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domingo, 26 de octubre de 2025

Carpín Dorado y el adiós que ahoga| Por: Ernesto Facho R.

 

(…) la historia nos muestra la fragilidad del amor en sus dos formas: al centro del escenario, Carolina y Sofía se despiden como dos objetos que, al separarse, se llevan una parte del otro consigo. Y, por supuesto, el pez, una metáfora del peligro de muerte, ya que las condiciones para que sobreviva resultan complicadas, igual que en el amor.

Carolina y Sofía, protagonistas de la obra Carpín Dorado

El pez de papel aguardaba inmóvil dentro de la pecera. Abrieron las puertas del local y la gente avanzó con prisa para conseguir los mejores asientos. Frente a nosotros, la escenografía lucía sencilla, pero elegante y llamativa. Este viernes 25 de octubre, Cisne Alternativo, bajo la dirección de Roy Marcelo, presentó en Chiclayo la obra Carpín Dorado, escrita por el dramaturgo peruano Diego La Hoz.

Una constelación de papelitos multicolores, adheridos por todo el escenario, sorprendió a quienes no conocíamos la obra.

Apareció el director. Contó los motivos de su incursión en el teatro, su historia durante la pandemia, la formación del grupo, las experiencias compartidas, y el origen del nombre Cisne Alternativo.

El público seguía atento al escenario, esperando la aparición de las dos jóvenes protagonistas de esta historia llena de intimismo, drama y poesía.

Acto seguido, presenciamos un performance de danza contemporánea. La joven bailarina tenía carácter. Surgió entre las columnas del público, que aplaudió su breve participación. La espera por el número principal se alargó unos minutos más, pues se improvisó una entrevista a la estudiante de Arte de la Universidad Nacional Pedro Ruiz Gallo.

Un juego de luces errático —y hasta cierto punto cómico— nos separaba del inicio de la obra. Ya no existía casi nada entre los espectadores y las actrices, entre nosotros y la historia.

Por fin, igual que una sombra o un sueño, dos siluetas donde predominaba el color naranja formaron un semicírculo con su marcha y se encontraron frente a nosotros. El preludio de la obra era una dramática coreografía donde las protagonistas hacían el amago de los besos y las caricias, de las discusiones y el adiós.

La historia arrancó con un silencio incómodo entre las jovencitas. Una maleta de color rosado era testigo de sus discusiones sobre la necesidad de escapar del país, sobre la muerte y sobre el amor que contiene y cuida, que arde y se aferra.

Las voces lograron, con creces, transmitir los sentimientos de ambas, y la acústica permitió entender cada palabra con claridad. La tensión alcanzaba su clímax cuando un grito —como un navajazo— desgarraba el silencio y nos devolvía a la cólera y la impotencia de Carolina, interpretada magistralmente por Leydi Quijano.

Flyer promocional de la obra

Por su parte, Sofía, encarnada por Sulibeth Jiménez (miro el flyer una y otra vez para no confundirme con las letras de su nombre), nos transmitió algo que, desde mi ignorancia de las técnicas histriónicas, podría llamar una doble capa de actuación. Jiménez debía fingir dos veces: primero, ser Sofía; y segundo, ser una Sofía que aparenta frialdad, pero deja entrever, por rendijas casi invisibles, un mar de melancolía por haber tomado esa decisión que, en el fondo, la estaba —prematuramente— matando en vida.

El texto también tenía ciertas vetas que aludían a las luchas del colectivo del abecedario, cuestiones a las que una de las protagonistas llama derechos. Pero no se profundiza en ello. El fondo de todo esto son esas dos muertes a las que se enfrentan las mujeres: una espiritual con la despedida, y una física, la cual es el destino próximo de Sofía y el principal motivo por el que se aleja.

Hubiera disfrutado la obra plenamente si encontraba un mejor lugar para observarla. Los asientos estaban dispuestos uno detrás de otro, pero pienso que, de haberse conseguido un local con graderías, la experiencia habría sido más completa y el público habría percibido los gestos y desplazamientos con mayor claridad. Lamentablemente, desde mi segunda fila, un hombre con peinado afro —que duplicaba el tamaño de su cabeza— me robó, en varias ocasiones, hasta el treinta por ciento del campo visual, lo cual me hizo vivir otro drama desde mi lugar.

También la historia nos muestra la fragilidad del amor en sus dos formas: al centro del escenario, Carolina y Sofía se despiden como dos objetos que, al separarse, se llevan una parte del otro consigo. Y, por supuesto, el pez, una metáfora del peligro de muerte, ya que las condiciones para que sobreviva resultan complicadas, igual que en el amor: puede vivir casi diez años, pero la temperatura del agua debe variar entre 14 y 22 grados.

Flyer promocional de la obra

Pero… ¿acaso todo esto no es también una metáfora de la fragilidad del arte?

El teatro de Chiclayo es como un menudo  Carpín Dorado: sobrevive en aguas adversas y agresivas, en condiciones difíciles que amenazan su permanencia.

En las palabras de Roy Marcelo comprendí que su tarea es una lucha a contracorriente, nacida en medio de la adversidad de un virus que paralizó al mundo. De allí emergió Cisne Alternativo, cuyo canto he tenido el privilegio de escuchar este viernes 25 de octubre.

Que este cisne crezca, se fortalezca y continúe volando, para que en el futuro nos revele escenarios aún más ambiciosos, donde el arte vuelva a ser ese milagro que nos devuelva emociones arrebatadoras y profundas.

La obra cierra con una postal desgarradora. Leydi, aún en la piel de Carolina, se abraza a sí misma, como intentando contener el dolor de sus heridas, tratando de no desmoronarse. Camina de izquierda a derecha con la mirada perdida, extraviada en el laberinto reciente de su memoria, poblado de fantasmas grises que tiemblan.

Las luces van perdiendo fuerza: se apagan con lentitud, igual que su espíritu.

