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jueves, 29 de diciembre de 2022

RESEÑA| "Lado B de las sombras": ¿La oscuridad es una mujer ausente? | Por: Ernesto Facho

 El título del libro, “Lado B de las sombras”, alude a ese reverso de la realidad que Octavio Paz decía que es en el que andan navegando los poetas. La Literatura, al igual que el arte en general, siempre trata de explorar más allá, de ir hacia adentro, o a esa otra orilla de la reflexión que no alcanza el vulgo, ya que anda secuestrado por el agresivo ataque audiovisual (la luz) al que estamos expuestos.

El poeta Juan José Soto, dando lectura a los versos de "Lado B de las sombras"

  Una noche, César Boyd me dijo que debía conocer a un poeta con «muy buenos contactos». 

Por esos años, recuerdo que la mayoría del Grupo Literario Signos andaba inmerso en el descubrimiento de Roberto Bolaño. Hablábamos mucho de él y de la idea romántica de relanzar el grupo, tratando más o menos de plasmar nuestra doctrina literaria e ir evangelizando un puñado de ideas que no llegaron a cuajarse como las bases del grupo. 

«Ven para que lo conozcas. El pata es de Lima, de Barranco» me dijo el autor de “La misa del yo insaciable”. Y llegamos a un local en Santa Victoria.  

Así conocí a Juan José Soto Bacigalupo, un 3 de agosto de 2011. 

Con su ayuda, pude participar en los eventos literarios más importantes a los que he asistido, después de la Feria Internacional del Libro en el 2019. Siempre confió en mí, no solo como poeta, sino también como articulista. Y, lógicamente, escuché muchas veces sus versos. 

Hace poco, Gianfranco Mejía visitó el colegio donde trabajo. Una señorita de atención al cliente lo atendió y le recibió el libro que su autor me estaba compartiendo, después de que yo aceptara comentarlo hoy, sábado 17 de diciembre. Y yo no sabía que era una bomba. Explico por qué. 

La poesía de Jota, así como lo llamamos sus amigos, ha sufrido una evolución —para mí— inesperada en esta última entrega. Son versos de una calidad que nunca escuché en recital anterior y que no pueden ser alcanzados por las líneas que leí en “Airado Verbo”. 

A mi parecer, “Lado B de las sombras” es el inesperado renacer de un poeta, un cambio de piel, el crecimiento en la videncia que él mismo proclama y con la cual puede navegar a través de las sombras. 

Dicho esto, debo agregar que la lectura de este libro ha sido como ingresar en un nuevo laberinto, pisar tierras ignotas, penetrar en una dimensión desconocida del autor, a la cual tal vez ha podido llegar a través de meditación que le ha procurado la soledad y el confinamiento. 

Paso a explicar. El libro es un poemario que aborda los siguientes temas: 


En la mesa de honor, de izquierda a derecha, Ernesto Facho, Juan José Soto y Jorge Fernández Espino


  1. La búsqueda de lo trascendental: 

El título del libro, “Lado B de las sombras”, alude a ese reverso de la realidad que Octavio Paz decía que es en el que andan navegando los poetas. La Literatura, al igual que el arte en general, siempre trata de explorar más allá, de ir hacia adentro, o a esa otra orilla de la reflexión que no alcanza el vulgo, ya que anda secuestrado por el agresivo ataque audiovisual (la luz) al que estamos expuestos. 

Entonces, si me alejo de la luz, llego a las sombras. Pero este libro no trata solo de las sombras, sino del otro lado de las sombras. Es decir, de una exploración mucho más profunda todavía. 

Y para explorar tinieblas adentro, se necesita de la videncia que Rimbaud decía que había que procurarse como poeta, como robador de fuego. 

Lo dicho anteriormente se evidencia en los siguientes fragmentos: 

Coloco el ojo izquierdo en la cerradura

Giro

Y vuelan despavoridas las sombras. 

También cuando dice: 

Me alejo de la cercanía del hombre

De su repleto vacío

De su absurda existencia fosforescente

Que atrae exaltados ejércitos de moscas. 

En ambas estrofas, notamos cómo el ojo vidente del poeta, el que ve más allá del ojo humano, puede ver en las sombras lo que los hombres de pobre «existencia fosforescente» no pueden ver. Esto también nos remite al ideal platónico, ya que el poeta, en este caso, estaría enfocado en el mundo de las ideas y no en nuestra realidad vista a la luz del día. 

