lunes, 15 de junio de 2020

«Días sin ti» es el mejor poema de Elvira Sastre

Reseña de la novela «Días sin ti»


Por: Ernesto Facho Rojas

«Quien no sabe de amor vive entre fieras»

Lope de Vega

Elvira Sastre Sanz, autora de Cuarenta y tres maneras de soltarse el pelo (2013), Baluarte (2014), Ya nadie baila (2015), La soledad de un cuerpo acostumbrado a la herida (2016)

«Madrid me mata»,
dice Elvira. Y cuando ella escribe la palabra «España» en su columna de El País, es inevitable —dada mi formación académica—, imaginarme a Lope, Quevedo, Góngora… ¡Cervantes!, aquellos titanes de las letras del viejo continente en cuyo recuerdo descansa una parte de mí. Pienso, también, en el asunto de la popularidad y ese sentimiento casi religioso que significaba escribir versos. Era, pues, un género que se había consolidado como el más genuino y difícil, no porque existía una rima o esa camisa de fuerza del soneto, sino que la poesía tenía un sitial que, en la actualidad, ha desaparecido para muchos de los mismos bardos.  
No es ningún secreto que la narrativa está en boga. Sin embargo, doña Elvira parece enviada en una nave espacial para rescatar este género, el cual ya estaba quedándose tan oxidado como la armadura de Don Quijote, allá los siglos pasados.

Elvira Sastre, posando con la portada de Días sin ti (Premio Biblioteca Breve Seix Barral 2019)

Elvira Sastre Sanz, nacida un 17 de junio de 1992, hace exactamente 28 años, autora de Cuarenta y tres maneras de soltarse el pelo (2013), Baluarte (2014), Ya nadie baila (2015), La soledad de un cuerpo acostumbrado a la herida (2016), entre otros títulos es, en definitiva, una antena que logra conectar con el sentir del pueblo. Este, a través de sus redes, le lanza hurras mientras comparte apasionadamente fragmentos de sus libros. Por ello, podemos decir que Elvira es una poeta superstar, porque ella puede sentir el latido de sus lectores y escribir lo que ellos hubieran querido llorar. Esta misma conexión se da con la novela.

«También tenemos que saber asumir el dolor como algo propio y no darle el nombre de otra persona, a pesar de que hay sido causado por ella y no elegido por nosotros. Esa es la única manera de comprenderlo y poder sobrellevarlo sin que afecte a las decisiones futuras.»

En su salto de los versos a la prosa, la autora de Baluarte, consciente de lo práctico que es un internauta en las redes sociales, supo conservar un ingrediente poderoso, irresistible, mágico, seductor, infalible, atrapante, flamígero —y también preciso, como un balazo en la cabeza—: ¡las frases!
Cuando una persona coge un teléfono celular, no tiene tiempo para leer textos largos. Por ello, el medio más eficaz para que un libro se venda es, primero, vender sus frases. Así, la novela de Elvira está llena de sentencias, pero sus sentencias, al igual que su poesía, han sido esculpidas fonema por fonema hasta alcanzar la perfección de una joya que brilla en un muro de Facebook.
Sea como fuere, la literatura de la señorita Sastre va más allá de un truco, pues ella es una escritora con un talento genuino.

La autora de Baluarte ha sido convocada para participar en el ciclo de Poesía en tu sofá, una propuesta donde varios artistas se suman para leer poemas en cuarentena.
¿Acaso esta no es una reseña sobre un libro de narrativa? ¡Sí y no! Formalmente podemos decir que se trata de la novela Días sin ti (Premio Biblioteca Breve Seix Barral 2019); que, a través de una suerte de vasos comunicantes, nos narra una historia doble, trenzada: los romances de Dora y Gabriel (abuela y nieto, respectivamente); que el tiempo narrativo oscila entre la época de la República y el actual; sin embargo, estamos ante un texto anfibio, el cual no corre la suerte de un monstruo que sufre su forma entre humano y bestia, sino que, más bien, me exige escribir aquí la palabra ángel, cuyo género —curiosamente— no está definido.
Después de estas reflexiones, diremos que leer Días sin ti es disfrutar de la prosa poética de Elvira. En un principio, me pareció que los diálogos eran un tanto afectados, pero lo que debemos entender es que la historia viene de la pluma de una poeta. Por otro lado, la trama tiene bases históricas. Elvira cuenta en las últimas páginas del libro que se ha documentado muy bien y ha recibido asistencia. Esto, finalmente, me ha hecho entender que dicha información ha sido como las rocas, el peso que se le ha puesto al libro para que no flotara con el lirismo de la joven española.
Asimismo, resalto las metáforas que usa, la hermosa circularidad que le da al relato, el cual —primero— nos sobresalta con la tragedia de las primeras páginas, pero luego nos reconforta, nos calma, nos retribuye habernos llevado por las tinieblas, los laberintos y las oscuridades de sus personajes.
Además de ese contexto histórico filtrado con cuidado, el libro tiene una propuesta clara, una posición sobre el amor. Sastre escribe sobre el dolor y, aunque —tratando de mantenerse al margen— se esconda detrás del torso masculino de Gael, o entre las arrugas de la ternísima Dora, es imposible que alguien nos haga sentir ese minúsculo temblor del alma sin haberlo sentido primero. Con esto quiero decir lo siguiente:
¡Gael y Dora son las máscaras de Elvira!

A sus 28 años, Elvira ya goza de la popularidad y el cariño de miles de seguidores, quienes aplauden la lectura de sus versos en las redes sociales.

Uno es el escultor, el perfeccionista, el artista que tiene una excesiva preocupación por la forma, igual que su creadora con las frases que escribe; la otra, Dora, es también la joven poeta, pues representa a la mujer que, a mi parecer, conoció los dos lados del amor, en los cuales se hace hincapié a lo largo de los capítulos.
Perdóname, Elvira, si he dado en la cabeza del clavo. Y si no es así, también perdona mi osadía.
De todas formas, estos dos rostros de Elvira han encajado a la perfección en su novela y han alcanzado el éxito en ventas. ¿Podrá la artista, buscando en lo más profundo de su pecho, llenar más libros de frases y reflexiones? Esperemos que sí.
En tanto, solo nos queda contemplar cómo la autora, mientras contempla Madrid y se estremece, nos sigue haciendo llegar su canto desde Europa, esa música que se va filtrando por las redes y que, sin lugar a dudas, nos va seguir contando historias.