De fondo, una melodía nos eriza la piel: es Only Love Can Hurt Like This.

 

Chiclayo, 26 de octubre de 2025

viernes, 30 de agosto de 2024

“EL TARTUFO” DE LA ALIANZA FRANCESA ME HIZO REÍR A CARCAJADAS


Por: Ernesto Facho Rojas*

  

De allí, de entre esas voces, escuchamos el timbre agudo de María Grazia Gamarra (la criada Dorina), enfundada en unos pantalones marrones y con una evidente giba artificial. Ese contraste sonoro ha sido, de alguna forma, una de las principales columnas de esta historia, algo que no pude percibir al leer la comedia. La otrora protagonista de la serie “Al fondo hay sitio” le hizo honor al apodo que se pone en las redes sociales, ya que nos sacó varias sonrisas.

 

Cartel promocional de “El Tartufo” de Moliere, bajo la dirección de Jean Pierre Gamarra. 

Antes ya había sentido la plenitud del goce estético al ver “Otelo” de Shakespeare, bajo la dirección de Jean Pierre Gamarra. Y me pareció una puesta en escena sublime, como si me mostraran los personajes temblando desde las mismas páginas de un Shakespeare que toca el cielo con la punta de los dedos, en plena lucha con el ángel.

 De pronto, en mayo, se anunció “El Tartufo”, también del mismo director y repitiendo a figuras como María Grazia Gamarra, Alonso Cano y Fernando Luque. Con aquel precedente, me dije: «No me la puedo perder».

A continuación, dejaré registro de algunas impresiones que tuve al experimentar una vez más el milagro histriónico de aquellos talentosos actores, quienes le dieron vida a uno de los embusteros más grandes de la literatura universal.

La obra empezaba a las ocho de la noche y la cita era en la Alianza Francesa de Miraflores, el 1 de agosto. Después de dar un largo paseo por el malecón de Miraflores, apreciando la apasionada figura de los amantes en El Parque del Amor, luego de recorrer el Parque Chino y procurarnos, junto con Yasanny sus padres, un delicioso almuerzo en uno de los elegantes restaurantes de Larcomar, acudimos al teatro. Había afuera una larga fila esperando por esa criatura fabricada por Moliere.

Portada de la obra “El Tartufo”, una comedia en cinco actos escrita en versos alejandrinos por Molière y estrenada en París el 5 de febrero de 1669. 

Al ingresar, de golpe, nos topamos con la atmósfera, entre hierática y pintoresca, de los personajes que rezaban el rosario. Parecía que habíamos llegado a presenciar un ritual cristiano, el cual se prolongó por unos minutos, con gran efusividad. Luego entendí que aquella escena, la cual no pertenece al guion original, era una especie de introducción, mientras el público se ubicaba en sus butacas respectivas.

Desde el doble privilegio que representa la primera fila, pude respirar a Moliere. Allí estaba una vez más Fernando Luque (Tartufo), poseído por otro espíritu, completamente distinto al Yago que aprecié en el “Otelo”. Se mostraba al lado izquierdo del escenario, subido en un banco antiguo, mientras debajo los personajes atacaban y defendían, con igual pasión, las acciones del protagonista.

Detrás de él había una cruz de hierro. La música de los diálogos empezó a llenar el ambiente de forma natural. De allí, de entre esas voces, escuchamos el timbre agudo de María Grazia Gamarra (la criada Dorina), enfundada en unos pantalones marrones y con una evidente giba artificial. Ese contraste sonoro ha sido, de alguna forma, una de las principales columnas de esta historia, algo que no pude percibir al leer la comedia. La otrora protagonista de la serie “Al fondo hay sitio” le hizo honor al apodo que se pone en las redes sociales, ya que nos sacó varias sonrisas, —incluso algunas estridentes carcajadas— con sus oportunas intervenciones.

Si bien es cierto cada actor estuvo a la altura de las circunstancias, mostrándose cómico y caricaturesco para los propósitos de la historia, también me gustaría mencionar esa importante fuerza histriónica que le aportó Alonso Cano al ponerse en los zapatos de Orgón. Con su inquieto peluquín dorado con forma de hongo, a manera de una aureola que reflejaba la inocencia de quien se dejan engañar, iba corriendo de un lado a otro. También se dejaba poseer por el Espíritu Santo, se desmayaba, hacía las veces de abogado y, en uno de los momentos cúspide de la obra, nos sorprendió atravesando el escenario como un felino al ejecutar con pulcritud un difícil volantín de ninja.

El triunfo de aquella inesperada pirueta dejó boquiabierto al público que lo aplaudió, mientras él seguía escondiéndose torpemente del Tartufo.

Jean Pierre Gamarra, director peruano de gran trayectoria, quien no solo ha dirigido clásicos como “El Tartufo”, sino que también fue el encargado de “La vida es sueño”, “Otelo” y “El misántropo”, entre otras obras. 

Una escena que comentamos mucho con mis suegros y Yasanny, mientras abandonábamos el recinto y buscábamos la forma de tomarnos algunas fotos o grabar videos, fue la de Alejandro Tagle (Damis, hijo de Orgón).  Por un instante, el joven se ubicó en medio del escenario y cogió una especie de cordones invisibles de donde tenía amarrados nuestros corazones. Él prometía desenmascarar al impostor con las siguientes palabras, mientras los ojos de la Alianza Francesa lo seguían con asombro: «Vos tenéis vuestras razones para obrar así y yo tengo las mías para proceder de otro modo. Querer encubrir a este hombre es locura».

