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viernes, 30 de agosto de 2024

“EL TARTUFO” DE LA ALIANZA FRANCESA ME HIZO REÍR A CARCAJADAS


Por: Ernesto Facho Rojas*

  

De allí, de entre esas voces, escuchamos el timbre agudo de María Grazia Gamarra (la criada Dorina), enfundada en unos pantalones marrones y con una evidente giba artificial. Ese contraste sonoro ha sido, de alguna forma, una de las principales columnas de esta historia, algo que no pude percibir al leer la comedia. La otrora protagonista de la serie “Al fondo hay sitio” le hizo honor al apodo que se pone en las redes sociales, ya que nos sacó varias sonrisas.

 

Cartel promocional de “El Tartufo” de Moliere, bajo la dirección de Jean Pierre Gamarra. 

Antes ya había sentido la plenitud del goce estético al ver “Otelo” de Shakespeare, bajo la dirección de Jean Pierre Gamarra. Y me pareció una puesta en escena sublime, como si me mostraran los personajes temblando desde las mismas páginas de un Shakespeare que toca el cielo con la punta de los dedos, en plena lucha con el ángel.

 De pronto, en mayo, se anunció “El Tartufo”, también del mismo director y repitiendo a figuras como María Grazia Gamarra, Alonso Cano y Fernando Luque. Con aquel precedente, me dije: «No me la puedo perder».

A continuación, dejaré registro de algunas impresiones que tuve al experimentar una vez más el milagro histriónico de aquellos talentosos actores, quienes le dieron vida a uno de los embusteros más grandes de la literatura universal.

La obra empezaba a las ocho de la noche y la cita era en la Alianza Francesa de Miraflores, el 1 de agosto. Después de dar un largo paseo por el malecón de Miraflores, apreciando la apasionada figura de los amantes en El Parque del Amor, luego de recorrer el Parque Chino y procurarnos, junto con Yasanny sus padres, un delicioso almuerzo en uno de los elegantes restaurantes de Larcomar, acudimos al teatro. Había afuera una larga fila esperando por esa criatura fabricada por Moliere.

Portada de la obra “El Tartufo”, una comedia en cinco actos escrita en versos alejandrinos por Molière y estrenada en París el 5 de febrero de 1669. 

Al ingresar, de golpe, nos topamos con la atmósfera, entre hierática y pintoresca, de los personajes que rezaban el rosario. Parecía que habíamos llegado a presenciar un ritual cristiano, el cual se prolongó por unos minutos, con gran efusividad. Luego entendí que aquella escena, la cual no pertenece al guion original, era una especie de introducción, mientras el público se ubicaba en sus butacas respectivas.

Desde el doble privilegio que representa la primera fila, pude respirar a Moliere. Allí estaba una vez más Fernando Luque (Tartufo), poseído por otro espíritu, completamente distinto al Yago que aprecié en el “Otelo”. Se mostraba al lado izquierdo del escenario, subido en un banco antiguo, mientras debajo los personajes atacaban y defendían, con igual pasión, las acciones del protagonista.

Detrás de él había una cruz de hierro. La música de los diálogos empezó a llenar el ambiente de forma natural. De allí, de entre esas voces, escuchamos el timbre agudo de María Grazia Gamarra (la criada Dorina), enfundada en unos pantalones marrones y con una evidente giba artificial. Ese contraste sonoro ha sido, de alguna forma, una de las principales columnas de esta historia, algo que no pude percibir al leer la comedia. La otrora protagonista de la serie “Al fondo hay sitio” le hizo honor al apodo que se pone en las redes sociales, ya que nos sacó varias sonrisas, —incluso algunas estridentes carcajadas— con sus oportunas intervenciones.

Si bien es cierto cada actor estuvo a la altura de las circunstancias, mostrándose cómico y caricaturesco para los propósitos de la historia, también me gustaría mencionar esa importante fuerza histriónica que le aportó Alonso Cano al ponerse en los zapatos de Orgón. Con su inquieto peluquín dorado con forma de hongo, a manera de una aureola que reflejaba la inocencia de quien se dejan engañar, iba corriendo de un lado a otro. También se dejaba poseer por el Espíritu Santo, se desmayaba, hacía las veces de abogado y, en uno de los momentos cúspide de la obra, nos sorprendió atravesando el escenario como un felino al ejecutar con pulcritud un difícil volantín de ninja.

El triunfo de aquella inesperada pirueta dejó boquiabierto al público que lo aplaudió, mientras él seguía escondiéndose torpemente del Tartufo.

Jean Pierre Gamarra, director peruano de gran trayectoria, quien no solo ha dirigido clásicos como “El Tartufo”, sino que también fue el encargado de “La vida es sueño”, “Otelo” y “El misántropo”, entre otras obras. 

Una escena que comentamos mucho con mis suegros y Yasanny, mientras abandonábamos el recinto y buscábamos la forma de tomarnos algunas fotos o grabar videos, fue la de Alejandro Tagle (Damis, hijo de Orgón).  Por un instante, el joven se ubicó en medio del escenario y cogió una especie de cordones invisibles de donde tenía amarrados nuestros corazones. Él prometía desenmascarar al impostor con las siguientes palabras, mientras los ojos de la Alianza Francesa lo seguían con asombro: «Vos tenéis vuestras razones para obrar así y yo tengo las mías para proceder de otro modo. Querer encubrir a este hombre es locura».

