTICAMENTE DECADENTE | Por: Ernesto Facho R.

  

(…) con lentitud y mansedumbre, Jorge Serrano se ubicó en el centro del escenario para cantar con mucho sentimiento: “Yo no sé… lo que me pasa cuando estoy con vos”. En ese instante, no pude ignorar la fervorosa respuesta del público. Esa misma imagen de aquel hombre con el cabello cano estaba copiada en cientos de teléfonos celulares. Quien suscribe, tampoco pudo evitar filmar para llevarse un poquito de magia y leyenda a casa. Fue allí cuando sentimos que éramos hermanos, nietos de un mismo hombre que, por milésima vez, nos volvía a narrar esa misma vieja historia de amor.

 

Los auténticos decadentes, al final del concierto, agitando la bandera peruana. 

HACE YA VARIOS MESES, en la Explanada Perú, se están dando cita muchas bandas de renombre. Sin duda alguna, me refiero a esta gran revolución sin precedente alguno, la cual tiene por nombre “Festival Rock de la amistad” y acoge, principalmente, a bandas de ese género. Educando a la colectividad cumbiambera del norte y promoviendo la buena música de los ochenta y los noventa, han llegado por aquí agrupaciones como Libido, Agi-TC antes de usar, Amén y leyendas del rock internacional como Los rancheros y Vilma Palma e Vampiros. Estos dos últimos, dicho sea de paso, en la anterior edición tuvieron presentaciones impecables y que nos dejaron en claro por qué ellos, a través de la historia, siguen manteniendo vivo y palpitante ese legado que ya es parte de toda Latinoamérica.

Precisamente, estos extraterrestres han venido a pisar suelo chiclayano. Anteriormente se decía que, si alguien quería tocar en esta ciudad, había todo tipo de papeleo absurdo y que las trabas eran muchas. Pero eso, menos mal, ya es historia.

Es así que, a través del “Festival de Rock de la amistad”, se ha abierto una especie de conducto, un túnel, un agujero insólito por donde, por fin, podrá hacerse escuchar la buena música, el rock viril, aquí, en estas tierras que, por décadas, vivieron excluidas de todo ese placer artístico.

Justamente, para esta la última edición, se anunciaba por redes que llegaba Afrodisiaco, Los Rabanes, además de Los auténticos decadentes. Es así que, mi novia y yo, decidimos aprovechar la oportunidad.

Afrodisiaco, liderada por Koki Bonilla, tuvo una excelente performance el pasado 1 de julio en la Explanada Perú


Entramos a reconocer esa pampa en donde, el 28 de abril pasado, se había desatado el furor con los gritos hacia las canciones de Vilma Palma: “Mojada”, “Auto rojo”, “Travestis”, donde habíamos coreado “El Che y los Rolling Stone” y “Mujer” de Los Rancheros. Esta vez encontramos a Dr. Changó. No estuvieron mal, era reggae suave, pero nada fuera de lo común. Ellos hicieron todo lo posible para animar al público y, pienso, que en algunos momentos lo lograron. Tal vez tuvieron un performance mejor que el que describo, pero este oído tan poco entrenado en las artes de ese género, posiblemente, no los está sabiendo juzgar.

Después de que el público cumplió con las peticiones de palmas y saltos de la banda telonera, apareció el muy carismático Koki Bonilla (me llamaron la atención sus setenteros jeans acampanados) junto con su banda Afrodisiaco. Al principio, yo no había entendido la presencia de algunos menores —adolescentes— en el lugar, hasta que ellos, con mucha emoción, empezaron a corear a todo pulmón sus canciones, a la par que las iban reconociendo e identificando con la situación de algún personaje de la popular serie Al fondo hay sitio. Allí caí en la cuenta de que la televisión los había llevado hasta la orilla de Afrodisiaco. Algo que suelo apreciar mucho en estos eventos es la fidelidad del sonido con la música del disco. Ha pasado el tiempo y Koki, a mi parecer, conserva la misma calidad vocal. Escucharlos me pareció muy agradable y encontré, particularmente, amable al vocalista peruano, quien, en una muestra de afecto hacia nuestra ciudad, regaló algunos discos suyos, arrojándolos hacia el público.

Pero ya sabíamos que se llegaba un terremoto. En ese momento, evoqué mi adolescencia, el primer televisor plasma que llegó a casa, los años dos mil, esa emoción que despertaban sus canciones y, de pronto, ya estaban allí, con unos lentes oscuros que absurdamente los defendían de las sombras de esa noche que ya había llegado. Eran Los Rabanes.

La energía que poseían era descomunal y el público quedó electrocutado con esos rayos panameños que desprendían en el escenario. No lo intuí ni lo presentí, en mi televisor plasma de los dos mil se veían muy bien, pero hubo un momento en que los dos vocalistas, más que cantantes, parecían barristas o agitadores. Yo me quedé con el recuerdo, más bien, de dos hombres haciendo mucha bulla sobre el escenario, saltando, gritando, dando órdenes de saltar, llamándole la atención a los asistentes, exigiendo más bulla y desorden al público.