Tuve el atrevimiento de escribirles a Éxodo Teatro, los encargados de hacer nacer a los clásicos del teatro universal y hacerlos respirar el aire tenso y gris de Lima. Mi objetivo era conversar con Fernando Luque, actor que esta vez nos volvía a sorprender con su magia para transformarse como lo hace el agua, tomando la forma de los personajes que lo contienen. Me dijeron que le iban a pasar la voz, que llegaba tarde y se iba temprano, que dictaba clases. No tenía muchas esperanzas de concretar el encuentro. (Les escribí mientras me preguntaba dónde estaba el león blanco y por qué, allí en el Parque de las Leyendas, yacía tan sola la leona sin el macho). Y sí llegué a comunicarme con él, pero nuestros horarios no pudieron coincidir.

Gracias de todas formas, Fernando.

¿Se imaginan si en vez de una crónica hubiera subido una entrevista y unas fotos con Fernando? Hubiera sido un muy grato recuerdo.

Dejando a un lado mi ambición y abrazando los momentos de la puesta en escena, recordando, por ejemplo, la pintoresca tensión erótica donde pude apreciar algunas lágrimas reales puestas como un par de perlas en el rostro de Elmira (Amaranta Kun, ¡qué gracia y qué pasión para interpretar!) dados los privilegios de la primera fila, me ha parecido un espectáculo digno del primer mundo. Aquel ha sido, una vez más —de la mano de Éxodo y Jean Pierre Gamarra y de sus actores—, otro evento que guardaremos muchos, muchos de los asistentes, como una joya que llevaremos en nuestros corazones.

Sabemos bien que la hipocresía es inmortal. Entonces, por los siglos de los siglos, que sigan reviviendo en los teatros el espíritu y el genio de Moliere.

¡Amén!

Imagen del elenco de “El Tartufo”. Fuente: Lima en escena. 


Lima, sábado 3 de agosto de 2024

5: 16 a.m.

 

*Docente, escritor y booktuber

domingo, 28 de enero de 2024

CRÓNICA| Zumba y poesía | Por: Ernesto Facho


«Dejo mi heterosexualidad en la puerta» susurré. Ingresamos. Alrededor de veinte personas, en su mayoría mujeres, practicaban ejercicios de estiramiento, mientras la profesora manipulaba el parlante que traía la magia hacia esa habitación iluminada al estilo disco (...) El ambiente se había transformado, cubierto por una aureola de alegría, bienestar y euforia.

CUANDO SENTÍ EL PESO de la barra sobre mi cuello, descendí con mucho cuidado flexionando las rodillas. En ese instante, percibí que un hombre corrió hacia mí y puso su mano sobre mi cintura: «Espera, espera. ¡Se van a salir los discos!» me dijo. No entendí lo que me estaba diciendo y le pregunté: «¿Por qué me tocas?» Cuando intenté voltear el rostro, me explicó que la barra necesitaba los seguros. De lo contrario, los discos se iban a salir y no podría hacer las sentadillas. No le vi el rostro, porque estaba de espaldas, pero esa tarde, posiblemente, ese muchacho me salvó de un accidente.

No pisaba un gimnasio desde el 2016. Cuando iba, había un punto de inflexión en el que me detenía y pensaba con seriedad: «¿Qué hago aquí, moviendo los brazos, haciendo estas sentadillas, levantando estos fierros, cuando en mi casa me esperan los clásicos y los pendientes de la escritura?» Y al terminar, cuando me cambiaba en el baño, cuando a la carrera cruzaba Luis Gonzáles y abandonaba ese colegio donde los niños eran adiestrados para hacer publicidad y ganar medallas en competencias deportivas, reparaba en que no llegaría ni siquiera a acariciar el lomo de mis ejemplares de Víctor Hugo y James Joyce. Por el contrario, contra mi voluntad, escucharía con atención el susurro de un hada que me transportaría, con sus mágicos polvos invisibles, a la región transparente del sueño.

Después de la ducha, cada fibra de mi cuerpo conspiraba contra mí. Por ello, custodiando mi tiempo y mis energías como si fueran mi más preciado tesoro, decidí renunciar a ese mundillo de hombres con espaldas cuadradas y mujeres con pantalonetas ceñidas hasta el infinito.

Pero hace poco he vuelto. Ustedes tal vez pensarán que quiero darles a entender que, con mucho sacrificio, he logrado cruzar el umbral hacia un estilo de vida deportivo y saludable. Lo cierto es que no sé cuánto me dure la emoción.

Ya saben: los músculos, después de un tiempo sin ejercicio, pierden vigor; en cambio, la tinta de mi prosa no se borra. He allí la diferencia.

Yasanny me había dicho que se matriculó en un gimnasio de Luis Gonzales y Pedro Ruiz. «Es uno nuevo y hay ofertas». Por mi parte, seguía con mi rutina de escritura, empezando siempre por avanzar la lectura de los clásicos y luego los manuscritos.

Hasta que en una ocasión me propuso acompañarla.

Pasar tiempo junto a ella y participar en una actividad saludable, era exactamente como matar dos pájaros de un tiro. No podía negarme.

Desempolvé la faja, busqué unas zapatillas; en el camino, trataba de recordar los pesos y, por fin, llegamos. Se abrieron las puertas del ascensor y aquel cubículo nos puso frente a un ambiente de muros amarillos y otra vez las mallas y los hombres (algunos) robustos en busca de más volumen. El primer día hicimos piernas. Acostumbrado a mi forma de trabajar antigua, me pareció más práctico no utilizar la máquina Smith para hacerlas. Por el contrario, me fui al otro extremo y avancé en pie, solo con el peso de la barra y los discos. Allí sucedió el incidente que narré al principio.

No recordaba que el dolor de los días posteriores al entrenamiento fuera casi imperceptible.

Tal vez se trate de la máquina de masajes. ¿Será cierto que tiene unos efectos relajantes sobre los músculos? De todas formas, lo que hace que esta experiencia sea especial, respecto a las demás oportunidades que he tenido de ejercitarme, es el baile.