Tuve el atrevimiento de escribirles a Éxodo Teatro, los encargados de hacer nacer a los clásicos del teatro universal y hacerlos respirar el aire tenso y gris de Lima. Mi objetivo era conversar con Fernando Luque, actor que esta vez nos volvía a sorprender con su magia para transformarse como lo hace el agua, tomando la forma de los personajes que lo contienen. Me dijeron que le iban a pasar la voz, que llegaba tarde y se iba temprano, que dictaba clases. No tenía muchas esperanzas de concretar el encuentro. (Les escribí mientras me preguntaba dónde estaba el león blanco y por qué, allí en el Parque de las Leyendas, yacía tan sola la leona sin el macho). Y sí llegué a comunicarme con él, pero nuestros horarios no pudieron coincidir.

Gracias de todas formas, Fernando.

¿Se imaginan si en vez de una crónica hubiera subido una entrevista y unas fotos con Fernando? Hubiera sido un muy grato recuerdo.

Dejando a un lado mi ambición y abrazando los momentos de la puesta en escena, recordando, por ejemplo, la pintoresca tensión erótica donde pude apreciar algunas lágrimas reales puestas como un par de perlas en el rostro de Elmira (Amaranta Kun, ¡qué gracia y qué pasión para interpretar!) dados los privilegios de la primera fila, me ha parecido un espectáculo digno del primer mundo. Aquel ha sido, una vez más —de la mano de Éxodo y Jean Pierre Gamarra y de sus actores—, otro evento que guardaremos muchos, muchos de los asistentes, como una joya que llevaremos en nuestros corazones.

Sabemos bien que la hipocresía es inmortal. Entonces, por los siglos de los siglos, que sigan reviviendo en los teatros el espíritu y el genio de Moliere.

¡Amén!

Imagen del elenco de “El Tartufo”. Fuente: Lima en escena. 


Lima, sábado 3 de agosto de 2024

5: 16 a.m.

 

*Docente, escritor y booktuber

miércoles, 1 de noviembre de 2023

He visto a Shakespeare vivo en Lima |Por: Ernesto Facho R.


 De un momento a otro, vimos a Desdémona en la piel de María Grazia Gamarra. Había saltado como un cisne hasta aparecer cruzando el escenario. Su cabellera de oro hacía juego, en la penumbra, con el resplandor de los antiguos palcos. Como dijo Yasanny: «Se veía muchísimo más joven en persona, una muñequita». De pronto, apareció el valiente Otelo, (el muy talentoso André Silva) con el uniforme militar.

 

André Silva y Maria Grazia Gamarra, protagonistas de la obra "Otelo"


¡Cuánta alegría sentí! Ya habíamos llegado al hermoso teatro.

La emanación de esa purísima luz dorada caía sobre la vereda sucia del Jirón Ica. Y a mí me parecía que aquella línea de oro separaba la realidad de la ficción, la vida real de la literatura, el cielo del purgatorio. Unos minutos antes, yendo a cenar, ya habíamos visto cómo se filtraba, a través de sus estructuras, aquel fulgor que llamaba sobremanera mi atención, con sus elegantes alfombras rojas dentro.

¡Cuánta alegría sentí! Aquella dimensión paralela llamada Teatro Municipal de Lima, inaugurado en 1915, lugar histórico donde alguna vez habían ingresado personajes como José Santos Chocano y María Félix, nos esperaba con el mármol bruñido de sus dos escaleras, las cuales conducían, con gracia, hacia los balcones y la sala principal. Allí pudimos apreciar los estéticos palcos con molduras bañadas en pan de oro y, en el escenario, yacía un gigantesco cañón suspendido, el cual formaba parte de la puesta en escena de aquella obra que me ha dejado marcado y que me ha costado tanto esfuerzo alcanzar a ver: “Otelo” de William Shakespeare, dirigida por Jean Pierre Gamarra.

En aquel espacio cóncavo, a escasos metros del tenebroso escenario, pudimos notar la alegría serena de la gente. Los limeños habían llegado con sacos y gabardinas, con abrigos elegantes, silenciosos y respetuosos en todo momento con el espectáculo que íbamos a presenciar.

De pronto, las luces disminuyeron notablemente su fulgor. Una voz dio las indicaciones previas para disfrutar de la función y se hizo el silencio.

De un momento a otro, vimos a Desdémona en la piel de María Grazia Gamarra. Había saltado como un cisne hasta aparecer cruzando el escenario. Su cabellera de oro hacía juego, en la penumbra, con el resplandor de los antiguos palcos. Como dijo Yasanny: «Se veía muchísimo más joven en persona, una muñequita». De pronto, apareció el valiente Otelo, (el muy talentoso André Silva) con el uniforme militar. Ambos iniciaron una especie de danza contemporánea, mientras —detrás—, como naciendo de entre las misteriosas sombras, a manera de lentos espectros silenciosos, surgían los demás personajes, quienes se ubicaron en lugares específicos con cierta simetría y se quedaron como estatuas.

Fernando Luque, a mi parecer, fue la figura más resaltante en el elenco. 

De aquellas figuras, solo una de ellas cobró vida: el traidor Yago.

Este personaje, encarnado con inteligencia y carisma por Fernando Luque, empezó su atrapante monólogo, desplazándose a lo largo del escenario, mientras se refería a los personajes mudos y quietos que tenía a su disposición.

