martes, 30 de agosto de 2022

OPINIÓN| Un mes sin Diego | Por: Ernesto Facho R.



Allá en los años noventa, cuando éramos pequeños, solíamos sentarnos frente al televisor para entretenernos. Mi madre tomaba el control de ese aparato en el que la familia se regocijaba para comentar lo que veían, muy al contrario de las malas costumbres de hoy: Los celulares, entre otras cosas, han aparecido para fabricar zombis como islas, quienes no tienen reparo en sacar ese aparato y colocarlo a manera de un muro en el almuerzo.

En esos años maravillosos, una y otra vez aparecía una figura. Era la misma en Cosas del amor, en María Emilia muriendo de amor, en Amantes de la luna llena, así como en tantas otras producciones. En efecto, tuve una niñez bastante telenovelera. Era lo que había en el menú, a pesar de que muchas veces contábamos con el servicio de cable.

Naturalmente, el personaje aludido en estas líneas es Diego Bertie.

De él aprendimos muchos a enamorarnos, a mirar a la mujer, a —en cierta forma— luchar por lo que queremos (a través de la ficción) y a pretender el manto de un galán frente al sexo femenino. En este momento, no tengo ningún otro actor nacional que se me venga a la cabeza. Los demás han sido mexicanos o brasileños. Pero en Perú estaba Diego.

Uno memorizaba las canciones de las novelas que protagonizaba o en las que actuaba. Yo era niño, pero me llamaba mucho la atención ser algún día como él. No por su apariencia, sino por sus ademanes que no eran toscos ni burdos, sino más bien de una inefable delicadeza viril.

"De él aprendimos muchos a enamorarnos, a mirar a la mujer, a —en cierta forma— luchar por lo que queremos (a través de la ficción) y a pretender el manto de un galán frente al sexo femenino".


Había en él una especie de aureola, cuya luz alcanzaba a tocar tanto a varones como a mujeres. Todo ello, suponemos, era el reflejo de ese buen corazón que inspiraba a los demás a quererlo como antes y extrañarlo como ahora.

En aquel entonces, época de oro de las telenovelas peruanas, hubiera sido muy perjudicial para él exponer su homosexualidad. Sin embargo, como quien arrastra a una víctima hacia el barranco para caer los dos y perecer en los abismos, de esa misma forma Jaime Bayly delató a Diego a través de un artículo donde aludía a la sexualidad de ambos.

Pero el valor de un ser humano siempre va más allá de lo que haga en su intimidad. Y, en cuestión de arte, es más importante lo que hace el artista que el artista mismo, como había sugerido Oscar Wilde, otro homosexual confeso, dicho sea de paso. Al contrario de las minorías con disforia de género que intentan hacerse un lugar a través de escándalos, él siempre se mantuvo perfil bajo en ese aspecto. Es decir, no necesitó ventilar su privacidad para conseguir nada ni tampoco se le vio mostrarse como un personaje oprimido por ningún sistema. Él solo se valió de su talento, de su indiscutible carisma y de su ángel, aspectos que sí son determinantes en la persona que se encarga de transmitir emociones a la audiencia.

"Revelar el arte y ocultar al artista es la finalidad del arte"- Oscar Wilde 

Entonces, ¿era de esperarse este final trágico y horrible para los últimos días de este luminoso artista? Tal vez no. Pero, si hay algo que tiene asegurado una persona de su condición, es ese sufrimiento que asfixia y encarcela a quienes tienen una orientación sexual fuera de lo convencional.

En el momento en que un periódico anunció la trágica noticia en redes, recordé las tristísimas cifras que sufren estas personas. Me refiero a que es sabido que los homosexuales tienen un índice de suicidios superior en catorce veces respecto a un heterosexual, que son personas con muchas parejas sexuales y que muchas veces atraviesan graves episodios de depresión y angustia. Y en nada tiene que ver el pensamiento arcaico de terceros o el hecho de que las leyes no consienten los caprichos de algunos de sus abanderados, sino que simple y sencillamente ir contra la naturaleza ocasiona ciertos estragos a nivel psicológico.  

Insisto: la cifra de suicidios entre homosexuales no es una apreciación personal, son datos contundentes. Ellos viven un promedio de 20 años menos que el resto. Incluso allí podríamos agregar que, siendo apenas el 2% de la población, representan la asombrosa cifra del 69% de casos de VIH según el portal Hivinfo.

Llegando a este punto, estoy convencido de que la compañía pudo haberlo salvado. Tratar su depresión, aliviar los malestares de su espíritu con una mano amiga o la de un familiar lo hubiera rescatado de las garras de la muerte. Pero, en fin, Diego ya no está.

Ha caído exactamente hace un mes desde el piso catorce arrojándose él mismo, porque con la yema de sus dedos tocó los márgenes de la desesperación y el horror, del hastío y la sombra. «Y con dragones habrá que luchar» reza uno de los versos de su más icónico tema. La pregunta se cae de madura: ¿Cabe aquí desear que otros jóvenes, con tanta luz y tanto ángel como Diego, sean estimulados, arrastrados hacia la sombra, inculcando valores invertidos, incentivándolos a que confundan su sexualidad al reforzar los mensajes del lobby LGBT? ¿Por qué tendríamos que alentar a que más jóvenes se animen a llevar un estilo de vida tan infeliz y solitario?

Diego ha muerto, pero no murió por mano ajena. Lo mató ese vacío y desesperación que experimentan aquellos hombres que contemplan su mundo como si Dios se los hubiera hecho al revés. En ese contexto, Diego encontró la soledad, la confusión, la desolación de sentirse una isla o un barco a la deriva con la opción del vacío en frente.