Me refiero a las clases de Zumba que con tanta ilusión Yasanny me había descrito. Respecto a esa nueva aventura para mí, me sentía algo cohibido. «Está oscuro y todos bailan y parece una discoteca» me dijo ella, pero ni con esas características estaba contento con la idea.

«Dejo mi heterosexualidad en la puerta» susurré. Ingresamos. Alrededor de veinte personas, en su mayoría mujeres, practicaban ejercicios de estiramiento, mientras la profesora manipulaba el parlante que traía la magia hacia esa habitación iluminada al estilo disco. La música, como una espada, cortó el silencio adornado de susurros y risas a media voz. El aire se contagió de una alegría inexplicablemente primaveral, juvenil y llena de vigor. El ambiente se había transformado, cubierto por una aureola de alegría, bienestar y euforia.

Los pasos me salieron torpes. Por momentos, sin talento alguno, lograba intuir el próximo paso de la maestra, ya que los movimientos eran estratégicamente predecibles. Hubo un instante en el que pensé «¡Qué mal lo debo estar haciendo!», hasta que, al dar un giro, me encontré con la mirada de un hombre calvo que no entendía nada.

Mover los brazos y las piernas, empinarme al ritmo de esas melodías, tratar de calcar los movimientos de la instructora me pareció, en ese instante en el que casi no podíamos vernos los rostros, un pequeño y atractivo desafío. Mientras lo cumplía, me imaginé a Edgar Allan Poe, preocupado por su físico también. Dicen que era capaz de nadar diez kilómetros por el río James. Pensé en Lord Byron, en quien se inspiró el primero para atreverse a convertirse en un esbelto pez; en Hemingway, quien practicaba el boxeo y se mostraba rudo, muy rudo, incluso en su resistencia con el alcohol. En alguna ocasión, también, visité un gimnasio de boxeo, pero por un breve tiempo. Sin embargo, esa tarde estaba allí, a merced de la música, escuchando la voz marcial de las mujeres, quienes correspondían con un grito a la orden del salto.


Percibí un bienestar superior al agotamiento físico. En conclusión, había valido la pena.

Como si hubieran sido desenchufados de sus roles artísticos e infantiles, todos volvieron a sus formas originales de adultos. Se agachaban para recoger sus tomatodos, las toallas; se despedían; cerraban con cuidado la puerta; algunos tenían energías para seguir en la lucha afuera, en medio de las máquinas. En tanto, mi espíritu procesaba que había encontrado, además de mis otras tareas sedentarias, una actividad atractiva que me proporcionaba ingentes cantidades de dopamina y adrenalina.

En las ocasiones posteriores encontré, además del señor calvo, a otros muchachos tan varoniles como los héroes de Marvel, contorneándose al estilo del Zumba.

Hacer máquinas está bien, pero, sin lugar a dudas, la diversión y la emoción no están allí, sino en el salón de al fondo, donde se practica esa danza.  

¿Qué hubiera sucedido si aquel joven no corría, como una flecha, hacia mí para evitar que los discos abandonen su sitio? Nunca lo sabré. Pero sí me queda la certeza de que tendré mucho más cuidado no solo con los seguros obligatorios en las barras, sino también con los pesos y los ejercicios que no debo tomar a la ligera.

Pero, dentro de todas esas precauciones, pienso que me he liberado de una idea errada. Allí, en el Zumba, los hombres también somos felices. Quitarse un poco de estrés, perder algunos kilos con el baile, por el momento, me ha parecido un pasatiempo que me gustaría conservar, por lo menos, hasta que vuelva el necesario yugo de los horarios, los exámenes y las clases.



Chiclayo, 28 de enero de 2024

 

miércoles, 1 de noviembre de 2023

He visto a Shakespeare vivo en Lima |Por: Ernesto Facho R.


 De un momento a otro, vimos a Desdémona en la piel de María Grazia Gamarra. Había saltado como un cisne hasta aparecer cruzando el escenario. Su cabellera de oro hacía juego, en la penumbra, con el resplandor de los antiguos palcos. Como dijo Yasanny: «Se veía muchísimo más joven en persona, una muñequita». De pronto, apareció el valiente Otelo, (el muy talentoso André Silva) con el uniforme militar.

 

André Silva y Maria Grazia Gamarra, protagonistas de la obra "Otelo"


¡Cuánta alegría sentí! Ya habíamos llegado al hermoso teatro.

La emanación de esa purísima luz dorada caía sobre la vereda sucia del Jirón Ica. Y a mí me parecía que aquella línea de oro separaba la realidad de la ficción, la vida real de la literatura, el cielo del purgatorio. Unos minutos antes, yendo a cenar, ya habíamos visto cómo se filtraba, a través de sus estructuras, aquel fulgor que llamaba sobremanera mi atención, con sus elegantes alfombras rojas dentro.

¡Cuánta alegría sentí! Aquella dimensión paralela llamada Teatro Municipal de Lima, inaugurado en 1915, lugar histórico donde alguna vez habían ingresado personajes como José Santos Chocano y María Félix, nos esperaba con el mármol bruñido de sus dos escaleras, las cuales conducían, con gracia, hacia los balcones y la sala principal. Allí pudimos apreciar los estéticos palcos con molduras bañadas en pan de oro y, en el escenario, yacía un gigantesco cañón suspendido, el cual formaba parte de la puesta en escena de aquella obra que me ha dejado marcado y que me ha costado tanto esfuerzo alcanzar a ver: “Otelo” de William Shakespeare, dirigida por Jean Pierre Gamarra.

En aquel espacio cóncavo, a escasos metros del tenebroso escenario, pudimos notar la alegría serena de la gente. Los limeños habían llegado con sacos y gabardinas, con abrigos elegantes, silenciosos y respetuosos en todo momento con el espectáculo que íbamos a presenciar.

De pronto, las luces disminuyeron notablemente su fulgor. Una voz dio las indicaciones previas para disfrutar de la función y se hizo el silencio.