Ese toque juguetón que le dio Luque a Yago fue, en gran manera, el atractivo mayor de aquella presentación. Mientras se desarrollaba la historia del honorable y respetado moro que trataba de abrir el paso para su matrimonio con Desdémona, aquella seriedad, aquel aliento poético contrastaba con las veces en que el villano tenía divertidos parlamentos. Aquí aparecía burlándose de todos, los metía en su telaraña, desarrollaba ideas perversas casi frente a ellos, los embaucaba y, como si se tratara casi del director de la obra, encausaba el rumbo de la trama con sus diversas y oscuras triquiñuelas.

¿Pero acaso no se trataba de una icónica tragedia, la de los celos? Correcto. Sin embargo, me parece que su director, Jean Pierre Gamarra, ha sabido encaminar la obra de tal suerte que, manteniendo cada línea del texto original, y también gracias a la experiencia de su elenco, ha dejado no solo que Shakespeare se haga entender, sino que se pueda disfrutar, a pesar de los largos monólogos llenos de prosa poética. Esto, además, me ha parecido una de las más grandes fortalezas de esta puesta en escena: haber logrado hacer digerible un texto clásico con discursos llenos de metáforas y demás recursos estilísticos.

“Otelo” duró tres horas. Pero yo hubiera querido que dure cuatro. Nunca antes ninguna ficción había logrado mantenerme tan a la expectativa y disfrutando del goce estético de una producción, como lo sentí este último fin de semana, en la víspera del cierre de temporada.

Jean Pierre Gamarra (director de "Otelo") y Maria Grazia Gamarra (Desdémona). Sí, son hermanos. 

La puesta en escena fue magistral, poética, dinámica y entretenida. Parecía un lienzo donde se había puesto cuidado en cada detalle de la pintura. Y es que no solo brillaron aquellos tres personajes mencionados líneas arriba, sino todos. Otro personaje que me agradó mucho fue Brabancio (Alonso Cano) no solo por el vigor y el dramatismo de su interpretación, sino también por la caracterización. Me encantó verlo aparecer con los cabellos largos y cargando su ropa. También me gustó mucho la valentía de Emilia (Andrea Alvarado), personaje que, más tarde, se sobrepone contra la maldad de su marido para enfrentarlo y, por fin, encontrar la muerte a manos de él.

A estas alturas, ustedes pensarán que toda esa energía potente y otra vez poética ha sido transmitida al público gracias a la fidelidad de los micrófonos. Los personajes hablaban fuerte y entonados, como si estuvieran declamando un poema, articulando a la perfección y sin errar en ninguna palabra. Sin embargo, la acústica de este, uno de los mejores teatros de Sudamérica, hizo posible que pudiéramos escuchar las voces limpias y sonoras sin el uso de ningún artefacto de por medio.

Respecto a la música, se ha sabido introducir el rock de dos piezas de Los prisioneros. Ya en la publicidad se anunciaban los videos en Instagram con el tema de fondo: “Estrechez de corazón”. Y aquella canción fue reservada para el momento del clímax de la obra. Me refiero a la escena en que Otelo hace arder su corazón, como si fuera un carbón, en las llamas del odio y los celos. La música empezó a sonar y Otelo perseguía a Desdémona. Sin embargo, cuando pensé que ese sería el acabose de la obra, el pico más alto de esta pieza de arte, sentí como mi cuerpo se estremeció con tres acciones paralelas: Yago asesinaba a Rodrigo que había atacado a Miguel Casio, Otelo destruía su espíritu mientras preparaba el vil asesinato. Y en medio de ambas acciones, como un cordero que intuye su terrible sino, Desdémona entonaba —a capela— una hermosa y muy sentida canción de adiós.

Después de escuchar al público cubrir con aplausos a los actores, después salir y andar unos metros al hotel por el Jirón Ica, he salido esperanzado del teatro. Una luz de oro, muy parecida al resplandor del Municipal, se anuncia en una época extraña donde el arte, fatídicamente, se confunde con el entretenimiento o el ridículo.

El elenco de "Otelo" de Shakespeare, dirigido por Jean Pierre Gamarra

Ojalá todas las personas que amo y estimo, alguna vez, tuvieran la oportunidad que presenciar lo que yo vi allí. En definitiva, no solo la genial pluma de Shakespeare, sino también la dirección, producción y el talento de su elenco, estoy seguro, harían despertar a esta generación que se impresiona con músicas patéticamente eróticas y tanto contenido idiota en las redes.

Sé que Éxodo Teatro (en coproducción con la Municipalidad Metropolitana de Lima)  también ha estrenado “La vida es sueño” y “El avaro”. También sé que, para el 2024, ya están gestando la puesta en escena de “Hamlet”, otra obra de Shakespeare. Por mi parte, de concretarse aquel proyecto, haré todo lo posible por asistir a una de esas funciones. Por el momento, solo queda continuar leyendo a los clásicos, difundirlos en las escuelas, seguir formando personas ilustradas, con pensamiento crítico.

Así, algún día, tal vez ellos puedan experimentar lo que se siente encontrar a Shakespeare vivo, desde una butaca, mientras afuera sigue su curso otra especie de tragedia, una donde el mundo avanza de espaldas al arte, sumido en la miseria de la rutina, los horarios y los demás compromisos autómatas de la vida adulta.

Todo valió la pena: el viaje de catorce horas, la espera (compramos entradas en agosto), el cansancio, la prisa de una ciudad cuyo tiempo va tan rápido que nos pisa los talones, dormir en los incómodos sillones del bus, volver al trabajo con sueño…

La recompensa de la experiencia me haría repetir el plato una y otra vez.

¡Cuánta alegría sentí! Por fin pudimos ver “Otelo” en el teatro.  

Interior del Teatro Municipal de Lima, fundado en 1915. 