Se ha cerrado el telón para Diego definitivamente y, en vez de sucesores, han quedado arlequines que distraen a las masas con pésimos guiones. «¡Qué difícil es amar!» cantaba Diego en vida. Pero actuar también debe ser difícil. Y bastante.

¿Volverá a brillar otro actor con esa misma luz en alguna otra producción nacional?

El panorama es infinitamente desolador, lo mismo que la partida de este gran artista.

 

"Se ha cerrado el telón para Diego definitivamente y, en vez de sucesores, han quedado arlequines que distraen a las masas con pésimos guiones".


 

Chiclayo, 5 de setiembre de 2022

 

martes, 17 de mayo de 2022

LÍBIDO, UN TORBELLINO DE ROCK EN MONSEFÚ

 Por: Ernesto Facho Rojas


 Tengo sed.

Te necesito para beber tu sangre

y convertirme en parte de ti.

Y ser algo o parte al menos,

porque no soy nada.

No soy nada escribiendo lo vivido.

Sed, Libido

Una selfie con el legendario vocalista de Libido: Salim Vera


Yasanny me había propuesto ir a ver a Libido con unos amigos del colegio CIMA. Acepté de inmediato. Aunque sé que es una de las mejores bandas nacionales, asistí sin esperar mucho. Pensé que podría oírlos a varios metros de distancia, relegado a las últimas filas desde donde a veces se escucha solo un hilo de voz junto al sordo rebote de la música. Sin embargo, este último domingo 15 de mayo me llevé una muy grata sorpresa.

Después de almorzar en casa de mi novia, abordamos un taxi junto a dos profesores más. Juguetón, el maestro Alain Ñiquen comunicaba por teléfono que habían cancelado el evento, pues el concierto no contaba con los permisos. Mi espíritu rockero, adormecido por la ventisca helada de esa noche, había exhalado un suspiro de alivio. De todos modos, fuimos hasta Villa Romero´s en Monsefú y allí esperamos a quienes iban a alcanzarnos las entradas.  

Como teloneros, encontramos a la banda Cix Pack. Ellos interpretaron algunos temas de los ochenta, alternando con temas en inglés; la gente estaba adormecida. Parecía que el geniecillo del rock estaba ausente, ahorrando energías para coincidir con la siguiente banda, la más esperada de la noche: Libido.

Cuando Cix Pack se cansó de despedirse con más temas noventeros, se hizo una pausa. El letargo se acentuó aun más y las personas seguimos el rastro de la humeante carne que salía de las estufas al aire libre. Aunque los anticuchos no eran para mí, me procuré una deliciosa porción de papitas y yucas con ají. De pronto, la temperatura empezó a acomodarse, algo estaba encendiéndose en silencio, mientras el susurro de las personas tejía una especie de manto azul bajo la noche, mientras llegaban más personas y el auditorio parecía que iba a llenarse.

No sucedió. En la parte de atrás, había una piscina; cerca de la piscina, la puerta trasera. A mi izquierda, vestido de traje oscuro y con unas zapatillas blancas, apareció Salim Omar Vera Villar, alguien a quien había visto —por primera vez— gracias a la magia de un pequeño televisor de perilla. Sí, allí estaba el famoso vocalista de Libido. Caminaba ligeramente apresurado y nos daba la espalda, mientras avanzaba hacia los baños.

La imagen que tenía de Salim era equivocada. Los medios de los noventa le habían construido una fama de pedante. Por ello, me acerqué tentando el territorio, mirando con desconfianza a los gorilas que hacían las veces de seguridad con sus chalecos anaranjados, signo inequívoco de su vasallaje. Sin embargo, al llegar a él casi con el consentimiento tácito de sus ciclópeos guardianes, le pedí una foto y, con un gesto muy amable y complaciente, me dijo: «Ya, bacán».

Volvimos emocionados al grupo de los docentes. «Ya justificaste tu entrada» le habían comentado a Yasanny y sí, ya estaban justificados el frío, la espera, el cansancio, incluso la pesadez del día siguiente en la jornada de las clases matutinas. Allí estaba Libido, con Salim de perfil, subiendo al escenario por la delgada escalinata.

Y se hizo el rock en Monsefú, aproximadamente a las diez de la noche.

La diferencia con la banda anterior tenía las dimensiones de un abismo. Cuando lo vi hacer rugir al público de alegría, estremecerlo, sacudirlo con sus temas clásicos, entendí lo que significaba llenar un escenario. Libido no solo es una banda de rock, sino que su vocalista es un performer estupendo que, a diferencia de los teloneros, casi no se detenía a hablar para tomar aire entre canción y canción. Era una máquina de rockear, de expulsar música, de convertir el aire de sus pulmones en armas que alimentaban la nostalgia de los noventa, allí donde casi ya no quedaba ni el recuerdo del frío que nos había castigado minutos antes. ¡Salve, Libido!

En el Villa Romero's, Libido, una banda que derrotó en los MTV Latinos a grupos como Los prisioneros, Javiera y los imposibles y La Ley

Luego escuchamos al vocalista decir frases como: «El reggaetón no es música», «Mi sueño es cantar con Bad Bunny», «Quiero que Bud Bunny me enseñe a cantar» y, la más triste de todas: «A veces la vida es injusta». Ciertamente, Libido es una banda que sigue vigente, pero ha perdido mucha presencia en los medios. De las tocadas frente a veinticinco mil personas y los conciertos en EEUU y sus giras por Chile, Argentina, Colombia y Venezuela, ¿queda algo? Fue un honor tenerlo más de una vez a unos centímetros, confundido entre el público, dejando la estela invisible de aquel suave perfume que llevaba en sus manos sin tatuajes, cantándole de cerca a alguna que otra fan, pero… ¿qué tanto perjudicaron a Libido los otros géneros vigentes? Pareciera que mucho, pues la ironía de Salim para con la música urbana seguía llegándonos con la venenosa brisa del resentimiento.

