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jueves, 29 de diciembre de 2022

RESEÑA| "Lado B de las sombras": ¿La oscuridad es una mujer ausente? | Por: Ernesto Facho

 El título del libro, “Lado B de las sombras”, alude a ese reverso de la realidad que Octavio Paz decía que es en el que andan navegando los poetas. La Literatura, al igual que el arte en general, siempre trata de explorar más allá, de ir hacia adentro, o a esa otra orilla de la reflexión que no alcanza el vulgo, ya que anda secuestrado por el agresivo ataque audiovisual (la luz) al que estamos expuestos.

El poeta Juan José Soto, dando lectura a los versos de "Lado B de las sombras"

  Una noche, César Boyd me dijo que debía conocer a un poeta con «muy buenos contactos». 

Por esos años, recuerdo que la mayoría del Grupo Literario Signos andaba inmerso en el descubrimiento de Roberto Bolaño. Hablábamos mucho de él y de la idea romántica de relanzar el grupo, tratando más o menos de plasmar nuestra doctrina literaria e ir evangelizando un puñado de ideas que no llegaron a cuajarse como las bases del grupo. 

«Ven para que lo conozcas. El pata es de Lima, de Barranco» me dijo el autor de “La misa del yo insaciable”. Y llegamos a un local en Santa Victoria.  

Así conocí a Juan José Soto Bacigalupo, un 3 de agosto de 2011. 

Con su ayuda, pude participar en los eventos literarios más importantes a los que he asistido, después de la Feria Internacional del Libro en el 2019. Siempre confió en mí, no solo como poeta, sino también como articulista. Y, lógicamente, escuché muchas veces sus versos. 

Hace poco, Gianfranco Mejía visitó el colegio donde trabajo. Una señorita de atención al cliente lo atendió y le recibió el libro que su autor me estaba compartiendo, después de que yo aceptara comentarlo hoy, sábado 17 de diciembre. Y yo no sabía que era una bomba. Explico por qué. 

La poesía de Jota, así como lo llamamos sus amigos, ha sufrido una evolución —para mí— inesperada en esta última entrega. Son versos de una calidad que nunca escuché en recital anterior y que no pueden ser alcanzados por las líneas que leí en “Airado Verbo”. 

A mi parecer, “Lado B de las sombras” es el inesperado renacer de un poeta, un cambio de piel, el crecimiento en la videncia que él mismo proclama y con la cual puede navegar a través de las sombras. 

Dicho esto, debo agregar que la lectura de este libro ha sido como ingresar en un nuevo laberinto, pisar tierras ignotas, penetrar en una dimensión desconocida del autor, a la cual tal vez ha podido llegar a través de meditación que le ha procurado la soledad y el confinamiento. 

Paso a explicar. El libro es un poemario que aborda los siguientes temas: 


En la mesa de honor, de izquierda a derecha, Ernesto Facho, Juan José Soto y Jorge Fernández Espino


  1. La búsqueda de lo trascendental: 

El título del libro, “Lado B de las sombras”, alude a ese reverso de la realidad que Octavio Paz decía que es en el que andan navegando los poetas. La Literatura, al igual que el arte en general, siempre trata de explorar más allá, de ir hacia adentro, o a esa otra orilla de la reflexión que no alcanza el vulgo, ya que anda secuestrado por el agresivo ataque audiovisual (la luz) al que estamos expuestos. 

Entonces, si me alejo de la luz, llego a las sombras. Pero este libro no trata solo de las sombras, sino del otro lado de las sombras. Es decir, de una exploración mucho más profunda todavía. 

Y para explorar tinieblas adentro, se necesita de la videncia que Rimbaud decía que había que procurarse como poeta, como robador de fuego. 

Lo dicho anteriormente se evidencia en los siguientes fragmentos: 

Coloco el ojo izquierdo en la cerradura

Giro

Y vuelan despavoridas las sombras. 

También cuando dice: 

Me alejo de la cercanía del hombre

De su repleto vacío

De su absurda existencia fosforescente

Que atrae exaltados ejércitos de moscas. 

En ambas estrofas, notamos cómo el ojo vidente del poeta, el que ve más allá del ojo humano, puede ver en las sombras lo que los hombres de pobre «existencia fosforescente» no pueden ver. Esto también nos remite al ideal platónico, ya que el poeta, en este caso, estaría enfocado en el mundo de las ideas y no en nuestra realidad vista a la luz del día. 

  1. El misterio de la sombra 

Encuentro una suerte de intertextualidad con La Divina Comedia en el poemario. El yo poético es un moderno Dante que desciende por los círculos de los infiernos. El autor anota: «Hay traslúcidos infiernos/ En los espejos de papel de los orates».  O más bien, un Dante surrealista, ya que en el poemario abundan las descripciones de los abismos y las monstruosas visiones de los bajos. Estas mismas sombras, son las que lo han ayudado a ver más allá del espanto y la soledad y lo han hecho más fuerte, igual que con todos nosotros cuando pasamos por momentos difíciles. 

Teniendo en cuenta lo anterior, me parece oportuno citar las siguientes descripciones: 

Una horda dura, gris 

De hombres piraña

Me levanta en peso

Hurga uno a uno los bolsillos

Me arranca la ropa

Me calatea

Me sacude

Vuelve a sacudirme furiosamente

Asimismo, las visiones de hombres despedazados son muchas veces referencias del yo poético. Se hace alusión, en las horribles visiones del artista, a los desmembramientos propios y de terceros. El yo poético sufre por estar atado a la cotidianidad de las sombras y de sentirse, muchas veces hecho pedazos por el día que lo aplasta. Pero, si buscamos entre los versos de este libro, ¿podremos encontrar la razón de este sufrimiento? ¿Si existen las sombras, también existe la luz en este título? La respuesta es «sí». 

Entonces, ¿dónde está la luz? 

  1. La oscura soledad poética

Hubiera sido absurdo pensar que no hubiera matices en este libro. El nombre no sugiere que todo sea oscuridad, tinieblas, noche. De hecho, no hay ningún poema a la luz; sin embargo, se hace referencia a ella. Repito: a ella. 

Y es que la luz, en “Lado B de las sombras”, es algo que existe en tiempo pretérito, en el ayer. La luz es un recuerdo. 

A continuación, exploraremos los rincones de nostalgia de este libro, donde se alude a ese personaje incidental, en términos narrativos, que aparece por momentos en los espacios oscuros de este lóbrego templo. 

Por ejemplo, cuando el autor dice: 

Son tus nalgas

Enredando mis labios

Hondos ojos

Por los que miro el amanecer. 


La musa, al ausentarse, produce el desasosiego, el tedio, las sombras. 

Es decir, la corporeidad de la musa, el erotismo, su piel, es lo que ayudaba al poeta a salir de las tinieblas. Aquí podemos mencionar a la mujer solar. Incluso más adelante menciona al «desquiciado tren» como metáfora de lo pasajero en la existencia del ser humano. Leamos también la siguiente estrofa: 

Canciones resuenan

Sobre las ramas de los árboles

Ante el oscuro ritual del adiós. 

El adiós, necesariamente, tiene que ser un evento que oscurece, ya que la hembra solar se esfuma, se aleja, se ausenta. Las canciones son los poemas que aterrizan en uno de los dos tipos de oscuridades.  