Finalmente, hizo su entrada la banda que todos habíamos estado esperando. Entraron marchando pausadamente, en contraste con la banda anterior; se acomodaron en sus lugares, saludaron cariñosamente. Algunos de sus integrantes, fieles a su estilo, vestían de manera extravagante. Allí estaba Gastón Bernardou, el icónico hombre de largas trenzas; por allá,  Martín Lorenzo con la promesa de “La guitarra” y, en un rincón, silencioso, con una camisa roja a cuadros, cogiéndose la garganta y algo serio, el dueño de la voz de ese tema lleno de tanto romanticismo, ese que todo el mundo ha escuchado cuando suena la canción “Corazón”. Me refiero al señor Jorge Serrano.

Jorge Serrano, vocalista principal de Los auténticos decadentes. 

Naturalmente, el público les hizo una ovación estruendosa y telúrica. Ninguno de ellos había pedido imperativamente aplausos ni que gritaran o saltaran; la gente lo estaba haciendo por su cuenta y poniendo el corazón. Y ni siquiera habían empezado a tocar. Los instrumentos cobraron vida, la máquina del tiempo fue rauda hacia atrás, aparecieron en la pantalla gigantesca sus rostros en aquella época remota de gloria y, luego, empezaron a tejer su magia, mientras hombres y mujeres silabeaban cada una de las palabras que salían de la boca de los cantantes.

En esta presentación final, hubo dos momentos clave, poderosos. En realidad, hubo más, pero quiero rescatar dos. El primero fue cuando el aire se paralizó, las luces se volvieron tenues y, con lentitud y mansedumbre, Jorge Serrano se ubicó en el centro del escenario para cantar con mucho sentimiento: “Yo no sé… lo que me pasa cuando estoy con vos”. En ese instante, no pude ignorar la fervorosa respuesta del público. Esa misma imagen de aquel hombre con el cabello cano estaba copiada en cientos de teléfonos celulares. Quien suscribe, tampoco pudo evitar filmar para llevarse un poquito de magia y leyenda a casa. Fue allí cuando sentimos que éramos hermanos, nietos de un mismo hombre que, por milésima vez, nos volvía a narrar esa misma vieja historia de amor.

Los auténticos decadentes, tocando en la parte final del concierto. 

El otro momento, a diferencia del anterior, estuvo colmado de mucha euforia. Eso ya no era un canto, sino un grito de guerra que nos salía desde lo más íntimo de nuestros espíritus. Y fue más, cuando vimos a nuestro compatriota Koki Bonilla, vocalista de Afrodisiaco, acercarse como un niño ilusionado a cantar “La guitarra”. A través de él, todos sentimos la conexión no solo de Perú con esa banda mítica, sino que también drenamos, —de alguna manera furiosa o artística, animosa o mística—, ese pesado estrés que traíamos de nuestros trabajos.

¡Grande Koki! ¡Grande Auténticos Decadentes! Todos estábamos alegres, a pesar de que esa pretendía ser la última pieza, el último episodio de ese gran concierto.

Al final del tema, apareció un hombre vestido de bombero y nos echó agua con una manguera. Traté de cubrir a Yasanny con mi casaca negra, pero fue en vano. El chorro ya nos había alcanzado. Con algo de agua sobre la cabeza, nos despedimos de ese lugar, prometiendo que, más adelante, volveríamos para soltar un poco la amargura, para recargar energías, pero, sobre todo, para seguir entrando en contacto con esos espíritus que han hecho historia en la música hispanoamericana y, tratando de olvidar un poco, que la decadencia está más cerca de las calles de Chiclayo y de sus innumerables baches y agujeros, de su delincuencia y de su alcaldesa negligente.

¡Larga vida al Festival Rock de la amistad! ¡Larga vida al rock! 


martes, 17 de mayo de 2022

LÍBIDO, UN TORBELLINO DE ROCK EN MONSEFÚ

 Por: Ernesto Facho Rojas


 Tengo sed.

Te necesito para beber tu sangre

y convertirme en parte de ti.

Y ser algo o parte al menos,

porque no soy nada.

No soy nada escribiendo lo vivido.

Sed, Libido

Una selfie con el legendario vocalista de Libido: Salim Vera


Yasanny me había propuesto ir a ver a Libido con unos amigos del colegio CIMA. Acepté de inmediato. Aunque sé que es una de las mejores bandas nacionales, asistí sin esperar mucho. Pensé que podría oírlos a varios metros de distancia, relegado a las últimas filas desde donde a veces se escucha solo un hilo de voz junto al sordo rebote de la música. Sin embargo, este último domingo 15 de mayo me llevé una muy grata sorpresa.

Después de almorzar en casa de mi novia, abordamos un taxi junto a dos profesores más. Juguetón, el maestro Alain Ñiquen comunicaba por teléfono que habían cancelado el evento, pues el concierto no contaba con los permisos. Mi espíritu rockero, adormecido por la ventisca helada de esa noche, había exhalado un suspiro de alivio. De todos modos, fuimos hasta Villa Romero´s en Monsefú y allí esperamos a quienes iban a alcanzarnos las entradas.  