Al final, después de haber saltado del escenario más de una vez, después de haberse lanzado al piso y de haber dejado toda su energía en ese momento que nos quedará grabado por mucho, mucho tiempo, lo vimos despedirse. A la distancia, el caballero, el adalid de los noventa, ese mismo que derrotó en los MTV Latinos a grupos como Javiera y los imposibles, La Ley y Los prisioneros al llevarse con su banda el premio a Mejor artista suroeste, se alejó del escenario. Como una sombra, lo cubrieron otros rostros a los que él se volvió y en los que lo vi cobijarse por momentos. Era, tal vez, el último consuelo de ese gran artista que hizo detonar su música frente a unos fans que no dejaban de aplaudirlo ni de posar junto a él.

La señora del quiosco, apurada, cerró su puesto y corrió en dirección a Salim; ella también consiguió una foto con él. En ese instante, nos retiramos del lugar. Habíamos vivido una noche memorable.

Y entonces pensé que sería una buena idea escribir una crónica sobre aquella explosión de rock que tuvo lugar en Monsefú, aquel domingo en que nos vimos arrastrados por ese torbellino llamado Libido. 




Chiclayo, 17 de mayo de 2022

domingo, 1 de mayo de 2022

"Romance dormido" o las siete las musas de la cuarentena

Por: Ernesto Facho Rojas

 

«Fue hace ya muchos, muchos años, en un reino junto al mar, habitaba una doncella a quien tal vez conozcan por el nombre de Annabel Lee; y esta dama vivía sin otro deseo que el de amarme, y de ser amada por mí.»

Edgar Allan Poe


Portada del libro "Romance dormido"


I.- INFLUENCIA DEL ROMANTICISMO

El origen del romanticismo puede ubicarse a finales del siglo XVIII e incios del siglo XIX. Se desarrolla en Europa junto a los ideales de igualdad, fraternidad y libertad inspirados por la Revolución Francesa (1789).

Uno de los primeros en sintonizar con esta energía en Francia es Víctor Hugo, fue quien escribe el prefacio a Cromwell en 1827, obra que se tomó como manifiesto de este movimiento, el cual llegó también a Estados Unidos. En España duró de 1830 a 1840.

Aquí en Perú tenemos como representantes a Carlos Augusto Salaverry, quien publicó en 1869 Diamantes y perlas y en 1890 Cartas a un ángel, su obra más famosa. En cuanto al romanticismo social, contamos a nivel nacional con el Bibliotecario mendigo, don Ricardo Palma Soriano, autor de las famosas Tradiciones peruanas.

Dentro de los temas que incluye este movimiento literario, podemos mencionar:

Ø    Hay un héroe

Ø    Existe melancolía

Ø    Desencanto

Ø    Naturaleza silvestre y hostil

Ø    Hay un afán por la libertad

Ø    Se aprecia el amor y se es consciente de la muerte

Ø    El poeta es creador de su propio universo

Ø    La obra imperfecta e inacabada es mejor que la concluida

En esta ocasión, vamos a tratar de poner énfasis en la herencia romántica que tiene el libro Romance dormido de Jesús Enrique Peralta, a quien felicito por el esfuerzo y ese afán quijotesco de aportar con un libro más, el suyo, a este mundo que se derrumba entre la frivolidad y la estupidez.

Romance dormido es un poemario de rimas tiernas, sentimentales, el cual por momentos se torna en un anecdotario muy íntimo, el cual comparte con sus lectores. Al entrar en las páginas de esta, su ópera prima, nos vamos enterando de algunos supuestos sucesos en la vida del autor, así como de su manera de reaccionar ante los mismos partiendo de su visión particular del mundo.

Primero diremos que el yo poético que habla en este libro es un devoto del Señor de los Milagros. En varias de sus composiciones lo menciona y lo coloca como artífice de una unión entre él y su amada. Es así que el autor, en medio de su desdicha, siente el apoyo de la mano divina sobre sus hombros, en premio a identificarse como el poeta cargador. Jesús escribe frases como: «El Señor me puso a tu lado», «Le agradezco al Señor/ por mandar de su viña…» (refiriéndose a que la amada fue en viada por Dios), «Y el Señor nos llamó para recibir su fiesta».

En otras palabras: Dios, que es amor, hace posible el amor, o por lo menos crea las condiciones para este encuentro.

 

Flyer de la presentación principal de "Romance dormido"

II.            ¿LA MUSA O LAS MUSAS DE JESÚS?

 

Respecto al ser amado, suele ser alguien que tiene una naturaleza divina, la cual se desprende de la intención también divina de unir al poeta con esa persona, con la musa. ¿O acaso podría Dios confabular en contra de Jesús Peralta o su corazón? La respuesta es no.

Pero no hay solo una musa. Existen, por lo menos, cuatro en este libro. Revisemos.

1. LA MUSA DIVINA: Es aquella que ha llegado gracias a la intervención divina, la que le dio encuentro al poeta de la mano de Dios o con la ayuda del Señor de los milagros. Es un ser al que se le atribuye en cuatro oportunidades (que no es poco) literalmente una «belleza infinita». Peralta escribe: «Al contemplar tu divina hermosura», «Ángel bello del señor», «Eres una luz brillante», «Tu hermosura es infinita», etc.

2.  LA MUSA CADETE: La segunda musa es una mujer supuestamente enrolada al ejército, con la que tiene una cita en un encuentro cultural. Ella no está con él, es un ser ausente en las páginas del poeta que la evoca y tiene un poema especial para ella en la página 93, aunque se le menciona otras veces más.

Aquí, el modelo de la musa se desvía de los ideales románticos, ya que podemos deducir que no se trata de un ser frágil, como el que usan de inspiración los grandes maestros del romanticismo universal.