  1. El misterio de la sombra 

Encuentro una suerte de intertextualidad con La Divina Comedia en el poemario. El yo poético es un moderno Dante que desciende por los círculos de los infiernos. El autor anota: «Hay traslúcidos infiernos/ En los espejos de papel de los orates».  O más bien, un Dante surrealista, ya que en el poemario abundan las descripciones de los abismos y las monstruosas visiones de los bajos. Estas mismas sombras, son las que lo han ayudado a ver más allá del espanto y la soledad y lo han hecho más fuerte, igual que con todos nosotros cuando pasamos por momentos difíciles. 

Teniendo en cuenta lo anterior, me parece oportuno citar las siguientes descripciones: 

Una horda dura, gris 

De hombres piraña

Me levanta en peso

Hurga uno a uno los bolsillos

Me arranca la ropa

Me calatea

Me sacude

Vuelve a sacudirme furiosamente

Asimismo, las visiones de hombres despedazados son muchas veces referencias del yo poético. Se hace alusión, en las horribles visiones del artista, a los desmembramientos propios y de terceros. El yo poético sufre por estar atado a la cotidianidad de las sombras y de sentirse, muchas veces hecho pedazos por el día que lo aplasta. Pero, si buscamos entre los versos de este libro, ¿podremos encontrar la razón de este sufrimiento? ¿Si existen las sombras, también existe la luz en este título? La respuesta es «sí». 

Entonces, ¿dónde está la luz? 

  1. La oscura soledad poética

Hubiera sido absurdo pensar que no hubiera matices en este libro. El nombre no sugiere que todo sea oscuridad, tinieblas, noche. De hecho, no hay ningún poema a la luz; sin embargo, se hace referencia a ella. Repito: a ella. 

Y es que la luz, en “Lado B de las sombras”, es algo que existe en tiempo pretérito, en el ayer. La luz es un recuerdo. 

A continuación, exploraremos los rincones de nostalgia de este libro, donde se alude a ese personaje incidental, en términos narrativos, que aparece por momentos en los espacios oscuros de este lóbrego templo. 

Por ejemplo, cuando el autor dice: 

Son tus nalgas

Enredando mis labios

Hondos ojos

Por los que miro el amanecer. 


La musa, al ausentarse, produce el desasosiego, el tedio, las sombras. 

Es decir, la corporeidad de la musa, el erotismo, su piel, es lo que ayudaba al poeta a salir de las tinieblas. Aquí podemos mencionar a la mujer solar. Incluso más adelante menciona al «desquiciado tren» como metáfora de lo pasajero en la existencia del ser humano. Leamos también la siguiente estrofa: 

Canciones resuenan

Sobre las ramas de los árboles

Ante el oscuro ritual del adiós. 

El adiós, necesariamente, tiene que ser un evento que oscurece, ya que la hembra solar se esfuma, se aleja, se ausenta. Las canciones son los poemas que aterrizan en uno de los dos tipos de oscuridades.  

Existen dos tipos de dicotomías: LUZ/ SOMBRA:

Primero: La luz artificial del mundo vulgar, de la luz fosforescente, frente a la oscuridad donde la videncia del poeta muestra la verdadera trascendencia. Es decir, encontramos a los seres comunes y corrientes presos en los asuntos materiales que pueden ser observados solo a la luz del día, haciendo vidas cotidianas, mientras el poeta, con su videncia, ve más allá.

Segundo: La luz de la mujer frente a la oscuridad del tedio que ofrece la soledad. 

Y si hay un poema donde descansa esta última luz femenina, tendremos que ir por el poema XII, el cual es un artefacto poético muy especial dentro de estas páginas, ya que casi todo está manchado de infierno, cadáveres, monstruos y mutilaciones. El poema duodécimo es, en referencia una vez más a la Divina Comedia, el Paraíso de Dante ya que, al igual que en la obra del vate italiano, este simboliza a la luz y, también, todo termina siendo un sueño. Dichos versos son los que le dan cierto equilibrio a este libro, el espacio por donde se filtra la vida nutrida de nostalgia pura. 

Tropiezas con la luz matinal

Te levantas

Rozas el canto de las sombras. 

Y cierra diciendo: 

Cruento despertar 

Que nos entrega mañanas 

Sin el menor rastro de luz.

Aquí la mujer se ha ido y, con ella, la luz. No queda de ella el menor rastro. El poeta se sumerge en las tinieblas y las explora desde el barranco de su soledad. 

Sin duda alguna, esta noche Juan José nos trae una propuesta que no puede faltar en la biblioteca de ningún lector. Ha pasado mucho tiempo desde nuestro primer encuentro, once años ya, y esperamos que, en lo sucesivo, el poeta nos siga trayendo más sorpresas, dejando atrás los despojos de los anteriores rostros, buscando nuevas identidades en ese océano de sombras del que se ha convertido en un buzo experto. 