Existen dos tipos de dicotomías: LUZ/ SOMBRA:

Primero: La luz artificial del mundo vulgar, de la luz fosforescente, frente a la oscuridad donde la videncia del poeta muestra la verdadera trascendencia. Es decir, encontramos a los seres comunes y corrientes presos en los asuntos materiales que pueden ser observados solo a la luz del día, haciendo vidas cotidianas, mientras el poeta, con su videncia, ve más allá.

Segundo: La luz de la mujer frente a la oscuridad del tedio que ofrece la soledad. 

Y si hay un poema donde descansa esta última luz femenina, tendremos que ir por el poema XII, el cual es un artefacto poético muy especial dentro de estas páginas, ya que casi todo está manchado de infierno, cadáveres, monstruos y mutilaciones. El poema duodécimo es, en referencia una vez más a la Divina Comedia, el Paraíso de Dante ya que, al igual que en la obra del vate italiano, este simboliza a la luz y, también, todo termina siendo un sueño. Dichos versos son los que le dan cierto equilibrio a este libro, el espacio por donde se filtra la vida nutrida de nostalgia pura. 

Tropiezas con la luz matinal

Te levantas

Rozas el canto de las sombras. 

Y cierra diciendo: 

Cruento despertar 

Que nos entrega mañanas 

Sin el menor rastro de luz.

Aquí la mujer se ha ido y, con ella, la luz. No queda de ella el menor rastro. El poeta se sumerge en las tinieblas y las explora desde el barranco de su soledad. 

Sin duda alguna, esta noche Juan José nos trae una propuesta que no puede faltar en la biblioteca de ningún lector. Ha pasado mucho tiempo desde nuestro primer encuentro, once años ya, y esperamos que, en lo sucesivo, el poeta nos siga trayendo más sorpresas, dejando atrás los despojos de los anteriores rostros, buscando nuevas identidades en ese océano de sombras del que se ha convertido en un buzo experto. 

¿Acaso allá en las sombras aguardan muchas más palabras para su canto?

¡Felicidades por el nuevo título! 


La presentación de "Lado B de las sombras", en el marco del Ciclón de Poesía, fue un evento que tuvo gran concurrencia. 




Sábado 17 de diciembre de 2022


domingo, 14 de noviembre de 2021

BURROS Y CORRUPTOS | Por: Ernesto Facho Rojas

 

A propósito del examen de nombramiento filtrado 


Como tengo la costumbre de madrugar, esa mañana llegué a las siete a la Universidad de Chiclayo. Iba a dar el examen de maestros.

Había encontrado una larga cola de docentes, la cual se curvaba como una serpiente silenciosa que avanzaba hacia la puerta. Nos pidieron el DNI y, cuando entré al salón, me dijeron que faltaban dos horas más para que empezara la prueba, así que acomodé mis brazos sobre el tablero y me acosté mientras pasaba el tiempo. Por un momento, parecía que parte de la evaluación consistía en saber quiénes tenían más paciencia y resistencia para esperar hasta las nueve el cuadernillo de preguntas.

Hasta que un evento producto de la coincidencia interrumpió aquella duermevela. Había escuchado una voz familiar identificándose frente a la señorita que le pedía su nombre y que pusiera el dedo sobre el papel para dejar su huella. Era Manuel Martínez, el Coordi de Comunicación, un compañero de trabajo. Cuando alcé la mirada me encontré con la suya y, de no haber sido por él, esas dos horas no habrían parecido diez minutos, sino dos vidas esperando el examen. 

Alrededor de la nueve, los responsables de la evaluación empezaron a cruzar miradas cómplices. Luego apareció, frente a nosotros, la mujer leyendo unas indicaciones y empezamos.

Tomé el lápiz que estuvo esperándome quieto sobre el tablero de la carpeta y subrayé los textos para aprovechar mejor la lectura. Había ido con la agresividad de quien se prepara para los combates más duros, para los enemigos más fuertes. Y cuando me aproximé a las preguntas, cuando noté que esos textos largos desembocaban en cuestiones como: «¿Qué pregunta haría usted si quisiera que el estudiante haga una deducción implícita?», noté que se trataba de un examen muy elemental, tal vez el más sencillo que hube dado en mi vida.

Estaba embravecido. Respondía las preguntas con la vehemencia de un loco que va cortando cabezas en medio de una guerra y con sed de sangre, hasta que llegaron las once de la mañana. A esa hora, empecé a sentir mareos. ¿La razón? Había desayunado a las seis y el hambre se estaba apoderando de mí, buscando agotar un poco más de mis reservas. Miré el reloj y me faltaban dos horas. Iba a la mitad del examen. ¿Lo lograría?

Sí, ya había dicho que las preguntas estuvieron sencillas, pero eran noventa y los textos —por más preguntas tontas que hubiera al final— había que leerlos en su totalidad. Así, ya me estaba acercando a la meta, pisando fuerte, tomando aire, sintiendo que en realidad aquel examen era una prueba de resistencia, puesto que hube de estar sentado casi seis horas y media.

Todo eso pasé. Todo eso también algunos otros maestros, donde podemos mencionar también a los que pagaron cursos, los que llegaron sin desayunar, los que —tal vez— tenían fe en ese nombramiento que significaba una luz al final del túnel en medio de esta pandemia dolorosa, donde todo es incertidumbre y amenaza, esperanza o muerte.


Al llegar a casa, después de haber almorzado solo en un restaurante que me gusta del centro de Chiclayo (no les voy a decir que es el Café España porque no hago publicidad gratis), me puse a descansar y llegó un mensaje a mi celular. Era parte del examen, con las preguntas resueltas con un resaltador. Me lo había enviado una muy buena amiga mía, de quien no desconfío, pero igual evitaré mencionar en este escrito y, después, en las redes sociales la denuncia, la queja, el señalamiento. Lamentablemente se había filtrado el examen. En ese momento, me dejé caer sobre la cama y sentí una profunda decepción.

No basta con que la docencia sea una de las profesiones más maltratadas y con menos prestigio social, sino que, además, es necesario seguir vejando a los buenos maestros que se prepararon, que estudiaron, que consiguieron a duras penas soportar todas esas horas en el examen y salieron airosos. No, no basta. También hay que quitarles el trabajo, la oportunidad de mejorar sus ingresos, de escapar de colegios donde, posiblemente, estén trabajando dos turnos por el precio de uno o donde estén obligados, en ocasiones, a asistir domingos.

Mientras el Perú no se sacuda de este tipo de mafias que dañan terriblemente el ejercicio de la docencia, esta noble carrera, este país seguirá siendo un lugar donde surjan los traidores. Y ya no parecerá necesario estudiar, hacerse maestro, intentar enseñar cualquier materia, porque el atajo de las trampas no tiene sanción ni castigo.

Ser maestro, en verdad, es una lucha a contracorriente, a costa de todo, donde lamentablemente uno termina mirándose al espejo y preguntándose si es necesario hacerse el héroe y seguir en la brega o es mejor marcharse y ser más práctico, acomodarse a un negocio, prestar otro servicio, buscar otro tipo de empleo donde no necesariamente se obtengan aplausos, sino una vida digna hecha en proporción a nuestro esfuerzo.

Lamento, con todo mi corazón, que este rencor mío y el de todos los docentes que han llegado hasta esta parte de la lectura, se estanque en la última línea de este escrito. 


jueves, 4 de febrero de 2021

Domiciano Mercedes, el maestro que nos quiso ver volar


Por: Ernesto Facho Rojas

 

Los maestros del Karl Weiss, muchas veces, llegaban resignados.