De todas formas, estos dos rostros de Elvira han encajado a la perfección en su novela y han alcanzado el éxito en ventas.

Miércoles 17 de junio de 2020

lunes, 8 de junio de 2020

«¡No te olvides de mi libro!»


Por: Ernesto Facho Rojas



Ya era momento de iniciar con la presentación de mi novela, pero los músicos seguían tocando. Miré mi reloj, mientras vi que —también con retraso— llegaban los presentadores.  El Poeta estaba por allí; conversaba con unos muchachos y le regalaba sus propios libros firmados a otro vate menudo que estaba de visita. Sin embargo, su expresión era de pocos amigos. Estaba más serio que de costumbre y se le notaba algo nervioso.
Me anunciaron y caminé hacia la mesa de honor junto con los comentaristas. Las luces nos daban en la cara y eso era algo fastidioso, pero no tanto como el rostro del Poeta que seguía hundiendo en su pecho algún sentimiento oscuro, ese mismo que se reflejaba en su semblante.
Me alcanzaron el micrófono y, cuando empecé a saludar al auditorio, súbitamente el Poeta, dando veloces y grandes pasos, decidió abandonar la sala. Eso sí me sorprendió, incluso me distrajo.
Mientras intentaba construir mi discurso con algún saludo trillado para salvar el momento, recordaba que, cuando él presentaba una muestra de sus versos, yo había sido uno de los amigos más entusiastas.
Una mañana, aquel bardo se había aparecido en la puerta de mi trabajo. Era el año 2016 y ya se había hecho de otro título. «¡Felicitaciones, estimado!» recuerdo haberle dicho, mientras lo abrazaba y le daba golpecitos afectuosos y viriles en la espalda.
—Quiero que me hagas una reseña, Alberto —me propuso el artista.
— ¿Una reseña? ¿Yo? —pregunté con asombro.
—Sí. La quiero para la próxima semana, porque quiero publicarla en La Industria.
—Pero, Poeta… —dije, mientras recordaba cómo él se había negado a escribir algo para mi primer libro—. Mira, estoy ocupado. Este colegio religioso me quita mucho tiempo.
—Hermano, cuando puedas… Tómate tu tiempo. Ya, ve cuando te haces un espacio.  
Con el libro entre las manos y la propuesta allí, decidí no hacerme para atrás y apoyarlo. En ese momento me despedí, pues estaba en el receso y casi ya no me quedaba mucho tiempo para volver a clases.
—¡Oye, hermano, todavía no te vayas! Espera… ¿Estás apurado? —me dijo con cierta ironía. Seguro pensaba que mi prisa era un rasgo de soberbia.
—¿Qué pasó? Tengo que irme, Poeta.
De un bolso que no sé de dónde apareció, mi compañero extrajo una cámara fotográfica y, con más autoridad que cortesía, me dijo:
—Ponte allí para tomarte una foto con mi libro.
—¿Dónde?
—Más atrás. Así… Así… Cógelo así, que se vea la portada… Pero sonríe, pues… Ya…  A ver, otra… Ya… Listo. Hermano, te pasaste. Ya no te quito más tu tiempo —dijo ante de retirarse y estrechar mi mano con energía.
Ya estaba por terminar la presentación de la novela, cuando apareció una vez más el Poeta. Estaba con el cabello mojado, se le notaba más tranquilo, pero aún conservaba una pizca de enojo en su expresión.
Mientras me dirigía a la mesa de honor recordé que, remarcando bien las palabras, me había dicho: «Alberto, no te vayas a olvidar de mi libro». «No te preocupes —le dije—. De todas maneras te voy a dar uno».
La maestra de ceremonias nos agradeció por participar en el evento y, junto con los presentadores, oyendo el sonido de los aplausos, nos dirigimos a la parte trasera del auditorio.
En ese momento, se me acercó una señora con un pequeño: era un exalumno mío, quien había visto la publicidad y me pedía que le venda la novela. A unos metros, el Poeta vigilaba con recelo la mesa donde estaban expuestos los ejemplares. Luego se acercó un amigo… y otro… y otro amigo a pedir que les vendiera mi obra. Algunos me solicitaban dedicatorias que ellos mismos ya habían escrito con anticipación.
Más adelante, con la cabeza gacha a razón de que firmaba un ejemplar, sentí una mano posarse en mi espalda y una voz dueña de un tono entre confidencial y exigente: «Alberto, no te vayas a olvidar de mi libro». «No, amigo. No, no te preocupes», le contesté más sorprendido aun con dicha urgencia.
—Alberto —se me acercó Julio—, necesito que nos des unas palabras para el evento.
—Sí, termino de vender aquí y te juro que voy —le respondí agradecido a mi anfitrión.
—Ya, listo, gracias.
Una vez más, mientras despachaba a mi último cliente, el Poeta se me acercó y repitió, dándole más énfasis que antes a las mismas palabras: «Alberto, no te vayas a olvidar de mi libro».
Un tanto disgustado por su insistencia, avancé hacia el salón donde me estaban esperando con la cámara encendida. Con gran sorpresa, el Poeta me vio pasar delante de él, con un extraño gesto que era parecido al de la desolación. Cuando vi su tristeza, le dije: «Espera un momentito. Ya vuelvo».
Di las palabras con gran fluidez, hicimos una sola toma y quedó. Sin embargo, desde allí, en medio de esas paredes cubiertas con cuadros coloridos y absurdos, aquella noche en que la alegría de haber presentado una obra de narrativa se estaba echando a perder, no quise volver a sentir la energía pesada de mi amigo, el hacedor de versos. Por ello, cuando vi que mi padre hizo su aparición, le pedí que por favor le entregara uno de los libros que estaba en mi maleta. Además, afuera me abordaron dos buenos amigos que también me pidieron un ejemplar, por los cuales ellos sí pagaron.
—Dice que quiere que se lo firmes —dijo mi papá cuando lo vi volver con el libro entre las manos. No sé por qué, pero le faltaba la primera hoja en blanco a la novela. Había sido arrancada.
Con ganas de que el ilustre rapsoda se fuera contento, le dediqué el libro, encargué mi maletín y yo mismo fui a entregárselo. Después de todo, me apenaba verlo esa noche allí con el ceño fruncido, la expresión dura, tal vez con el orgullo herido, aunque me negaba a pensar en esto último. Sin embargo, la situación parecía evidente.
Me acerqué, puse el libro en sus manos y creo que le di un abrazo y le hablé lo más amable y afectuoso que pude, sin máscaras ni artificios. Yo era sincero. Pronto vi que mi sonrisa tuvo un reflejo en su rostro; había cambiado su semblante. Intercambiamos unas palabras y me excusé —sin mentirle— diciéndole que estaba ocupado firmando y vendiendo libros. Al fin y al cabo, yo había asistido a dicha ceremonia para vender la obra, lo cual era una prioridad frente a la buena voluntad mía de poner paños fríos en los ánimos del artista.  
Me agradeció por haberlo mencionado, nos despedimos afectuosamente y, ya habiendo cumplido con dicho evento, fui detrás de mi familia y buscamos un taxi.
En el camino, me iba pensando: «Pedirle una reseña hubiera sido absurdo. Mejor así. Ni loco».