¿Acaso allá en las sombras aguardan muchas más palabras para su canto?

¡Felicidades por el nuevo título! 


La presentación de "Lado B de las sombras", en el marco del Ciclón de Poesía, fue un evento que tuvo gran concurrencia. 




Sábado 17 de diciembre de 2022


domingo, 6 de noviembre de 2022

"Besos de fuego": ¿Por qué es la obra que está haciendo arder Trujillo?

 

Por: Ernesto Facho Rojas

 

Flyer promocional de la obra, escrita por Roberto Ramos- Perea

Vamos a decirlo de una vez: ¡he quedado impactado!

Acabo de salir del local, de ese ambiente sombrío con luces púrpuras y focos rojos, y me he descubierto temblando de emoción. Y todo esto tiene que ver con el drama que he presenciado hace unos instantes.

Había visto en un post de Cindy Muñoz, una joven actriz que vive en Trujillo, el anuncio de una obra de corte erótico. En un reel de Instagram, se puede ver una mano saboreando un muslo moreno de mujer, suave y lentamente.

Como tenía algunos asuntos familiares que ver en la Ciudad de la Eterna Primavera, no me pude perder dicho evento. Y asistí.

Se trata de un Colectivo de teatro llamado El grito, cuyo local funciona al interior de un bar. Y a pesar de que el aforo es limitado, esas cuestiones, gracias a la energía y el aura mágica de esta disciplina, siempre terminan pasando a segundo plano.

A la entrada, uno de los actores, subido en una mesa del bar, nos recibió y nos dio la advertencia de lo que  íbamos a encontrar dentro. El lugar –una vez más, sombrío— con las actrices de espaldas frente a nosotros, a una distancia corta, le daba a la función un toque de intimismo.

Nos dieron unos antifaces. Sin embargo, en este escrito no se ha de revelar el fin de dicho objeto. Arruinaría la emoción y el propósito de tan sensitivo despegue de la historia.

Mercedes Casanova es la hija de un afamado dramaturgo de la Cuba de los años treinta. Se supone que todo es un largo diálogo entre ella y Vicky, una bella catedrática también con mucho prestigio, a quien Mercedes le quiere encargar un estudio para revalorar la obra de su difunto padre.

De manera misteriosa, se van revelando más y más datos sobre el desaparecido escritor, Mario Casanova, quien ha dejado, entre las pertenencias facilitadas a la catedrática, el manuscrito de una obra que contrasta con todas las demás, un punto y aparte respecto a toda la producción anterior del autor en mención. Ese título es “Besos de fuego”. De allí el nombre de la obra.

Flyer promocional de "Besos de fuego" 

Una de las cuestiones más interesantes de la puesta en escena me ha parecido el paralelo a la hora de narrar el diálogo entre las dos damas y la tórrida historia de la mulata Teresa. Esta última aparece, como si fuera un seductor fantasma, frente a nosotros con sus danzas de Herodías y Salomé, al ritmo de un mambo triste, cuya melodía cae sobre el auditorio provocando a un tiempo los sentimientos de la nostalgia y las convulsiones del erotismo.  

Sin embargo, a pesar de esa aureola de fuego, de esas chispas que nos hacían arder no sé en qué llamas infernales mientras mirábamos de cerca a los personajes vibrar, besar y sentir, también ha sido un punto fuerte de la dramatización las profundas reflexiones en torno al erotismo en la literatura, la importancia de una obra literaria y el rol de la mujer en el mundo de las letras.

Más adelante, usted, futuro espectador, podrá ver cómo la historia sufre un plot twist (giro de trama) que acaba por reivindicar a uno de los personajes, ofreciendo un contundente mensaje sobre las mujeres como seres creativos y trasgresores.

A título personal, quisiera agregar que, como espectador, me he sentido muy complacido de observar y degustar la enormidad del talento y la dimensión de esa pasión por las tablas que existe en Trujillo, mi ciudad natal. Este rincón del Perú no deja de dar sorpresas y de luchar, tal vez en un medio menos hostil que otros, por ofrecer un arte de calidad, uno que, sin lugar a dudas, no tiene nada que envidiarle a cualquier otra obra de teatro a nivel latinoamericano.

Me pregunto si, acaso, El grito tendrá la intención de hacer una gira por otras ciudades. Ojalá muchas más personas pudieran hundir sus almas en la inquietante y mágica atmósfera de este arte que me ha regresado a la ciudad donde vivo, todavía viendo al ágil bailarín vestido de blanco y haciendo piruetas; a “Vicky bonita” buscando la verdad entre libretas de apuntes; a Mercedes Casanova despojándose de sus capas y abriéndose a la sinceridad; y a la mulata Teresa, con una suave luz sobre su pelo, ejecutando una danza que la hace rugir como una fiera, ebria de amor, ebria de impotencia, abriéndose a su hombre como si fuera una flor sembrada en medio del abismo.