3.  LA MUSA TRAIDORA: En unos versos agrios, oscuros y dolientes, Peralta escribe: «Disfruta todo con él/ sé feliz desde ahora». En el libro no se explica cuál es la falta, pero sí se dice que el yo poético decide despedirse de esa mala experiencia haciendo una catarsis en un último poema dedicado hacia ella.

4. LA MUSA FALLECIDA: También encontramos dentro del catálogo a una musa que ha fallecido en un accidente de tránsito, por quien el poeta sufre una inmensa tristeza y desolación.

5.     LA MUSA ARDIENTE: Si bien es cierto se empezó diciendo que este libro es un texto lleno de ternura, inocencia, de un amor romántico, idealista en exceso, hay un punto de inflexión en el libro que es como un dardo que rompe el cristal de la inocencia. Me refiero al poema: Intenso y delicioso. Aquí el autor anota: «Sin aliento y acostados/ el pasado olvidamos, / al sentir tus latidos, / y escuchar tus gemidos».

6.  LA MUSA DALINA: En el poemario se menciona indirectamente a Mónica Santa María en la composición Soñar estar en tu nube.

7.  LA MUSA REPORTERA: El poema Ejemplo de periodista es una oda para Fátima Saldonid.

Sin embargo, a pesar de las seis musas que hemos identificado en este libro, el autor alza su mano de poeta y escribe en la página cuarenta: 

 

Como honesto poeta,

infiel nunca te seré,

ninguna otra me inspira,

solo a ti te veré.

 

III.   EL AMOR EN TIEMPOS DEL CORONAVIRUS

Por un lado, tenemos a las divinidades: Dios, el Señor de los Milagros, la Musa divina que alienta al poeta con sus consejos (obviamente nos referimos a una de las cinco musas) y, por el otro, para dar un equilibrio a la vida del artista, están las malas experiencias con la gente envidiosa de su amor, de sus letras; la Musa traidora a la que le dice adiós y, ¡cómo no!, el coronavirus.

Al virus se le menciona en las páginas 27, 49, 57en los poemas Dueña de mi poesía donde escribe «Sé que la cuarentena/ impide que nos veamos» y en el poema Ser paciente para amar agrega también: «Sé que esta cuarentena/ impide que nos veamos». También dice en Fortaleza para inspirar: «Durante el tiempo de cuarentena/ quería abrazarte y me cuide».

 

Jesús Peralta, el autor, compartiendo su obra con amigos

IV.       ESTILO:

 

El libro es un conjunto de rimas o canciones de corte popular. El silencio de las metáforas, la complacencia de la rima, las alusiones anecdóticas alejan a dichas composiciones de un trabajo con pretensiones en cuanto a la renovación del lenguaje, la exploración de las metáforas, la experimentación de los sonidos o la profundidad filosófica.

En este caso, Jesús Enrique Peralta Rojas saluda a sus antecesores románticos desde lejos, les alza la mano y los despide, puesto que sus escritos no van por ese camino, sino que apelan a la confesión vestida de un lenguaje muy sencillo y, a veces, coloquial

Tomás Montehermoso, docente y escritor que musicalizó uno de los poemas del libro, junto al autor

V.          CONCLUSIÓN

Siendo este el primer libro de Jesús y considerando su corta edad, sabemos que en una próxima entrega fortalecerá todos estos atributos antes mencionados. Mientras tanto, nos queda la música íntima de sus rimas que se desplazan desde su corazón hasta las páginas que sus lectores, esta tarde, tomarán entre sus manos para llevarse este interesante testimonio de vida, devoción y desengaños amorosos.

Todo romance dormido está predestinado a despertar. 

Después de presentar "Romance dormido" en Túcume, junto al autor, Jesús Peralta

 

 

 

Chiclayo, 5 de marzo de 2022

10: 52 a.m.

domingo, 14 de noviembre de 2021

BURROS Y CORRUPTOS | Por: Ernesto Facho Rojas

 

A propósito del examen de nombramiento filtrado 


Como tengo la costumbre de madrugar, esa mañana llegué a las siete a la Universidad de Chiclayo. Iba a dar el examen de maestros.

Había encontrado una larga cola de docentes, la cual se curvaba como una serpiente silenciosa que avanzaba hacia la puerta. Nos pidieron el DNI y, cuando entré al salón, me dijeron que faltaban dos horas más para que empezara la prueba, así que acomodé mis brazos sobre el tablero y me acosté mientras pasaba el tiempo. Por un momento, parecía que parte de la evaluación consistía en saber quiénes tenían más paciencia y resistencia para esperar hasta las nueve el cuadernillo de preguntas.

Hasta que un evento producto de la coincidencia interrumpió aquella duermevela. Había escuchado una voz familiar identificándose frente a la señorita que le pedía su nombre y que pusiera el dedo sobre el papel para dejar su huella. Era Manuel Martínez, el Coordi de Comunicación, un compañero de trabajo. Cuando alcé la mirada me encontré con la suya y, de no haber sido por él, esas dos horas no habrían parecido diez minutos, sino dos vidas esperando el examen. 

Alrededor de la nueve, los responsables de la evaluación empezaron a cruzar miradas cómplices. Luego apareció, frente a nosotros, la mujer leyendo unas indicaciones y empezamos.

Tomé el lápiz que estuvo esperándome quieto sobre el tablero de la carpeta y subrayé los textos para aprovechar mejor la lectura. Había ido con la agresividad de quien se prepara para los combates más duros, para los enemigos más fuertes. Y cuando me aproximé a las preguntas, cuando noté que esos textos largos desembocaban en cuestiones como: «¿Qué pregunta haría usted si quisiera que el estudiante haga una deducción implícita?», noté que se trataba de un examen muy elemental, tal vez el más sencillo que hube dado en mi vida.