11: 30 p.m. 8 de junio de 2020




viernes, 5 de junio de 2020

“Nacer mujer es el mayor castigo”


Reseña de “La casa de Bernarda Alba” de Federico García Lorca

Por: Ernesto Facho Rojas

Portada de “La casa de Bernarda Alba” (1945) de Federico García Lorca

El primer contacto que tuve con Lorca fue a través de su poesía. Un delgado Ram Ruiz Molina, docente preuniversitario de gran valía en la región, empezaba a recitar el famosísimo poema La casada infiel en sus divertidas clases de literatura. Esos mismos autores, los cuales tenían voz a través de aquel entrañable maestro, eran rastreados por mi persona, en las visitas vespertinas que solía hacer a la Biblioteca Eufemio Lora y Lora.
Así tropecé con títulos como Romancero Gitano, Bodas de Sangre, Un poeta en Nueva York (un poemario que me transmite la impecable fuerza de la poesía surrealista, para la cual muchos lectores faltos de sensibilidad no están listos) y con La casa de Bernarda Alba, texto que es motivo del presente artículo.
Lo he releído hace poco de un tirón (la obra es breve) y no me he detenido en los supuestos simbolismos que encubre esta obra, con el fin de disfrutarla con la fluidez y la emoción propias de sus páginas.
Fotografía de Federico García Lorca, poeta, dramaturgo y prosista español nacido un 5 de junio de 1898

Este es un drama costumbrista que, al igual que en Bodas de Sangre, cada personaje cumple el rol de encarnar un estereotipo de la sociedad. Por ejemplo: Bernarda representa al ser opresor («Aquí se hace lo que yo mando»), aquel tirano que busca imponer su voluntad dentro y fuera de su casa. Ella es una mujer que acaba de enviudar y exige a sus cinco hijas (Angustias, Magdalena, Amelia, Martirio y Adela) que guarden luto 8 años por  la desaparición de su marido. Sin embargo, cada vez que existe dictadura, hay alguien que encarna la rebeldía; ese personaje es Adela, hija menor de Bernarda.
¿Rebeldía ante qué? Ante el machismo que se trasluce en los juicios que hacen las mujeres respecto a lo sumisas que son frente al libertinaje de los varones, casi un derecho atribuido al sexo masculino. Bernarda dice: «Hilo y aguja para las hembras. Látigo y mula para el varón»; Poncia, su sirvienta, dirá más adelante: «Hace años vino otra de esas [vedettes] y yo misma le di dinero a mi hijo mayor para que fuera. Los hombres necesitan esas cosas». En ese mismo diálogo, Amelia sentencia con la frase más poderosa de todo el libro: «Ser mujer es el mayor castigo».
Los personajes son mujeres sumisas, pero en algunas ocasiones hablan con un rencor contenido en la lengua. Adela, que es joven y guapa y no como sus hermanas a quienes acusa de ya estar marchitas, se siente poderosamente atraída por quien será el catalizador de todos los conflictos en la historia: el impopular Pepe el Romano.  
Algo que me parece atractivo en cualquier historia es la ausencia del héroe perfecto, puesto que este es un ideal que, materializado en una obra literaria, le resta credibilidad. Cuando pensaba que la villana es la veterana opresora y machista, notamos que Adela también tiene rasgos (defectos) que la tornan humana: es lasciva y traidora, pues corresponde a Pepe (comprometido por interés económico con la mayor de las hermanas: Angustias) a través de ciertas fugas que realizan ellos. Y es que El Romano, después de atender las carencias amorosas de Angustias, acto seguido visitaba a la menor en la misma casa: Adela. Es por ello que la joven sediciosa irrumpe con las siguientes líneas, cuyo calor me parece que sigue quemando en el papel usado para las páginas de este libro:

«Ya no aguanto el horror de estos techos después de haber probado el sabor de su boca. Seré lo que él quiere que sea. Todo el pueblo contra mí, quemándome con sus dedos de lumbre, perseguida por los que dicen que son decentes, y me pondré delante de todos la corona de espinas que tienen las que son queridas de algún hombre extraño.»

"La casa de Bernarda Alba" es una de las tres obras de teatro más importantes del autor

Aquí Lorca retorna al fuego de ese amor que se esconde en la sombra de lo furtivo, ese amor imposible, inalcanzable y más puro aun, como una estrella que se contempla virgen a través de un cristal. Ese es uno de los temas que el dramaturgo granadino abrasa con gran pasión, urgencia y desesperación, —pienso— tal vez como una proyección de su vida misma. Quienes hemos buscado un poco en la vida del autor de Yerma, sabemos que fue fusilado por Franco, ya que este dictador (una Bernarda de la vida real) era declaradamente un político homofóbico auténtico. Con esto último no me refiero a la posición que no avala esa unión de dos personas del mismo sexo, las cuales privarán a un niño de su derecho a disfrutar de un hogar con padre y madre, no; Franco era un monstruo que acabó con la vida de muchas personas, solo porque se trataba de homosexuales.
En tal sentido, podríamos decir que Federico, a través de La casa de Bernarda Alba, fue un vidente de su propio destino, pues fatalmente alcanzó una suerte parecida a la de su personaje Adela.
Hay un poema suyo que reza «Verde que te quiero verde/ verde viento, verdes ramas». Los libros de literatura —y los maestros de literatura— dicen que en la simbología lorquiana dicho color representa la rebeldía. Es un hecho, entonces, que Lorca era un insurrecto, pues a su personaje Adela se le puede apreciar en la obra probándose un vestido de ese color: «Yo no quiero estar encerrada […] ¡Mañana me pondré mi vestido verde y me echaré a pasear por la calle! ¡Yo quiero salir!»

