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domingo, 26 de octubre de 2025

Carpín Dorado y el adiós que ahoga| Por: Ernesto Facho R.

 

(…) la historia nos muestra la fragilidad del amor en sus dos formas: al centro del escenario, Carolina y Sofía se despiden como dos objetos que, al separarse, se llevan una parte del otro consigo. Y, por supuesto, el pez, una metáfora del peligro de muerte, ya que las condiciones para que sobreviva resultan complicadas, igual que en el amor.

Carolina y Sofía, protagonistas de la obra Carpín Dorado

El pez de papel aguardaba inmóvil dentro de la pecera. Abrieron las puertas del local y la gente avanzó con prisa para conseguir los mejores asientos. Frente a nosotros, la escenografía lucía sencilla, pero elegante y llamativa. Este viernes 25 de octubre, Cisne Alternativo, bajo la dirección de Roy Marcelo, presentó en Chiclayo la obra Carpín Dorado, escrita por el dramaturgo peruano Diego La Hoz.

Una constelación de papelitos multicolores, adheridos por todo el escenario, sorprendió a quienes no conocíamos la obra.

Apareció el director. Contó los motivos de su incursión en el teatro, su historia durante la pandemia, la formación del grupo, las experiencias compartidas, y el origen del nombre Cisne Alternativo.

El público seguía atento al escenario, esperando la aparición de las dos jóvenes protagonistas de esta historia llena de intimismo, drama y poesía.

Acto seguido, presenciamos un performance de danza contemporánea. La joven bailarina tenía carácter. Surgió entre las columnas del público, que aplaudió su breve participación. La espera por el número principal se alargó unos minutos más, pues se improvisó una entrevista a la estudiante de Arte de la Universidad Nacional Pedro Ruiz Gallo.

Un juego de luces errático —y hasta cierto punto cómico— nos separaba del inicio de la obra. Ya no existía casi nada entre los espectadores y las actrices, entre nosotros y la historia.

Por fin, igual que una sombra o un sueño, dos siluetas donde predominaba el color naranja formaron un semicírculo con su marcha y se encontraron frente a nosotros. El preludio de la obra era una dramática coreografía donde las protagonistas hacían el amago de los besos y las caricias, de las discusiones y el adiós.

La historia arrancó con un silencio incómodo entre las jovencitas. Una maleta de color rosado era testigo de sus discusiones sobre la necesidad de escapar del país, sobre la muerte y sobre el amor que contiene y cuida, que arde y se aferra.

Las voces lograron, con creces, transmitir los sentimientos de ambas, y la acústica permitió entender cada palabra con claridad. La tensión alcanzaba su clímax cuando un grito —como un navajazo— desgarraba el silencio y nos devolvía a la cólera y la impotencia de Carolina, interpretada magistralmente por Leydi Quijano.

Flyer promocional de la obra

Por su parte, Sofía, encarnada por Sulibeth Jiménez (miro el flyer una y otra vez para no confundirme con las letras de su nombre), nos transmitió algo que, desde mi ignorancia de las técnicas histriónicas, podría llamar una doble capa de actuación. Jiménez debía fingir dos veces: primero, ser Sofía; y segundo, ser una Sofía que aparenta frialdad, pero deja entrever, por rendijas casi invisibles, un mar de melancolía por haber tomado esa decisión que, en el fondo, la estaba —prematuramente— matando en vida.

El texto también tenía ciertas vetas que aludían a las luchas del colectivo del abecedario, cuestiones a las que una de las protagonistas llama derechos. Pero no se profundiza en ello. El fondo de todo esto son esas dos muertes a las que se enfrentan las mujeres: una espiritual con la despedida, y una física, la cual es el destino próximo de Sofía y el principal motivo por el que se aleja.

Hubiera disfrutado la obra plenamente si encontraba un mejor lugar para observarla. Los asientos estaban dispuestos uno detrás de otro, pero pienso que, de haberse conseguido un local con graderías, la experiencia habría sido más completa y el público habría percibido los gestos y desplazamientos con mayor claridad. Lamentablemente, desde mi segunda fila, un hombre con peinado afro —que duplicaba el tamaño de su cabeza— me robó, en varias ocasiones, hasta el treinta por ciento del campo visual, lo cual me hizo vivir otro drama desde mi lugar.