Estaba embravecido. Respondía las preguntas con la vehemencia de un loco que va cortando cabezas en medio de una guerra y con sed de sangre, hasta que llegaron las once de la mañana. A esa hora, empecé a sentir mareos. ¿La razón? Había desayunado a las seis y el hambre se estaba apoderando de mí, buscando agotar un poco más de mis reservas. Miré el reloj y me faltaban dos horas. Iba a la mitad del examen. ¿Lo lograría?

Sí, ya había dicho que las preguntas estuvieron sencillas, pero eran noventa y los textos —por más preguntas tontas que hubiera al final— había que leerlos en su totalidad. Así, ya me estaba acercando a la meta, pisando fuerte, tomando aire, sintiendo que en realidad aquel examen era una prueba de resistencia, puesto que hube de estar sentado casi seis horas y media.

Todo eso pasé. Todo eso también algunos otros maestros, donde podemos mencionar también a los que pagaron cursos, los que llegaron sin desayunar, los que —tal vez— tenían fe en ese nombramiento que significaba una luz al final del túnel en medio de esta pandemia dolorosa, donde todo es incertidumbre y amenaza, esperanza o muerte.


Al llegar a casa, después de haber almorzado solo en un restaurante que me gusta del centro de Chiclayo (no les voy a decir que es el Café España porque no hago publicidad gratis), me puse a descansar y llegó un mensaje a mi celular. Era parte del examen, con las preguntas resueltas con un resaltador. Me lo había enviado una muy buena amiga mía, de quien no desconfío, pero igual evitaré mencionar en este escrito y, después, en las redes sociales la denuncia, la queja, el señalamiento. Lamentablemente se había filtrado el examen. En ese momento, me dejé caer sobre la cama y sentí una profunda decepción.

No basta con que la docencia sea una de las profesiones más maltratadas y con menos prestigio social, sino que, además, es necesario seguir vejando a los buenos maestros que se prepararon, que estudiaron, que consiguieron a duras penas soportar todas esas horas en el examen y salieron airosos. No, no basta. También hay que quitarles el trabajo, la oportunidad de mejorar sus ingresos, de escapar de colegios donde, posiblemente, estén trabajando dos turnos por el precio de uno o donde estén obligados, en ocasiones, a asistir domingos.

Mientras el Perú no se sacuda de este tipo de mafias que dañan terriblemente el ejercicio de la docencia, esta noble carrera, este país seguirá siendo un lugar donde surjan los traidores. Y ya no parecerá necesario estudiar, hacerse maestro, intentar enseñar cualquier materia, porque el atajo de las trampas no tiene sanción ni castigo.

Ser maestro, en verdad, es una lucha a contracorriente, a costa de todo, donde lamentablemente uno termina mirándose al espejo y preguntándose si es necesario hacerse el héroe y seguir en la brega o es mejor marcharse y ser más práctico, acomodarse a un negocio, prestar otro servicio, buscar otro tipo de empleo donde no necesariamente se obtengan aplausos, sino una vida digna hecha en proporción a nuestro esfuerzo.

Lamento, con todo mi corazón, que este rencor mío y el de todos los docentes que han llegado hasta esta parte de la lectura, se estanque en la última línea de este escrito. 


jueves, 4 de febrero de 2021

Domiciano Mercedes, el maestro que nos quiso ver volar


Por: Ernesto Facho Rojas

 

Los maestros del Karl Weiss, muchas veces, llegaban resignados.

Aparecían balanceando sus maletines, mientras atravesaban un estrecho pasadizo sembrado de muchachos con las camisas por fuera, quienes también tocaban palmas como unos monos brutos y soltaban horribles carcajadas de villanos. Ya en el salón, había que decirles que se acomodaran, que tomaran asiento, que sacaran el cuaderno. Y apenas abrían la boca, podía sentirse, en las palabras de esa gran mayoría de profesores, aquel desgano clásico y natural por estar allí, frente a un montón de adolescentes que no hacían más que, también en la gran mayoría de los casos, tomar notas en sus cuadernos sucios o decir una broma vulgar.

En medio de ese conocido pandemonio, aparecía mi profesor Domiciano. Siempre me llamó la atención lo fijo que se quedaba su cabello —una suerte de hebras blanquinegras—, cuando dictaba clases. A veces, cuando se enfurecía y se ponía rojo, tan solo permitía que un mechón gris cayera por su frente y nada más.

Pero lo que más sorprendía de su persona, de su calidad docente, era esa marcada diferencia cuando trataba de entrar en nuestros corazones con un sermón limpio y sincero, ese que quiere ser una especie de anzuelo que capture para siempre la consciencia de los estudiantes.

Era, junto con otra minoría, de aquellos que hacía todo lo posible por clavar inteligentemente el colmillo en el duro cuero de la ignorancia. Su desesperación, su agitación, su verbo encendido trataba de convencernos, de estremecernos y encender en nosotros esa voz que grita: «¡Despierta, joven!»

Cómo no recordar esas sesiones extraordinarias en un salón aparte, fuera de la institución, con precios realmente absurdos para todo lo que recibíamos. Se me viene a la mente esa urgencia que nos despertó cuando dijo que debíamos aprender técnicas de estudio.

Domiciano Mercedes Bejarano era, sin duda alguna, un docente cuya fe por la juventud y el porvenir ardía como una sola llama dentro de su pecho.

Ya había terminado mi carrera y, en una ocasión, lo encontré por la calle y nos saludamos. Recuerdo que con buena fe me llevó, casi de la mano, hasta una conocida academia preuniversitaria. Intercedió por mí y, gracias a él, obtuve unas horas para dictar literatura. Quien redacta no estaba desesperado por el empleo; sin embargo, en los ojos de mi maestro aún brillaba esa chispa de esperanza por la juventud, esa necesidad de ayudar.