Aparecían balanceando sus maletines, mientras atravesaban un estrecho pasadizo sembrado de muchachos con las camisas por fuera, quienes también tocaban palmas como unos monos brutos y soltaban horribles carcajadas de villanos. Ya en el salón, había que decirles que se acomodaran, que tomaran asiento, que sacaran el cuaderno. Y apenas abrían la boca, podía sentirse, en las palabras de esa gran mayoría de profesores, aquel desgano clásico y natural por estar allí, frente a un montón de adolescentes que no hacían más que, también en la gran mayoría de los casos, tomar notas en sus cuadernos sucios o decir una broma vulgar.

En medio de ese conocido pandemonio, aparecía mi profesor Domiciano. Siempre me llamó la atención lo fijo que se quedaba su cabello —una suerte de hebras blanquinegras—, cuando dictaba clases. A veces, cuando se enfurecía y se ponía rojo, tan solo permitía que un mechón gris cayera por su frente y nada más.

Pero lo que más sorprendía de su persona, de su calidad docente, era esa marcada diferencia cuando trataba de entrar en nuestros corazones con un sermón limpio y sincero, ese que quiere ser una especie de anzuelo que capture para siempre la consciencia de los estudiantes.

Era, junto con otra minoría, de aquellos que hacía todo lo posible por clavar inteligentemente el colmillo en el duro cuero de la ignorancia. Su desesperación, su agitación, su verbo encendido trataba de convencernos, de estremecernos y encender en nosotros esa voz que grita: «¡Despierta, joven!»

Cómo no recordar esas sesiones extraordinarias en un salón aparte, fuera de la institución, con precios realmente absurdos para todo lo que recibíamos. Se me viene a la mente esa urgencia que nos despertó cuando dijo que debíamos aprender técnicas de estudio.

Domiciano Mercedes Bejarano era, sin duda alguna, un docente cuya fe por la juventud y el porvenir ardía como una sola llama dentro de su pecho.

Ya había terminado mi carrera y, en una ocasión, lo encontré por la calle y nos saludamos. Recuerdo que con buena fe me llevó, casi de la mano, hasta una conocida academia preuniversitaria. Intercedió por mí y, gracias a él, obtuve unas horas para dictar literatura. Quien redacta no estaba desesperado por el empleo; sin embargo, en los ojos de mi maestro aún brillaba esa chispa de esperanza por la juventud, esa necesidad de ayudar.

Gracias, maestro, por su pasión; por ser luz en aquellos rincones donde abundaban las tinieblas; gracias por su vida al servicio de los que no son nada y andan ciegos; gracias por, reitero, esa desesperación por vernos surgir de entre esa masa informe y sin ánimos que fue la adolescencia; gracias por los test vocacionales, esos documentos que irremediablemente vaticinaron mi futuro prometido a la escritura; gracias por el tiempo extra en los salones pequeños donde escuchábamos los reforzamientos; gracias, además, por hacernos sentir que así, con nuestros quince o dieciséis años, éramos seres con una misión importantísima en un país que  desfallece y se destartala.

Por los sellos en las esquinas de las páginas, por los desafíos mentales, por las adivinanzas, por los regaños, por el jalón de orejas…

Por su librito de psicología (autor: Domiciano Mercedes Bejarano) con esas preguntas difíciles al final, gracias, muchas gracias.

Ahora debe marchar por otros pasadizos ciertamente menos oscuros.

Y ya no habrá oportunidad para alcanzarlo y hacerle la última pregunta sobre el tema.

¡Adiós, mi buen maestro! ¡Adiós, amigo, adiós!

 



Martes 4 de febrero de 2021

11: 12 p.m.

sábado, 4 de julio de 2020

Santiago Aguilar, el poeta que partió a pedirle respuestas a Dios


Por: Ernesto Facho Rojas*

..tu eterna manera
de hablar a la tierra
donde un día nos juntaremos a compartir
la vida que nos faltó vivirla.
S. Aguilar, (2018). ¢Tempestad de la nada¢


En febrero del año pasado, Bethoven Medina —gran amigo y referente de las letras peruanas— me contactó a través del maestro Milton Manayay, docente de la Universidad Nacional Pedro Ruiz Gallo, para presentar el producto de una trascendente gesta: Edición extraordinaria: Antología General de la poesía de la Libertad, libro que es una selección de poesía dentro de una centuria (1918-2018).
En aquella ocasión, pude presentar la antología en el Salón Consistorial de Actos de la Municipalidad de Chiclayo. Mientras exponía mi análisis, era consciente también de que algo importante se estaba llevando a cabo, dado que comenté a poetas del calibre de Marco Antonio Corcuera, Nixa, Alejandro Romualdo, Alcides Spelucín, José Watanabe y César Vallejo. ¡Qué honor!
Hace un mes, noté en las publicaciones de Facebook que despedían con sentidas palabras a una persona, cuyo nombre me había resultado familiar. Al revisar la información, confirmé que era de uno de los bardos de La Libertad.
Otra luz de poesía se había extinguido en la carne, pero no en la voz.
En la antología citada líneas arriba, Santiago, autor de títulos como Tinieblas Elegidas (1964), Confesiones fuera del almanaque (1970) y —hermoso título—: Coral de Roca (1984), aparece en la forma de cinco poemas,  donde nos muestra su pluma, la cual es dueña de una honda reflexión y cuestionamientos sobre el ser, el universo y el amor mismo. Este último elemento, en su poética, se identifica como algo inexorablemente ligado a Dios. Sin embargo, Santiago es un rebelde: duda, acusa, reflexiona, ironiza, se duele de los mismos dolores de los demás seres humanos y, finalmente, sube al pedestal con ese cáliz que es propicio a los poetas para tocar su lira.
Su poema Celebración de la madre es una honda plegaria de amor hacia ese ser sublime que él ha visto partir. Esta es una de las múltiples formas que adquiere la nostalgia por esa persona que no está y, desgarradoramente, nos deja un vacío inmenso como un abismo lleno de ecos y fantasmas. Aquí, el vate del Grupo Trilce, rememora —tristísimo— algunos de los pasajes vividos con aquel ángel de su infancia:

Madre
hoy entiendo por qué tendías tus manos al amor
y cual ave en infinito cubrías mis sueños
con el calor inmensurable
de tu imagen dibujada con las acuarelas del aire.

El día se presenta como una oportunidad para iluminar, con sus amorosos rayos, la imagen de la madre como un refugio para ese hombre que yace solitario con la pluma y el papel, con el corazón y su memoria. Los versos que cierran la elegía dicen: «¿A quién le fue dado el poder de hacer perder mi corazón en el olvido?»