También la historia nos muestra la fragilidad del amor en sus dos formas: al centro del escenario, Carolina y Sofía se despiden como dos objetos que, al separarse, se llevan una parte del otro consigo. Y, por supuesto, el pez, una metáfora del peligro de muerte, ya que las condiciones para que sobreviva resultan complicadas, igual que en el amor: puede vivir casi diez años, pero la temperatura del agua debe variar entre 14 y 22 grados.

Flyer promocional de la obra

Pero… ¿acaso todo esto no es también una metáfora de la fragilidad del arte?

El teatro de Chiclayo es como un menudo  Carpín Dorado: sobrevive en aguas adversas y agresivas, en condiciones difíciles que amenazan su permanencia.

En las palabras de Roy Marcelo comprendí que su tarea es una lucha a contracorriente, nacida en medio de la adversidad de un virus que paralizó al mundo. De allí emergió Cisne Alternativo, cuyo canto he tenido el privilegio de escuchar este viernes 25 de octubre.

Que este cisne crezca, se fortalezca y continúe volando, para que en el futuro nos revele escenarios aún más ambiciosos, donde el arte vuelva a ser ese milagro que nos devuelva emociones arrebatadoras y profundas.

La obra cierra con una postal desgarradora. Leydi, aún en la piel de Carolina, se abraza a sí misma, como intentando contener el dolor de sus heridas, tratando de no desmoronarse. Camina de izquierda a derecha con la mirada perdida, extraviada en el laberinto reciente de su memoria, poblado de fantasmas grises que tiemblan.

Las luces van perdiendo fuerza: se apagan con lentitud, igual que su espíritu.

De fondo, una melodía nos eriza la piel: es Only Love Can Hurt Like This.

 

Chiclayo, 26 de octubre de 2025

martes, 30 de agosto de 2022

OPINIÓN| Un mes sin Diego | Por: Ernesto Facho R.



Allá en los años noventa, cuando éramos pequeños, solíamos sentarnos frente al televisor para entretenernos. Mi madre tomaba el control de ese aparato en el que la familia se regocijaba para comentar lo que veían, muy al contrario de las malas costumbres de hoy: Los celulares, entre otras cosas, han aparecido para fabricar zombis como islas, quienes no tienen reparo en sacar ese aparato y colocarlo a manera de un muro en el almuerzo.

En esos años maravillosos, una y otra vez aparecía una figura. Era la misma en Cosas del amor, en María Emilia muriendo de amor, en Amantes de la luna llena, así como en tantas otras producciones. En efecto, tuve una niñez bastante telenovelera. Era lo que había en el menú, a pesar de que muchas veces contábamos con el servicio de cable.

Naturalmente, el personaje aludido en estas líneas es Diego Bertie.

De él aprendimos muchos a enamorarnos, a mirar a la mujer, a —en cierta forma— luchar por lo que queremos (a través de la ficción) y a pretender el manto de un galán frente al sexo femenino. En este momento, no tengo ningún otro actor nacional que se me venga a la cabeza. Los demás han sido mexicanos o brasileños. Pero en Perú estaba Diego.

Uno memorizaba las canciones de las novelas que protagonizaba o en las que actuaba. Yo era niño, pero me llamaba mucho la atención ser algún día como él. No por su apariencia, sino por sus ademanes que no eran toscos ni burdos, sino más bien de una inefable delicadeza viril.

"De él aprendimos muchos a enamorarnos, a mirar a la mujer, a —en cierta forma— luchar por lo que queremos (a través de la ficción) y a pretender el manto de un galán frente al sexo femenino".


Había en él una especie de aureola, cuya luz alcanzaba a tocar tanto a varones como a mujeres. Todo ello, suponemos, era el reflejo de ese buen corazón que inspiraba a los demás a quererlo como antes y extrañarlo como ahora.