De un momento a otro, vimos a Desdémona en la piel de María Grazia Gamarra. Había saltado como un cisne hasta aparecer cruzando el escenario. Su cabellera de oro hacía juego, en la penumbra, con el resplandor de los antiguos palcos. Como dijo Yasanny: «Se veía muchísimo más joven en persona, una muñequita». De pronto, apareció el valiente Otelo, (el muy talentoso André Silva) con el uniforme militar. Ambos iniciaron una especie de danza contemporánea, mientras —detrás—, como naciendo de entre las misteriosas sombras, a manera de lentos espectros silenciosos, surgían los demás personajes, quienes se ubicaron en lugares específicos con cierta simetría y se quedaron como estatuas.

Fernando Luque, a mi parecer, fue la figura más resaltante en el elenco. 

De aquellas figuras, solo una de ellas cobró vida: el traidor Yago.

Este personaje, encarnado con inteligencia y carisma por Fernando Luque, empezó su atrapante monólogo, desplazándose a lo largo del escenario, mientras se refería a los personajes mudos y quietos que tenía a su disposición.

Ese toque juguetón que le dio Luque a Yago fue, en gran manera, el atractivo mayor de aquella presentación. Mientras se desarrollaba la historia del honorable y respetado moro que trataba de abrir el paso para su matrimonio con Desdémona, aquella seriedad, aquel aliento poético contrastaba con las veces en que el villano tenía divertidos parlamentos. Aquí aparecía burlándose de todos, los metía en su telaraña, desarrollaba ideas perversas casi frente a ellos, los embaucaba y, como si se tratara casi del director de la obra, encausaba el rumbo de la trama con sus diversas y oscuras triquiñuelas.

¿Pero acaso no se trataba de una icónica tragedia, la de los celos? Correcto. Sin embargo, me parece que su director, Jean Pierre Gamarra, ha sabido encaminar la obra de tal suerte que, manteniendo cada línea del texto original, y también gracias a la experiencia de su elenco, ha dejado no solo que Shakespeare se haga entender, sino que se pueda disfrutar, a pesar de los largos monólogos llenos de prosa poética. Esto, además, me ha parecido una de las más grandes fortalezas de esta puesta en escena: haber logrado hacer digerible un texto clásico con discursos llenos de metáforas y demás recursos estilísticos.

“Otelo” duró tres horas. Pero yo hubiera querido que dure cuatro. Nunca antes ninguna ficción había logrado mantenerme tan a la expectativa y disfrutando del goce estético de una producción, como lo sentí este último fin de semana, en la víspera del cierre de temporada.

Jean Pierre Gamarra (director de "Otelo") y Maria Grazia Gamarra (Desdémona). Sí, son hermanos. 

La puesta en escena fue magistral, poética, dinámica y entretenida. Parecía un lienzo donde se había puesto cuidado en cada detalle de la pintura. Y es que no solo brillaron aquellos tres personajes mencionados líneas arriba, sino todos. Otro personaje que me agradó mucho fue Brabancio (Alonso Cano) no solo por el vigor y el dramatismo de su interpretación, sino también por la caracterización. Me encantó verlo aparecer con los cabellos largos y cargando su ropa. También me gustó mucho la valentía de Emilia (Andrea Alvarado), personaje que, más tarde, se sobrepone contra la maldad de su marido para enfrentarlo y, por fin, encontrar la muerte a manos de él.

A estas alturas, ustedes pensarán que toda esa energía potente y otra vez poética ha sido transmitida al público gracias a la fidelidad de los micrófonos. Los personajes hablaban fuerte y entonados, como si estuvieran declamando un poema, articulando a la perfección y sin errar en ninguna palabra. Sin embargo, la acústica de este, uno de los mejores teatros de Sudamérica, hizo posible que pudiéramos escuchar las voces limpias y sonoras sin el uso de ningún artefacto de por medio.

Respecto a la música, se ha sabido introducir el rock de dos piezas de Los prisioneros. Ya en la publicidad se anunciaban los videos en Instagram con el tema de fondo: “Estrechez de corazón”. Y aquella canción fue reservada para el momento del clímax de la obra. Me refiero a la escena en que Otelo hace arder su corazón, como si fuera un carbón, en las llamas del odio y los celos. La música empezó a sonar y Otelo perseguía a Desdémona. Sin embargo, cuando pensé que ese sería el acabose de la obra, el pico más alto de esta pieza de arte, sentí como mi cuerpo se estremeció con tres acciones paralelas: Yago asesinaba a Rodrigo que había atacado a Miguel Casio, Otelo destruía su espíritu mientras preparaba el vil asesinato. Y en medio de ambas acciones, como un cordero que intuye su terrible sino, Desdémona entonaba —a capela— una hermosa y muy sentida canción de adiós.

Después de escuchar al público cubrir con aplausos a los actores, después salir y andar unos metros al hotel por el Jirón Ica, he salido esperanzado del teatro. Una luz de oro, muy parecida al resplandor del Municipal, se anuncia en una época extraña donde el arte, fatídicamente, se confunde con el entretenimiento o el ridículo.

El elenco de "Otelo" de Shakespeare, dirigido por Jean Pierre Gamarra

Ojalá todas las personas que amo y estimo, alguna vez, tuvieran la oportunidad que presenciar lo que yo vi allí. En definitiva, no solo la genial pluma de Shakespeare, sino también la dirección, producción y el talento de su elenco, estoy seguro, harían despertar a esta generación que se impresiona con músicas patéticamente eróticas y tanto contenido idiota en las redes.

Sé que Éxodo Teatro (en coproducción con la Municipalidad Metropolitana de Lima)  también ha estrenado “La vida es sueño” y “El avaro”. También sé que, para el 2024, ya están gestando la puesta en escena de “Hamlet”, otra obra de Shakespeare. Por mi parte, de concretarse aquel proyecto, haré todo lo posible por asistir a una de esas funciones. Por el momento, solo queda continuar leyendo a los clásicos, difundirlos en las escuelas, seguir formando personas ilustradas, con pensamiento crítico.