Sin embargo, el poema que me hizo levantar la ceja e inclinarme hacia atrás en su lectura fue A modo de confrontar almanaques y contiendas. Estos versos no solo tienen un trasfondo existencial, (Santiago está frente al cosmos con sus huesos y un enjambre de preguntas), sino que ostentan poderosas alusiones bíblicas, con las cuales reclaman cierto aire hierático.
Asimismo, los versos avanzan con un ritmo que no solo golpea, sino que también seduce y canta: «Acorralado en el laberinto de mis propios fantasmas». En este sentido, el poeta nos explica que la vida es parte de un plan ideado por una Fuerza Superior («interpelo a los oráculos», ya todo está escrito); que tiene la idea de un ciclo («y volvamos todos a un polvo en que nacimos»); que en este mundo todo es cambiante, pero que el Amor permanece intacto y, esta, es la esencia divina, punto de partida y de llegada del hombre como criatura.
Cuando Santiago —en ese mismo poema— apunta «sin temor a que la tierra se rompa en pedazos», nos expresa la fe en un mundo trascendente a las ilusiones de la materia y la forma.
El poeta partió. En este momento, sus guías deben estar explicándole cuáles son los procedimientos que debe seguir en el proceso de su desencarnación. Así, debe estar revisando, palabra por palabra, cada uno de sus versos para ir desmenuzando el rosario de sus dudas, las cuales lo inquietaban mientras escribía y cumplía con su misión en la Tierra.
No tuve la oportunidad de conocerlo pero, a través de estas líneas, siento que lo abrazo en su poesía.
¡Feliz viaje, Santiago Aguilar! ¡Dios lo bendiga, poeta!




*Docente y escritor

lunes, 15 de junio de 2020

«Días sin ti» es el mejor poema de Elvira Sastre

Reseña de la novela «Días sin ti»


Por: Ernesto Facho Rojas

«Quien no sabe de amor vive entre fieras»

Lope de Vega

Elvira Sastre Sanz, autora de Cuarenta y tres maneras de soltarse el pelo (2013), Baluarte (2014), Ya nadie baila (2015), La soledad de un cuerpo acostumbrado a la herida (2016)

«Madrid me mata»,
dice Elvira. Y cuando ella escribe la palabra «España» en su columna de El País, es inevitable —dada mi formación académica—, imaginarme a Lope, Quevedo, Góngora… ¡Cervantes!, aquellos titanes de las letras del viejo continente en cuyo recuerdo descansa una parte de mí. Pienso, también, en el asunto de la popularidad y ese sentimiento casi religioso que significaba escribir versos. Era, pues, un género que se había consolidado como el más genuino y difícil, no porque existía una rima o esa camisa de fuerza del soneto, sino que la poesía tenía un sitial que, en la actualidad, ha desaparecido para muchos de los mismos bardos.  
No es ningún secreto que la narrativa está en boga. Sin embargo, doña Elvira parece enviada en una nave espacial para rescatar este género, el cual ya estaba quedándose tan oxidado como la armadura de Don Quijote, allá los siglos pasados.

Elvira Sastre, posando con la portada de Días sin ti (Premio Biblioteca Breve Seix Barral 2019)

Elvira Sastre Sanz, nacida un 17 de junio de 1992, hace exactamente 28 años, autora de Cuarenta y tres maneras de soltarse el pelo (2013), Baluarte (2014), Ya nadie baila (2015), La soledad de un cuerpo acostumbrado a la herida (2016), entre otros títulos es, en definitiva, una antena que logra conectar con el sentir del pueblo. Este, a través de sus redes, le lanza hurras mientras comparte apasionadamente fragmentos de sus libros. Por ello, podemos decir que Elvira es una poeta superstar, porque ella puede sentir el latido de sus lectores y escribir lo que ellos hubieran querido llorar. Esta misma conexión se da con la novela.

«También tenemos que saber asumir el dolor como algo propio y no darle el nombre de otra persona, a pesar de que hay sido causado por ella y no elegido por nosotros. Esa es la única manera de comprenderlo y poder sobrellevarlo sin que afecte a las decisiones futuras.»

En su salto de los versos a la prosa, la autora de Baluarte, consciente de lo práctico que es un internauta en las redes sociales, supo conservar un ingrediente poderoso, irresistible, mágico, seductor, infalible, atrapante, flamígero —y también preciso, como un balazo en la cabeza—: ¡las frases!
Cuando una persona coge un teléfono celular, no tiene tiempo para leer textos largos. Por ello, el medio más eficaz para que un libro se venda es, primero, vender sus frases. Así, la novela de Elvira está llena de sentencias, pero sus sentencias, al igual que su poesía, han sido esculpidas fonema por fonema hasta alcanzar la perfección de una joya que brilla en un muro de Facebook.
Sea como fuere, la literatura de la señorita Sastre va más allá de un truco, pues ella es una escritora con un talento genuino.

La autora de Baluarte ha sido convocada para participar en el ciclo de Poesía en tu sofá, una propuesta donde varios artistas se suman para leer poemas en cuarentena.
¿Acaso esta no es una reseña sobre un libro de narrativa? ¡Sí y no! Formalmente podemos decir que se trata de la novela Días sin ti (Premio Biblioteca Breve Seix Barral 2019); que, a través de una suerte de vasos comunicantes, nos narra una historia doble, trenzada: los romances de Dora y Gabriel (abuela y nieto, respectivamente); que el tiempo narrativo oscila entre la época de la República y el actual; sin embargo, estamos ante un texto anfibio, el cual no corre la suerte de un monstruo que sufre su forma entre humano y bestia, sino que, más bien, me exige escribir aquí la palabra ángel, cuyo género —curiosamente— no está definido.
Después de estas reflexiones, diremos que leer Días sin ti es disfrutar de la prosa poética de Elvira. En un principio, me pareció que los diálogos eran un tanto afectados, pero lo que debemos entender es que la historia viene de la pluma de una poeta. Por otro lado, la trama tiene bases históricas. Elvira cuenta en las últimas páginas del libro que se ha documentado muy bien y ha recibido asistencia. Esto, finalmente, me ha hecho entender que dicha información ha sido como las rocas, el peso que se le ha puesto al libro para que no flotara con el lirismo de la joven española.
Asimismo, resalto las metáforas que usa, la hermosa circularidad que le da al relato, el cual —primero— nos sobresalta con la tragedia de las primeras páginas, pero luego nos reconforta, nos calma, nos retribuye habernos llevado por las tinieblas, los laberintos y las oscuridades de sus personajes.
Además de ese contexto histórico filtrado con cuidado, el libro tiene una propuesta clara, una posición sobre el amor. Sastre escribe sobre el dolor y, aunque —tratando de mantenerse al margen— se esconda detrás del torso masculino de Gael, o entre las arrugas de la ternísima Dora, es imposible que alguien nos haga sentir ese minúsculo temblor del alma sin haberlo sentido primero. Con esto quiero decir lo siguiente:
¡Gael y Dora son las máscaras de Elvira!

A sus 28 años, Elvira ya goza de la popularidad y el cariño de miles de seguidores, quienes aplauden la lectura de sus versos en las redes sociales.

Uno es el escultor, el perfeccionista, el artista que tiene una excesiva preocupación por la forma, igual que su creadora con las frases que escribe; la otra, Dora, es también la joven poeta, pues representa a la mujer que, a mi parecer, conoció los dos lados del amor, en los cuales se hace hincapié a lo largo de los capítulos.
Perdóname, Elvira, si he dado en la cabeza del clavo. Y si no es así, también perdona mi osadía.
De todas formas, estos dos rostros de Elvira han encajado a la perfección en su novela y han alcanzado el éxito en ventas. ¿Podrá la artista, buscando en lo más profundo de su pecho, llenar más libros de frases y reflexiones? Esperemos que sí.
En tanto, solo nos queda contemplar cómo la autora, mientras contempla Madrid y se estremece, nos sigue haciendo llegar su canto desde Europa, esa música que se va filtrando por las redes y que, sin lugar a dudas, nos va seguir contando historias.

De todas formas, estos dos rostros de Elvira han encajado a la perfección en su novela y han alcanzado el éxito en ventas.

