sábado, 20 de diciembre de 2025

El Maravilloso Teatro USAT y el Mago de Oz | Por: Ernesto Facho Rojas

 

El tercer momento fue una escena donde la sombra se volvió coprotagonista. Dorothy, con su vestido azul, yace dormida sobre el escenario, con la cabeza apoyada delicadamente en el suelo, apenas tocada por una tenue luz azul. La música hace lo suyo y los corazones se sobrecogen. Parece muerta. Su figura permanece tendida unos segundos hasta que aparece el tío Henry, luchando por despertarla.


Totó y Dorothy escuchando la historia del Hombre de Hojalata

EN CHICLAYO ESTÁ SUCEDIENDO ALGO verdaderamente importante.

En una ciudad conocida por su espíritu fenicio —donde abundan los eventos nocturnos, corre el alcohol y proliferan los conciertos de cumbia por doquier— comienza a abrirse paso una forma de hacer teatro que no solo nos enorgullece, sino que nos eleva. Me refiero a la poderosa propuesta de la Universidad Santo Toribio de Mogrovejo, que solo este año se ha dado el lujo de presentar dos obras exitosas e imponentes.

Se trata de los musicales Romeo y Julieta y El Maravilloso Mago de Oz, ambos dirigidos por el inspirado Carlos Mendoza Canto. Aunque la mayoría de vecinos desconozca que en la llamada Ciudad de la Amistad el teatro sí se cultiva, existen algunas funciones disponibles. Sin embargo, siendo objetivos, la propuesta de la USAT marca un punto y aparte en términos de producción frente a lo que ofrecen otros colectivos, y además lo hace de manera gratuita.

En esta oportunidad nos ocuparemos de su más reciente proeza: El musical de El maravilloso Mago de Oz, presentado el 19 de diciembre en el Teatro Moliné. La cita fue a las siete y media de la noche.

Detrás del telón, el movimiento apresurado de algunos zapatos delataba los últimos preparativos: todo estaba quedando listo para el espectáculo.

La función está a punto de empezar. El público espera ansioso. 

La oscuridad envolvió el recinto y se escuchó el grito de guerra ceremonial que antecede a toda puesta en escena, evocando aquellos tiempos en que el olor de las heces de los caballos, concentrado en las calles, anunciaba que habría público y que la velada no sería en vano.

El espíritu de los asistentes se colmó de formas, músicas y colores. Ya estábamos en Kansas, observando cómo la casa de una niña se elevaba por los aires, impulsada por remolinos de viento. Era Dorothy (Leydi Quijano Mejía), en carne y hueso, acompañada de los curiosos Munchkins. Desde nuestros asientos nos preguntábamos si se trataba de una caracterización excepcionalmente fiel o si alguna magia había traído al escenario al personaje mismo del libro, con trenzas y canasta incluidas.

También resultó sorprendente ver desfilar a las Brujas del Norte (Angheles Medina Navarro) y del Sur (Amanda Burgos Gonzáles), al León Cobarde (Juan de Dios Ibáñez), El Espantapájaros (José Ordóñez Terrones) y al Hombre de Hojalata (Christian Burga Rafael). Y, entre todos ellos, apareció una figura de presencia contundente: una mujer de frondosa y elocuente cabellera verde. La Bruja Malvada del Oeste (Rita O´Dell) reclamó por momentos la historia como si fuera suya, imponiéndose como una villana capaz de capturar la atención del público con solo pisar el escenario.

¡Impecables vestuarios y maquillaje! No éramos simples espectadores, sino cómplices de Dorothy y de las brujas. Todos, estremeciéndonos, sentíamos las palpitaciones de la historia y rozábamos, en más de una ocasión, los límites de Ciudad Esmeralda.

La música encajó sin dificultad, no solo como acompañamiento de las escenas, sino como motor narrativo que agilizó historias secundarias, en especial las del Espantapájaros y el Hombre de Hojalata. Hubiera sido fascinante ver la lucha del Espantapájaros contra los cuervos o del Hombre de Hojalata contra los lobos; sin embargo, resulta comprensible que dichas escenas no se hayan montado. La adaptación mantiene así intacta su idoneidad.

Fue también muy acertado el recurso de los Munchkins —vestidos con colores primarios— como narradores que resumían y explicaban pasajes clave. Gracias a ello, trascendieron el mero rol humorístico o decorativo y adquirieron verdadero peso dramático.