Así, algún día, tal vez ellos puedan experimentar lo que se siente encontrar a Shakespeare vivo, desde una butaca, mientras afuera sigue su curso otra especie de tragedia, una donde el mundo avanza de espaldas al arte, sumido en la miseria de la rutina, los horarios y los demás compromisos autómatas de la vida adulta.

Todo valió la pena: el viaje de catorce horas, la espera (compramos entradas en agosto), el cansancio, la prisa de una ciudad cuyo tiempo va tan rápido que nos pisa los talones, dormir en los incómodos sillones del bus, volver al trabajo con sueño…

La recompensa de la experiencia me haría repetir el plato una y otra vez.

¡Cuánta alegría sentí! Por fin pudimos ver “Otelo” en el teatro.  

Interior del Teatro Municipal de Lima, fundado en 1915. 


 

 

 

 

Chiclayo, 1 de noviembre de 2023

domingo, 19 de febrero de 2023

“Que, si sigo tu camino, llegaré a Trujillo” |Por: Ernesto Facho

 Habría que estar allí para sentir el placer de verlos, escucharlos, corearlos, hacerles bromas, y, además, sentir la impotencia de no poder guardarte ese momento en el bolsillo para ponerlo en un cuadro. Pienso, incluso, que ni siquiera filmar el performance de este grupo le haría justicia a la nostalgia más adelante, porque la energía del evento parecía tener algo poderoso y sagrado. 


El argentino Noel Schajris y el mexicano Leonel García, vocalistas de Sin Bandera

EL IMPONENTE PIANO de coral estaba en medio del escenario, frente a nosotros.

La lluvia se había desatado en la ciudad minutos antes. Las gotas caían perpendiculares como si fueran flechas traslúcidas que iluminaban las pistas hacia el Club Trujillo. Allí se iba a presentar Sin Bandera, el dúo baladista más grande de los últimos tiempos. Y eso me parecía increíble.

Frente al extenso piano que nos observaba como a escasos seis metros de distancia, estaban las sillas de plástico blancas, alineadas según la disposición del evento. Ya eran las siete de la noche y no se completaba ni la mitad del aforo. Una multitud de sillas vacías perladas por gotas de lluvia estaban muertas e inmóviles a nuestro alrededor. En el escenario, ágiles hombres y mujeres vestidos de negro entraban y salían, conectaban aparatos, hacían pruebas de sonidos.

A las nueve y quince minutos, aquel 13 de febrero en la ciudad de Trujillo, sin más preámbulo que la vibración del nerviosismo en los cuerpos de los fans, se pudo escuchar las primeras notas de su icónico tema: “Mientes tan bien”. Ambos cantantes aparecieron vestidos también con trajes negros. El público se estremeció como si fuera un solo monstruo o una bestia que responde a la llamada de un flautista entrenado en artes mágicas. Acabando el tema, agradecieron amorosos y humildes a su público por haberlos acompañado esa noche y por cantar sus éxitos. Este agradecimiento se repetiría constantemente.

Con solo el primer sencillo, valiéndose de un artilugio propio de un cantante experimentado, Noel ya se había echado el público al bolsillo, pues había modificado uno de sus versos, el cual quedó así:

Que, si sigo tu camino, llegaré a Trujillo…

A diferencia de otros artistas que, con fines de marketing, tratan de posicionar sus nuevos temas en el corazón de sus fans, considero que ellos fueron empáticos, pues nos dieron lo que todos habíamos ido a buscar. Con esto me refiero a que cantaron —a todo pulmón, entonados y con su voz lastimera llena de melodías— temas clásicos como: “Que lloro”, “Que me alcance la vida”, “Entra en mi vida”, “En esta no”, “Te vi venir”, “Suelta mi mano” y un largo etcétera que acabó por bombardear al público de una nostalgia sin límites y un romanticismo a prueba de fuego y… ¿lluvia? Así es. La lluvia, como si fuera un hermoso telón, había enrollado poéticamente sus cortinas a través de una pausa que duró todo lo que duró el concierto. Y, como si la naturaleza estuviera a la orden de estos cantantes extranjeros, cuando el concierto se hubo acabado, la lluvia siguió su curso.

En cuanto al servicio del Club Trujillo, hubo algo que nos dejó con un mal sabor de boca. Y es que, tratándose de Sin Bandera, era lógico que debían colocar a disposición más de un establecimiento de comida. Pero no fue así. Tan solo una larguísima cola para comprar “choripán” a diez soles era lo que había. Así, muchos de ellos, por tratar de hacerse de la comida, la única opción en todo el establecimiento, se perdieron de los primeros valiosos minutos del concierto.

La nota pintoresca la puso también Schajris cuando, al inicio, expuso al cantante de cumbia Christian Yaipén, quien había llegado acompañado de Jenifer Henríquez, su esposa. El baladista argentino dijo: “Un aplauso para mi amigo Christian. ¡Qué bonito se ve junto a su esposita! Él ha venido dos horas desde Chiclayo. Un aplauso para él”. Acto seguido, imitó a Christian interpretando “Eres mi bien”.

Sin Bandera no dejaba de halagarnos con sus melodías. Pienso que el clímax del concierto tuvo lugar cuando, de un momento a otro, casi en los últimos minutos del show, anunciaron que iban a cantar un tema que les había abierto muchas puertas. Y allí fue cuando todo el público, que ya tenía abarrotado al local, (nunca vi fans tan impuntuales) coreó como si fuera un himno patrio la canción “Kilómetros”.

Parecía que todos, a viva voz, estábamos conectados a un solo corazón que cantaba y hacía música.