Miércoles 17 de junio de 2020

martes, 7 de abril de 2020

Cuento: Historia de un impostor en la cuarentena


Por: Ernesto Facho Rojas



I

Hay eventos que nos terminan marcando con fuego y que empiezan con ridiculeces.
A mí me parece absurdo cómo acabé aquí. Pero ustedes coincidirán conmigo en que algunas muertes son producto de un pájaro que se cruzó en la carretera, unos minutos de retraso en algo baladí, un antojo de último momento, un descuido, salir del baño y resbalar en el felpudo que no tenía que estar allí. De la misma forma, existe gente que se duerme y pierde el vuelo de un avión destinado a estrellarse. 
Por una razón parecida a las anteriores, ahora estoy encerrado en este hospital. Y no sé si esta cuarentena también tiene su origen en algo absurdo o, más bien, se trata de algo orquestado por unas manos siniestras que mueven sus hilos desde lo ignoto. Hay muchas teorías para el origen de cada desgracia. ¿Será cierto que ha venido verme Judith con el perro?  ¿Ya se habrá sanado de coronavirus?
Mi historia, por otro lado, más bien se parece a la de un hombre que se puso en bandeja a la misma desgracia.
Acaba de ingresar alguien vestido como un payaso. Tiene un uniforme naranja que le cubre todo el cuerpo con una máscara que lo provee de oxígeno. Lo digo porque su respiración metálica resuena llenando toda la habitación. Las botas negras que calza avanzan con pasos que parecen de plomo. Y por encima del uniforme, lo cubren un par de alas cerradas de murciélago, las cuales duras y compactas forman una especie de campana o embudo gigantesco que les llega hasta la cintura. Dentro de ese traje/armadura es imposible que yo los contagie.
Está acompañado de otros hombres a quienes no puedo verles ni los ojos. Me incorporo (las cicatrices que me ha dejado el perro aún son visibles), me acerco y ellos retroceden. Me siento como una bestia infectada con el virus del salvajismo. Soy peligroso para ellos. ¿Se habrá salvado Jeremías? Pobre idiota, fue tu culpa.
Luego entran más hombres armados y me cierran el paso. Ya no puedo hacer nada.
Un personaje menudo se acerca sosteniendo un sobre. Este último también está protegido y dice en voz baja al otro, en un español deficiente, que ya tiene los resultados.
Aprieto los puños y me dispongo a escuchar mi sentencia.


II

Esa noche había olvidado pasear a mi perro Boris. Embobado por las noticias y el pánico del virus, me pasé todo el día mirando televisión y anotando algunas cifras con el fin de escribir un artículo para La República. Estaba semidesnudo y, como vivo solo, el encierro me permitía lavar solo ropa interior y uno que otro polo.
Mientras repasaba los datos de mi libreta, Boris me sorprendió acercándose a la puerta y golpeándola con su cabeza. Solía protestar para hacer sus necesidades y no lo había llevado todo el día.
Ya eran más de las ocho de la noche. No había notado la presencia —como en otras ocasiones— de los patrulleros ni sus luces rojas golpeando mi ventana con su resplandor sangriento. Así que salí solo un momento para acompañar a Boris en su faena.
El can olfateaba, daba vueltas, empujaba algunas flores, arañaba el piso con sus patas traseras… ¡Nunca lo vi tan indeciso! Unos minutos después, noté con desagrado que Boris ya había cumplido con su deber.
Cuando estuve por ingresar, mi mascota entró corriendo a la casa, empujando la reja metálica. Su reacción me paralizó. Estuve un momento observándolo desde afuera y llamándolo por su nombre. En ese instante, la puerta —gracias a la fuerza del viento— se empezaba a cerrar traicioneramente.
Nunca entenderé por qué reaccioné de esta manera: cuando escuché la sirena de la patrulla, me asusté tanto que me quedé petrificado y, así, el siguiente ruido fue el de la puerta cerrándose con fuerza.
Boris aullaba desde dentro; me había quedado afuera.



Lejos de intentar treparme por el techo, corrí todo lo que pude hacia ninguna parte, huyendo de la policía que ya había cogido su megáfono para hacer la advertencia:
—¡El caballero que va corriendo en calzoncillo, deténgase ahora!
Muchas ventanas del barrio se abrieron, las miradas caían sin peso sobre mi carne expuesta. A esas alturas, ya había dejado el alma en la carrera. (Eso todavía no se lo he contado a Judith; me muero de vergüenza si se entera).
Y como cerca de mi casa había un canal en construcción, decidí ocultarme allí hasta perderlos. ¿Por qué no me detuve en ese instante y les expliqué mi situación? ¿Fue más importante el pudor aquella noche? ¡Maldita sea, corrí como un delincuente!
Justo cuando ya se había retirado la patrulla, cuando debí acercarme a la puerta de mi casa o refugiarme en la de algún vecino, apareció de la nada un perro gigantesco, negro y musculoso, cuya saliva goteaba con lentitud desde la punta afilada de sus dos colmillos hasta el suelo, produciendo un ruido opaco.


III

Cuando desperté, percibí de mi inmediato el dolor en las plantas lastimadas de mis pies.
Mientras el cansancio había menguado, el hambre iba sintiéndose con la fuerza de un león que ruge en el estómago.
Había pasado la noche entre unos sucios matorrales en medio de la nada.
Sentía asco por mí mismo. Mi cuerpo estaba magullado pues el perro me alcanzó un par de veces; sin embargo, me había liberado con unas rocas que estrellé contra su cráneo. Sí, así había peleado contra la bestia. Mis manos estaban cubiertas por la sangre de aquel monstruo sabueso.
Cuando reaccioné, como si no hubiera tenido mucho hace unas horas, escuché que se acercaban otros militares. Fui rehén una vez más del pánico absurdo y me escondí lo más que pude. (Claro, ya recordé: seguía en bóxer. ¡Qué vergüenza!) Y cuando toqué la oscuridad del miedo, de ese horror que me hizo verme encerrado en una carceleta por desacato de la orden, escuché una risa conocida; una luz al final del túnel me mostraba el rostro de alguien familiar, quien gustaba mucho de hacernos reír cuando todo era normal en nuestras vidas. Allí estaba —rezagado— mi amigo Jeremías, improvisando el sonido de una trompeta con su boca; los demás hombres entonaban cánticos de guerra para darse ánimo en el patrullaje.
Como pude, me agencié de una pequeña piedra que fue a dar justo en la espalda de mi compañero. Este miró a diferentes direcciones y me encontró levantando las manos, haciendo aspavientos para llamar su atención, náufrago perdido en la miseria de la cuarentena y que urge de la ayuda de un amigo.