Adela, de una versión en ópera de “La casa de Bernarda Alba”

Aquí nos detenemos a reflexionar sobre la frase de su personaje Amelia. ¿Acaso con decir «Ser mujer es el mayor castigo», quiso proyectar la impotencia de sentirse homosexual? ¿De allí viene esa exquisita sensibilidad que lo emparenta y lo torna tan compasivo con el sexo débil? Y si es así, ¿de dónde sacó Lorca esa masculinidad, ese garbo y acento varonil para retratar, en un sensual romance, la hazaña de poseer clandestinamente a una mujer? No lo sabremos nunca.
Federico García Lorca nació un 5 de junio como hoy en 1898. Lo debe estar celebrando arriba, y es posible que tenga puesto un hermoso traje verde.

La estatua de Federico García Lorca, situada en la parte baja de la Plaza de Santa Ana en Madrid




Chiclayo, junio de 2020


martes, 7 de abril de 2020

Cuento: Historia de un impostor en la cuarentena


Por: Ernesto Facho Rojas



I

Hay eventos que nos terminan marcando con fuego y que empiezan con ridiculeces.
A mí me parece absurdo cómo acabé aquí. Pero ustedes coincidirán conmigo en que algunas muertes son producto de un pájaro que se cruzó en la carretera, unos minutos de retraso en algo baladí, un antojo de último momento, un descuido, salir del baño y resbalar en el felpudo que no tenía que estar allí. De la misma forma, existe gente que se duerme y pierde el vuelo de un avión destinado a estrellarse. 
Por una razón parecida a las anteriores, ahora estoy encerrado en este hospital. Y no sé si esta cuarentena también tiene su origen en algo absurdo o, más bien, se trata de algo orquestado por unas manos siniestras que mueven sus hilos desde lo ignoto. Hay muchas teorías para el origen de cada desgracia. ¿Será cierto que ha venido verme Judith con el perro?  ¿Ya se habrá sanado de coronavirus?
Mi historia, por otro lado, más bien se parece a la de un hombre que se puso en bandeja a la misma desgracia.
Acaba de ingresar alguien vestido como un payaso. Tiene un uniforme naranja que le cubre todo el cuerpo con una máscara que lo provee de oxígeno. Lo digo porque su respiración metálica resuena llenando toda la habitación. Las botas negras que calza avanzan con pasos que parecen de plomo. Y por encima del uniforme, lo cubren un par de alas cerradas de murciélago, las cuales duras y compactas forman una especie de campana o embudo gigantesco que les llega hasta la cintura. Dentro de ese traje/armadura es imposible que yo los contagie.
Está acompañado de otros hombres a quienes no puedo verles ni los ojos. Me incorporo (las cicatrices que me ha dejado el perro aún son visibles), me acerco y ellos retroceden. Me siento como una bestia infectada con el virus del salvajismo. Soy peligroso para ellos. ¿Se habrá salvado Jeremías? Pobre idiota, fue tu culpa.
Luego entran más hombres armados y me cierran el paso. Ya no puedo hacer nada.
Un personaje menudo se acerca sosteniendo un sobre. Este último también está protegido y dice en voz baja al otro, en un español deficiente, que ya tiene los resultados.
Aprieto los puños y me dispongo a escuchar mi sentencia.


II

Esa noche había olvidado pasear a mi perro Boris. Embobado por las noticias y el pánico del virus, me pasé todo el día mirando televisión y anotando algunas cifras con el fin de escribir un artículo para La República. Estaba semidesnudo y, como vivo solo, el encierro me permitía lavar solo ropa interior y uno que otro polo.
Mientras repasaba los datos de mi libreta, Boris me sorprendió acercándose a la puerta y golpeándola con su cabeza. Solía protestar para hacer sus necesidades y no lo había llevado todo el día.
Ya eran más de las ocho de la noche. No había notado la presencia —como en otras ocasiones— de los patrulleros ni sus luces rojas golpeando mi ventana con su resplandor sangriento. Así que salí solo un momento para acompañar a Boris en su faena.
El can olfateaba, daba vueltas, empujaba algunas flores, arañaba el piso con sus patas traseras… ¡Nunca lo vi tan indeciso! Unos minutos después, noté con desagrado que Boris ya había cumplido con su deber.
Cuando estuve por ingresar, mi mascota entró corriendo a la casa, empujando la reja metálica. Su reacción me paralizó. Estuve un momento observándolo desde afuera y llamándolo por su nombre. En ese instante, la puerta —gracias a la fuerza del viento— se empezaba a cerrar traicioneramente.
Nunca entenderé por qué reaccioné de esta manera: cuando escuché la sirena de la patrulla, me asusté tanto que me quedé petrificado y, así, el siguiente ruido fue el de la puerta cerrándose con fuerza.
Boris aullaba desde dentro; me había quedado afuera.



Lejos de intentar treparme por el techo, corrí todo lo que pude hacia ninguna parte, huyendo de la policía que ya había cogido su megáfono para hacer la advertencia:
—¡El caballero que va corriendo en calzoncillo, deténgase ahora!
Muchas ventanas del barrio se abrieron, las miradas caían sin peso sobre mi carne expuesta. A esas alturas, ya había dejado el alma en la carrera. (Eso todavía no se lo he contado a Judith; me muero de vergüenza si se entera).
Y como cerca de mi casa había un canal en construcción, decidí ocultarme allí hasta perderlos. ¿Por qué no me detuve en ese instante y les expliqué mi situación? ¿Fue más importante el pudor aquella noche? ¡Maldita sea, corrí como un delincuente!
Justo cuando ya se había retirado la patrulla, cuando debí acercarme a la puerta de mi casa o refugiarme en la de algún vecino, apareció de la nada un perro gigantesco, negro y musculoso, cuya saliva goteaba con lentitud desde la punta afilada de sus dos colmillos hasta el suelo, produciendo un ruido opaco.