 

 

 

 

Chiclayo, 1 de noviembre de 2023

jueves, 29 de diciembre de 2022

RESEÑA| "Lado B de las sombras": ¿La oscuridad es una mujer ausente? | Por: Ernesto Facho

 El título del libro, “Lado B de las sombras”, alude a ese reverso de la realidad que Octavio Paz decía que es en el que andan navegando los poetas. La Literatura, al igual que el arte en general, siempre trata de explorar más allá, de ir hacia adentro, o a esa otra orilla de la reflexión que no alcanza el vulgo, ya que anda secuestrado por el agresivo ataque audiovisual (la luz) al que estamos expuestos.

El poeta Juan José Soto, dando lectura a los versos de "Lado B de las sombras"

  Una noche, César Boyd me dijo que debía conocer a un poeta con «muy buenos contactos». 

Por esos años, recuerdo que la mayoría del Grupo Literario Signos andaba inmerso en el descubrimiento de Roberto Bolaño. Hablábamos mucho de él y de la idea romántica de relanzar el grupo, tratando más o menos de plasmar nuestra doctrina literaria e ir evangelizando un puñado de ideas que no llegaron a cuajarse como las bases del grupo. 

«Ven para que lo conozcas. El pata es de Lima, de Barranco» me dijo el autor de “La misa del yo insaciable”. Y llegamos a un local en Santa Victoria.  

Así conocí a Juan José Soto Bacigalupo, un 3 de agosto de 2011. 

Con su ayuda, pude participar en los eventos literarios más importantes a los que he asistido, después de la Feria Internacional del Libro en el 2019. Siempre confió en mí, no solo como poeta, sino también como articulista. Y, lógicamente, escuché muchas veces sus versos. 

Hace poco, Gianfranco Mejía visitó el colegio donde trabajo. Una señorita de atención al cliente lo atendió y le recibió el libro que su autor me estaba compartiendo, después de que yo aceptara comentarlo hoy, sábado 17 de diciembre. Y yo no sabía que era una bomba. Explico por qué. 

La poesía de Jota, así como lo llamamos sus amigos, ha sufrido una evolución —para mí— inesperada en esta última entrega. Son versos de una calidad que nunca escuché en recital anterior y que no pueden ser alcanzados por las líneas que leí en “Airado Verbo”. 

A mi parecer, “Lado B de las sombras” es el inesperado renacer de un poeta, un cambio de piel, el crecimiento en la videncia que él mismo proclama y con la cual puede navegar a través de las sombras. 

Dicho esto, debo agregar que la lectura de este libro ha sido como ingresar en un nuevo laberinto, pisar tierras ignotas, penetrar en una dimensión desconocida del autor, a la cual tal vez ha podido llegar a través de meditación que le ha procurado la soledad y el confinamiento. 

Paso a explicar. El libro es un poemario que aborda los siguientes temas: 


En la mesa de honor, de izquierda a derecha, Ernesto Facho, Juan José Soto y Jorge Fernández Espino


  1. La búsqueda de lo trascendental: 

El título del libro, “Lado B de las sombras”, alude a ese reverso de la realidad que Octavio Paz decía que es en el que andan navegando los poetas. La Literatura, al igual que el arte en general, siempre trata de explorar más allá, de ir hacia adentro, o a esa otra orilla de la reflexión que no alcanza el vulgo, ya que anda secuestrado por el agresivo ataque audiovisual (la luz) al que estamos expuestos. 

Entonces, si me alejo de la luz, llego a las sombras. Pero este libro no trata solo de las sombras, sino del otro lado de las sombras. Es decir, de una exploración mucho más profunda todavía. 

Y para explorar tinieblas adentro, se necesita de la videncia que Rimbaud decía que había que procurarse como poeta, como robador de fuego. 

Lo dicho anteriormente se evidencia en los siguientes fragmentos: 

Coloco el ojo izquierdo en la cerradura

Giro

Y vuelan despavoridas las sombras

También cuando dice: 

Me alejo de la cercanía del hombre

De su repleto vacío

De su absurda existencia fosforescente

Que atrae exaltados ejércitos de moscas. 

En ambas estrofas, notamos cómo el ojo vidente del poeta, el que ve más allá del ojo humano, puede ver en las sombras lo que los hombres de pobre «existencia fosforescente» no pueden ver. Esto también nos remite al ideal platónico, ya que el poeta, en este caso, estaría enfocado en el mundo de las ideas y no en nuestra realidad vista a la luz del día. 

  1. El misterio de la sombra 

Encuentro una suerte de intertextualidad con La Divina Comedia en el poemario. El yo poético es un moderno Dante que desciende por los círculos de los infiernos. El autor anota: «Hay traslúcidos infiernos/ En los espejos de papel de los orates».  O más bien, un Dante surrealista, ya que en el poemario abundan las descripciones de los abismos y las monstruosas visiones de los bajos. Estas mismas sombras, son las que lo han ayudado a ver más allá del espanto y la soledad y lo han hecho más fuerte, igual que con todos nosotros cuando pasamos por momentos difíciles. 

Teniendo en cuenta lo anterior, me parece oportuno citar las siguientes descripciones: 

Una horda dura, gris 

De hombres piraña

Me levanta en peso

Hurga uno a uno los bolsillos

Me arranca la ropa

Me calatea

Me sacude

Vuelve a sacudirme furiosamente

Asimismo, las visiones de hombres despedazados son muchas veces referencias del yo poético. Se hace alusión, en las horribles visiones del artista, a los desmembramientos propios y de terceros. El yo poético sufre por estar atado a la cotidianidad de las sombras y de sentirse, muchas veces hecho pedazos por el día que lo aplasta. Pero, si buscamos entre los versos de este libro, ¿podremos encontrar la razón de este sufrimiento? ¿Si existen las sombras, también existe la luz en este título? La respuesta es «sí». 