La obra tuvo numerosos momentos memorables, pero me gustaría destacar tres.

Totó y Dorothy conversan con los curiosos y coloridos Munchkins

El primero fue la algarabía del célebre “Ding dong, la bruja murió”. Ver bailar a Dorothy —ágil, musical y entusiasta— nos hizo sentir el privilegio de tener frente a nosotros a la misma Judy Garland. O mejor aún: sin necesidad de resucitar cadáveres, presenciamos a una actriz digna de tomar la posta como canal del espíritu de la Dorothy original.

El segundo momento destacable fue cualquiera de los monólogos de la Bruja Malvada del Oeste. Acorde con los tiempos actuales, los villanos buscan una estética que permita identificarnos con ellos. Así, esta bruja ya no llevaba el rostro verde, sino la cabellera; pero la oscuridad de su corazón se reflejaba en la mirada y en la convicción con que la actriz ejecutaba cada movimiento, cargado de fiereza y dramatismo. En especial, resultó memorable la escena en que sus súbditos la veneran formando un círculo a su alrededor, mientras ella los desprecia y clava los ojos en el público.

La imponente Bruja Malvada del Oeste en una de sus participaciones 

Pero los contrastes también tienen su belleza.

El tercer momento fue una escena donde la sombra se volvió coprotagonista. Dorothy, con su vestido azul, yace dormida sobre el escenario, con la cabeza apoyada delicadamente en el suelo, apenas tocada por una tenue luz azul. La música hace lo suyo y los corazones se sobrecogen. Parece muerta. Su figura permanece tendida unos segundos hasta que aparece el tío Henry, luchando por despertarla.

En medio del color, la música y la alegría, irrumpe entonces la sombra del desconsuelo: abrir los ojos a una realidad donde el Espantapájaros, el León Cobarde y el Hombre de Hojalata no son más que ecos, espectros de un sueño. Pero llega la luz del amor y el escenario vuelve a iluminarse.

Y sí, tal como se anunciaba en redes, la puesta en escena de El maravilloso Mago de Oz fue una fiesta. La obra termina y los actores corren a formar una sola fila para recibir los emotivos y merecidos aplausos de un público que ya les pertenece. Los ovacionamos como los dedos de un solo puño, alimentados por la sangre de un mismo corazón. Todo ello llena mi espíritu de esperanza.

¿En qué ocuparía el resto de Chiclayo esas horas, entregado a asuntos menos nobles que presenciar una obra donde el amor late en carne viva? ¿Algún día tendrán el valor de acercarse al Teatro Moliné para elevar sus estándares éticos y estéticos? ¿Tomará la Universidad Nacional Pedro Ruiz Gallo, alguna vez, el ejemplo de la USAT, sin pretextos económicos, para ayudar a darle más luz a esta ciudad tan golpeada?

Estemos atentos a los proyectos artísticos de esta universidad. Sigamos a Carlos Mendoza Canto en redes sociales. Curémonos con teatro, música y poesía. Quien suscribe está convencido de que un público que visita repetidas veces lugares como Ciudad Esmeralda regresa alguna vez más noble, con más sesos y más corazón; no para exhibirlos como adornos, sino para forjarlos como una espada capaz de vencer a todas las brujas que sea necesario enfrentar.

¡Larga vida al Teatro de la USAT!

¡Larga vida al arte!

 

 

 

 

Chiclayo, 20 de diciembre de 2025

3:54 p.m.

 

 

domingo, 26 de octubre de 2025

Carpín Dorado y el adiós que ahoga| Por: Ernesto Facho R.

 

(…) la historia nos muestra la fragilidad del amor en sus dos formas: al centro del escenario, Carolina y Sofía se despiden como dos objetos que, al separarse, se llevan una parte del otro consigo. Y, por supuesto, el pez, una metáfora del peligro de muerte, ya que las condiciones para que sobreviva resultan complicadas, igual que en el amor.

Carolina y Sofía, protagonistas de la obra Carpín Dorado

El pez de papel aguardaba inmóvil dentro de la pecera. Abrieron las puertas del local y la gente avanzó con prisa para conseguir los mejores asientos. Frente a nosotros, la escenografía lucía sencilla, pero elegante y llamativa. Este viernes 25 de octubre, Cisne Alternativo, bajo la dirección de Roy Marcelo, presentó en Chiclayo la obra Carpín Dorado, escrita por el dramaturgo peruano Diego La Hoz.