III

Cuando desperté, percibí de mi inmediato el dolor en las plantas lastimadas de mis pies.
Mientras el cansancio había menguado, el hambre iba sintiéndose con la fuerza de un león que ruge en el estómago.
Había pasado la noche entre unos sucios matorrales en medio de la nada.
Sentía asco por mí mismo. Mi cuerpo estaba magullado pues el perro me alcanzó un par de veces; sin embargo, me había liberado con unas rocas que estrellé contra su cráneo. Sí, así había peleado contra la bestia. Mis manos estaban cubiertas por la sangre de aquel monstruo sabueso.
Cuando reaccioné, como si no hubiera tenido mucho hace unas horas, escuché que se acercaban otros militares. Fui rehén una vez más del pánico absurdo y me escondí lo más que pude. (Claro, ya recordé: seguía en bóxer. ¡Qué vergüenza!) Y cuando toqué la oscuridad del miedo, de ese horror que me hizo verme encerrado en una carceleta por desacato de la orden, escuché una risa conocida; una luz al final del túnel me mostraba el rostro de alguien familiar, quien gustaba mucho de hacernos reír cuando todo era normal en nuestras vidas. Allí estaba —rezagado— mi amigo Jeremías, improvisando el sonido de una trompeta con su boca; los demás hombres entonaban cánticos de guerra para darse ánimo en el patrullaje.
Como pude, me agencié de una pequeña piedra que fue a dar justo en la espalda de mi compañero. Este miró a diferentes direcciones y me encontró levantando las manos, haciendo aspavientos para llamar su atención, náufrago perdido en la miseria de la cuarentena y que urge de la ayuda de un amigo.


IV


—¿Y tú qué haces vestido de militar? —le pregunté a mi salvador.
—¡Hermanito lindo, menos mal te he visto! Te juro que no iba a voltear porque a veces a los militares nos molestan así.
—¡Tú no eres militar! ¿Qué hacías con ellos?
—Mira, no me vas a culpar. Te juro que estaba aburridísimo en casa. Ya he pasado los niveles de todos los juegos que tengo en casa y quise salir a tomar aire. Me puse un ratito nomás ese uniforme de militar del que te hablé y al toque nomás, ahí nomás, cholo, que me cogen y me dicen que me alinee. Cuando veo, un huevo de militares caminaba en las calles. Ya, pues, no iba a decir: «No soy militar, nos vemos, voy a mi casa». Y aquí estoy. Ahorita me he escapado de ellos por atenderte, pero ya quería zafar hace rato.
—Amiguito, necesito ir a mi casa —le dije mientras me secaba el cabello con un polo suyo. Ya me había dado una ducha de suma urgencia.
—La verdad que parecías un loco, hermano. Un loco, loco, loco, loco, pero de los recontralocos. Casi te doy tu propina —soltó una carcajada—. Un loco en calzoncillo tirado en la tierra. A esas heridas hay que echarle alcohol, ah. No te olvides.
—No era un calzoncillo, sino un bóxer —aclaré—.  Ya, está bien, pero llegando a casa.
—Quédate un día, hermano —me dijo entre suplicante y persuasivo.
—No, no. Jeremías; se ha quedado encerrado mi perrito. Ayúdame a llegar. Después de perder al rottweiler he caminado buscando encontrar a alguien, pero no había nadie. Y si salgo sin documentos, igual me cogen. No van a entender.
—Ya, ya, mira. Tú eres de mi talla, ah. Tengo una idea —dijo dirigiéndose a su clóset.


V


La gente nos miraba por las ventanas y aplaudía. Ya no se acercaban a darnos comestibles como en los primeros días, pues había escasez de alimentos. Esas fueron gentilezas a inicios de la cuarentena que ya no podían permitirse tres meses después de estar confinados en sus casas con pocas opciones de encontrar suministros.
Varios hospitales habían colapsado, los muertos sumaban 30 235 compatriotas y había casi 1. 2 millones de contagiados. La cifra aumentaba geométricamente cada día.
Los peruanos negligentes fueron sancionados por el Estado o ejecutados por el virus.
El tedio desmoronaba a los matrimonios y, en los siguientes días, encontraban un camino carnalmente encendido hacia una breve reconciliación.
El sexo era una especie de oasis que los desconectaba y los devolvía más tarde a esa realidad hecha de muros que se tornaban gigantescos y horas que se hacían infinitas.
Consumidos por la ira, los cibernautas celebraban cómo algunos participantes de telerrealidad y competencias —Nicola Porcella por ejemplo—, narraban a través de noticieros que les faltaba la respiración, que adolecían de fiebres fuertes y dolores de garganta.
Tongo murió. Y varios lo lloraron por redes sociales, héroe que nunca más volvería a llenar la pantalla con ese rostro lleno de carne y tejido graso; incluso Jaime Bayly, a través de su programa, expresó sus sentidas condolencias a la familia del cantante.
Asimismo, en Europa denunciaron haber recibido una vacuna con la que se les había inoculado un chip diminuto para empezar a controlarlos, mientras se corría el rumor de un segundo brote de pandemia que afectaba a personas de raza negra y niños.



Jeremías se adelantó a mí y le cerró el paso a una muchacha rubia de cabello corto y pecosa. Le pidió sus documentos y le dijo que se dé la vuelta para registrarla. Su víctima, temerosa del supuesto poder militar y con la respiración más que agitada, se apoyó en el muro y abrió las piernas. Las manos de mi compañero fueron como beduinos en aquel desierto blanco de sus muslos, pechos y rostro. Ella tenía los ojos apretados al igual que los puños, hasta que me acerqué para frenarlo, aun temiendo desbaratar nuestro secreto pacto de usurpación.
—Camarada —le dije—, nos necesitan ya para un caso de agresión familiar. Por favor, nos están esperando. La muchacha no tiene nada sospechoso.
Con los ojos inyectados de lujuria, casi convertido en un animal estrictamente copulador, hizo un esfuerzo por alejarse de su presa y seguirme, mientras se limpiaba el sudor del rostro con un pañuelo.