Entonces, ¿dónde está la luz? 

  1. La oscura soledad poética

Hubiera sido absurdo pensar que no hubiera matices en este libro. El nombre no sugiere que todo sea oscuridad, tinieblas, noche. De hecho, no hay ningún poema a la luz; sin embargo, se hace referencia a ella. Repito: a ella. 

Y es que la luz, en “Lado B de las sombras”, es algo que existe en tiempo pretérito, en el ayer. La luz es un recuerdo. 

A continuación, exploraremos los rincones de nostalgia de este libro, donde se alude a ese personaje incidental, en términos narrativos, que aparece por momentos en los espacios oscuros de este lóbrego templo. 

Por ejemplo, cuando el autor dice: 

Son tus nalgas

Enredando mis labios

Hondos ojos

Por los que miro el amanecer. 


La musa, al ausentarse, produce el desasosiego, el tedio, las sombras. 

Es decir, la corporeidad de la musa, el erotismo, su piel, es lo que ayudaba al poeta a salir de las tinieblas. Aquí podemos mencionar a la mujer solar. Incluso más adelante menciona al «desquiciado tren» como metáfora de lo pasajero en la existencia del ser humano. Leamos también la siguiente estrofa: 

Canciones resuenan

Sobre las ramas de los árboles

Ante el oscuro ritual del adiós. 

El adiós, necesariamente, tiene que ser un evento que oscurece, ya que la hembra solar se esfuma, se aleja, se ausenta. Las canciones son los poemas que aterrizan en uno de los dos tipos de oscuridades.  

Existen dos tipos de dicotomías: LUZ/ SOMBRA:

Primero: La luz artificial del mundo vulgar, de la luz fosforescente, frente a la oscuridad donde la videncia del poeta muestra la verdadera trascendencia. Es decir, encontramos a los seres comunes y corrientes presos en los asuntos materiales que pueden ser observados solo a la luz del día, haciendo vidas cotidianas, mientras el poeta, con su videncia, ve más allá.

Segundo: La luz de la mujer frente a la oscuridad del tedio que ofrece la soledad. 

Y si hay un poema donde descansa esta última luz femenina, tendremos que ir por el poema XII, el cual es un artefacto poético muy especial dentro de estas páginas, ya que casi todo está manchado de infierno, cadáveres, monstruos y mutilaciones. El poema duodécimo es, en referencia una vez más a la Divina Comedia, el Paraíso de Dante ya que, al igual que en la obra del vate italiano, este simboliza a la luz y, también, todo termina siendo un sueño. Dichos versos son los que le dan cierto equilibrio a este libro, el espacio por donde se filtra la vida nutrida de nostalgia pura. 

Tropiezas con la luz matinal

Te levantas

Rozas el canto de las sombras. 

Y cierra diciendo: 

Cruento despertar 

Que nos entrega mañanas 

Sin el menor rastro de luz.

Aquí la mujer se ha ido y, con ella, la luz. No queda de ella el menor rastro. El poeta se sumerge en las tinieblas y las explora desde el barranco de su soledad. 

Sin duda alguna, esta noche Juan José nos trae una propuesta que no puede faltar en la biblioteca de ningún lector. Ha pasado mucho tiempo desde nuestro primer encuentro, once años ya, y esperamos que, en lo sucesivo, el poeta nos siga trayendo más sorpresas, dejando atrás los despojos de los anteriores rostros, buscando nuevas identidades en ese océano de sombras del que se ha convertido en un buzo experto. 

¿Acaso allá en las sombras aguardan muchas más palabras para su canto?

¡Felicidades por el nuevo título! 


La presentación de "Lado B de las sombras", en el marco del Ciclón de Poesía, fue un evento que tuvo gran concurrencia. 




Sábado 17 de diciembre de 2022


domingo, 6 de noviembre de 2022

"Besos de fuego": ¿Por qué es la obra que está haciendo arder Trujillo?

 

Por: Ernesto Facho Rojas

 

Flyer promocional de la obra, escrita por Roberto Ramos- Perea

Vamos a decirlo de una vez: ¡he quedado impactado!

Acabo de salir del local, de ese ambiente sombrío con luces púrpuras y focos rojos, y me he descubierto temblando de emoción. Y todo esto tiene que ver con el drama que he presenciado hace unos instantes.

Había visto en un post de Cindy Muñoz, una joven actriz que vive en Trujillo, el anuncio de una obra de corte erótico. En un reel de Instagram, se puede ver una mano saboreando un muslo moreno de mujer, suave y lentamente.

Como tenía algunos asuntos familiares que ver en la Ciudad de la Eterna Primavera, no me pude perder dicho evento. Y asistí.

Se trata de un Colectivo de teatro llamado El grito, cuyo local funciona al interior de un bar. Y a pesar de que el aforo es limitado, esas cuestiones, gracias a la energía y el aura mágica de esta disciplina, siempre terminan pasando a segundo plano.

A la entrada, uno de los actores, subido en una mesa del bar, nos recibió y nos dio la advertencia de lo que  íbamos a encontrar dentro. El lugar –una vez más, sombrío— con las actrices de espaldas frente a nosotros, a una distancia corta, le daba a la función un toque de intimismo.