En aquel entonces, época de oro de las telenovelas peruanas, hubiera sido muy perjudicial para él exponer su homosexualidad. Sin embargo, como quien arrastra a una víctima hacia el barranco para caer los dos y perecer en los abismos, de esa misma forma Jaime Bayly delató a Diego a través de un artículo donde aludía a la sexualidad de ambos.

Pero el valor de un ser humano siempre va más allá de lo que haga en su intimidad. Y, en cuestión de arte, es más importante lo que hace el artista que el artista mismo, como había sugerido Oscar Wilde, otro homosexual confeso, dicho sea de paso. Al contrario de las minorías con disforia de género que intentan hacerse un lugar a través de escándalos, él siempre se mantuvo perfil bajo en ese aspecto. Es decir, no necesitó ventilar su privacidad para conseguir nada ni tampoco se le vio mostrarse como un personaje oprimido por ningún sistema. Él solo se valió de su talento, de su indiscutible carisma y de su ángel, aspectos que sí son determinantes en la persona que se encarga de transmitir emociones a la audiencia.

"Revelar el arte y ocultar al artista es la finalidad del arte"- Oscar Wilde 

Entonces, ¿era de esperarse este final trágico y horrible para los últimos días de este luminoso artista? Tal vez no. Pero, si hay algo que tiene asegurado una persona de su condición, es ese sufrimiento que asfixia y encarcela a quienes tienen una orientación sexual fuera de lo convencional.

En el momento en que un periódico anunció la trágica noticia en redes, recordé las tristísimas cifras que sufren estas personas. Me refiero a que es sabido que los homosexuales tienen un índice de suicidios superior en catorce veces respecto a un heterosexual, que son personas con muchas parejas sexuales y que muchas veces atraviesan graves episodios de depresión y angustia. Y en nada tiene que ver el pensamiento arcaico de terceros o el hecho de que las leyes no consienten los caprichos de algunos de sus abanderados, sino que simple y sencillamente ir contra la naturaleza ocasiona ciertos estragos a nivel psicológico.  

Insisto: la cifra de suicidios entre homosexuales no es una apreciación personal, son datos contundentes. Ellos viven un promedio de 20 años menos que el resto. Incluso allí podríamos agregar que, siendo apenas el 2% de la población, representan la asombrosa cifra del 69% de casos de VIH según el portal Hivinfo.

Llegando a este punto, estoy convencido de que la compañía pudo haberlo salvado. Tratar su depresión, aliviar los malestares de su espíritu con una mano amiga o la de un familiar lo hubiera rescatado de las garras de la muerte. Pero, en fin, Diego ya no está.

Ha caído exactamente hace un mes desde el piso catorce arrojándose él mismo, porque con la yema de sus dedos tocó los márgenes de la desesperación y el horror, del hastío y la sombra. «Y con dragones habrá que luchar» reza uno de los versos de su más icónico tema. La pregunta se cae de madura: ¿Cabe aquí desear que otros jóvenes, con tanta luz y tanto ángel como Diego, sean estimulados, arrastrados hacia la sombra, inculcando valores invertidos, incentivándolos a que confundan su sexualidad al reforzar los mensajes del lobby LGBT? ¿Por qué tendríamos que alentar a que más jóvenes se animen a llevar un estilo de vida tan infeliz y solitario?

Diego ha muerto, pero no murió por mano ajena. Lo mató ese vacío y desesperación que experimentan aquellos hombres que contemplan su mundo como si Dios se los hubiera hecho al revés. En ese contexto, Diego encontró la soledad, la confusión, la desolación de sentirse una isla o un barco a la deriva con la opción del vacío en frente.

Se ha cerrado el telón para Diego definitivamente y, en vez de sucesores, han quedado arlequines que distraen a las masas con pésimos guiones. «¡Qué difícil es amar!» cantaba Diego en vida. Pero actuar también debe ser difícil. Y bastante.

¿Volverá a brillar otro actor con esa misma luz en alguna otra producción nacional?

El panorama es infinitamente desolador, lo mismo que la partida de este gran artista.

 

"Se ha cerrado el telón para Diego definitivamente y, en vez de sucesores, han quedado arlequines que distraen a las masas con pésimos guiones".


 

Chiclayo, 5 de setiembre de 2022