Ambos cantantes no dejaron de derrochar talento y carisma, así como tampoco dejaron de agradecer las muestras de afecto 

Es cierto. He ido a muy pocos conciertos en mi vida. Sin embargo, soy consciente de que aquel, tal vez, sea el recital más hermoso y lleno de afecto que veré en mi existencia. Habría que estar allí para sentir el placer de verlos, escucharlos, corearlos, hacerles bromas, y, además, sentir la impotencia de no poder guardarte ese momento en el bolsillo para ponerlo en un cuadro. Pienso, incluso, que ni siquiera filmar el performance de este grupo le haría justicia a la nostalgia más adelante, porque la energía del evento parecía tener algo poderoso y sagrado. 

Llegadas las doce, como si se tratara de una cenicienta musical, el grupo apagó las luces. Parecía que se había marchado. En mi mente, pasé lista y proclamé: “¡Yo vine por ‘Sirenaaaaa’; yo vine por ‘Sirena’!”, pues era uno de los pocos temas que quedaban pendientes y, además, uno de mis favoritos. Aún no se completaban las dos horas, faltaban quince minutos más y el público lo había notado. Se percibió cierta incomodidad. Los de la zona Platinum, —medio en broma, medio en serio—, empezaron a gritar: “¡Mis quinientos soles! ¡No se vayan!” Y fue en ese instante en que volvieron los destellos dorados y ellos ingresaron para interpretar su última canción: “Sirena”. Para ello, Noel dijo que confiaba en sus fans, que sabía que eran educados y pidió al personal de seguridad que nos dejaran llegar hasta ellos.

En un tropel desesperado y nada romántico, la gente se amotinó y luchó por alcanzar primero a sus artistas. Ambos cantantes se inclinaron para tocar las manos de su público y nos regalaron los últimos acordes del evento, siempre agradeciendo.

En el retorno, finalizado el show, la lluvia volvió a cubrir Trujillo. Y nosotros volvíamos con el corazón lleno de música, amor y esperanza, aquella noche inolvidable.

¡Gracias, Sin Bandera!


Flyer promocional del evento en Trujillo 

 

  

Chiclayo, 19 de febrero de 2023

jueves, 29 de diciembre de 2022

RESEÑA| "Lado B de las sombras": ¿La oscuridad es una mujer ausente? | Por: Ernesto Facho

 El título del libro, “Lado B de las sombras”, alude a ese reverso de la realidad que Octavio Paz decía que es en el que andan navegando los poetas. La Literatura, al igual que el arte en general, siempre trata de explorar más allá, de ir hacia adentro, o a esa otra orilla de la reflexión que no alcanza el vulgo, ya que anda secuestrado por el agresivo ataque audiovisual (la luz) al que estamos expuestos.

El poeta Juan José Soto, dando lectura a los versos de "Lado B de las sombras"

  Una noche, César Boyd me dijo que debía conocer a un poeta con «muy buenos contactos». 

Por esos años, recuerdo que la mayoría del Grupo Literario Signos andaba inmerso en el descubrimiento de Roberto Bolaño. Hablábamos mucho de él y de la idea romántica de relanzar el grupo, tratando más o menos de plasmar nuestra doctrina literaria e ir evangelizando un puñado de ideas que no llegaron a cuajarse como las bases del grupo. 

«Ven para que lo conozcas. El pata es de Lima, de Barranco» me dijo el autor de “La misa del yo insaciable”. Y llegamos a un local en Santa Victoria.  

Así conocí a Juan José Soto Bacigalupo, un 3 de agosto de 2011. 

Con su ayuda, pude participar en los eventos literarios más importantes a los que he asistido, después de la Feria Internacional del Libro en el 2019. Siempre confió en mí, no solo como poeta, sino también como articulista. Y, lógicamente, escuché muchas veces sus versos. 

Hace poco, Gianfranco Mejía visitó el colegio donde trabajo. Una señorita de atención al cliente lo atendió y le recibió el libro que su autor me estaba compartiendo, después de que yo aceptara comentarlo hoy, sábado 17 de diciembre. Y yo no sabía que era una bomba. Explico por qué. 

La poesía de Jota, así como lo llamamos sus amigos, ha sufrido una evolución —para mí— inesperada en esta última entrega. Son versos de una calidad que nunca escuché en recital anterior y que no pueden ser alcanzados por las líneas que leí en “Airado Verbo”. 

A mi parecer, “Lado B de las sombras” es el inesperado renacer de un poeta, un cambio de piel, el crecimiento en la videncia que él mismo proclama y con la cual puede navegar a través de las sombras. 

Dicho esto, debo agregar que la lectura de este libro ha sido como ingresar en un nuevo laberinto, pisar tierras ignotas, penetrar en una dimensión desconocida del autor, a la cual tal vez ha podido llegar a través de meditación que le ha procurado la soledad y el confinamiento. 

Paso a explicar. El libro es un poemario que aborda los siguientes temas: 


En la mesa de honor, de izquierda a derecha, Ernesto Facho, Juan José Soto y Jorge Fernández Espino


  1. La búsqueda de lo trascendental: 

El título del libro, “Lado B de las sombras”, alude a ese reverso de la realidad que Octavio Paz decía que es en el que andan navegando los poetas. La Literatura, al igual que el arte en general, siempre trata de explorar más allá, de ir hacia adentro, o a esa otra orilla de la reflexión que no alcanza el vulgo, ya que anda secuestrado por el agresivo ataque audiovisual (la luz) al que estamos expuestos. 

Entonces, si me alejo de la luz, llego a las sombras. Pero este libro no trata solo de las sombras, sino del otro lado de las sombras. Es decir, de una exploración mucho más profunda todavía. 

Y para explorar tinieblas adentro, se necesita de la videncia que Rimbaud decía que había que procurarse como poeta, como robador de fuego. 