Una constelación de papelitos multicolores, adheridos por todo el escenario, sorprendió a quienes no conocíamos la obra.

Apareció el director. Contó los motivos de su incursión en el teatro, su historia durante la pandemia, la formación del grupo, las experiencias compartidas, y el origen del nombre Cisne Alternativo.

El público seguía atento al escenario, esperando la aparición de las dos jóvenes protagonistas de esta historia llena de intimismo, drama y poesía.

Acto seguido, presenciamos un performance de danza contemporánea. La joven bailarina tenía carácter. Surgió entre las columnas del público, que aplaudió su breve participación. La espera por el número principal se alargó unos minutos más, pues se improvisó una entrevista a la estudiante de Arte de la Universidad Nacional Pedro Ruiz Gallo.

Un juego de luces errático —y hasta cierto punto cómico— nos separaba del inicio de la obra. Ya no existía casi nada entre los espectadores y las actrices, entre nosotros y la historia.

Por fin, igual que una sombra o un sueño, dos siluetas donde predominaba el color naranja formaron un semicírculo con su marcha y se encontraron frente a nosotros. El preludio de la obra era una dramática coreografía donde las protagonistas hacían el amago de los besos y las caricias, de las discusiones y el adiós.

La historia arrancó con un silencio incómodo entre las jovencitas. Una maleta de color rosado era testigo de sus discusiones sobre la necesidad de escapar del país, sobre la muerte y sobre el amor que contiene y cuida, que arde y se aferra.

Las voces lograron, con creces, transmitir los sentimientos de ambas, y la acústica permitió entender cada palabra con claridad. La tensión alcanzaba su clímax cuando un grito —como un navajazo— desgarraba el silencio y nos devolvía a la cólera y la impotencia de Carolina, interpretada magistralmente por Leydi Quijano.

Flyer promocional de la obra

Por su parte, Sofía, encarnada por Sulibeth Jiménez (miro el flyer una y otra vez para no confundirme con las letras de su nombre), nos transmitió algo que, desde mi ignorancia de las técnicas histriónicas, podría llamar una doble capa de actuación. Jiménez debía fingir dos veces: primero, ser Sofía; y segundo, ser una Sofía que aparenta frialdad, pero deja entrever, por rendijas casi invisibles, un mar de melancolía por haber tomado esa decisión que, en el fondo, la estaba —prematuramente— matando en vida.

El texto también tenía ciertas vetas que aludían a las luchas del colectivo del abecedario, cuestiones a las que una de las protagonistas llama derechos. Pero no se profundiza en ello. El fondo de todo esto son esas dos muertes a las que se enfrentan las mujeres: una espiritual con la despedida, y una física, la cual es el destino próximo de Sofía y el principal motivo por el que se aleja.

Hubiera disfrutado la obra plenamente si encontraba un mejor lugar para observarla. Los asientos estaban dispuestos uno detrás de otro, pero pienso que, de haberse conseguido un local con graderías, la experiencia habría sido más completa y el público habría percibido los gestos y desplazamientos con mayor claridad. Lamentablemente, desde mi segunda fila, un hombre con peinado afro —que duplicaba el tamaño de su cabeza— me robó, en varias ocasiones, hasta el treinta por ciento del campo visual, lo cual me hizo vivir otro drama desde mi lugar.

También la historia nos muestra la fragilidad del amor en sus dos formas: al centro del escenario, Carolina y Sofía se despiden como dos objetos que, al separarse, se llevan una parte del otro consigo. Y, por supuesto, el pez, una metáfora del peligro de muerte, ya que las condiciones para que sobreviva resultan complicadas, igual que en el amor: puede vivir casi diez años, pero la temperatura del agua debe variar entre 14 y 22 grados.

Flyer promocional de la obra

Pero… ¿acaso todo esto no es también una metáfora de la fragilidad del arte?

El teatro de Chiclayo es como un menudo  Carpín Dorado: sobrevive en aguas adversas y agresivas, en condiciones difíciles que amenazan su permanencia.

En las palabras de Roy Marcelo comprendí que su tarea es una lucha a contracorriente, nacida en medio de la adversidad de un virus que paralizó al mundo. De allí emergió Cisne Alternativo, cuyo canto he tenido el privilegio de escuchar este viernes 25 de octubre.