                                                      Trujillo, 6 de noviembre de 2022 

 

lunes, 14 de septiembre de 2020

Cien años de Benedetti, un autor sin tregua para el amor

 

Por: Ernesto Facho Rojas

 

La caricia es un lenguaje

si tus caricias me hablan

no quisiera que se callen

Mario Benedetti

 

Estatua de Mario Benedetti en Plaza de toros

Hace cien años nació el uruguayo más ilustre de todos los tiempos. Su lenguaje sencillo, —pero incendiado por una dulce llama de ternura que seducía a la gente, al pueblo, al hombre de a pie— sigue brillando hasta nuestros días. Notamos cómo sus palabras, como si fueran monedas siempre vigentes y en curso, aparecen en las redes sociales. Pienso que no hay cibernauta que no se haya topado con alguna línea de Benedetti, ya sea en Facebook o Instagram.

Mario Orlando Hardy Hamlet Brenno Benedetti Farrugia, nombre completo de nuestro autor, fue un escritor prolífico, pues publicó más de ochenta libros con traducciones en diferentes lenguas, entre las cuales no solo contamos obras poéticas, sino también novelas y obras de teatro. En un inicio leía poemas de Baldomero Fernández Moreno en la Plaza San Martín, y así poco a poco fue naciéndole la idea de escribir versos. Y llegó tan lejos, que en este momento me siento frente a una computadora para rememorar mis pocas lecturas sobre la conmovedora pluma de este vate pues, a pesar de que destacó en varios géneros, siempre se consideró un poeta.

Su narrativa también gozó de aquella sencillez que lo llevó a conectar con la gente. Tiene, entre otros títulos, dos novelas que han captado mi atención:

Gracias por el fuego (1965)

Esta es la historia de Ramón Buñido, quien reflexiona acerca de su vida. La obra empieza con una reunión de uruguayos. Ellos conversan sobre lo decepcionados que se sienten de su país, introduciendo un matiz político que me hizo perder interés en la historia central. Uno de los personajes les comunica que todo Uruguay se ha inundado y cada uno empieza a rectificarse y manifiestan, quitándose las caretas, el cariño que sentían por su nación.

La trama continúa con los recuerdos de Ramón, quien se va a desilusionar de su padre Edmundo (contempla una violación por parte de Edmundo hacia su madre) y se entra de una amante del padre. Contiene varios pasajes poéticos. Sin embargo, nuevamente hace un paralelo entre Edmundo en quien el autor sugiere se ha personificado a la élite poderosa de Uruguay. El mismo Benedetti, en algunos documentales, cuenta que sus personajes a pesar de su exilio, siguen transcurriendo y respirando en Uruguay, ya que su país debía estar presente siempre en su literatura.

 

Sobre eso no hay duda: es sincero con ella. Porque le cuenta cosas feas, cosas sucias, cosas terribles. Como si supiera que el amor de ella es capaz de aceptar ese lado negro de su ser, esa zona del diablo que nunca muestra a nadie totalmente.

 


La tregua (1960)

Esta es la historia Martín Santomé: “Sólo me faltan seis meses y veintiocho días para estar en condiciones de jubilarme”. Su vida transcurre en medio de una rutina gris a la que casi se ha acostumbrado. Él comparte este estilo de vida con sus tres hijos, quienes también tienen sus propios conflictos y crisis. Es una trama que, por momentos, me resultó algo repetitiva, ya que la historia lleva la forma de un diario y en un diario perfectamente sucede aquello. Casi es un calco de la vida y la vida es así. Es necesario contar que Santomé es viudo “la muerte de Isabel es algo fuerte”. Sin embargo, tiene una segunda oportunidad, pues vuelve a experimentar un amor renovado con una mujer casi 25 años menor que él: Laura Avellaneda.

A favor de la técnica del diario utilizada en La tregua, diremos que el texto se convierte en un relato confesional, algo que agrada sobremanera al lector que no necesita arquitecturas complejas del lenguaje ni tramas enrevesadas, pletóricas de un conocimiento técnico de narrador. En sus páginas notamos el susurro acalorado de la pasión dicho en primera persona, el mismo que por momentos también nos vuelve cómplices de esta historia con final lacrimoso.

Asimismo, la versión cinematográfica de este libro fue la primera película de ese país en ser nominada a un Premio Oscar.