Gracias, maestro, por su pasión; por ser luz en aquellos rincones donde abundaban las tinieblas; gracias por su vida al servicio de los que no son nada y andan ciegos; gracias por, reitero, esa desesperación por vernos surgir de entre esa masa informe y sin ánimos que fue la adolescencia; gracias por los test vocacionales, esos documentos que irremediablemente vaticinaron mi futuro prometido a la escritura; gracias por el tiempo extra en los salones pequeños donde escuchábamos los reforzamientos; gracias, además, por hacernos sentir que así, con nuestros quince o dieciséis años, éramos seres con una misión importantísima en un país que  desfallece y se destartala.

Por los sellos en las esquinas de las páginas, por los desafíos mentales, por las adivinanzas, por los regaños, por el jalón de orejas…

Por su librito de psicología (autor: Domiciano Mercedes Bejarano) con esas preguntas difíciles al final, gracias, muchas gracias.

Ahora debe marchar por otros pasadizos ciertamente menos oscuros.

Y ya no habrá oportunidad para alcanzarlo y hacerle la última pregunta sobre el tema.

¡Adiós, mi buen maestro! ¡Adiós, amigo, adiós!

 



Martes 4 de febrero de 2021

11: 12 p.m.

domingo, 20 de septiembre de 2020

El Resplandor o la cuarentena de Jack Torrance



Por: Ernesto Facho Rojas

Cualquier gran hotel tiene un fantasma. ¿Por qué?
Demonios, la gente viene y va...
Stephen King, (1977). El Resplandor

Shelley Duval, representando a Wendy Torrance en la icónica escena de "El resplandor"

En una ocasión, Stephen King se vio obligado a pasar una larga temporada encerrado en un hotel. El autor refiere que por momentos sus hijos llegaron a colmar su paciencia. Lejos de convertir dicha adversidad en un drama, como cualquier artista, decidió aprovecharla y preparar la nueva trama de su libro. Así, en 1977 es que publica una obra de culto, El Resplandor, novela que tiene su versión cinematográfica gracias al ingenio de Stanley Kubrick.
El libro narra la historia de una familia cuyo padre está buscando un empleo. Su nombre es Jack Torrance y, en ocasiones, tiene unos ataques de ira incontrolables. Es así que perdió su trabajo anterior de maestro, ya que había golpeado a uno de sus estudiantes. Al ingresar al Overlook, es recibido por uno de los empleados y obtiene el puesto de guardián del hotel, pues en época de invierno la nevada tornaba inaccesibles los caminos que llevaban a ese más que misterioso lugar. Junto a su familia debe cuidar el hotel hasta que, terminado el invierno, retornen los dueños a reabrir el negocio para recibir nuevos huéspedes.
Portada de "El resplandor" de Stephen King

Jack, acompañado solo de su esposa Wendy y su hijo Danny, empiezan una convivencia provistos de todos los alimentos y comodidades propios de ese lugar  gigantesco, lujoso y asilado por la nieve, donde en otro tiempo se hospedaron personajes como los Vanderbilt, los Rockefeller, los Astor y los Du Pont y en cuya suite presidencial se alojaron exmandatarios como Wilson, Harding, Roosevelt y Nixon.
Pero el hotel, un escenario-personaje al estilo de las historias de Edgar Allan Poe (verbigracia: La caída de la Casa Usher), esconde un macabro misterio, pues de alguna manera está maldito por una serie de asesinatos perpetrados allí en años anteriores. Esto es lo que conecta al principio con Danny (quien tiene el don de El Resplandor, o sea, es un médium) y más tarde con el mismo Jack Torrance, pero en condición de un peligroso poseso.

Danny Lloyd es quien da vida a Danny Torrance en el filme de Kubrick

Confieso que, al igual que con IT, caí en las redes oscuras de este libro gracias a la gigantesca e hipnotizante maquinaria comercial de la película Doctor Sueño, parte II de esta misma historia (aquí Danny ya está grande y maneja mejor el hecho de esplender). Sin embargo, he notado la valía del texto en cuanto a que conserva, al puro estilo de Mr. King, escenas llenas de tensión, apoyadas en historias populares. Mientras que en IT nos vende la historia de un Guasón más sanguinario, aquí en varias páginas se  cuelga de la historia de Barba Azul, un cuento infantil donde también se esconde un secreto detrás de una puerta que nadie debe abrir. Esta es la diabólica habitación 217 donde se encuentra “La señora muerta”, un ente maligno que aprovecha las condiciones de clarividente de Danny para atormentarlo y herirlo.

«—Entré —contó [Danny]—. Robé la llave maestra y entré. Era como si no pudiera contenerme. Tenía que saber. Y ella... la señora... estaba en la bañera. Estaba muerta, toda hinchada. Estaba des... desnu... no tenía puesta nada de ropa —con aire lamentable, miró a su madre—. Y empezó a levantarse y quería atacarme. Yo lo sé, porque lo sentía.»