Que este cisne crezca, se fortalezca y continúe volando, para que en el futuro nos revele escenarios aún más ambiciosos, donde el arte vuelva a ser ese milagro que nos devuelva emociones arrebatadoras y profundas.

La obra cierra con una postal desgarradora. Leydi, aún en la piel de Carolina, se abraza a sí misma, como intentando contener el dolor de sus heridas, tratando de no desmoronarse. Camina de izquierda a derecha con la mirada perdida, extraviada en el laberinto reciente de su memoria, poblado de fantasmas grises que tiemblan.

Las luces van perdiendo fuerza: se apagan con lentitud, igual que su espíritu.

De fondo, una melodía nos eriza la piel: es Only Love Can Hurt Like This.

 

Chiclayo, 26 de octubre de 2025

sábado, 11 de octubre de 2025

El Teatro USAT revive a Shakespeare en su vigésimo séptimo aniversario| Por: Ernesto Facho Rojas

 

Desde las butacas escuchamos las melodías. En la fiesta de los Capuleto, jóvenes enmascarados danzaban con gracia; las mujeres, de hombros desnudos y faldas largas, se acoplaban a ellos, sostenidas por firmes manos en la cintura. Mientras tanto, los dos amantes se trenzaban en caricias y palabras dulces: aquellos versos de oro escritos por el Cisne de Avon. Solo que esta vez, en pleno 2025, aquí en Chiclayo.

Julieta, en el balcón, interpretada por Leydi Quijano Mejía

En el 2016 tuve la oportunidad de ver La casa de Bernarda Alba, de Federico García Lorca, bajo la dirección de Carlos Mendoza Canto. Fue una de las primeras veces que presencié un teatro de ese nivel en Chiclayo. Nueve años después, tras asistir a algunas puestas en escena, me he dado cuenta de que no volví a ver un espectáculo de semejante calidad en la Ciudad de la Amistad.

Hace poco, en redes, encontré un flyer que mencionaba el nombre del mismo director y, sin dudarlo, ajusté mi agenda para asistir a la obra que se presentaría el 10 de octubre: Romeo y Julieta.

Llegué un poco después de las siete de la noche y encontré el lugar semilleno. Eso me dio satisfacción, pues gran parte del éxito de estos proyectos radica en la respuesta del público. Sin embargo, también fue algo incómodo ver a ciertas señoronas que guardaban una fila completa de asientos vacíos para ellas solas. Aun así, pude asegurarme un asiento en una muy digna tercera fila.

El telón de sombra se abrió y aparecieron los primeros actores. Noté la calidad de los vestuarios y los guiones bien aprendidos. La escenografía consistía en una estructura que, en el segundo piso, reproducía el clásico balcón desde donde Julieta, más adelante, pronunciaría su monólogo lunar. En el programa se mencionaba que se trataba de un musical, y pensé que las melodías podrían restarle cierta dosis shakesperiana a la representación. Sin embargo, no fue así: más bien se acoplaron con naturalidad, aportando vida, ritmo y nuevos colores.

Fiesta de los Capuleto

Los personajes parecían salidos de una realidad que no pertenecía a este Chiclayo bombardeado, lleno de baches y desesperanza. Todos nos vimos dentro de una burbuja perfecta donde reinaban trajes renacentistas, siluetas delicadas, corsés ajustados y hombres y mujeres bellos que se desplazaban de un lado a otro, con oscuros movimientos que parecían olas reventando sobre la costa de la realidad. Con los Montesco de azul y los Capuleto de rojo, me pregunté: «¿Dónde estará Julieta?»

Entonces apareció. Una doncella de cabellera blonda y ondulada emergió en escena. La luz azul cayó sobre su rostro mientras sus delicados pies la conducían, paso a paso, hacia el balcón que era su trono. El corsé ajustado llevaba en el centro una rosa de un rojo intenso; las mangas, amplias y caídas; la falda, voluminosa, digna de una princesa de los bocetos de Walt Disney. Era, sin duda, la protagonista.

Por su parte, Romeo (Harold Tapia Rodríguez) apareció inseguro, indeciso, aún enredado en el corazón de Rosalina. Pero al mirar a Julieta (Leydi Quijano Mejía), resplandeció. Su voz, aunque jovial y espontánea, supo proyectarse con claridad, lo cual resultó oportuno para seguir el hilo de la historia.