IV


—¿Y tú qué haces vestido de militar? —le pregunté a mi salvador.
—¡Hermanito lindo, menos mal te he visto! Te juro que no iba a voltear porque a veces a los militares nos molestan así.
—¡Tú no eres militar! ¿Qué hacías con ellos?
—Mira, no me vas a culpar. Te juro que estaba aburridísimo en casa. Ya he pasado los niveles de todos los juegos que tengo en casa y quise salir a tomar aire. Me puse un ratito nomás ese uniforme de militar del que te hablé y al toque nomás, ahí nomás, cholo, que me cogen y me dicen que me alinee. Cuando veo, un huevo de militares caminaba en las calles. Ya, pues, no iba a decir: «No soy militar, nos vemos, voy a mi casa». Y aquí estoy. Ahorita me he escapado de ellos por atenderte, pero ya quería zafar hace rato.
—Amiguito, necesito ir a mi casa —le dije mientras me secaba el cabello con un polo suyo. Ya me había dado una ducha de suma urgencia.
—La verdad que parecías un loco, hermano. Un loco, loco, loco, loco, pero de los recontralocos. Casi te doy tu propina —soltó una carcajada—. Un loco en calzoncillo tirado en la tierra. A esas heridas hay que echarle alcohol, ah. No te olvides.
—No era un calzoncillo, sino un bóxer —aclaré—.  Ya, está bien, pero llegando a casa.
—Quédate un día, hermano —me dijo entre suplicante y persuasivo.
—No, no. Jeremías; se ha quedado encerrado mi perrito. Ayúdame a llegar. Después de perder al rottweiler he caminado buscando encontrar a alguien, pero no había nadie. Y si salgo sin documentos, igual me cogen. No van a entender.
—Ya, ya, mira. Tú eres de mi talla, ah. Tengo una idea —dijo dirigiéndose a su clóset.


V


La gente nos miraba por las ventanas y aplaudía. Ya no se acercaban a darnos comestibles como en los primeros días, pues había escasez de alimentos. Esas fueron gentilezas a inicios de la cuarentena que ya no podían permitirse tres meses después de estar confinados en sus casas con pocas opciones de encontrar suministros.
Varios hospitales habían colapsado, los muertos sumaban 30 235 compatriotas y había casi 1. 2 millones de contagiados. La cifra aumentaba geométricamente cada día.
Los peruanos negligentes fueron sancionados por el Estado o ejecutados por el virus.
El tedio desmoronaba a los matrimonios y, en los siguientes días, encontraban un camino carnalmente encendido hacia una breve reconciliación.
El sexo era una especie de oasis que los desconectaba y los devolvía más tarde a esa realidad hecha de muros que se tornaban gigantescos y horas que se hacían infinitas.
Consumidos por la ira, los cibernautas celebraban cómo algunos participantes de telerrealidad y competencias —Nicola Porcella por ejemplo—, narraban a través de noticieros que les faltaba la respiración, que adolecían de fiebres fuertes y dolores de garganta.
Tongo murió. Y varios lo lloraron por redes sociales, héroe que nunca más volvería a llenar la pantalla con ese rostro lleno de carne y tejido graso; incluso Jaime Bayly, a través de su programa, expresó sus sentidas condolencias a la familia del cantante.
Asimismo, en Europa denunciaron haber recibido una vacuna con la que se les había inoculado un chip diminuto para empezar a controlarlos, mientras se corría el rumor de un segundo brote de pandemia que afectaba a personas de raza negra y niños.



Jeremías se adelantó a mí y le cerró el paso a una muchacha rubia de cabello corto y pecosa. Le pidió sus documentos y le dijo que se dé la vuelta para registrarla. Su víctima, temerosa del supuesto poder militar y con la respiración más que agitada, se apoyó en el muro y abrió las piernas. Las manos de mi compañero fueron como beduinos en aquel desierto blanco de sus muslos, pechos y rostro. Ella tenía los ojos apretados al igual que los puños, hasta que me acerqué para frenarlo, aun temiendo desbaratar nuestro secreto pacto de usurpación.
—Camarada —le dije—, nos necesitan ya para un caso de agresión familiar. Por favor, nos están esperando. La muchacha no tiene nada sospechoso.
Con los ojos inyectados de lujuria, casi convertido en un animal estrictamente copulador, hizo un esfuerzo por alejarse de su presa y seguirme, mientras se limpiaba el sudor del rostro con un pañuelo.


VI

Seguimos rumbo a casa. Jeremías se había hecho de algunos amigos militares a quienes reconocía en las calles. Le pedí que por favor me ayudara ya que, de otro modo, no hubiera podido hacer la travesía —enfundado en aquel uniforme del Ejército— a solas.
Unos minutos más tarde pasamos por Luis Gonzales. Me quedé asombrado al ver la tienda Tottus (el portón metálico estaba destrozado) en medio de un montón de bolsas de plástico donde se leía «Te da más por menos». Dentro, los cables de las conexiones eléctricas daban chicotazos de serpientes que soltaban su veneno eléctrico por doquier. La voz de una anciana nos hizo reaccionar.
—Señores, buenos días. ¡Ay, jovencitos, a ver si me ayudan pues!
—¿Qué le pasa, señora? —la interrogamos preocupados mientras yo pensaba: «Pero no puedo detenerme. Estoy a unas cuadras de mi casa».
—Hay una señorita que vive sola. Se han metido unos ladrones. Dicen que la mayoría ya se han ido pero, hay uno que se ha quedado. Yo lo he visto. No quiere meterse la gente y ya han llamado a la policía pero las líneas están congestionadas. ¡Por favor, vayan a ayudarla, jovencitos! ¡Le puede pasar algo a la muchacha, Dios mío! Me hace recordar a mi hija…
Miré a Jeremías enojado. ¿Con qué excusa íbamos a librarnos de aquel aprieto?
«No se preocupe, señora. Indíquenos dónde es para abordar el conflicto» dije, recordando una de las muchas películas de militares que vi en Netflix.
La casa era de dos pisos. Sin embargo, la muchacha vivía sola en la segunda planta. Trepé como también lo hubiera hecho por los muros de mi casa si no hubiera llegado tan pronto la policía. La mujer, desde abajo, me observaba con sus manos arrugaditas y temblorosas juntas, a una distancia prudente. En sus ojos brillaba un fuego viejo de terror y espanto.
Le pedí a Jeremías que se quedara afuera por si el ladrón salía corriendo. Me descolgué en ese momento por un ajustado tragaluz, haciendo presión con mis botas en las paredes que ya presentaban huellas de zapatos. Acaso ellos también habían usado esa entrada.
Con gran pesar, una idea relámpago estremeció mi ser: «Le pude haber dicho que iba a llamar refuerzos y ya no volvía. ¡Diablos, abuelita! ¿En qué lío me has metido?»
Así conocí a Judith, una muchacha cuyos padres habían decidido salvaguardarse unos días en su casa de campo en Reque. Ella, por pertenecer al rubro de bancos, se quedó para continuar con sus labores renunciando abnegada y oportunamente al viaje, pues luego el presidente Vizcarra prohibió la circulación para las empresas de transporte y autos particulares so pena de abrirles fuego las fuerzas del orden.  
Al entrar, noté que la víctima yacía debajo del asaltante. El arma descansaba con un brillo letal sobre la pulcritud que ostentaba la superficie de una mesa de noche.  
La habitación estaba pintada de rosa y morado. El delincuente se había bajado los pantalones y la mujer estaba amordazada. Tuve un plan.
«¡Salga con las manos arriba!» se escuchó con potencia en toda la casa. El sonido de una sirena fue poblando las calles, mientras el hombre, aún con los pantalones abajo, salió trastabillando como alma que lleva el diablo. En algún momento de la carrera tropezó con una escultura griega y aquel sueño erótico se estrelló en el piso, haciéndose añicos junto con dicha pieza de arte. Al escuchar el impacto, cual caballero medieval sin corcel ni adarga, fui en la búsqueda de esa indefensa dama que seguro yacía asustadísima aún sobre su lecho.
Entré a la habitación y ya no sé nada más.
Veinte minutos después recuperé el sentido. No recordaba muy bien por qué estaba allí pero, de pronto, se me vino a la mente un aluvión de episodios y rememoré haber conectado mi teléfono al equipo de sonido para hacer huir al secuestrador con el audio de las sirenas policiales. Me sobé los ojos desgañitándome y allí estaban los tres sentados: Jeremías, la mujer que rescaté y el violador, charlando plácidamente y evitando el contacto físico por la epidemia. Sus carcajadas resonaban dentro de aquella pieza con gran energía.
—¡Hermanito! Despertaste. Ven, sírvete un cafecito. Estamos hablando sobre ese bicho raro ese que nos cambió la vida. ¿Sabes que parece que proviene de un arma de guerra biológica que preparó China?
—¡Pero qué rayos sucede aquí! —gruñí adolorido.
—Amigo, qué tal, cómo estás —dijo el supuesto abusador ya con los pantalones arriba. Había levantado la mano para saludarme de lejos con una sonrisa más que artificial.
—Joven —dijo la mujer con una voz tímida—, le pido mil disculpas. Yo lo golpeé con el jarrón. Estaba asustada. Pero venga, siéntese aquí. —Luego alzó la voz dirigiéndose a la cocina—: ¡Abuelita!, ¿nos traes otra taza, por favor?
La anciana que nos pidió ayuda apareció muy risueña; sostenía una bandeja de acero donde equilibraba otra taza de café. Mi sorpresa llegó al colmo cuando se me acercó muy dulce a preguntarme cuántas cucharadas deseaba para mi infusión.
Jeremías se sirvió un sándwich de pollo y, cauteloso, me dijo de cerca con la boca llena:
—Parece que no había ningún peligro. Me han dicho que la señora está mal de la cabeza. Ven para que comas. Ya todo pasó. Ven, siéntate.