Nos dieron unos antifaces. Sin embargo, en este escrito no se ha de revelar el fin de dicho objeto. Arruinaría la emoción y el propósito de tan sensitivo despegue de la historia.

Mercedes Casanova es la hija de un afamado dramaturgo de la Cuba de los años treinta. Se supone que todo es un largo diálogo entre ella y Vicky, una bella catedrática también con mucho prestigio, a quien Mercedes le quiere encargar un estudio para revalorar la obra de su difunto padre.

De manera misteriosa, se van revelando más y más datos sobre el desaparecido escritor, Mario Casanova, quien ha dejado, entre las pertenencias facilitadas a la catedrática, el manuscrito de una obra que contrasta con todas las demás, un punto y aparte respecto a toda la producción anterior del autor en mención. Ese título es “Besos de fuego”. De allí el nombre de la obra.

Flyer promocional de "Besos de fuego" 

Una de las cuestiones más interesantes de la puesta en escena me ha parecido el paralelo a la hora de narrar el diálogo entre las dos damas y la tórrida historia de la mulata Teresa. Esta última aparece, como si fuera un seductor fantasma, frente a nosotros con sus danzas de Herodías y Salomé, al ritmo de un mambo triste, cuya melodía cae sobre el auditorio provocando a un tiempo los sentimientos de la nostalgia y las convulsiones del erotismo.  

Sin embargo, a pesar de esa aureola de fuego, de esas chispas que nos hacían arder no sé en qué llamas infernales mientras mirábamos de cerca a los personajes vibrar, besar y sentir, también ha sido un punto fuerte de la dramatización las profundas reflexiones en torno al erotismo en la literatura, la importancia de una obra literaria y el rol de la mujer en el mundo de las letras.

Más adelante, usted, futuro espectador, podrá ver cómo la historia sufre un plot twist (giro de trama) que acaba por reivindicar a uno de los personajes, ofreciendo un contundente mensaje sobre las mujeres como seres creativos y trasgresores.

A título personal, quisiera agregar que, como espectador, me he sentido muy complacido de observar y degustar la enormidad del talento y la dimensión de esa pasión por las tablas que existe en Trujillo, mi ciudad natal. Este rincón del Perú no deja de dar sorpresas y de luchar, tal vez en un medio menos hostil que otros, por ofrecer un arte de calidad, uno que, sin lugar a dudas, no tiene nada que envidiarle a cualquier otra obra de teatro a nivel latinoamericano.

Me pregunto si, acaso, El grito tendrá la intención de hacer una gira por otras ciudades. Ojalá muchas más personas pudieran hundir sus almas en la inquietante y mágica atmósfera de este arte que me ha regresado a la ciudad donde vivo, todavía viendo al ágil bailarín vestido de blanco y haciendo piruetas; a “Vicky bonita” buscando la verdad entre libretas de apuntes; a Mercedes Casanova despojándose de sus capas y abriéndose a la sinceridad; y a la mulata Teresa, con una suave luz sobre su pelo, ejecutando una danza que la hace rugir como una fiera, ebria de amor, ebria de impotencia, abriéndose a su hombre como si fuera una flor sembrada en medio del abismo.




                                                      Trujillo, 6 de noviembre de 2022 

 

jueves, 4 de febrero de 2021

Domiciano Mercedes, el maestro que nos quiso ver volar


Por: Ernesto Facho Rojas

 

Los maestros del Karl Weiss, muchas veces, llegaban resignados.

Aparecían balanceando sus maletines, mientras atravesaban un estrecho pasadizo sembrado de muchachos con las camisas por fuera, quienes también tocaban palmas como unos monos brutos y soltaban horribles carcajadas de villanos. Ya en el salón, había que decirles que se acomodaran, que tomaran asiento, que sacaran el cuaderno. Y apenas abrían la boca, podía sentirse, en las palabras de esa gran mayoría de profesores, aquel desgano clásico y natural por estar allí, frente a un montón de adolescentes que no hacían más que, también en la gran mayoría de los casos, tomar notas en sus cuadernos sucios o decir una broma vulgar.

En medio de ese conocido pandemonio, aparecía mi profesor Domiciano. Siempre me llamó la atención lo fijo que se quedaba su cabello —una suerte de hebras blanquinegras—, cuando dictaba clases. A veces, cuando se enfurecía y se ponía rojo, tan solo permitía que un mechón gris cayera por su frente y nada más.

Pero lo que más sorprendía de su persona, de su calidad docente, era esa marcada diferencia cuando trataba de entrar en nuestros corazones con un sermón limpio y sincero, ese que quiere ser una especie de anzuelo que capture para siempre la consciencia de los estudiantes.

Era, junto con otra minoría, de aquellos que hacía todo lo posible por clavar inteligentemente el colmillo en el duro cuero de la ignorancia. Su desesperación, su agitación, su verbo encendido trataba de convencernos, de estremecernos y encender en nosotros esa voz que grita: «¡Despierta, joven!»

Cómo no recordar esas sesiones extraordinarias en un salón aparte, fuera de la institución, con precios realmente absurdos para todo lo que recibíamos. Se me viene a la mente esa urgencia que nos despertó cuando dijo que debíamos aprender técnicas de estudio.

Domiciano Mercedes Bejarano era, sin duda alguna, un docente cuya fe por la juventud y el porvenir ardía como una sola llama dentro de su pecho.