Fray Lorenzo conversa con Romeo y Julieta, antes de casarlos en secreto

Desde las butacas escuchamos las melodías. En la fiesta de los Capuleto, jóvenes enmascarados danzaban con gracia, con las espadas y dagas ceñidas al cinto; las mujeres, de hombros desnudos y faldas largas y elegantes, se acoplaban a ellos, sostenidas por firmes manos en la cintura. Mientras tanto, los dos amantes se trenzaban en caricias y palabras dulces: aquellos versos de oro escritos por el Cisne de Avon. Solo que esta vez, en pleno 2025, aquí en Chiclayo. Y todo, por la gracia del vigésimo séptimo aniversario de la USAT.

Aunque la obra fue pareja en cuanto al nivel histriónico y musical, debo destacar un par de escenas que justifican las casi tres horas de encierro en el teatro.
La primera es la pelea final entre el conde Paris y Romeo: el cruce de espadas, el diálogo encendido, la coreografía, esa columna de humo que le daba una atmósfera de misterio entre las sombras y luces del escenario, mientras Julieta, con la mano caída hacia un costado y el pecho detenido, aguardaba en el frío féretro.

Pero sin duda, la flor más cuidada de esta tragedia —el sueño shakesperiano hecho carne y hueso— fue la escena del balcón. La habilidad de Romeo para trepar por el conducto paralelo a las escaleras, su voz fuerte y clara, la espontaneidad de sus palabras incluso al pronunciar los solemnes versos de Shakespeare. Y Julieta, con su vestido rosa y la flor carmesí en el pecho, sonriendo enamorada, besando a su hombre e insertando pequeños saltos de emoción, terminaron por cerrar el tierno boceto de una Julieta que calzó como anillo al dedo en esta obra que Chiclayo aplaudió de pie.

Cabe resaltar también el papel de los criados, quienes aportaron la cuota de humor necesaria. Fueron ellos quienes primero conectaron con el público, que, a veces, entendió mal algunos pasajes trágicos y siguió celebrando por inercia. Por ejemplo, cuando Julieta abre los ojos y encuentra muerto a Romeo, reclama que él no le ha dejado veneno para ella, y el público ríe, porque no ha leído la historia. Ese era, sin embargo, uno de los momentos más tristes.

Otro episodio digno de mención fue el del suicidio de Romeo, quien —esta vez sí por error del actor— acomodó con mucho celo su capa antes de caer desmayado. Cuando el público debía lamentar la muerte del idealista protagonista, estalló en risas (yo también).

Aprovechando los «momentos cómicos», no puedo dejar de mencionar otro incidente que arrancó carcajadas en un momento donde debió reinar la tristeza. Julieta había bebido la pócima que Fray Lorenzo (José Ordóñez Terrones) le entregó para dormir 72 horas. Sin embargo, debido al juego de luces que oficiaba de telón, quien manejaba la iluminación, por error, la mostró viva, corriendo escaleras abajo. Al verla, el público repitió entre risas: «¡Ya se levantó la muerta!».

Salvando esos pequeños tropiezos, aprovecho para reconocer el esfuerzo y profesionalismo de Carlos Mendoza, un hombre de teatro con más de treinta años de experiencia, quien dirigió este sueño con los ojos abiertos: ver a Julieta y a Romeo en carne viva, dándose un tímido beso mientras el público aplaudía; defendiendo su amor, enfrentando a sus familias, bajando a la carrera —en las sombras— para ganarle al único villano de la noche: el hombre que manejaba las luces.


El público aplaude de pie a los actores

Felicitaciones a los jóvenes talentos del Teatro USAT. Ojalá haya más Shakespeare y Lorca en estos escenarios. Sabemos que los ecos de aquellos espíritus sabrán alimentar con sus reflexiones a los ciudadanos de esta tierra, víctimas de sus autoridades, que a menudo transitan por los pasajes menos poéticos en su día a día: saltando desagües y baches, sorteando ambulantes y enfrentados a los  delincuentes.

Si Chiclayo es tierra de nadie, estimado Carlos Mendoza, hágala suya… y que la Ciudad de la Amistad se convierta, por fin, en Tierra del Teatro.

Flyer del evento por el vigésimo séptimo aniversario de la USAT


 

 

Chiclayo, 11 de octubre de 2025