VI

Seguimos rumbo a casa. Jeremías se había hecho de algunos amigos militares a quienes reconocía en las calles. Le pedí que por favor me ayudara ya que, de otro modo, no hubiera podido hacer la travesía —enfundado en aquel uniforme del Ejército— a solas.
Unos minutos más tarde pasamos por Luis Gonzales. Me quedé asombrado al ver la tienda Tottus (el portón metálico estaba destrozado) en medio de un montón de bolsas de plástico donde se leía «Te da más por menos». Dentro, los cables de las conexiones eléctricas daban chicotazos de serpientes que soltaban su veneno eléctrico por doquier. La voz de una anciana nos hizo reaccionar.
—Señores, buenos días. ¡Ay, jovencitos, a ver si me ayudan pues!
—¿Qué le pasa, señora? —la interrogamos preocupados mientras yo pensaba: «Pero no puedo detenerme. Estoy a unas cuadras de mi casa».
—Hay una señorita que vive sola. Se han metido unos ladrones. Dicen que la mayoría ya se han ido pero, hay uno que se ha quedado. Yo lo he visto. No quiere meterse la gente y ya han llamado a la policía pero las líneas están congestionadas. ¡Por favor, vayan a ayudarla, jovencitos! ¡Le puede pasar algo a la muchacha, Dios mío! Me hace recordar a mi hija…
Miré a Jeremías enojado. ¿Con qué excusa íbamos a librarnos de aquel aprieto?
«No se preocupe, señora. Indíquenos dónde es para abordar el conflicto» dije, recordando una de las muchas películas de militares que vi en Netflix.
La casa era de dos pisos. Sin embargo, la muchacha vivía sola en la segunda planta. Trepé como también lo hubiera hecho por los muros de mi casa si no hubiera llegado tan pronto la policía. La mujer, desde abajo, me observaba con sus manos arrugaditas y temblorosas juntas, a una distancia prudente. En sus ojos brillaba un fuego viejo de terror y espanto.
Le pedí a Jeremías que se quedara afuera por si el ladrón salía corriendo. Me descolgué en ese momento por un ajustado tragaluz, haciendo presión con mis botas en las paredes que ya presentaban huellas de zapatos. Acaso ellos también habían usado esa entrada.
Con gran pesar, una idea relámpago estremeció mi ser: «Le pude haber dicho que iba a llamar refuerzos y ya no volvía. ¡Diablos, abuelita! ¿En qué lío me has metido?»
Así conocí a Judith, una muchacha cuyos padres habían decidido salvaguardarse unos días en su casa de campo en Reque. Ella, por pertenecer al rubro de bancos, se quedó para continuar con sus labores renunciando abnegada y oportunamente al viaje, pues luego el presidente Vizcarra prohibió la circulación para las empresas de transporte y autos particulares so pena de abrirles fuego las fuerzas del orden.  
Al entrar, noté que la víctima yacía debajo del asaltante. El arma descansaba con un brillo letal sobre la pulcritud que ostentaba la superficie de una mesa de noche.  
La habitación estaba pintada de rosa y morado. El delincuente se había bajado los pantalones y la mujer estaba amordazada. Tuve un plan.
«¡Salga con las manos arriba!» se escuchó con potencia en toda la casa. El sonido de una sirena fue poblando las calles, mientras el hombre, aún con los pantalones abajo, salió trastabillando como alma que lleva el diablo. En algún momento de la carrera tropezó con una escultura griega y aquel sueño erótico se estrelló en el piso, haciéndose añicos junto con dicha pieza de arte. Al escuchar el impacto, cual caballero medieval sin corcel ni adarga, fui en la búsqueda de esa indefensa dama que seguro yacía asustadísima aún sobre su lecho.
Entré a la habitación y ya no sé nada más.
Veinte minutos después recuperé el sentido. No recordaba muy bien por qué estaba allí pero, de pronto, se me vino a la mente un aluvión de episodios y rememoré haber conectado mi teléfono al equipo de sonido para hacer huir al secuestrador con el audio de las sirenas policiales. Me sobé los ojos desgañitándome y allí estaban los tres sentados: Jeremías, la mujer que rescaté y el violador, charlando plácidamente y evitando el contacto físico por la epidemia. Sus carcajadas resonaban dentro de aquella pieza con gran energía.
—¡Hermanito! Despertaste. Ven, sírvete un cafecito. Estamos hablando sobre ese bicho raro ese que nos cambió la vida. ¿Sabes que parece que proviene de un arma de guerra biológica que preparó China?
—¡Pero qué rayos sucede aquí! —gruñí adolorido.
—Amigo, qué tal, cómo estás —dijo el supuesto abusador ya con los pantalones arriba. Había levantado la mano para saludarme de lejos con una sonrisa más que artificial.
—Joven —dijo la mujer con una voz tímida—, le pido mil disculpas. Yo lo golpeé con el jarrón. Estaba asustada. Pero venga, siéntese aquí. —Luego alzó la voz dirigiéndose a la cocina—: ¡Abuelita!, ¿nos traes otra taza, por favor?
La anciana que nos pidió ayuda apareció muy risueña; sostenía una bandeja de acero donde equilibraba otra taza de café. Mi sorpresa llegó al colmo cuando se me acercó muy dulce a preguntarme cuántas cucharadas deseaba para mi infusión.
Jeremías se sirvió un sándwich de pollo y, cauteloso, me dijo de cerca con la boca llena:
—Parece que no había ningún peligro. Me han dicho que la señora está mal de la cabeza. Ven para que comas. Ya todo pasó. Ven, siéntate.


Me quedé en silencio durante todo el desayuno. Estaba avergonzado y adolorido pero, de a pocos, empezaba a recordar. ¿Era cierto lo que me contaban? ¿La abuelita estaba mal de la cabeza? ¿En realidad aquel hombre era su marido y no la violentaba? ¿Y esas huellas de botas en el tragaluz?
«Esto es real», reflexioné pensando en el cielo azul y los mares más limpios gracias a la cuarentena. «El ser humano fue una pesadilla y la Tierra ya está despertando».  
Decidí abrir la boca no solo para alimentarme, sino para hacer preguntas. Los interrogué por su relación, pero siempre contestaba el hombre. La mujer solo se limitaba a bajar la cabeza y asentir con gran docilidad.