Me quedé en silencio durante todo el desayuno. Estaba avergonzado y adolorido pero, de a pocos, empezaba a recordar. ¿Era cierto lo que me contaban? ¿La abuelita estaba mal de la cabeza? ¿En realidad aquel hombre era su marido y no la violentaba? ¿Y esas huellas de botas en el tragaluz?
«Esto es real», reflexioné pensando en el cielo azul y los mares más limpios gracias a la cuarentena. «El ser humano fue una pesadilla y la Tierra ya está despertando».  
Decidí abrir la boca no solo para alimentarme, sino para hacer preguntas. Los interrogué por su relación, pero siempre contestaba el hombre. La mujer solo se limitaba a bajar la cabeza y asentir con gran docilidad.


Después de algunas tazas de café, pedí permiso para dirigirme al baño. Me indicaron por dónde era y, aún con la incertidumbre de las versiones, entré en dicho ambiente. El agua me había refrescado sobremanera y me sentía más lúcido. En sí, lo único que le creía a la mujer era lo del golpe del jarrón pues, cuando bajé la mirada del espejo, me encontré con lo que sería el detonante de esta aventura a domicilio: había un cepillo, un solo cepillo —más solo que un hombre en medio de una lucha feminista—, sembrado dentro de un pequeño vaso metálico. ¿Acaso la abuela, marido y mujer se cepillaban todos con el mismo utensilio de aseo?
En mi mochila de militar metí la pesada tapa del inodoro. Traté de disimular como pude mi forma de caminar, hasta que encontré a la anciana con las manos arriba (el villano la apuntaba con el revólver), mientras la muchacha y Jeremías yacían tenidos en el piso con sendas mordazas en sus bocas.
—¡Vaya, nos engañaste a todos! —dije de manera socarrona al ingresar al comedor.
—Arrodíllate, animal y me cambias ese tonito porque te enfrío ahorita —me dijo el delincuente—. ¡Al piso! ¡Al piso, hijo de puta! —gritó con menos furia que miedo.
Una seguridad inusual se apoderó de mí. Miré hacia donde estaba la muchacha y noté que su aspecto era el de un ángel secuestrado por Satán. Su cabello negro caía con gracia hasta el piso. Me observaba con sus ojos agrandados por el delineador y, puedo jurar que en un momento, a pesar de la mordaza, sus labios ligeramente carnosos me sonrieron con ternura. ¿Será verdad que has llegado a verme, Judith?
—Está bien —le dije retirándome la mochila. El rostro de la mujer había cobrado un bellísimo rubor en sus mejillas de tez trigueña. ¡Cómo no la había visto así antes! Era guapísima.
Me quité un asa, la otra (el delincuente bajó la guardia) y en un segundo la tapa del wáter se estrelló contra el rostro del malhechor. A manera de un peligroso tigre en la sabana, me lancé sobre aquel hombre que apenas reaccionaba y le llené el rostro de puñetazos sin que él pudiera hacer nada para protegerse. Sentía cómo, por momentos, mis puños se herían errando el golpe y terminaban por impactar en el piso. El disfraz de militar, al igual que mis manos, ya se había manchado con su sangre oscura.
—¿En serio era un ladrón? —dijo asustado Jeremías—. Y yo que empecé a abrirme con él y a contarle mi vida. No puedo creerlo.

Una inquietud febril empezó a recorrer mi cuerpo con su fulgor eléctrico. La muchacha estaba muy atenta y sonreía con cada cosa que decía. ¡Maldito bicho! Ni siquiera podía acercarme. ¿No podía? ¿Y si no estaba infectada? La observé unos segundos. Su rostro era un inventario de una nariz pequeña, ojos vivaces, cejas pobladas y una sonrisa que hacía nacer en sus mejillas un rebrote de ternura que las abultaba ligeramente.
Estaba mirándola hasta que la muchacha tosió. Tosió y tosió con fuerza. Se empezó a coger la garganta y todos nos asustamos. No lo pude comprobar yo mismo porque ya no me atreví a tocarla, pero vi cómo ella misma palpó su frente y se puso pálida del miedo.
En ese instante, el ladrón aprovechó para gritar a todas voces que lo habíamos secuestrado y se arrojó contra la ventana para seguir implorando ayuda a todas voces. De un solo cabezazo, el villano rompió el cristal, consiguiendo una herida que sería su boleto de salida. Y justo cuando ya estaba por desatarse los nudos, Jeremías corrió a detenerlo y forcejearon hasta que el malhechor logró romper la mascarilla de mi amigo, acertándole un puñetazo.
—¡Este hombre abusó de mí! —se escuchó desde afuera.
Se abrieron algunas puertas en el barrio, mientras una guapa muchacha de pecas se acercaba hacia los vecinos para denunciar a Jeremías. ¡Dios bendito! Era esa misma mujer que ese tonto había manoseado en el camino.
Unos grandulones se precipitaron, cubiertos con mascarillas de diferentes calidades, a golpear la puerta; el ladrón ya se había acercado reptando hasta la ventana y había huido. Los que estábamos en aprietos éramos nosotros.
Pusimos la mesa contra la puerta y llamamos a todas voces a la policía. «¿Acaso ustedes no son del ejército?», nos preguntó la viejecita con gran disgusto: «¡¿Quiénes son ustedes, malditos?!»
Con la poca reserva de fuerzas que le quedaba, la anciana ondeaba el bastón con el propósito de reducirnos. Teníamos enemigos fuera de la casa y otra rival dentro, armada con un bastón de madera que en verdad dolía y mucho.
Y para consumar ese brote escandaloso de gritos e injurias, las sirenas volvieron a escucharse, esta vez de verdad. Ya eran más de las dos de la tarde  y la gente corrió a esconderse en sus casas. «¡Toque de queda! ¡Toque de queda! ¡Toque de queda!», se escuchaba por todas partes.
Pero alguien no entró. Con el bastón apoyado en la pista, estaba la anciana mientras la gente la esquivaba en su carrera buscando un refugio. «¡Policía, policía! ¡Vengan a ayudar a esta pobre mujer indefensa! ¡Estos cachacos me quieren violar! ¡Me quieren violar!». Si yo mostraba mis moretones y rasguños, tal vez los hubiera convencido de que el verdadero terror era ella.
La gente en sus ventanas sacó sus ollas y pidieron justicia contra Jeremías. Detrás de mí, la muchacha guapa, Judith, tenía los ojos blancos y estaba a punto de desmayarse. Corrí hacia ella y logré llegar a tiempo para sujetarla. Todo se desmoronaba a mi alrededor. No sé por qué, pero la anciana terminó derribando con su bastón a cuatro policías, llegaron más y la enmarrrocaron a ella, a Jeremías. Repito: en ese instante todo se iba al diablo y yo, yo solo estudiaba los labios gruesos de Judith, sentía su respiración agitada, su aliento caliente que emanaba de su boca y sabía a menta fresca. ¡Oh, Judith! Tus labios, tu mentón, tus ojos cerrados, tus brazos, tu cuerpo, tus pestañas larguísimas, la cicatriz en medio de tu frente, ese lunar clavado justo en el pómulo… tu… tu… tu… ¿Tos?