Como teloneros, encontramos a la banda Cix Pack. Ellos interpretaron algunos temas de los ochenta, alternando con temas en inglés; la gente estaba adormecida. Parecía que el geniecillo del rock estaba ausente, ahorrando energías para coincidir con la siguiente banda, la más esperada de la noche: Libido.

Cuando Cix Pack se cansó de despedirse con más temas noventeros, se hizo una pausa. El letargo se acentuó aun más y las personas seguimos el rastro de la humeante carne que salía de las estufas al aire libre. Aunque los anticuchos no eran para mí, me procuré una deliciosa porción de papitas y yucas con ají. De pronto, la temperatura empezó a acomodarse, algo estaba encendiéndose en silencio, mientras el susurro de las personas tejía una especie de manto azul bajo la noche, mientras llegaban más personas y el auditorio parecía que iba a llenarse.

No sucedió. En la parte de atrás, había una piscina; cerca de la piscina, la puerta trasera. A mi izquierda, vestido de traje oscuro y con unas zapatillas blancas, apareció Salim Omar Vera Villar, alguien a quien había visto —por primera vez— gracias a la magia de un pequeño televisor de perilla. Sí, allí estaba el famoso vocalista de Libido. Caminaba ligeramente apresurado y nos daba la espalda, mientras avanzaba hacia los baños.

La imagen que tenía de Salim era equivocada. Los medios de los noventa le habían construido una fama de pedante. Por ello, me acerqué tentando el territorio, mirando con desconfianza a los gorilas que hacían las veces de seguridad con sus chalecos anaranjados, signo inequívoco de su vasallaje. Sin embargo, al llegar a él casi con el consentimiento tácito de sus ciclópeos guardianes, le pedí una foto y, con un gesto muy amable y complaciente, me dijo: «Ya, bacán».

Volvimos emocionados al grupo de los docentes. «Ya justificaste tu entrada» le habían comentado a Yasanny y sí, ya estaban justificados el frío, la espera, el cansancio, incluso la pesadez del día siguiente en la jornada de las clases matutinas. Allí estaba Libido, con Salim de perfil, subiendo al escenario por la delgada escalinata.

Y se hizo el rock en Monsefú, aproximadamente a las diez de la noche.

La diferencia con la banda anterior tenía las dimensiones de un abismo. Cuando lo vi hacer rugir al público de alegría, estremecerlo, sacudirlo con sus temas clásicos, entendí lo que significaba llenar un escenario. Libido no solo es una banda de rock, sino que su vocalista es un performer estupendo que, a diferencia de los teloneros, casi no se detenía a hablar para tomar aire entre canción y canción. Era una máquina de rockear, de expulsar música, de convertir el aire de sus pulmones en armas que alimentaban la nostalgia de los noventa, allí donde casi ya no quedaba ni el recuerdo del frío que nos había castigado minutos antes. ¡Salve, Libido!

En el Villa Romero's, Libido, una banda que derrotó en los MTV Latinos a grupos como Los prisioneros, Javiera y los imposibles y La Ley

Luego escuchamos al vocalista decir frases como: «El reggaetón no es música», «Mi sueño es cantar con Bad Bunny», «Quiero que Bud Bunny me enseñe a cantar» y, la más triste de todas: «A veces la vida es injusta». Ciertamente, Libido es una banda que sigue vigente, pero ha perdido mucha presencia en los medios. De las tocadas frente a veinticinco mil personas y los conciertos en EEUU y sus giras por Chile, Argentina, Colombia y Venezuela, ¿queda algo? Fue un honor tenerlo más de una vez a unos centímetros, confundido entre el público, dejando la estela invisible de aquel suave perfume que llevaba en sus manos sin tatuajes, cantándole de cerca a alguna que otra fan, pero… ¿qué tanto perjudicaron a Libido los otros géneros vigentes? Pareciera que mucho, pues la ironía de Salim para con la música urbana seguía llegándonos con la venenosa brisa del resentimiento.

Al final, después de haber saltado del escenario más de una vez, después de haberse lanzado al piso y de haber dejado toda su energía en ese momento que nos quedará grabado por mucho, mucho tiempo, lo vimos despedirse. A la distancia, el caballero, el adalid de los noventa, ese mismo que derrotó en los MTV Latinos a grupos como Javiera y los imposibles, La Ley y Los prisioneros al llevarse con su banda el premio a Mejor artista suroeste, se alejó del escenario. Como una sombra, lo cubrieron otros rostros a los que él se volvió y en los que lo vi cobijarse por momentos. Era, tal vez, el último consuelo de ese gran artista que hizo detonar su música frente a unos fans que no dejaban de aplaudirlo ni de posar junto a él.

La señora del quiosco, apurada, cerró su puesto y corrió en dirección a Salim; ella también consiguió una foto con él. En ese instante, nos retiramos del lugar. Habíamos vivido una noche memorable.

Y entonces pensé que sería una buena idea escribir una crónica sobre aquella explosión de rock que tuvo lugar en Monsefú, aquel domingo en que nos vimos arrastrados por ese torbellino llamado Libido. 




Chiclayo, 17 de mayo de 2022