Después de algunas tazas de café, pedí permiso para dirigirme al baño. Me indicaron por dónde era y, aún con la incertidumbre de las versiones, entré en dicho ambiente. El agua me había refrescado sobremanera y me sentía más lúcido. En sí, lo único que le creía a la mujer era lo del golpe del jarrón pues, cuando bajé la mirada del espejo, me encontré con lo que sería el detonante de esta aventura a domicilio: había un cepillo, un solo cepillo —más solo que un hombre en medio de una lucha feminista—, sembrado dentro de un pequeño vaso metálico. ¿Acaso la abuela, marido y mujer se cepillaban todos con el mismo utensilio de aseo?
En mi mochila de militar metí la pesada tapa del inodoro. Traté de disimular como pude mi forma de caminar, hasta que encontré a la anciana con las manos arriba (el villano la apuntaba con el revólver), mientras la muchacha y Jeremías yacían tenidos en el piso con sendas mordazas en sus bocas.
—¡Vaya, nos engañaste a todos! —dije de manera socarrona al ingresar al comedor.
—Arrodíllate, animal y me cambias ese tonito porque te enfrío ahorita —me dijo el delincuente—. ¡Al piso! ¡Al piso, hijo de puta! —gritó con menos furia que miedo.
Una seguridad inusual se apoderó de mí. Miré hacia donde estaba la muchacha y noté que su aspecto era el de un ángel secuestrado por Satán. Su cabello negro caía con gracia hasta el piso. Me observaba con sus ojos agrandados por el delineador y, puedo jurar que en un momento, a pesar de la mordaza, sus labios ligeramente carnosos me sonrieron con ternura. ¿Será verdad que has llegado a verme, Judith?
—Está bien —le dije retirándome la mochila. El rostro de la mujer había cobrado un bellísimo rubor en sus mejillas de tez trigueña. ¡Cómo no la había visto así antes! Era guapísima.
Me quité un asa, la otra (el delincuente bajó la guardia) y en un segundo la tapa del wáter se estrelló contra el rostro del malhechor. A manera de un peligroso tigre en la sabana, me lancé sobre aquel hombre que apenas reaccionaba y le llené el rostro de puñetazos sin que él pudiera hacer nada para protegerse. Sentía cómo, por momentos, mis puños se herían errando el golpe y terminaban por impactar en el piso. El disfraz de militar, al igual que mis manos, ya se había manchado con su sangre oscura.
—¿En serio era un ladrón? —dijo asustado Jeremías—. Y yo que empecé a abrirme con él y a contarle mi vida. No puedo creerlo.

Una inquietud febril empezó a recorrer mi cuerpo con su fulgor eléctrico. La muchacha estaba muy atenta y sonreía con cada cosa que decía. ¡Maldito bicho! Ni siquiera podía acercarme. ¿No podía? ¿Y si no estaba infectada? La observé unos segundos. Su rostro era un inventario de una nariz pequeña, ojos vivaces, cejas pobladas y una sonrisa que hacía nacer en sus mejillas un rebrote de ternura que las abultaba ligeramente.
Estaba mirándola hasta que la muchacha tosió. Tosió y tosió con fuerza. Se empezó a coger la garganta y todos nos asustamos. No lo pude comprobar yo mismo porque ya no me atreví a tocarla, pero vi cómo ella misma palpó su frente y se puso pálida del miedo.
En ese instante, el ladrón aprovechó para gritar a todas voces que lo habíamos secuestrado y se arrojó contra la ventana para seguir implorando ayuda a todas voces. De un solo cabezazo, el villano rompió el cristal, consiguiendo una herida que sería su boleto de salida. Y justo cuando ya estaba por desatarse los nudos, Jeremías corrió a detenerlo y forcejearon hasta que el malhechor logró romper la mascarilla de mi amigo, acertándole un puñetazo.
—¡Este hombre abusó de mí! —se escuchó desde afuera.
Se abrieron algunas puertas en el barrio, mientras una guapa muchacha de pecas se acercaba hacia los vecinos para denunciar a Jeremías. ¡Dios bendito! Era esa misma mujer que ese tonto había manoseado en el camino.
Unos grandulones se precipitaron, cubiertos con mascarillas de diferentes calidades, a golpear la puerta; el ladrón ya se había acercado reptando hasta la ventana y había huido. Los que estábamos en aprietos éramos nosotros.
Pusimos la mesa contra la puerta y llamamos a todas voces a la policía. «¿Acaso ustedes no son del ejército?», nos preguntó la viejecita con gran disgusto: «¡¿Quiénes son ustedes, malditos?!»
Con la poca reserva de fuerzas que le quedaba, la anciana ondeaba el bastón con el propósito de reducirnos. Teníamos enemigos fuera de la casa y otra rival dentro, armada con un bastón de madera que en verdad dolía y mucho.
Y para consumar ese brote escandaloso de gritos e injurias, las sirenas volvieron a escucharse, esta vez de verdad. Ya eran más de las dos de la tarde  y la gente corrió a esconderse en sus casas. «¡Toque de queda! ¡Toque de queda! ¡Toque de queda!», se escuchaba por todas partes.
Pero alguien no entró. Con el bastón apoyado en la pista, estaba la anciana mientras la gente la esquivaba en su carrera buscando un refugio. «¡Policía, policía! ¡Vengan a ayudar a esta pobre mujer indefensa! ¡Estos cachacos me quieren violar! ¡Me quieren violar!». Si yo mostraba mis moretones y rasguños, tal vez los hubiera convencido de que el verdadero terror era ella.
La gente en sus ventanas sacó sus ollas y pidieron justicia contra Jeremías. Detrás de mí, la muchacha guapa, Judith, tenía los ojos blancos y estaba a punto de desmayarse. Corrí hacia ella y logré llegar a tiempo para sujetarla. Todo se desmoronaba a mi alrededor. No sé por qué, pero la anciana terminó derribando con su bastón a cuatro policías, llegaron más y la enmarrrocaron a ella, a Jeremías. Repito: en ese instante todo se iba al diablo y yo, yo solo estudiaba los labios gruesos de Judith, sentía su respiración agitada, su aliento caliente que emanaba de su boca y sabía a menta fresca. ¡Oh, Judith! Tus labios, tu mentón, tus ojos cerrados, tus brazos, tu cuerpo, tus pestañas larguísimas, la cicatriz en medio de tu frente, ese lunar clavado justo en el pómulo… tu… tu… tu… ¿Tos?