 

Lunes 3 de febrero

Ella me daba la mano y no hacía falta más. Me alcanzaba para sentir que era bien acogido. Más que besarla, más que acostarnos juntos, más que ninguna otra cosa, ella me daba la mano y eso era amor.

 

El amor, las mujeres y la vida (1995)

En la contraportada, dice: “Este poemario reúne los mejores versos de amor de Mario Benedetti”, ya que este asunto es como la columna vertebral no solo del libro, sino también es la temática en la que nuestro autor se sumerge hasta salpicarnos de esa ternura y ese fuego sencillo que nos toca el pecho. Aquí, al igual que los personajes de sus libros, encontramos a un hombre que ha recorrido la vida con pasos firmes, impresionado siempre por ese misterio infinito que es la mujer. A veces, ella se presenta como un ser lejano, inalcanzable, etéreo. Es allí cuando Mario Benedetti teje sus versos que van llegando impregnados con un inconfundible aroma a melancolía, esa sustancia de la que también está hecho ese amor de los que no se encuentran ni se miran ni se tocan.

Entre las composiciones más populares del libro encontramos Táctica y estrategia, Corazón coraza, Te quiero, No te salves, Hagamos un trato, Pies hermosos, entre otros.

Si bien es cierto, la belleza que muestra el autor de Pedro y el capitán parece sencilla, la concepción de un poema con esa transparencia y música que ostentaba el uruguayo es muy difícil de lograr para un hacedor de versos. Es decir, para cualquier poeta es más fácil coleccionar palabras raras, alinearlas sobre su escritorio y hacerlas desfilar con un distinto orden sobre el papel. Esto, gracias a que la idea misma del poema tiene la suficiente fuerza o poesía como para decirse sin necesidad de oropeles barrocos.

En Madrid le han hecho un homenaje esta mañana misma Joaquín Sabina, Benjamín Prado y Elvira Sastre. Ellos han participado en un recital donde han leído las letras del maestro, frente a un público que los ha escuchado enamorado —como siempre— de aquel poeta nacido exactamente hace cien años.



Asimismo, se ha editado un libro titulado Cien veces Benedetti, donde aparecen fotos del autor y cartas suyas y de otros colegas suyos como el peruano Mario Vargas Llosa y el inmortal Julio Cortázar. Aquí un fragmento de una carta a Benedetti del autor de Rayuela:

Benedetti, yo no entiendo cómo ha hecho usted para meterse tan a fondo en el libro y decir de él un montón de cosas que yo no conseguiría jamás articular coherentemente. (No es falsa modestia; supongo simplemente que si fuera capaz de entender del todo el libro, no habría conseguido escribirlo; la parte del balbuceo, de la imposibilidad de objetivar las corrientes profundas, se convierte en la obra, pero jamás puede situarse en el plano de la explicación de la obra). Pero esa frase entre paréntesis lo alcanza también a usted, porque sólo desde adentro se podía ver con tanta claridad el móvil de Rayuela, y en usted el poeta y el crítico son uno solo frente a la obra que primero padecen y después elucidan.

Fraternalmente, por su parte, en alguna ocasión Mario Vargas Llosa le escribió:

Estoy contento de haberte conocido, de que seamos amigos, de haber leído tus libros. Anoche terminé los cuentos, que me gustaron tanto como tus poemas y tu ensayo. Pero lo que más me entusiasma es tu novela: la leí de un tirón, en una noche. Es un magnífico libro, hombre, muy pocos en América Latina manejan una lengua tan exacta, rica e inteligente. Es una novela honesta y auténtica, en la que nada está de más y que va contra la corriente, porque a los subdesarrollados nos gusta contar historias tremendas, excepcionales, y eludimos lo rutinario y lo banal que, sin embargo, ocupan sectores más anchos de realidad.



Como se trataba de un autor que escribía prosa y verso, en su libro La tregua Benedetti incluye un poema que me ha parecido muy sentido y trágico. Alguna de sus frases ya la había visto por allí, en algún lugar de las redes sociales, que es donde pareciera que sigue vivo Mario, como si en realidad Dios, o alguno de nuestros dioses, en realidad fuera una mujer que ha decidido que el poeta no muera nunca, a razón de haber quedado cautivada con su poesía. Me refiero a Última noción de Laura, un texto desgarrador y que cito a continuación, esperando que estas líneas sirvan para redescubrir a este autor, de quien curiosamente se dice que se ha encontrado una nueva novela inédita e incompleta.

A continuación, los versos:

Usted martín santomé no sabe

cómo querría tener yo ahora

todo el tiempo del mundo para quererlo

pero no voy a convocarlo junto a mí

ya que aún en el caso de que no estuviera

todavía muriéndome

entonces moriría

sólo de aproximarme a su tristeza.