Lo dicho anteriormente se evidencia en los siguientes fragmentos: 

Coloco el ojo izquierdo en la cerradura

Giro

Y vuelan despavoridas las sombras

También cuando dice: 

Me alejo de la cercanía del hombre

De su repleto vacío

De su absurda existencia fosforescente

Que atrae exaltados ejércitos de moscas. 

En ambas estrofas, notamos cómo el ojo vidente del poeta, el que ve más allá del ojo humano, puede ver en las sombras lo que los hombres de pobre «existencia fosforescente» no pueden ver. Esto también nos remite al ideal platónico, ya que el poeta, en este caso, estaría enfocado en el mundo de las ideas y no en nuestra realidad vista a la luz del día. 

  1. El misterio de la sombra 

Encuentro una suerte de intertextualidad con La Divina Comedia en el poemario. El yo poético es un moderno Dante que desciende por los círculos de los infiernos. El autor anota: «Hay traslúcidos infiernos/ En los espejos de papel de los orates».  O más bien, un Dante surrealista, ya que en el poemario abundan las descripciones de los abismos y las monstruosas visiones de los bajos. Estas mismas sombras, son las que lo han ayudado a ver más allá del espanto y la soledad y lo han hecho más fuerte, igual que con todos nosotros cuando pasamos por momentos difíciles. 

Teniendo en cuenta lo anterior, me parece oportuno citar las siguientes descripciones: 

Una horda dura, gris 

De hombres piraña

Me levanta en peso

Hurga uno a uno los bolsillos

Me arranca la ropa

Me calatea

Me sacude

Vuelve a sacudirme furiosamente

Asimismo, las visiones de hombres despedazados son muchas veces referencias del yo poético. Se hace alusión, en las horribles visiones del artista, a los desmembramientos propios y de terceros. El yo poético sufre por estar atado a la cotidianidad de las sombras y de sentirse, muchas veces hecho pedazos por el día que lo aplasta. Pero, si buscamos entre los versos de este libro, ¿podremos encontrar la razón de este sufrimiento? ¿Si existen las sombras, también existe la luz en este título? La respuesta es «sí». 

Entonces, ¿dónde está la luz? 

  1. La oscura soledad poética

Hubiera sido absurdo pensar que no hubiera matices en este libro. El nombre no sugiere que todo sea oscuridad, tinieblas, noche. De hecho, no hay ningún poema a la luz; sin embargo, se hace referencia a ella. Repito: a ella. 

Y es que la luz, en “Lado B de las sombras”, es algo que existe en tiempo pretérito, en el ayer. La luz es un recuerdo. 

A continuación, exploraremos los rincones de nostalgia de este libro, donde se alude a ese personaje incidental, en términos narrativos, que aparece por momentos en los espacios oscuros de este lóbrego templo. 

Por ejemplo, cuando el autor dice: 

Son tus nalgas

Enredando mis labios

Hondos ojos

Por los que miro el amanecer. 


La musa, al ausentarse, produce el desasosiego, el tedio, las sombras. 

Es decir, la corporeidad de la musa, el erotismo, su piel, es lo que ayudaba al poeta a salir de las tinieblas. Aquí podemos mencionar a la mujer solar. Incluso más adelante menciona al «desquiciado tren» como metáfora de lo pasajero en la existencia del ser humano. Leamos también la siguiente estrofa: 

Canciones resuenan

Sobre las ramas de los árboles

Ante el oscuro ritual del adiós. 

El adiós, necesariamente, tiene que ser un evento que oscurece, ya que la hembra solar se esfuma, se aleja, se ausenta. Las canciones son los poemas que aterrizan en uno de los dos tipos de oscuridades.  

Existen dos tipos de dicotomías: LUZ/ SOMBRA:

Primero: La luz artificial del mundo vulgar, de la luz fosforescente, frente a la oscuridad donde la videncia del poeta muestra la verdadera trascendencia. Es decir, encontramos a los seres comunes y corrientes presos en los asuntos materiales que pueden ser observados solo a la luz del día, haciendo vidas cotidianas, mientras el poeta, con su videncia, ve más allá.

Segundo: La luz de la mujer frente a la oscuridad del tedio que ofrece la soledad. 

Y si hay un poema donde descansa esta última luz femenina, tendremos que ir por el poema XII, el cual es un artefacto poético muy especial dentro de estas páginas, ya que casi todo está manchado de infierno, cadáveres, monstruos y mutilaciones. El poema duodécimo es, en referencia una vez más a la Divina Comedia, el Paraíso de Dante ya que, al igual que en la obra del vate italiano, este simboliza a la luz y, también, todo termina siendo un sueño. Dichos versos son los que le dan cierto equilibrio a este libro, el espacio por donde se filtra la vida nutrida de nostalgia pura. 

Tropiezas con la luz matinal

Te levantas

Rozas el canto de las sombras. 

Y cierra diciendo: 

Cruento despertar 

Que nos entrega mañanas 

Sin el menor rastro de luz.

Aquí la mujer se ha ido y, con ella, la luz. No queda de ella el menor rastro. El poeta se sumerge en las tinieblas y las explora desde el barranco de su soledad. 

Sin duda alguna, esta noche Juan José nos trae una propuesta que no puede faltar en la biblioteca de ningún lector. Ha pasado mucho tiempo desde nuestro primer encuentro, once años ya, y esperamos que, en lo sucesivo, el poeta nos siga trayendo más sorpresas, dejando atrás los despojos de los anteriores rostros, buscando nuevas identidades en ese océano de sombras del que se ha convertido en un buzo experto. 

¿Acaso allá en las sombras aguardan muchas más palabras para su canto?

¡Felicidades por el nuevo título! 


La presentación de "Lado B de las sombras", en el marco del Ciclón de Poesía, fue un evento que tuvo gran concurrencia. 




Sábado 17 de diciembre de 2022