Mi musa había disparado directamente a mi boca.  Apenas recuerdo unos brazos fuertes sujetándome de las axilas, unos golpes en la cabeza, mi cuerpo cayendo sobre la alfombra de esa niña que ya caía bajo el poderoso puño del coronavirus.  


VII

El hombre que tiene el sobre pequeño dice que ya tiene los resultados. Los demás, envueltos en sus trajes absurdos de color naranja, con esa especie de campana morada encima, o alas de murciélago cerradas, lo miran como si fuera alguien que conoce mucho. Lo sé no por sus gestos invisibles, sino por la forma en cómo le abren paso cuando se dirige hasta donde estoy.
—¿Esperabas recibir noticias positivas este año? —me pregunta el pequeño desde esa casi armadura que tiene encima cubriéndolo en absoluto.
Se nota que está bromeando. Me pongo en pie aún con la cabeza adolorida, no intento acercarme, le sonrío y levanto los hombros. Él me entrega el sobre, hace un ademán y me abren la puerta.
¡Brinco de alegría! Aprieto esa carta aún cerrada contra mi pecho y salgo emocionado. Afuera, Judith me sonríe debajo de su mascarilla. ¿Ya está curada? ¿Cuántos días han pasado? Estuve mucho tiempo sin televisor ni radio. ¿Cuántas personas han muerto?
Un cielo rabiosamente azul y pulcro casi me sonríe. Los arcoíris se proyectan por doquier en medio de un ambiente casi nirvánico. Cerca de la playa, miro a muchos delfines acercarse peligrosamente a las orillas. Las garzas vuelan por doquier. Unos pequeños montículos de arena se mueven: son cangrejos. ¡Me encantan los cangrejos!
Y cuando desvío los ojos de esa hermosa postal, me pregunto: ¿dónde están todo el mundo?
Las hojas de los árboles ondulan con el viento amable que las arrastra en su viaje iniciático. Las pistas están pulcras y recién pintadas. Veo, además, que han construido edificios altísimos. Pero están vacíos. Sigo sin encontrar personas. ¿Por qué hay carteles con gráficos chinos?
Detrás de mí veo a otros hombres vestidos con sus trajes naranjas y sus campanas moradas. No son peruanos, me dice Judith. Los veo retirarse las máscaras y encuentro esos ojos orientales e inexpresivos, solo un par de líneas, un par de rayas sobre una piel amarilla.



Un taxi con letras chinas se acerca. Es otro oriental. Judith coloca su muñeca en una especie de máquina que detecta el microchip que le han inyectado en la muñeca. Los caracteres chinos aparecen en una especie de holograma y ella señala un punto de la ciudad.
Una rarísima turbina arranca y siento que estamos flotando. Ingresamos en la ciudad de Pimentel y todo, absolutamente todo está trastocado. Por doquier se observan letreros de neón con publicidad. Las mascarillas han evolucionado a objetos de moda, artículos que en cierta medida son el reflejo de la alcurnia de los chinos. Sí, ya no veo casi ningún peruano en Pimentel.
—Quiero que me escuches, por favor, con atención. Esto es lo que ha sucedido —me dice Judith sin quitar la mirada del cristal. Un rebrote de luces atornasoladas cae sobre su vestido y le empapan el rostro de colores.
—¿Qué pasa, Judith? —pregunto asustado.
—Es que no te imaginas. China se ha apoderado de varias naciones, querido, incluyendo a Perú. La humanidad no pudo controlar el virus y han caído varios estados. Los chinos cerraron sus fronteras esperando a que todos muramos. Y ahora supuestamente nos están ayudando. Estamos yendo al aeropuerto porque hace unos meses decretaron que los pocos peruanos que quedamos abandonemos el Perú, querido. Los chinos se están apoderando de nuestros recursos. Estamos viajando a una isla en medio del Atlántico. Allí estamos viviendo todos. Allí estamos. Lo siento.
Una lágrima cae sobre su vestido rosa. El conductor hace una pausa, busca algo dentro de una mochila y aparece un rociador con el que desinfecta el vestido de Judith. Luego se me ocurre revisar el sobre.
—¡¡¡Positivo!!! Tengo el virus, maldita sea, voy a morir, voy a morir.
Judith tose. Me mira por última vez y me dice casi sin fuerzas:
—Todos los que vamos a la isla estamos contagiados. Vamos a la isla a esperar que nuestro cuerpo desarrolle un antídoto para que ellos puedan, con nuestra sangre, producir una vacuna. Y para colmo, querido, los peruanos hemos sido unos irresponsables. ¿Te imaginas? Mientras tú has estado internado, la gente ha hecho lo que ha querido. ¡Lo que ha querido! No ha respetado nada. El ejército, la policía y los médicos se han estado contagiando y muriendo por culpa de esos irresponsables. Ahora casi ya no hay gente que vea por nosotros. Con ese pretexto China ha llegado con su ejército a «apoyarnos». Pero ya ves, se están quedando con todo.
Con gran impotencia aprieto los puños y me lanzo sobre Judith para abrazarla. Ambos estamos nerviosos, asustados, con la inminencia de la muerte casi susurrando muy despacio en nuestros oídos: «¡Ustedes son los siguientes!»
«Necesitamos uno más» pienso con malicia. «¡Al infierno nos vamos de a tres!», digo sin que me entienda el conductor. Ahora me tiro sobre él, forcejeamos hasta que consigo arrancarle la máscara y dejo caer un salivazo potente en sus ojos y en su boca.
El chino estaciona el auto y se baja corriendo sin saber qué hacer. Cuando miro a Judith, noto que he logrado hacerla reír. Sabiendo ya nuestro destino, con gran delicadeza retiro de sus orejas los elásticos de la mascarilla. Por fin beso sus labios que tiemblan de placer.
A lo lejos, la sirena de una patrulla extranjera resuena, mientras ambos exploramos nuestros cuerpos infectados de ternura y fuego.


FIN





1:46 p.m. viernes 27 de marzo de 2020