 

usted martín santomé no sabe

cuánto he luchado por seguir viviendo

cómo he querido vivir para vivirlo

porque me estoy muriendo santomé

 

usted claro no sabe

ya que nunca lo he dicho

ni siquiera

en esas noches en que usted me descubre

con sus manos incrédulas y libres

usted no sabe cómo yo valoro

su sencillo coraje de quererme (…)

 



 

 

 

Lunes 14 de septiembre de 2020

3:10 p.m.

lunes, 15 de junio de 2020

«Días sin ti» es el mejor poema de Elvira Sastre

Reseña de la novela «Días sin ti»


Por: Ernesto Facho Rojas

«Quien no sabe de amor vive entre fieras»

Lope de Vega

Elvira Sastre Sanz, autora de Cuarenta y tres maneras de soltarse el pelo (2013), Baluarte (2014), Ya nadie baila (2015), La soledad de un cuerpo acostumbrado a la herida (2016)

«Madrid me mata»,
dice Elvira. Y cuando ella escribe la palabra «España» en su columna de El País, es inevitable —dada mi formación académica—, imaginarme a Lope, Quevedo, Góngora… ¡Cervantes!, aquellos titanes de las letras del viejo continente en cuyo recuerdo descansa una parte de mí. Pienso, también, en el asunto de la popularidad y ese sentimiento casi religioso que significaba escribir versos. Era, pues, un género que se había consolidado como el más genuino y difícil, no porque existía una rima o esa camisa de fuerza del soneto, sino que la poesía tenía un sitial que, en la actualidad, ha desaparecido para muchos de los mismos bardos.  
No es ningún secreto que la narrativa está en boga. Sin embargo, doña Elvira parece enviada en una nave espacial para rescatar este género, el cual ya estaba quedándose tan oxidado como la armadura de Don Quijote, allá los siglos pasados.

Elvira Sastre, posando con la portada de Días sin ti (Premio Biblioteca Breve Seix Barral 2019)

Elvira Sastre Sanz, nacida un 17 de junio de 1992, hace exactamente 28 años, autora de Cuarenta y tres maneras de soltarse el pelo (2013), Baluarte (2014), Ya nadie baila (2015), La soledad de un cuerpo acostumbrado a la herida (2016), entre otros títulos es, en definitiva, una antena que logra conectar con el sentir del pueblo. Este, a través de sus redes, le lanza hurras mientras comparte apasionadamente fragmentos de sus libros. Por ello, podemos decir que Elvira es una poeta superstar, porque ella puede sentir el latido de sus lectores y escribir lo que ellos hubieran querido llorar. Esta misma conexión se da con la novela.

«También tenemos que saber asumir el dolor como algo propio y no darle el nombre de otra persona, a pesar de que hay sido causado por ella y no elegido por nosotros. Esa es la única manera de comprenderlo y poder sobrellevarlo sin que afecte a las decisiones futuras.»

En su salto de los versos a la prosa, la autora de Baluarte, consciente de lo práctico que es un internauta en las redes sociales, supo conservar un ingrediente poderoso, irresistible, mágico, seductor, infalible, atrapante, flamígero —y también preciso, como un balazo en la cabeza—: ¡las frases!
Cuando una persona coge un teléfono celular, no tiene tiempo para leer textos largos. Por ello, el medio más eficaz para que un libro se venda es, primero, vender sus frases. Así, la novela de Elvira está llena de sentencias, pero sus sentencias, al igual que su poesía, han sido esculpidas fonema por fonema hasta alcanzar la perfección de una joya que brilla en un muro de Facebook.
Sea como fuere, la literatura de la señorita Sastre va más allá de un truco, pues ella es una escritora con un talento genuino.