"El resplandor" es una novela colmada de apariciones de fantasmas

Otra muestra de los demonios de aquel hotel embrujado que me parece pertinente citar son los gigantescos setos que tenían forma de animales, como parte de la decoración en la zona infantil del hotel: «Danny, con su vista de lince, alcanzaba a distinguir un conejo, un perro, un caballo, una vaca y otros tres, más grandes, que parecían leones retozando.» Y como en este lugar se respira miedo y terror puro y hasta las mangueras toman forma de serpientes, es que encontramos el siguiente fragmento que me ha parecido bastante logrado, no solo por la infartante persecución, sino por la estética con que son descritos los monstruos amenazantes:
«Cuando volvió a mirar hacia atrás, el león delantero estaba apenas a un metro y medio de él. Con una mueca. La boca abierta, las grupas tensas como la cuerda de un reloj. Por detrás de él y de los otros leones alcanzó a ver al conejo, que ahora también asomaba fuera de la nieve la cabeza, de un verde brillante, como si se hubiera despojado de su horrenda máscara inexpresiva para ver el final de la cacería.»
La novela pudo ser más intensa, más directa, más King, pero el autor de Carrie quiso darle espacio a la lenta metamorfosis de Jack, quien poco a poco, requerido por las fuerzas oscuras del hotel, va personificando la voz del Overlook a través de este señor, un escritor frustrado que en todo momento trata de terminar una obra de teatro. A diferencia de varios de sus demás libros, podemos apreciar en este asalto literario con pretensiones de profundidad psicológica (a mi parecer, innecesarias), un final satisfactorio, donde el narrador vierte toda esa energía orgásmica acumulada con la tensión y el suspense de las páginas anteriores.

Stephen King, autor de "El resplandor", denominado "El rey del terror" por sus seguidores

En otras palabras, el Rey del Terror esta vez nos deja servidos de un gran final.
En cuanto a los desaciertos, el roque (deporte que equivale al croquet) es un tema que ocupa demasiadas páginas para justificar una persecución por parte de Jack Torrance a su familia, pues, a diferencia de la versión cinematográfica no se utiliza un hacha, sino el mazo típico del deporte aludido: «El mazo volvió a bajar con mortífera, sibilante celeridad, y se le hundió en el vientre. Wendy gritó, súbitamente hundida en un océano de dolor.»
Pero Kubrick, en términos generales, le da un poco más de brillo a ese resplandor concebido por King, pues vuelve más ágil la historia y, en el camino, sacrifica al personaje de Wendy. Esta ya no tiene el mismo coraje de una amazona como en el libro, dispuesta a dar la vida por su hijo: en la película, solo encontramos a una mujer de rostro alargado que se la pasa gritando aterrada.
Y mientras me digo que prefiero mil veces el final logrado por King, me pregunto si alguien más, en estos días de confinamiento, esplende como estos personajes torturados por la locura del encierro.


Chiclayo, 23 de abril de 2020

lunes, 14 de septiembre de 2020

Cien años de Benedetti, un autor sin tregua para el amor

 

Por: Ernesto Facho Rojas

 

La caricia es un lenguaje

si tus caricias me hablan

no quisiera que se callen

Mario Benedetti

 

Estatua de Mario Benedetti en Plaza de toros

Hace cien años nació el uruguayo más ilustre de todos los tiempos. Su lenguaje sencillo, —pero incendiado por una dulce llama de ternura que seducía a la gente, al pueblo, al hombre de a pie— sigue brillando hasta nuestros días. Notamos cómo sus palabras, como si fueran monedas siempre vigentes y en curso, aparecen en las redes sociales. Pienso que no hay cibernauta que no se haya topado con alguna línea de Benedetti, ya sea en Facebook o Instagram.

Mario Orlando Hardy Hamlet Brenno Benedetti Farrugia, nombre completo de nuestro autor, fue un escritor prolífico, pues publicó más de ochenta libros con traducciones en diferentes lenguas, entre las cuales no solo contamos obras poéticas, sino también novelas y obras de teatro. En un inicio leía poemas de Baldomero Fernández Moreno en la Plaza San Martín, y así poco a poco fue naciéndole la idea de escribir versos. Y llegó tan lejos, que en este momento me siento frente a una computadora para rememorar mis pocas lecturas sobre la conmovedora pluma de este vate pues, a pesar de que destacó en varios géneros, siempre se consideró un poeta.

Su narrativa también gozó de aquella sencillez que lo llevó a conectar con la gente. Tiene, entre otros títulos, dos novelas que han captado mi atención:

Gracias por el fuego (1965)

Esta es la historia de Ramón Buñido, quien reflexiona acerca de su vida. La obra empieza con una reunión de uruguayos. Ellos conversan sobre lo decepcionados que se sienten de su país, introduciendo un matiz político que me hizo perder interés en la historia central. Uno de los personajes les comunica que todo Uruguay se ha inundado y cada uno empieza a rectificarse y manifiestan, quitándose las caretas, el cariño que sentían por su nación.

La trama continúa con los recuerdos de Ramón, quien se va a desilusionar de su padre Edmundo (contempla una violación por parte de Edmundo hacia su madre) y se entra de una amante del padre. Contiene varios pasajes poéticos. Sin embargo, nuevamente hace un paralelo entre Edmundo en quien el autor sugiere se ha personificado a la élite poderosa de Uruguay. El mismo Benedetti, en algunos documentales, cuenta que sus personajes a pesar de su exilio, siguen transcurriendo y respirando en Uruguay, ya que su país debía estar presente siempre en su literatura.

 

Sobre eso no hay duda: es sincero con ella. Porque le cuenta cosas feas, cosas sucias, cosas terribles. Como si supiera que el amor de ella es capaz de aceptar ese lado negro de su ser, esa zona del diablo que nunca muestra a nadie totalmente.

 


La tregua (1960)

Esta es la historia Martín Santomé: “Sólo me faltan seis meses y veintiocho días para estar en condiciones de jubilarme”. Su vida transcurre en medio de una rutina gris a la que casi se ha acostumbrado. Él comparte este estilo de vida con sus tres hijos, quienes también tienen sus propios conflictos y crisis. Es una trama que, por momentos, me resultó algo repetitiva, ya que la historia lleva la forma de un diario y en un diario perfectamente sucede aquello. Casi es un calco de la vida y la vida es así. Es necesario contar que Santomé es viudo “la muerte de Isabel es algo fuerte”. Sin embargo, tiene una segunda oportunidad, pues vuelve a experimentar un amor renovado con una mujer casi 25 años menor que él: Laura Avellaneda.