Ya había terminado mi carrera y, en una ocasión, lo encontré por la calle y nos saludamos. Recuerdo que con buena fe me llevó, casi de la mano, hasta una conocida academia preuniversitaria. Intercedió por mí y, gracias a él, obtuve unas horas para dictar literatura. Quien redacta no estaba desesperado por el empleo; sin embargo, en los ojos de mi maestro aún brillaba esa chispa de esperanza por la juventud, esa necesidad de ayudar.

Gracias, maestro, por su pasión; por ser luz en aquellos rincones donde abundaban las tinieblas; gracias por su vida al servicio de los que no son nada y andan ciegos; gracias por, reitero, esa desesperación por vernos surgir de entre esa masa informe y sin ánimos que fue la adolescencia; gracias por los test vocacionales, esos documentos que irremediablemente vaticinaron mi futuro prometido a la escritura; gracias por el tiempo extra en los salones pequeños donde escuchábamos los reforzamientos; gracias, además, por hacernos sentir que así, con nuestros quince o dieciséis años, éramos seres con una misión importantísima en un país que  desfallece y se destartala.

Por los sellos en las esquinas de las páginas, por los desafíos mentales, por las adivinanzas, por los regaños, por el jalón de orejas…

Por su librito de psicología (autor: Domiciano Mercedes Bejarano) con esas preguntas difíciles al final, gracias, muchas gracias.

Ahora debe marchar por otros pasadizos ciertamente menos oscuros.

Y ya no habrá oportunidad para alcanzarlo y hacerle la última pregunta sobre el tema.

¡Adiós, mi buen maestro! ¡Adiós, amigo, adiós!

 



Martes 4 de febrero de 2021

11: 12 p.m.

lunes, 14 de septiembre de 2020

Cien años de Benedetti, un autor sin tregua para el amor

 

Por: Ernesto Facho Rojas

 

La caricia es un lenguaje

si tus caricias me hablan

no quisiera que se callen

Mario Benedetti

 

Estatua de Mario Benedetti en Plaza de toros

Hace cien años nació el uruguayo más ilustre de todos los tiempos. Su lenguaje sencillo, —pero incendiado por una dulce llama de ternura que seducía a la gente, al pueblo, al hombre de a pie— sigue brillando hasta nuestros días. Notamos cómo sus palabras, como si fueran monedas siempre vigentes y en curso, aparecen en las redes sociales. Pienso que no hay cibernauta que no se haya topado con alguna línea de Benedetti, ya sea en Facebook o Instagram.

Mario Orlando Hardy Hamlet Brenno Benedetti Farrugia, nombre completo de nuestro autor, fue un escritor prolífico, pues publicó más de ochenta libros con traducciones en diferentes lenguas, entre las cuales no solo contamos obras poéticas, sino también novelas y obras de teatro. En un inicio leía poemas de Baldomero Fernández Moreno en la Plaza San Martín, y así poco a poco fue naciéndole la idea de escribir versos. Y llegó tan lejos, que en este momento me siento frente a una computadora para rememorar mis pocas lecturas sobre la conmovedora pluma de este vate pues, a pesar de que destacó en varios géneros, siempre se consideró un poeta.

Su narrativa también gozó de aquella sencillez que lo llevó a conectar con la gente. Tiene, entre otros títulos, dos novelas que han captado mi atención:

Gracias por el fuego (1965)

Esta es la historia de Ramón Buñido, quien reflexiona acerca de su vida. La obra empieza con una reunión de uruguayos. Ellos conversan sobre lo decepcionados que se sienten de su país, introduciendo un matiz político que me hizo perder interés en la historia central. Uno de los personajes les comunica que todo Uruguay se ha inundado y cada uno empieza a rectificarse y manifiestan, quitándose las caretas, el cariño que sentían por su nación.

La trama continúa con los recuerdos de Ramón, quien se va a desilusionar de su padre Edmundo (contempla una violación por parte de Edmundo hacia su madre) y se entra de una amante del padre. Contiene varios pasajes poéticos. Sin embargo, nuevamente hace un paralelo entre Edmundo en quien el autor sugiere se ha personificado a la élite poderosa de Uruguay. El mismo Benedetti, en algunos documentales, cuenta que sus personajes a pesar de su exilio, siguen transcurriendo y respirando en Uruguay, ya que su país debía estar presente siempre en su literatura.

 

Sobre eso no hay duda: es sincero con ella. Porque le cuenta cosas feas, cosas sucias, cosas terribles. Como si supiera que el amor de ella es capaz de aceptar ese lado negro de su ser, esa zona del diablo que nunca muestra a nadie totalmente.

 


La tregua (1960)

Esta es la historia Martín Santomé: “Sólo me faltan seis meses y veintiocho días para estar en condiciones de jubilarme”. Su vida transcurre en medio de una rutina gris a la que casi se ha acostumbrado. Él comparte este estilo de vida con sus tres hijos, quienes también tienen sus propios conflictos y crisis. Es una trama que, por momentos, me resultó algo repetitiva, ya que la historia lleva la forma de un diario y en un diario perfectamente sucede aquello. Casi es un calco de la vida y la vida es así. Es necesario contar que Santomé es viudo “la muerte de Isabel es algo fuerte”. Sin embargo, tiene una segunda oportunidad, pues vuelve a experimentar un amor renovado con una mujer casi 25 años menor que él: Laura Avellaneda.

A favor de la técnica del diario utilizada en La tregua, diremos que el texto se convierte en un relato confesional, algo que agrada sobremanera al lector que no necesita arquitecturas complejas del lenguaje ni tramas enrevesadas, pletóricas de un conocimiento técnico de narrador. En sus páginas notamos el susurro acalorado de la pasión dicho en primera persona, el mismo que por momentos también nos vuelve cómplices de esta historia con final lacrimoso.