La autora de Baluarte ha sido convocada para participar en el ciclo de Poesía en tu sofá, una propuesta donde varios artistas se suman para leer poemas en cuarentena.
¿Acaso esta no es una reseña sobre un libro de narrativa? ¡Sí y no! Formalmente podemos decir que se trata de la novela Días sin ti (Premio Biblioteca Breve Seix Barral 2019); que, a través de una suerte de vasos comunicantes, nos narra una historia doble, trenzada: los romances de Dora y Gabriel (abuela y nieto, respectivamente); que el tiempo narrativo oscila entre la época de la República y el actual; sin embargo, estamos ante un texto anfibio, el cual no corre la suerte de un monstruo que sufre su forma entre humano y bestia, sino que, más bien, me exige escribir aquí la palabra ángel, cuyo género —curiosamente— no está definido.
Después de estas reflexiones, diremos que leer Días sin ti es disfrutar de la prosa poética de Elvira. En un principio, me pareció que los diálogos eran un tanto afectados, pero lo que debemos entender es que la historia viene de la pluma de una poeta. Por otro lado, la trama tiene bases históricas. Elvira cuenta en las últimas páginas del libro que se ha documentado muy bien y ha recibido asistencia. Esto, finalmente, me ha hecho entender que dicha información ha sido como las rocas, el peso que se le ha puesto al libro para que no flotara con el lirismo de la joven española.
Asimismo, resalto las metáforas que usa, la hermosa circularidad que le da al relato, el cual —primero— nos sobresalta con la tragedia de las primeras páginas, pero luego nos reconforta, nos calma, nos retribuye habernos llevado por las tinieblas, los laberintos y las oscuridades de sus personajes.
Además de ese contexto histórico filtrado con cuidado, el libro tiene una propuesta clara, una posición sobre el amor. Sastre escribe sobre el dolor y, aunque —tratando de mantenerse al margen— se esconda detrás del torso masculino de Gael, o entre las arrugas de la ternísima Dora, es imposible que alguien nos haga sentir ese minúsculo temblor del alma sin haberlo sentido primero. Con esto quiero decir lo siguiente:
¡Gael y Dora son las máscaras de Elvira!

A sus 28 años, Elvira ya goza de la popularidad y el cariño de miles de seguidores, quienes aplauden la lectura de sus versos en las redes sociales.

Uno es el escultor, el perfeccionista, el artista que tiene una excesiva preocupación por la forma, igual que su creadora con las frases que escribe; la otra, Dora, es también la joven poeta, pues representa a la mujer que, a mi parecer, conoció los dos lados del amor, en los cuales se hace hincapié a lo largo de los capítulos.
Perdóname, Elvira, si he dado en la cabeza del clavo. Y si no es así, también perdona mi osadía.
De todas formas, estos dos rostros de Elvira han encajado a la perfección en su novela y han alcanzado el éxito en ventas. ¿Podrá la artista, buscando en lo más profundo de su pecho, llenar más libros de frases y reflexiones? Esperemos que sí.
En tanto, solo nos queda contemplar cómo la autora, mientras contempla Madrid y se estremece, nos sigue haciendo llegar su canto desde Europa, esa música que se va filtrando por las redes y que, sin lugar a dudas, nos va seguir contando historias.

De todas formas, estos dos rostros de Elvira han encajado a la perfección en su novela y han alcanzado el éxito en ventas.

Miércoles 17 de junio de 2020

domingo, 22 de diciembre de 2019

Necesito amistarme para Navidad - La Industria (22/12/19)



Por: Ernesto Facho Rojas*


Cuando Natalia abrió la puerta, encontró una hermosa carreta rústica, cargada de rosas y perfumados lirios. Un oso de peluche comandaba ese móvil inmóvil en su puerta.
Al contemplarla, la muchacha sintió una especie de vahído, pues en la tarjeta decía: «Perdóname».
Una cascada de rocío tomó por asalto a sus ojos café y ya se encontraba con las mejillas húmedas y encendidas. Luego sus puños fueron cerrándose con tal furia que, de un solo golpe, tiró la puerta, produciéndose una ráfaga de aire que derribó unos cuantos pétalos del adorno.
A una cuadra esperaba Teo, mirando la sombra solitaria de ese costoso arreglo, el cual seguía erguido, como si fuera un payaso en el centro del circo, muy seguro de los aplausos que le debe un público ausente.
Las flores y las mujeres tienen un secreto y mágico pacto, una especie de magnetismo entre sí.
Por eso, no podían quedarse allí. Y es que Teo, a sus dieciséis, no creía en aquellas historias donde una mujer se deshacía de un ramo de flores. Aquello sería como negarse a ellas mismas. Luego recordó la canción de Guillermo Dávila:

…como una rosa rota en la basura.

«¿Y si entró para traer unas tijeras y despedazarlas?» se preguntó inseguro, dramático. «No, ese arreglo está muy bonito. Mi hermana me ayudó a elegirlo», reflexionó. Entonces se acercó unos metros, convencido que desde allí, podría neutralizar cualquier ataque de Natalia a ese artefacto romántico, aquella tarde  que ya iba tomando un aspecto gris.