A favor de la técnica del diario utilizada en La tregua, diremos que el texto se convierte en un relato confesional, algo que agrada sobremanera al lector que no necesita arquitecturas complejas del lenguaje ni tramas enrevesadas, pletóricas de un conocimiento técnico de narrador. En sus páginas notamos el susurro acalorado de la pasión dicho en primera persona, el mismo que por momentos también nos vuelve cómplices de esta historia con final lacrimoso.

Asimismo, la versión cinematográfica de este libro fue la primera película de ese país en ser nominada a un Premio Oscar.

 

Lunes 3 de febrero

Ella me daba la mano y no hacía falta más. Me alcanzaba para sentir que era bien acogido. Más que besarla, más que acostarnos juntos, más que ninguna otra cosa, ella me daba la mano y eso era amor.

 

El amor, las mujeres y la vida (1995)

En la contraportada, dice: “Este poemario reúne los mejores versos de amor de Mario Benedetti”, ya que este asunto es como la columna vertebral no solo del libro, sino también es la temática en la que nuestro autor se sumerge hasta salpicarnos de esa ternura y ese fuego sencillo que nos toca el pecho. Aquí, al igual que los personajes de sus libros, encontramos a un hombre que ha recorrido la vida con pasos firmes, impresionado siempre por ese misterio infinito que es la mujer. A veces, ella se presenta como un ser lejano, inalcanzable, etéreo. Es allí cuando Mario Benedetti teje sus versos que van llegando impregnados con un inconfundible aroma a melancolía, esa sustancia de la que también está hecho ese amor de los que no se encuentran ni se miran ni se tocan.

Entre las composiciones más populares del libro encontramos Táctica y estrategia, Corazón coraza, Te quiero, No te salves, Hagamos un trato, Pies hermosos, entre otros.

Si bien es cierto, la belleza que muestra el autor de Pedro y el capitán parece sencilla, la concepción de un poema con esa transparencia y música que ostentaba el uruguayo es muy difícil de lograr para un hacedor de versos. Es decir, para cualquier poeta es más fácil coleccionar palabras raras, alinearlas sobre su escritorio y hacerlas desfilar con un distinto orden sobre el papel. Esto, gracias a que la idea misma del poema tiene la suficiente fuerza o poesía como para decirse sin necesidad de oropeles barrocos.

En Madrid le han hecho un homenaje esta mañana misma Joaquín Sabina, Benjamín Prado y Elvira Sastre. Ellos han participado en un recital donde han leído las letras del maestro, frente a un público que los ha escuchado enamorado —como siempre— de aquel poeta nacido exactamente hace cien años.



Asimismo, se ha editado un libro titulado Cien veces Benedetti, donde aparecen fotos del autor y cartas suyas y de otros colegas suyos como el peruano Mario Vargas Llosa y el inmortal Julio Cortázar. Aquí un fragmento de una carta a Benedetti del autor de Rayuela:

Benedetti, yo no entiendo cómo ha hecho usted para meterse tan a fondo en el libro y decir de él un montón de cosas que yo no conseguiría jamás articular coherentemente. (No es falsa modestia; supongo simplemente que si fuera capaz de entender del todo el libro, no habría conseguido escribirlo; la parte del balbuceo, de la imposibilidad de objetivar las corrientes profundas, se convierte en la obra, pero jamás puede situarse en el plano de la explicación de la obra). Pero esa frase entre paréntesis lo alcanza también a usted, porque sólo desde adentro se podía ver con tanta claridad el móvil de Rayuela, y en usted el poeta y el crítico son uno solo frente a la obra que primero padecen y después elucidan.

Fraternalmente, por su parte, en alguna ocasión Mario Vargas Llosa le escribió:

Estoy contento de haberte conocido, de que seamos amigos, de haber leído tus libros. Anoche terminé los cuentos, que me gustaron tanto como tus poemas y tu ensayo. Pero lo que más me entusiasma es tu novela: la leí de un tirón, en una noche. Es un magnífico libro, hombre, muy pocos en América Latina manejan una lengua tan exacta, rica e inteligente. Es una novela honesta y auténtica, en la que nada está de más y que va contra la corriente, porque a los subdesarrollados nos gusta contar historias tremendas, excepcionales, y eludimos lo rutinario y lo banal que, sin embargo, ocupan sectores más anchos de realidad.



Como se trataba de un autor que escribía prosa y verso, en su libro La tregua Benedetti incluye un poema que me ha parecido muy sentido y trágico. Alguna de sus frases ya la había visto por allí, en algún lugar de las redes sociales, que es donde pareciera que sigue vivo Mario, como si en realidad Dios, o alguno de nuestros dioses, en realidad fuera una mujer que ha decidido que el poeta no muera nunca, a razón de haber quedado cautivada con su poesía. Me refiero a Última noción de Laura, un texto desgarrador y que cito a continuación, esperando que estas líneas sirvan para redescubrir a este autor, de quien curiosamente se dice que se ha encontrado una nueva novela inédita e incompleta.

A continuación, los versos:

Usted martín santomé no sabe

cómo querría tener yo ahora

todo el tiempo del mundo para quererlo

pero no voy a convocarlo junto a mí

ya que aún en el caso de que no estuviera

todavía muriéndome

entonces moriría

sólo de aproximarme a su tristeza.

 

usted martín santomé no sabe

cuánto he luchado por seguir viviendo

cómo he querido vivir para vivirlo

porque me estoy muriendo santomé

 

usted claro no sabe

ya que nunca lo he dicho

ni siquiera

en esas noches en que usted me descubre

con sus manos incrédulas y libres

usted no sabe cómo yo valoro

su sencillo coraje de quererme (…)

 



 

 

 

Lunes 14 de septiembre de 2020

3:10 p.m.