Asimismo, la versión cinematográfica de este libro fue la primera película de ese país en ser nominada a un Premio Oscar.

 

Lunes 3 de febrero

Ella me daba la mano y no hacía falta más. Me alcanzaba para sentir que era bien acogido. Más que besarla, más que acostarnos juntos, más que ninguna otra cosa, ella me daba la mano y eso era amor.

 

El amor, las mujeres y la vida (1995)

En la contraportada, dice: “Este poemario reúne los mejores versos de amor de Mario Benedetti”, ya que este asunto es como la columna vertebral no solo del libro, sino también es la temática en la que nuestro autor se sumerge hasta salpicarnos de esa ternura y ese fuego sencillo que nos toca el pecho. Aquí, al igual que los personajes de sus libros, encontramos a un hombre que ha recorrido la vida con pasos firmes, impresionado siempre por ese misterio infinito que es la mujer. A veces, ella se presenta como un ser lejano, inalcanzable, etéreo. Es allí cuando Mario Benedetti teje sus versos que van llegando impregnados con un inconfundible aroma a melancolía, esa sustancia de la que también está hecho ese amor de los que no se encuentran ni se miran ni se tocan.

Entre las composiciones más populares del libro encontramos Táctica y estrategia, Corazón coraza, Te quiero, No te salves, Hagamos un trato, Pies hermosos, entre otros.

Si bien es cierto, la belleza que muestra el autor de Pedro y el capitán parece sencilla, la concepción de un poema con esa transparencia y música que ostentaba el uruguayo es muy difícil de lograr para un hacedor de versos. Es decir, para cualquier poeta es más fácil coleccionar palabras raras, alinearlas sobre su escritorio y hacerlas desfilar con un distinto orden sobre el papel. Esto, gracias a que la idea misma del poema tiene la suficiente fuerza o poesía como para decirse sin necesidad de oropeles barrocos.

En Madrid le han hecho un homenaje esta mañana misma Joaquín Sabina, Benjamín Prado y Elvira Sastre. Ellos han participado en un recital donde han leído las letras del maestro, frente a un público que los ha escuchado enamorado —como siempre— de aquel poeta nacido exactamente hace cien años.



Asimismo, se ha editado un libro titulado Cien veces Benedetti, donde aparecen fotos del autor y cartas suyas y de otros colegas suyos como el peruano Mario Vargas Llosa y el inmortal Julio Cortázar. Aquí un fragmento de una carta a Benedetti del autor de Rayuela:

Benedetti, yo no entiendo cómo ha hecho usted para meterse tan a fondo en el libro y decir de él un montón de cosas que yo no conseguiría jamás articular coherentemente. (No es falsa modestia; supongo simplemente que si fuera capaz de entender del todo el libro, no habría conseguido escribirlo; la parte del balbuceo, de la imposibilidad de objetivar las corrientes profundas, se convierte en la obra, pero jamás puede situarse en el plano de la explicación de la obra). Pero esa frase entre paréntesis lo alcanza también a usted, porque sólo desde adentro se podía ver con tanta claridad el móvil de Rayuela, y en usted el poeta y el crítico son uno solo frente a la obra que primero padecen y después elucidan.

Fraternalmente, por su parte, en alguna ocasión Mario Vargas Llosa le escribió:

Estoy contento de haberte conocido, de que seamos amigos, de haber leído tus libros. Anoche terminé los cuentos, que me gustaron tanto como tus poemas y tu ensayo. Pero lo que más me entusiasma es tu novela: la leí de un tirón, en una noche. Es un magnífico libro, hombre, muy pocos en América Latina manejan una lengua tan exacta, rica e inteligente. Es una novela honesta y auténtica, en la que nada está de más y que va contra la corriente, porque a los subdesarrollados nos gusta contar historias tremendas, excepcionales, y eludimos lo rutinario y lo banal que, sin embargo, ocupan sectores más anchos de realidad.



Como se trataba de un autor que escribía prosa y verso, en su libro La tregua Benedetti incluye un poema que me ha parecido muy sentido y trágico. Alguna de sus frases ya la había visto por allí, en algún lugar de las redes sociales, que es donde pareciera que sigue vivo Mario, como si en realidad Dios, o alguno de nuestros dioses, en realidad fuera una mujer que ha decidido que el poeta no muera nunca, a razón de haber quedado cautivada con su poesía. Me refiero a Última noción de Laura, un texto desgarrador y que cito a continuación, esperando que estas líneas sirvan para redescubrir a este autor, de quien curiosamente se dice que se ha encontrado una nueva novela inédita e incompleta.

A continuación, los versos:

Usted martín santomé no sabe

cómo querría tener yo ahora

todo el tiempo del mundo para quererlo

pero no voy a convocarlo junto a mí

ya que aún en el caso de que no estuviera

todavía muriéndome

entonces moriría

sólo de aproximarme a su tristeza.

 

usted martín santomé no sabe

cuánto he luchado por seguir viviendo

cómo he querido vivir para vivirlo

porque me estoy muriendo santomé

 

usted claro no sabe

ya que nunca lo he dicho

ni siquiera

en esas noches en que usted me descubre

con sus manos incrédulas y libres

usted no sabe cómo yo valoro

su sencillo coraje de quererme (…)

 



 

 

 

Lunes 14 de septiembre de 2020

3:10 p.m.