Luego, escuchó el estruendo de una cadena que estaba templándose con furia. Era un perro Gran Danés leonado, de largas orejas caídas, quien observaba el espectáculo inmóvil de aquel oso. El olor de las flores había llamado su atención. Sin duda, la argolla que sostenía esa cadena no duraría mucho tiempo. Miró por ambos lados y parecía que los dueños estaban ocupados, dentro, atendiendo una visita que había aparecido hacía unos minutos con grandes cajas de regalos envueltas en lazos púrpuras y globos. Teo, al llegar, lo había visto preso del fulgor de las luces eléctricas, pero al escuchar el estruendo de la puerta de Natalia, el can  había asomado -con mucha curiosidad- el hocico.
Dispuesto a apoderarse de las flores, como si se tratara del ser homenajeado, el perro empezó a jalar con más fuerza, mientras los ecos de sus ladridos se hacían más potentes y viriles. Dentro, la música de unos villancicos chillones hacía el trabajo de una cortina de humo. Nadie pudo ser testigo de la inminencia del ataque canino sobre esas flores que el viento, casi con lástima, acariciaba y hacía temblar mientras caía la tarde.
Prediciendo la ruptura de la ya frágil cadena, Teo salió corriendo en dirección al arreglo ignorado por su musa. Tenía el cuerpo cubierto por una espesa leche de electricidad, un incendio en la columna vertebral. Anegado en el pavor se preguntó: «¿Podía aventajar al perro?»  Entonces, cuando estuvo a punto de lanzarse sobre las rosas, casi a dos metros del animal, sintió que el mecanismo de la cerradura de la puerta se activaba.
Enseguida, la oscuridad cubrió su entendimiento. El muchacho había llegado al reino de las sombras mientras, del otro lado, escuchaba los gritos de la pequeña Natalia y el sonido de flores masticadas.


Unas horas después, despertó. Estaba con la cabeza envuelta en unas vendas gruesas. Del lado de la oreja izquierda, tenía el gancho que ajustaba la tela. Una palpitación en el cráneo que le punzaba le trajo poco a poco los recuerdos y, su madre, más tarde se lo confirmó:
—¿Y qué pasó, eh, Teo? ¿Por qué se te ocurrió salir como alma que lleva el diablo con tu bicicleta? No viste bien ese camión que venía y ¡zas!, te estrellaste contra él. Tu papá y yo, ¡no sabes!, pensamos lo peor. Creíamos que te ibas a morir. ¡Creíamos que te ibas a morir! Tirado, tú, allá en medio de la pista, ¡Dios mío!
—Perdón, mamá —contestó Teo, preso todavía entre la realidad del sueño y ese otro sueño que es la vida. Luego consultó—: ¿Y el perro? ¿El Gran Danés?
—¡¿Cuál perro, hijito?! Aquí no hay ningún perro. ¿Te sientes bien, papito?
Tuvieron una charla sobre seguridad vial. Le dijeron que Trujillo es muy peligroso. Que hay que tener más cuidado cuando vaya por la Avenida Mansiche, pues estar frente a la capilla no garantizaba nada.
Luego lo dejaron solo. Puso los ojos fijos en la ventana, mientras veía las nubes amontonarse allá, al fondo de un ocaso que el sol empezaba a construir con su ausencia. Un disco encendido como la pulpa de un durazno había desaparecido en el horizonte.
Pero Natalia seguía enojada porque él había hablado con esa niña, esa tal… No recordaba ni el nombre. ¿Acaso había terminado ya esa historia?  El pobre tenía el corazón apaleado por la ausencia de esa rencorosa niña y, parecía, que también era de noche, allí en su corazón.
Entonces alguien abrió la puerta. Pero no había sido el sonido, sino la esencia de los soberbios y frescos tulipanes que, de noche, con su encendido perfume habían llamado su atención. Unos delicados pasos, en medio del silencio, con su peso de nieve iban siguiendo una línea invisible. Así, Teo no quiso abrir los ojos. Y optó por aferrarse a la esperanza: se amarró a la certeza de la dicha, como lo haría un náufrago frente a su tabla de salvación, a flote de la miseria.
Una débil oscuridad se encendió en la habitación. Allí estaban sus ojos caramelo, sus mejillas redondas, su amplia frente en forma de triángulo, la cual terminaba en ese cabello lacio y sedoso que caía sobre sus hombros. Contra sus pequeños pechos, apretaba ¡oh, sorpresa! un peluche color miel que incluso en esa paupérrima luz, todavía ostentaba el celeste lazo alrededor del cuello.
Entonces, sin atender a las heridas del golpe, Teo apresuró los brazos hacia esa figura que cargaba la carreta de flores y ese oso de peluche. Y cuando estuvo a punto de tocarla, cuando el cielo se abrió en forma de una lenta epifanía que descorre una cortina hacia la gloria, escuchó una voz que le decía:
—Teodoro, hijo, despierta. ¡Por Dios! ¡Mira cómo te ha dejado ese perro! ¡Una ambulancia, por favor! ¡Un médico!




FIN






*Docente y escritor