Mi musa había disparado directamente a mi boca.  Apenas recuerdo unos brazos fuertes sujetándome de las axilas, unos golpes en la cabeza, mi cuerpo cayendo sobre la alfombra de esa niña que ya caía bajo el poderoso puño del coronavirus.  


VII

El hombre que tiene el sobre pequeño dice que ya tiene los resultados. Los demás, envueltos en sus trajes absurdos de color naranja, con esa especie de campana morada encima, o alas de murciélago cerradas, lo miran como si fuera alguien que conoce mucho. Lo sé no por sus gestos invisibles, sino por la forma en cómo le abren paso cuando se dirige hasta donde estoy.
—¿Esperabas recibir noticias positivas este año? —me pregunta el pequeño desde esa casi armadura que tiene encima cubriéndolo en absoluto.
Se nota que está bromeando. Me pongo en pie aún con la cabeza adolorida, no intento acercarme, le sonrío y levanto los hombros. Él me entrega el sobre, hace un ademán y me abren la puerta.
¡Brinco de alegría! Aprieto esa carta aún cerrada contra mi pecho y salgo emocionado. Afuera, Judith me sonríe debajo de su mascarilla. ¿Ya está curada? ¿Cuántos días han pasado? Estuve mucho tiempo sin televisor ni radio. ¿Cuántas personas han muerto?
Un cielo rabiosamente azul y pulcro casi me sonríe. Los arcoíris se proyectan por doquier en medio de un ambiente casi nirvánico. Cerca de la playa, miro a muchos delfines acercarse peligrosamente a las orillas. Las garzas vuelan por doquier. Unos pequeños montículos de arena se mueven: son cangrejos. ¡Me encantan los cangrejos!
Y cuando desvío los ojos de esa hermosa postal, me pregunto: ¿dónde están todo el mundo?
Las hojas de los árboles ondulan con el viento amable que las arrastra en su viaje iniciático. Las pistas están pulcras y recién pintadas. Veo, además, que han construido edificios altísimos. Pero están vacíos. Sigo sin encontrar personas. ¿Por qué hay carteles con gráficos chinos?
Detrás de mí veo a otros hombres vestidos con sus trajes naranjas y sus campanas moradas. No son peruanos, me dice Judith. Los veo retirarse las máscaras y encuentro esos ojos orientales e inexpresivos, solo un par de líneas, un par de rayas sobre una piel amarilla.



Un taxi con letras chinas se acerca. Es otro oriental. Judith coloca su muñeca en una especie de máquina que detecta el microchip que le han inyectado en la muñeca. Los caracteres chinos aparecen en una especie de holograma y ella señala un punto de la ciudad.
Una rarísima turbina arranca y siento que estamos flotando. Ingresamos en la ciudad de Pimentel y todo, absolutamente todo está trastocado. Por doquier se observan letreros de neón con publicidad. Las mascarillas han evolucionado a objetos de moda, artículos que en cierta medida son el reflejo de la alcurnia de los chinos. Sí, ya no veo casi ningún peruano en Pimentel.
—Quiero que me escuches, por favor, con atención. Esto es lo que ha sucedido —me dice Judith sin quitar la mirada del cristal. Un rebrote de luces atornasoladas cae sobre su vestido y le empapan el rostro de colores.
—¿Qué pasa, Judith? —pregunto asustado.
—Es que no te imaginas. China se ha apoderado de varias naciones, querido, incluyendo a Perú. La humanidad no pudo controlar el virus y han caído varios estados. Los chinos cerraron sus fronteras esperando a que todos muramos. Y ahora supuestamente nos están ayudando. Estamos yendo al aeropuerto porque hace unos meses decretaron que los pocos peruanos que quedamos abandonemos el Perú, querido. Los chinos se están apoderando de nuestros recursos. Estamos viajando a una isla en medio del Atlántico. Allí estamos viviendo todos. Allí estamos. Lo siento.
Una lágrima cae sobre su vestido rosa. El conductor hace una pausa, busca algo dentro de una mochila y aparece un rociador con el que desinfecta el vestido de Judith. Luego se me ocurre revisar el sobre.
—¡¡¡Positivo!!! Tengo el virus, maldita sea, voy a morir, voy a morir.
Judith tose. Me mira por última vez y me dice casi sin fuerzas:
—Todos los que vamos a la isla estamos contagiados. Vamos a la isla a esperar que nuestro cuerpo desarrolle un antídoto para que ellos puedan, con nuestra sangre, producir una vacuna. Y para colmo, querido, los peruanos hemos sido unos irresponsables. ¿Te imaginas? Mientras tú has estado internado, la gente ha hecho lo que ha querido. ¡Lo que ha querido! No ha respetado nada. El ejército, la policía y los médicos se han estado contagiando y muriendo por culpa de esos irresponsables. Ahora casi ya no hay gente que vea por nosotros. Con ese pretexto China ha llegado con su ejército a «apoyarnos». Pero ya ves, se están quedando con todo.
Con gran impotencia aprieto los puños y me lanzo sobre Judith para abrazarla. Ambos estamos nerviosos, asustados, con la inminencia de la muerte casi susurrando muy despacio en nuestros oídos: «¡Ustedes son los siguientes!»
«Necesitamos uno más» pienso con malicia. «¡Al infierno nos vamos de a tres!», digo sin que me entienda el conductor. Ahora me tiro sobre él, forcejeamos hasta que consigo arrancarle la máscara y dejo caer un salivazo potente en sus ojos y en su boca.
El chino estaciona el auto y se baja corriendo sin saber qué hacer. Cuando miro a Judith, noto que he logrado hacerla reír. Sabiendo ya nuestro destino, con gran delicadeza retiro de sus orejas los elásticos de la mascarilla. Por fin beso sus labios que tiemblan de placer.
A lo lejos, la sirena de una patrulla extranjera resuena, mientras ambos exploramos nuestros cuerpos infectados de ternura y fuego.


FIN





1:46 p.m. viernes 27 de marzo de 2020